Aquel viejo profesor nunca me advirtió que el Ventorrillo estuviese tan lejos. Desde allí todo se ve distinto, teñido de rosa, bañado en azul. Recorro sus calles, resquebrajo sus aceras, respiro su aire, me siento en su parques, abrazo su piel...y cuando me despierto ya es hora de volver a casa; San Pedro ha cerrado la puerta del cielo y se olvido de dejar la ventana entreabierta para que, a media noche, me pueda colar.
Camino despacio, a paso lento, observando el asombroso juego de luces de los edificios que se pierden a mi paso. Aquel viejo profesor nunca me contó que la vida era un simple juego de azar, y que si era tu carita la que salía en el anverso de la moneda, todo tenía sentido. Por eso a veces lo pierdo. Ves como no todo era culpa del vodka.
La luna está morena, espléndida. Brilla presuntuosa, en lo más profundo del horizonte, casi a la altura del Ventorrillo. Me cuesta encontrarte al alzar la vista, ya me lo decía aquel viejo profesor: más duro será volver del cielo... y eso que es cuesta abajo.
¿Del Ventorrillo no habló el de economía, verdad?
Mu potito, Pablitito.