Mañana, cuando a los tucanes se les de por cantar, y al cielo le apetezca envejecer, tú y yo nos diremos a-dios, gracias doy, que así de corrido suena a despedida, pero que en viceversa no es más que un canción desesperada, algo así como un “sálvame, amor, que yo sin ti no tengo nada”. Pero no nos pongamos tragicómicos, que hasta mañana todavía es hoy, y eso, querida, es demasiado tiempo; a ti te sobran horas de un sólo segundo para matarme de amor, que eso de que “contigo toda mi vida es un cuento de hadas” no es más que una patraña de enamorados que no saben muy bien que dicen cuando hablan de amor.
La verdad es que yo tampoco se muy bien de que hablo, es más, muchas veces prefiero no decir nada, solamente oírte respirar hasta que me quedó sin aire. Y otras tantas veces se me hace de noche, y llegados a este punto, todo se complica, pero no te preocupes cariño, que en el camino a casa siempre hay una palomita que me recuerda que eres tu la princesita que me ha robado el corazón ¡¿ Y quién te ha dado permiso?!...Tu no necesitas permiso, entraste a mi vida porque te dio la virtual gana y yo sin darme cuenta me fui dejando envenenar por tu impertinencia y por esa alevosía con la que pedías un poco amor.
Y al final lo has conseguido, porqué a mi me da que mañana volveré a estar esperando en tu portal a que tu decidas salir, y quieras jugar un poco más a esto del amor.
En la plaza de las palmeras los niños juegan al balón
las niñas desvisten a Barbi y mi madre me da un petisuis,
mientras el tuerto cuenta las estrellas a plena luz del día
con la esperanza de que un día encuentre solamente esa
que tiene nombre de mujer, y que mancha de pecado
las sábanas sagradas en las que duerme el cielo.
Por allí viene whyskito Mateo, a tragos cortos
con la vida olvidada en uno de los bolsillos
justo al ladito de una foto de Camarón.
¡ No grites! que no tengo ganas de escucharte
le susurra a la sombra que se pierde a su vera
El auto de Carmen se aburre en doble fila,
entre ajos y crisantemos, con olor a despedida
se pudren las horas detrás de la ventanilla de su taxi
mientras siete cardenales de pasión se reparten,
a partes desiguales, el corazón.
A esa hora tranquila en la que la tarde se incendia
los bomberos bajan la calle, en busca de una caña
y el perro de la tía Angustias persigue su propia cola,
como aquel que persigue el tiempo, y no se da cuenta,
de que no hay forma de atraparlo.
Repican las campanas de la iglesia de Santa María,
auspiciadas por el ron-ron de las gaviotas
que reniegan del olor a mar y se ocultan, sin remiendo,
en los nidos calientes y tristes que se tejen en los portales.
La plaza de está quedando vacía, más sola que la luna,
rodeada por estrellas, que beben whisky con cerveza;
la bohemia se hace cargo de los sueños de insomnio
y a mi, que se me está acabando el petisuis,
me ha dado por pensar en ti...en mi... en nosotros.
Anoche, el príncipe, el hijo más tierno de Caín
me invito a tomarme la última a su salud
y tu, la dama, la manzana más prohibida del Edén
me tentaste, como lo hizo ella por primera vez.
Anoche, alguien me recordó su nombre, amor,
y por un momento todo fue quebranto
luces de neón, palabras de adiós, besos a traición
clavados en lo más hondo del corazón.
Anoche, el perro que duerme en la esquina de tu calle
me contó que el cielo se había cansado de esperar
que ya no tenía ganas de llorar, que es mejor brindar
a luz de tus ojos, al ladito del mar.
Anoche, cuando volvía a mi casa, solo, despacio, sin ti
imaginaba tu cuerpo, tenso, desnudo, sin mi
ya no creía en nada más, tú eras nosotros
y yo no era yo, sin mi parte de ti.
Anoche, mientras dormía, alguien me preguntó
donde había olvidado mi querer
y, sin saber muy bien porqué,
imagine tu sonrisa.





