A mi siempre me ha gustado ir de farol, apostar fuerte a caballo perdedor. Así tiene más gracia. Las causas perdidas despiertan siempre la parte bizantina del espíritu: “tú culo es mi culo” que dicen algunos. Quizás por esto, todos hemos recorrido de apoco inmensas praderas encima de “La Poderosa”; hemos saltado con el Diego y su mano de dios; hemos disparado al estrellado cielo de Bagdad y, empapados por la lluvia, hemos clamado justicia. Ausentes, como ellos.
Ahora, a mitad de la partida, a mis cartas les ha entrado la gripe. Se han puesto coloradas y duermen boca abajo. Parecen haber olvidado que en la vida, como en el poker, la carta más alta no siempre gana. A veces basta con mirar a los ojos, jugar como si no hubiera nada que perder, como si al levantarse de la cama no existiera más que el hoy, el trozo de lasaña de ayer y un dos de corazones. El nuestro.
Y si las cartas vienen mal dadas, pues “cogemos y nos vamos pal pueblo”. Después de todo habrá merecido la pena conocer el calor de tus labios. Esta es mi apuesta. Mi farol. Tú.





