El tiempo tiene esa vieja costumbre de girar sobre si mismo, convirtiendo el mundo en una simple concatenación de casualidades, que por repetidas, no dejan de sorprender a quién las vive. Llueve, como lo hizo ayer. Duele, como lo hizo ayer, ver cientos de sueños prendidos de puntiagudas alambradas, los mismo que en su día se consumieron detrás de un telón; seguramente dentro de un par de generaciones y miles de lluvias, aprenderemos que esos sueños no vienen de Macondo, que hay sitio para todos, que soñar es infinito y las murallas no son nada para quién sueña con derribarlas.
Fíjate tu si tiene el tiempo ganas de seguir dando vueltas que a mí, esta historia, me suena a repetida, casi tanto como las veces que te digo que te quiero. Puedo vivir, sin ti. Puedo dormir, sin ti, pero así no vale la pena. Es mi sueño soñarte, y no puedo ponerle murallas, ni distancias; creí que nunca volvería, nunca jamás, pero para siempre es demasiado. Ahora sueño que estás dormida a mi lado, soñando conmigo. Y no pienso despertarme hasta que tú aparezcas.
Está lloviendo, sin ti...que casualidad. Déjame que te seque las lágrimas, que ayer soñé que te perdía.
Estoy al otro lado de la valla. Vengo de Mokolo, un barrio de Yaoundé, en Camerún. Entre las dos empalizadas, entre los que acechamos y los que vigilan, el silencio se ha hecho sólido, encofrado. Yo mastico trozos de noche, mastico el tiempo y el espacio. No necesito ningún aparato para oír cantar a una mujer en Mokolo. La canción dice que para cada uno de nosotros hay una estrella en el cielo. El silencio es sólido, pero la valla transparente. El cielo está ahí, postrado, y puedo ver su resplandor eléctrico. Ese resplandor es ya parte de mi vista y de mi vida. Hay momentos en que la valla crece, se eleva, y yo me achico, me hundo en mi sombra como un hombre subterráneo. Pero es sólo un instante pasajero. En realidad no es tan alta, la alambrada. Puedo verla desde arriba. Me aúpa toda la familia. Los recuerdos ya no tiran de mí. Han sido muchos tumbos, muchos días, cientos de kilómetros por el norte de mi país, Nigeria, Níger, el desierto, Argelia, Marruecos. Me he tenido que desprender de la nostalgia. Es una acaparadora de agua. Cada recuerdo debe tener la forma de una pértiga. Y del miedo también me desprendí. El miedo consume el aire. Necesitaba todo el agua y todo el aire para la determinación. En mi país, el símbolo del miedo es la pantera. De todas formas, de niño, la primera vez que sentí miedo, miedo de verdad, pánico, fue de crío, jugando en el suelo a la puerta de la barraca, cuando vi aparecer por el centro de la calle, y andando a grandes zancadas, a un hombre enorme todo vestido de blanco. Me escondí en el último rincón. Luego me explicaron que era un misionero holandés. Es algo extraño, el miedo. También el deseo. Si ahora, en medio de este silencio encofrado, la voz de Dios me preguntara un deseo, yo le diría: pan con sardinas en aceite y un vaso de refresco Grenadine. Mientras espero, abrazo contra el vientre la escala enrollada, en cuclillas, preñado. La voz que canta ahora en Mokolo es maternal. Cuando oiga la señal, cuando despliegue la escala, soltaré al fin un grito de parto como si me estuvieran muriendo.
MANUEL RIVAS. EL PAÍS.01-10-2005