No son horas para que los niños estén despiertos, es más, las estrellas parecen ya dormidas, escondidas bajo el manto oscuro de la noche solitaria. Las calles de la ciudad huelen a desolación, un ligero aroma de vino tinto aderezado con los restos olvidados de algún bocadillo robado en el Sprint de Tribunal.
Sentado sobre una de las aceras, irritablemente semejantes, que adornan las calles del centro de Madrid, un pequeño hombrecillo, rubio, bajito, sin pelos en el pecho, sin amor en el corazón y sin sangre en las venas, revuelve su mirada inagotable, contemplando los niñatos que golpean el pedal del acelerador del deportivo que papa les ha regalado por su décimo octavo cumpleaños. La noche es bastante tranquila; plácidamente hombres y mujeres, perros y gatos, van evaporándose ante la mirada del imberbe muchacho recostado sobre la acera. El camión de la basura cruza la calle, disparando violentos chorros de agua que empapan los restos esparcidos sobre la ciudad, dando forma a un pequeños tsunami de papeles y pasiones prohibidas.
Las liliputienses piernas del muchacho, insensiblemente escuálidas como el hilo de h2o que se escapa de un grifo entreabierto, se balacean por uno de los callejones pintarrajeados de Malasaña, huyendo como kamikazes de la cárcel nocturna del país de nunca jamás. Entre las nubes comienzan a colarse finos halos de luz, tibios como el cariño desmedido de las abuelas de la plaza de mayo. Al diminuto Peter Pan las noches como esta le hacen envejecer, le revuelven la sangre helada por el frío de una cama vacía, hasta hacer desaparecer la palidez de su tez. Sin embargo a Peter Pan, la perpetua traición de Wendy, le vuelve dolorosamente insensible, como el niño que no sueña porque le han robado la infancia, porque las lágrimas de la soledad tiene el regusto amargo de los besos de Campanilla.
El último tren con destino a “nunca jamás” ha partido hace escasos dos minutos, así que Peter se ha quedado vagando por las calle interminablemente añejas, silbando una conocida canción del Sabina.
Por cierto, si alguno de vosotros cumple con el azaroso ritual de encontrarse con el bueno de Peter Pan, que me avise, porque tengo un mensaje que entregarle.
Son poco más de las 6. Es domingo. La calle esta todavía empapada, gobernada por una multitud de pequeños charcos, burbujeantes, bajo las suelas de los críos y de los no tan críos. Las farolas parpadean en un latoso ritual de encendido que se repite día tras día, a esta misma hora. Estoy sentada en el banco de siempre, enfrente a una avenida por la que no dejan de circular coches, personas y gotas de lluvia. Un fino hilo de humedad se cuela por mis pantalones, provocando al escalofrío que me recorre las entrañas. A mi lado está sentado Juan, el que dicen que es mi novio, y al que yo, quiero querer mucho. Los minutos se consumen inútiles, desprotegidos ante la cruel tristeza del invierno, encarnizados en su lucha contra el reloj.
Mis pies juegan a resbalar sobre los adoquines sucios y altivos que se esconden bajo la sombra del banco. Juan me está hablando, convenciéndome de la dificultad que entraña su próximo examen; yo asiento con la cabeza y de mi boca emergen preguntas triviales que disimulan mi desinterés. El cielo se concentra sobre si mismo, a la imagen y semejanza de un caracol que se recluye en su cocha cuando advierte la tormenta. Tengo frío; mis dientes comienzan a chirriar y mi cuerpo tirita, completando un cuadro tan insólito y absurdo que no merece más excusa que mi absoluta falta de cordura. Juan advierte el desamparo de mi alma y, caballerosamente me cede su chaqueta, como si ese pedazo de algodón, me pudiese proteger de mi infelicidad. Juan es un buen tipo, grande y fuerte como su padre; tierno y fiel como su madre. Juan siempre tiene un pañuelo con el que secar mis lágrimas, una palabra que me anima, un abrazo que me reconforta, y, últimamente, unos besos que terminan por curarme. Juan es un buen hombre, quizás el mejor con el que me he cruzado.

Cáscaras de pipas caen, desahuciadas, sobre uno de los charcos; se ahogan, como el náufrago suicida que termina por odiar la soledad. Las gentes pasan a mi lado, sin fijarse, como si mis extremidades formasen parte del propio banco. Mi corazón ha dado un vuelco, se ha revuelto inconsciente como si estuviese condenado de antemano a morir de desencanto. Me ha parecido verte, galopando solo entre la gente, con un ramo de rosas rojas, como las que sabes que me encantan, en tu mano. Me habían vuelto a traicionar los recuerdos, o quizás ha sido mi corazón el que se quiso equivocar. Estoy harta de ti, de tus noches, de tus labios, de tus besos, de tus recuerdos ¡Si lo llego a saber habría preferido no haberte conocido! pero ahora es ya no importa, ahora ya nada me importa; y aquí sentada en el mismo banco donde nos conocimos, espero a que me enseñes lo que sabes del olvido.
Se hace tarde. El partido del Plus está a punto de comenzar y, en la calle solo quedamos Juan, yo y el banco de siempre. Las farolas iluminan ya a tiempo completo, provocando un inconstante contraste de claros y oscuros. Juan me recubre con su brazo varonil, se toquetea la barba recién rasurada y susurra muy bajito las palabras malditas: Te quiero. Mis ojos se vuelven a llenar de lágrimas, pero ninguna termina por asomar. Recuesto mi cabeza sobre su hombro, agacho la mirada y termino por gritar al viento: No vuelvas nunca, amor.
Crece la rosa de las mil espinas bajo las sombras de la noche furtiva
castigando a la luz de la luna, cada mano que le roba un pétalo.
Sus besos producen un dolor intenso, escozor salado en la herida,
una droga cargada del dulce veneno de la pasión.
Gotas de sangre de azul se arrastran por su tallo, tiñendo su verdor,
son los restos de un Jesucristo que a medianoche
clama al cielo de la gran ciudad: ¿Dónde estás, amor?.
Pero Magdalena está callada hoy, recubierta de un
meloso perfume, delicado crisantemo embriagador
que engaña a los pequeños diablos
surgidos en los tiempos más fríos del adulterio del perdedor.
Sus mil espinas se clavan entonces, una tras otra,
en la piel agujereada y pecaminosa, que recubre sin fe,
el cuerpo sacro, quien un día, cansado, se olvidará de resucitar.
La mas señora de todas las putas,
la más puta de todas las señoras.
J.Sabina
Las primeras gotas de lluvia resbalaban por el asfalto aceitoso, huían unidas, entrelazadas por un halo grisáceo y vidrioso. El invierno comenzaba a reclamar su privilegiado lugar como timonel de las vidas más caprichosas sin que la ciudad dormida, carente de luna, tenebrosa como los callejones perdidos de Lavapiés, se diese cuenta.
Dos míseros gatos revuelven en la mierda, buscando la manzana mordida por Eva. Parecen haberla encontrada, amarillenta y putrefacta; desgastada e hiriente; venenosa y sucia, tal como Eva la dejo hace unos minutos, o quizás horas, mientras paseaba por la Gran Vía atestada de gentes de colores, por gentes torpes y amables; felices y grotescas; sabihondas y despistadas. Parecía viernes, aunque bien podía ser lunes, pues en realidad tampoco hay mucha diferencia para Eva, ella no se mueve por calendarios, reniega de los años, de los meses, de los días, de las horas, de los minutos y de los segundos, ella solamente se fía de la lluvia, de las historias que se viven en el instante infinito que separa dos ramalazos fríos, dos lágrimas cristalinas lloradas por un cielo envejecido. Eva ha enfilando las adoquines desgastados de la Calle Montera, únicamente protegida por un jersey de lana veis y unos jeans ceñidos. Un perfume nauseabundo, una mezcla imperfecta de orín y channel número 5, sobreviene, empujado por el viento del alba, colándose por las rendijas de las ventanas mal cerradas. Eva balancea sus caderas por la estrecha acera, saludando sonriente a las señoritas desdentadas y mal vestidas. Ocultándose bajo la sombra de una luna menguante, se coló en el portal número 8, malcuidado zagúan en cuya puerta reza un epitafio: Se alquilan habitaciones por horas.
El pasillo, tan largo como sucio, se aderezaba con una luz temblorosa, oscilante, como los precios del Dow Jones, que entretenían los ojos entristecidos de Eva, hasta que las patas oxidadas de un taburete parecían adivinarse al fondo. Sobre el cuero rajado se posaban las carnes fláccidas de Nicanor, ese pequeño gran hombre que parece no dormir nunca, siempre esperando que el crujido de una puerta entreabierta le anuncie un nuevo cliente. Eva se detuvo a su altura, le entregó un billete de 10 euros, roto por las esquinas, y prosiguió su deambular por el inagotable pasillo sin decir ni una sola palabra. Alcanzó las escaleras, un espectáculo arquitectónico construido en madera de pino, todavía brillante y lujoso; se perdió por la primera puerta que se asomó a su paso, dándole la bienvenida a una húmeda habitación en la que las paredes se resquebrajaban y la luz se oscurecía. En la alcoba solo tienen cabida un vetusto camastro recubierto con mantas manchadas de lejía y una mesilla rescatada de algún contenedor. Eva se adentró sin inmutarse, acostumbrada como estaba a los más lúgrubes burdeles.
La puerta del hostal volvió a chirriar, anunciando el esperado cliente. Eva se apresuró, no le queda mucho tiempo. Arrastró sus pies de la talla 36 hasta los dominios de una ventana cerrada. Golpeó la contra, pero está no cedió. El crujir de las escaleras acelera todavía más el final. Ya no hay escapatoria, está condenada. El corazón se contraía violentamente; la respiración se entrecortaba. Una ráfaga de viento abofeteó violenta, el rostro de Eva. La sangre brotaba por la comisura de sus labios. Ávida se levantó del suelo, extendió sus brazos por la ventana ahora abierta. Una gota de lluvia resbaló por su piel. Eva suspiró aliviada, estaba salvada.