Hay cien ofertas más de las que había ayer,
un 40% de descuento en las tiendas de Zara
un 2x1 en telepizza,
y tu diciendo que con el euro todo ha subido.
Hay cien paisajes más de los que había ayer,
el panorama inmenso de un océano en calma
la tarde de lluvia resbalando por la ventana,
y tu diciendo que las 7 maravillas son del mundo antiguo.
Hay cien noches más de las que había ayer,
madrugadas en el infierno de cielo blanco
albas con pesadillas conciliadas,
y tu diciendo que sueñe con los angelitos.
Hay cien motivos más de los que había ayer,
una baguette mal cocida como a mi me gusta
un chupito de paleto en una mesa de cartón,
y tu diciendo que era la última cena.
Hay cien besos más de los que había ayer,
y tu sin decir nada.
La verdad es que no entiendo nada, absolutamente nada. No entiendo porqué a los adultos no les gusta jugar con la nieve que devuelve a Madrid su estampa de postal navideña; no entiendo a los niños que quieren crecer; no entiendo que en Vallecas nos hayamos quedado sin yonkis; no entiendo a los que dicen que las historias de piratas están pasadas de moda; no entiendo que mi madre no quiera a mi padre; no entiendo que hacían dos bomberos en el piso 12 del Windsor; no entiendo que un mismo escalón pueda servir para subir y para bajar; no entiendo a los que no comen ni carne ni pescado; no entiendo a los fieles que cantan al Papa para ver si resucita; no entiendo que en el Corté Ingles sea ya primavera; no entiendo que en el albergue de los sin techo sigan faltando las mismas mantas que faltaban ayer; no entiendo que la maja vestida nos cobre quince y la cama; no entiendo que tu ya no te acuerdes de mi; no entiendo porqué el sol se pone siempre por el Oeste; no entiendo porqué Sadam dejó de ser bueno; no entiendo a los hombres que maltratan a sus mujeres; no entiendo porqué unos son guapos y otros son feos; no entiendo porqué no dejan de hundirse petroleros; no entiendo a los que se drogan; no entiendo a los que no se drogan; no entiendo porqué todos los días se hace de noche; no entiendo a los que se acuestan siempre diciendo te quiero; no entiendo a las que se levantan creyéndoselo; no entiendo a los que cogen vacaciones en agosto; no entiendo a los no saben pedir perdón; no entiendo a los que saben perdonar; no entiendo a los que se quedan esperando el próximo metro; no entiendo a los que pasan los día tratando de adivinar las formas de las nubes; no entiendo a los que no creen que se puede ser feliz.

Podría haber sido un sábado cualquiera, de esos que pasan sin más, pero que nunca dejan de pasar y, que si algún día dejasen de pasar, no quedaría más remido que inventarlos. La fortuna, o quién sabe si alguno de esos fantasmas con aspecto de persona, avivó un fuego inexplicable, implacable y cadente, como las tertulias de Lorena Verdún, llevandose por delante uno de los emblemas del Madrid más castizo, a la altura de los callos a la madrileña o las fiestas de Ronaldo: EL WINDSOR..
Las 28 plantas del edificio fueron derrotadas, una tras otra, sin pausa desde las 11 de una noche fría y estrellada como la mayoría de las madrugadas invernales, tatuando en sangre propia las mismísimas calles de la Castellana. Pedazos de la fachada se desplomaban, revoloteaban en el cielo como un pájaro en llamas y terminaron por morir en el tejado del edificio del Corte Inglés. Los vecinos más próximos corrían despavoridos, en las aceras colindantes se concentraban cientos de madrileños, concejales, escritores, niños e incluso alguno de los ejecutivos que abandonaron a la palidada esa misma tarde. Las llamas se apoderaban de la oscuridad, cubrían el cielo del color intensamente rojo como el que todos imaginamos que decora el infierno; Madrid ardía como antes lo había hecho Troya, y el mundo asistía perplejo al cuadro dantesco que se dibujaba en la ciudad “a mitad de camino”; la tragedia amenazaba con adelantarse unos días.
A la mañana siguiente todo amaneció en el mismo lugar dónde había pasado la noche. El Windsor estaba en ruinas, chamuscado como la comida que malgastan los vagabundos; los bomberos estaban cansados; la gente en el metro comentaba el engorroso ajetreo que provocaba el caos de los transportes públicos; el alcalde se acordaba de Alberto Alcocer; en la azotea del coloso una paloma lloraba mientras rebuscaba en los escombros los restos de su nido y se preguntaba donde vería ahora llegar la primavera.





