Las primeras gotas de lluvia resbalaban por el asfalto aceitoso, huían unidas, entrelazadas por un halo grisáceo y vidrioso. El invierno comenzaba a reclamar su privilegiado lugar como timonel de las vidas más caprichosas sin que la ciudad dormida, carente de luna, tenebrosa como los callejones perdidos de Lavapiés, se diese cuenta.
Dos míseros gatos revuelven en la mierda, buscando la manzana mordida por Eva. Parecen haberla encontrada, amarillenta y putrefacta; desgastada e hiriente; venenosa y sucia, tal como Eva la dejo hace unos minutos, o quizás horas, mientras paseaba por la Gran Vía atestada de gentes de colores, por gentes torpes y amables; felices y grotescas; sabihondas y despistadas. Parecía viernes, aunque bien podía ser lunes, pues en realidad tampoco hay mucha diferencia para Eva, ella no se mueve por calendarios, reniega de los años, de los meses, de los días, de las horas, de los minutos y de los segundos, ella solamente se fía de la lluvia, de las historias que se viven en el instante infinito que separa dos ramalazos fríos, dos lágrimas cristalinas lloradas por un cielo envejecido. Eva ha enfilando las adoquines desgastados de la Calle Montera, únicamente protegida por un jersey de lana veis y unos jeans ceñidos. Un perfume nauseabundo, una mezcla imperfecta de orín y channel número 5, sobreviene, empujado por el viento del alba, colándose por las rendijas de las ventanas mal cerradas. Eva balancea sus caderas por la estrecha acera, saludando sonriente a las señoritas desdentadas y mal vestidas. Ocultándose bajo la sombra de una luna menguante, se coló en el portal número 8, malcuidado zagúan en cuya puerta reza un epitafio: Se alquilan habitaciones por horas.
El pasillo, tan largo como sucio, se aderezaba con una luz temblorosa, oscilante, como los precios del Dow Jones, que entretenían los ojos entristecidos de Eva, hasta que las patas oxidadas de un taburete parecían adivinarse al fondo. Sobre el cuero rajado se posaban las carnes fláccidas de Nicanor, ese pequeño gran hombre que parece no dormir nunca, siempre esperando que el crujido de una puerta entreabierta le anuncie un nuevo cliente. Eva se detuvo a su altura, le entregó un billete de 10 euros, roto por las esquinas, y prosiguió su deambular por el inagotable pasillo sin decir ni una sola palabra. Alcanzó las escaleras, un espectáculo arquitectónico construido en madera de pino, todavía brillante y lujoso; se perdió por la primera puerta que se asomó a su paso, dándole la bienvenida a una húmeda habitación en la que las paredes se resquebrajaban y la luz se oscurecía. En la alcoba solo tienen cabida un vetusto camastro recubierto con mantas manchadas de lejía y una mesilla rescatada de algún contenedor. Eva se adentró sin inmutarse, acostumbrada como estaba a los más lúgrubes burdeles.
La puerta del hostal volvió a chirriar, anunciando el esperado cliente. Eva se apresuró, no le queda mucho tiempo. Arrastró sus pies de la talla 36 hasta los dominios de una ventana cerrada. Golpeó la contra, pero está no cedió. El crujir de las escaleras acelera todavía más el final. Ya no hay escapatoria, está condenada. El corazón se contraía violentamente; la respiración se entrecortaba. Una ráfaga de viento abofeteó violenta, el rostro de Eva. La sangre brotaba por la comisura de sus labios. Ávida se levantó del suelo, extendió sus brazos por la ventana ahora abierta. Una gota de lluvia resbaló por su piel. Eva suspiró aliviada, estaba salvada.