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Venturas y desventuras de un tio raro
El sarcasmo, como toda forma de ironía, es una tristeza que no quiere llorar y se ríe.
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Podría decir que soy normal y amigo de mis amigos pero, aparte de ser una solemne tontería, no tengo claro ninguna de las dos cosas.
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Decepción
Lamentablemente dispongo de menos tiempo del que quisiera pero de vez en cuando miro los comentarios que me hacen a mi blog. Si veo alguien nuevo a veces suelo pinchar en el enlace para “conocerlo” algo. Hoy me he encontrado con un comentario muy educado de “Art” así que he entrado a hojear su blog.

En primer lugar he de decir que me ha sorprendido gratamente por la calidad “literaria”. Sobre el contenido he notado unas gotas de sarcasmo al que soy bastante aficionado. Cuando leo un blog (lo mismo que cuando leo cualquier otra cosa) suelo valorar tanto la forma de expresarse como el contenido o la opinión. Y, desde luego, la forma de expresión es mayúscula.

Pero entre los contenidos me he encontrado con este artículo titulado benzodiacepina que -he de decirlo- me ha decepcionado por la idea que expresa.

Ya he manifestado alguna vez alguna vez mi opinión sobre la inmigración. No creo que, siguiendo el razonamiento del artículo, yo pueda considerarme un “progre” aunque sin duda hubo momentos en que lo fui. Ahora creo que, como me pasa en muchas situaciones, les parezco un conservador a los progres y un rojo a los más “aznaristas”. El caso es que, si alguien ha leído mi blog habrá observado que no comparto mi simpatía por ecologistas, pacifistas y demás –istas.

En el tema de la inmigración mi opinión tiene una base ética de principios pero también se sustenta en argumentos eminentemente prácticos y económicos.

Desde el punto de vista de mis principios parto del egoísmo. A mi no me gustaría ser tratado de forma discriminatoria en ningún sitio. Mucho menos acepto ser “ilegal” esté donde esté. Siempre que he ido a otro país (normalmente en condiciones privilegiadas) he entrado por la frontera sin la sensación de que tengo que pedir permiso a nadie. Por supuesto siempre he procurado ser respetuoso con las gentes y las costumbres del lugar. De hecho jamás he tenido ningún problema. Siempre ha habido algún gilipollas que me ha tratado como “gallego estúpido”, “hispano de mierda” o “andaluz/africano” pero es que yo defiendo que gilipollas hay en todas partes.

Por eso, porque yo no me considero menos que nadie ni creo que si voy a cualquier sitio debo dar gracias nadie, defiendo firmemente que nadie tiene que pedirme permiso ni agradecerme el que le permita vivir en mi país. ¿Quién es nadie para decretar ilegal a una persona?. En este caso, mi opinión es poco compartida. De hecho, ni los progres que efectivamente existen y los que retrata en su post Art defiende mi teoría porque mi teoría es tan radical como que nadie debería ser coartado de ir donde quisiera. Para mi la única condición que deberíamos poner a la gente que venga es que, al menos en sociedad, respetara nuestras costumbres.

El argumento típico cuando expreso esta opinión siempre es el mismo: “Pero no podemos dejar pasar a todo el que quiera”. De tanto repetir esto pareciera que es lógico pensarlo. Bueno, según eso podríamos decir que no deberíamos permitir que nacieran todos los niños que nos apeteciera porque esos niños también nos quitarían el trabajo. A quien opine que no tiene nada que ver una cosa con la otra sólo le pediría que dedicara algunos minutos a pensarlo. Yo creo que son afirmaciones perfectamente equivalentes.

Sinceramente no espero que mucha gente comparta esta visión del tema desde el punto de vista de mis principios.

Pero entonces hay otro argumento puramente práctico sacado de mi faceta de empresario. Lamentablemente la mayoría de la gente no quiere verlo pero gran parte (la mayor) del progreso de España en los últimos años tiene mucho que ver con la mano de obra inmigrante. No es cuestión de argumentar con cifras pero en los últimos diez años en España ha habido más de siete millones de nuevos contribuyentes a la seguridad social. Prácticamente la mitad son inmigrantes.

Si se le pregunta a cualquier empresario (y ya da igual el sector) seguramente os diría que sin la mano de obra inmigrante sería muy difícil mantener muchos negocios y sectores. Lamentablemente nos hemos convertido en una sociedad de “nuevos ricos” y hoy muchos españoles prefieren no trabajar a tener un trabajo como camarero o como albañil, como butanero, como pintor, como limpiadora, y como muchísimas otras profesiones. Si en la ciudad el papel de los inmigrantes es fundamental, en el campo y en los pueblos es básico.

Pero, es que no sólo hablamos de su papel como trabajadores sino, también, como consumidores. Hace poco leía en un diario económico a un experto inmobiliario que decía “la esperanza del sector de construcción está en los inmigrantes”.

Hay algo que me irrita cuando escucho determinados argumentos y es la forma tan sumamente arrogante en como manejamos la realidad. Si un niño de un ecuatoriano tiene que ser operado eso se hace con “nuestros impuestos” pero si es tu hijo el que debe ser atendido entonces, ni por asomo, se nos ocurre pensar que, a lo mejor, ha sido financiado por el medio millón de ecuatorianos que cotizan a la seguridad social.

Y es cierto que al alto ejecutivo de la telco de turno no debe nada a los millones de clientes no nacidos en España, ni el dueño de la zapatería le debe nada a los pies de los extraños.

Aquí vuelvo al tema de los principios. Yo conocí un caso real de un marroquí que consiguió traerse a su hermano pequeño y gracias a la seguridad social que disfrutamos pudo salvarse. Era una operación relativamente simple pero el coste de la misma en Marruecos le hacia estar condenado a la muerte. Ojalá siempre se utilicen “mis impuestos” tan bien como en este caso.

Yo soy inmigrante. No pasé frontera pero vine a una tierra que no era la mía a trabajar. Imagino que el hecho de ser andaluz y vivir y trabajar en Madrid me debería obligar a dar las gracias a cada madrileño que vea. Que el hecho de follarme a una madrileña (alguna ha caído) debería ser tomado como una ofensa irreparable y que, por supuesto, las poquísimas veces que he ido al médico habrá sido gracias al dinero de los madrileños. Supongo que, a pesar de mis estudios y mi capacidad, se me debería haber negado cualquier trabajo que fuera un poco más cualificado que estibador de camiones en Mercamadrid. Por supuesto, si mi hermana me visita en la capital jamás debería cometer el error de utilizar los servicios públicos que, con tanto esfuerzo, han pagado los madrileños.

Y sobre todo, jamás me tendría que haber permitido el lujo de progresar y ofender de esta forma a la dignidad de los nativos usurpando sus puestos de trabajo. Ni siquiera el hecho de pagar mis impuestos (y seguramente mucho más que la media) me debería indultar de mi delito.

Y esta opinión no se si me convierte en un “progre”. Yo creo que no. De hecho no me gusta y me irrita ese neoprogresismo de “che guevara” y chalé adosado. La cuestión no es ser progre, se trata de ser persona. Y al menos, si el racismo y la xenofobia nos lo impide, joder, seamos prácticos y realistas.

 
Lo que iba a ser...
Hay un punto en el proceso de beber en una noche de copas, en el que se cruzan la locuacidad con el sentido común. Con menos copas en el cuerpo se mantiene el sentido común pero uno es más reservado, con más copas uno se vuelve locuaz y charlatán pero pierde, entre otros, el sentido común.

Pero, eso si, si en ese momento “mágico” alguien propone un tema de conversación medianamente interesante (a ser posible distinto de si la morena lleva tanga o no) la tertulia puede resultar entretenida y enriquecedora.

En este caso, a alguien le dio por preguntarnos si nuestra vida había cumplido nuestras expectativas. He de decir que la media de la reunión era de unos cuarenta y tantos con lo que digamos que ya había suficiente “material” como para hacer una valoración.

Los resultados fueron cuando menos curiosos. Entre los asistentes a la improvisada tertulia que, he de decir, desconcertó a las señoritas y señoras que revolteaban alrededor, había profesionales de cierto nivel, algún empresario, un profesor de instituto y yo. La mayoría (creo que excepto yo) divorciados o separados.

Obviamente hubo de todo y para todos porque una conversación de ese tipo, y más si es con algún whisky entre pecho y espalda, da para mucho. Por supuesto se hizo una especie de división entre “vida personal” y “vida profesional”. Pero lo que a mi me llamó la atención fue lo que dijeron un ejecutivo de bastante nivel de una empresa farmacéutica y el profesor de instituto porque tuvieron mucho en común pero en sentido contrario.

El profesor de instituto vino a decir que sin duda, si pensara en cuando comenzó la universidad, su vida actual defraudaría sus expectativas. Diferentes circunstancias entre las que se encuentran una boda prematura le hicieron buscar la seguridad de una oposición. Sin embargo, él decía que estaba contentísimo con su vida y cada vez más. Tanto a nivel personal (en lo que no entro) como a nivel profesional. Había descubierto que le encanta la enseñanza y cada día la disfruta más. No obstante, confesó algo que varios en el grupo dijeron: “No sabía cómo ni porqué yo pensaba ser alguien especial y ahora me doy cuenta que soy una persona normal y corriente. Uno más”.

El ejecutivo dijo que, en su caso, no sólo había cumplido sus expectativas de cuando era un estudiante sino que, seguramente, las había sobrepasado. Con poco más de treinta era un alto ejecutivo de un laboratorio farmacéutico (otro distinto a donde está ahora) y, vino a decir, si lo midiera por cosas tangibles (coche, casa, dinero, lujos, etc..) podría asegurarse que había triunfado. Incluso en su vida familiar la cosa era, al menos, como la había soñado con su mujer inteligente y atractiva, sus dos hijos (la parejita), etc.. Dicho todo esto, el decía que su vida no le gustaba o al menos que no le llenaba. Divorciado no hace mucho, dejó su puesto en una multinacional por otro similar pero en un laboratorio pequeño para evitar los viajes. A lo largo de la noche hablando con él me confesó que le gustaría dejar todo e irse a vivir al campo (confesión que tendría mucho más merito si no fuese porque la dijo casi balbuceando por el efecto de los whiskys).

Lo que me llamó la atención es que, no sé porqué, pensamos que cuando tenemos veinte años somos tan sabios que las expectativas y esperanzas que tenemos se corresponden con lo que nos hará felices y, en muchas ocasiones, no es así. En estos casos, el defraudar las expectativas había desembocado en la felicidad y haberlas sobrepasado incluso había llevado a la decepción.

En mi caso lo que dije lo he dicho aquí en alguna ocasión. Creo que, a modo de mezcla de los casos anteriores, yo descubrí que parte de mis esperanzas eran correctas y las otras no. Yo siempre tuve la idea de trabajar en algo que me gustase, en concreto en aspectos que tuvieran que ver con la tecnología y la ingeniería. Después, porque no decirlo, también me imaginaba como todo lo que conlleva el “éxito”. Dinero, viajes, coches, lujos… y poder. El poder del “jefe”. El primer deseo (trabajar en algo que me gustase) lo conseguí con ganas, voluntad y suerte y me llevo al segundo. Lo malo fue que el segundo (estatus, “poder”, dinero…) me apartó del primero. Afortunadamente, las circunstancias me permitieron reconducirlo y ahora estoy “razonablemente” satisfecho de mi vida en lo profesional. En lo personal, pues tres cuartos de lo mismo. Nunca me imaginé la familia perfecta pero si deseaba tener una pareja perfecta. La tuve y… bueno, la tuve.

Y, debo de confesarlo, yo también pensé que, de alguna forma sería una persona especial. Uno de esos hombres que marcan la historia. Hoy día creo que me voy convenciendo de que, con mis rarezas, me quedaré en un tipo corriente.

Al día siguiente, iba por la mañana a una cita y puse música. Sonó una canción de Sabina de su último disco (creo) que se llama “en pié de guerra” y en una de sus estrofas me hizo acordar de la conversación de la noche anterior: “lo que iba a ser, la mierda que ha sido”.


Están en guerra la sota y el as,
el espejo y el disimulo,
el hospiciano, el niño de papá,
el Einstein y el tonto del culo.
Yahvé, Mefisto, Buda, Cristo, Alá,
las solteronas y los maridos,
Bin Laden, Che Guevara, Supermán,
lo que iba a ser, la mierda que ha sido.

 
La casa rural (the unplugged house)
Un socio está montando una casa rural en una finca que tiene y hoy he recordado una anécodota de hace dos o tres años. Aún estaba yo en una multinacional y eran comunes las conversaciones con gerentes, managers, principals, y demás fauna ejecutiva.

Uno de ellos vino de vacaciones en una casa rural y venía absolutamente extasiado.

- Joder tio, es que no hay nada como acercarse a la naturaleza. Sin tele, sin aire acondicionado, sin dvd ni hostias. Todo natural.

En estas terció una secretaria de dirección cuyos meritos todos sospechabamos que estaba en su don de lenguas (perdón, de lengua).

- Bueno, yo estuve en Asturias y fue aún mejor. No había ni gas. Cocinábamos en cocina y horno de leña. Y por la mañana la señora de la casa nos enseñó a ordeñar a una vaca para la leche del desayuno.

Yo que no soy de pueblo pero soy hijo de padre y madre de pueblo, comenté que yo tengo una casa en el pueblo de mi madre pero casi nunca voy, excepto para comer con mis padres cuando están en verano y volver. También tengo una casa en mitad del campo y voy de vez en cuando pero no creo que ninguna de estas pueda considerarse una casa rural.

- Bueno, si está en el campo será rural no?. –dijo alguien con lógica semántica aplastante-
- Bueno, yo creo que no es exactamente como la casa rural de la que habláis sino más bien como la casa del dueño de la casa rural. Esa casita que está a veinte metros de ese nidito bucólico pero que tiene calefacción, aire acondicionado, vitrocerámica, microondas, cafetera Express, lavadora, teléfono, Internet, centro de planchado, tele y dvd.

Hoy pensaba en ello y en lo poco que aprovecho yo mi casa rural. Ya lo tengo decidido. En cuanto vaya a mi casa de campo o a la casa de mis padres en el pueblo desconecto el diferencial de la acometida eléctrica y a disfrutar.
 
Si no fuera...
Si no fuera porque estoy harto de explicarme, me gustaría dejar claro que cuando opino, solo pretendo dar mi opinión y no intento convencer a nadie.

Si no fuera porque hace tiempo alguien me dijo que es mucho más elegante decir “tal vez no me expliqué bien” que “no me has entendido” diría que quien piensa o dice lo contrario no se entera de nada.

Si no fuera porque al final termina cansándome, contaría que sucedió en realidad (o al menos cual es mi versión de lo que ocurrió en realidad). Como se pretendió vulnerar mi intimidad y como me limité a defenderme no haciendo nada y cortando todo contacto.

Si no fuera porque estoy a punto de conseguir que me de igual, intentaría explicar que el hecho de no hablar siempre de forma melosa no me convierte en insensible, ni el hecho de no ser siempre seco o sarcástico me convierte en un algodoncito dulce.

Si no fuera porque es obvio, diría que, como todos, tengo muchas caras y muchas aristas que delimitan de forma borrosa dichas facetas.

Si no fuera porque no sé que pasará si lo cambio, ni si se borrará todo y por otra parte me da pereza abrir un nuevo blog y poner todos los post en él, me gustaría quitar el maldito "estoybuenoyque" que puse por razones que ya expliqué y que, nuevamente, me da pereza repetir.

Si no fuera porque seguramente le haría daño, le contaría la verdad de como una mentira a veces arregla una situación.

Si no fuera porque, a pesar de lo que yo mismo defiendo, en el fondo me resulta difícil negarme, diría más de una vez que no.

Si no fuera porque necesito continuamente estar razonablemente satisfecho de mí, más de una vez hubiese aprovechado cuando mi situación es ventajosa.

Si no fuera porque en el fondo ni yo mismo me lo creo, hubiese sido consecuente con mi teoría de que, como en la teoría de la navaja de occam, el camino más fácil es el mejor.

Si no fuera porque en el fondo soy tímido le diría a cada mujer que me gusta cómo, porqué y para qué me gusta.

Si no fuera porque, aunque haya quien no me crea, soy modesto, creería que tendría mucho más éxito si hiciera lo anterior.

Si no fuera porque nunca sucedió, me gustaría repetirlo.

Si no fuera porque tengo miedo a que me hagan daño, sería más abierto con las personas que me rodean.

Si no fuera porque alguien me pregunto hoy si se escribía “si no fuera” o “sino fuera” no se me hubiera ocurrido escribir un post como este.

Actualizacion: Si no fuera porque existe Elvira este sería probablemente un mundo peor y yo no me habría atrevido a cambiar el "estoybuenoyque".
 
¿El verano de mi vida?
Me gusta la publicidad. Ya lo he dicho más de una vez. Y porque me gusta aprecio y admiro cuando un anuncio consigue que todos nos identifiquemos con lo que cuenta. Últimamente me ha llamado la atención el anuncio que habla del verano de tu vida y ponen ejemplos de situaciones con las que, tal vez porque al final todos somos muy parecidos, te identificas rápidamente.

Iba pensando en esto y una vez más la casualidad se alió con la nostalgia, o al menos con el recuerdo y de pronto vino a mi la vivencia de un determinado verano. Por cuestión de trabajo, conducía por unas carreteras secundarias manchegas y la radio cambiaba constantemente de emisora. De pronto, en una de estas emisoras de “música de siempre” sonó una canción de hace muchos años. Ni siquiera tengo claro que la canción fuese de la época de la que yo la recuerdo. Estoy casi seguro que es muy anterior pero para mí siempre estará asociada a un verano, de acampada, en San Nicolás del Puerto. No sé si será el verano de mi vida, y de hecho cinco minutos antes, y sin la ayuda de la canción, seguramente ni me hubiese acordado, pero fue un buen verano.

La historia es simple y mil veces repetida pero para mi es un momento especial. Unos amigos nos fuimos de acampada (osea de juerga). Entre los que fuimos, había una chiquilla que a mi me encantaba. Era una niña rubita, de piel muy blanca y que siempre vestía con vestidos vaporosos y de encaje. La verdad es que a veces parecía que iba vestida de primera comunión. Era guapísima pero a mi me gustaba por su dulzura. Su tono de voz era calmado y cuando te hablaba parecía que te estaba acariciando el oído.

Por aquel entonces yo tenía un problema añadido a mi natural timidez (si, soy tímido) y tenía nombre propio: Alex. Alex era un amigo, por aquella época, íntimo. De hecho era un tío estupendo pero tenía un pequeño “problema”. Era una especie de imán para todas las mujeres. Un amigo común dijo una vez “no sé que tiene Alex pero si lo embotellamos nos hacemos ricos”. Alex era básicamente un chaval muy guapo y con un cuerpo increíble y ligaba sin pretenderlo. No sé si habéis visto alguna vez una serie que echan en Canal Plus que se llama “el séquito”. Pues bien, Alex era idéntico al protagonista (de hecho es que hasta las expresiones son iguales). También por curiosidad os diré que Alex era el hermano menor y el hijo de las protagonistas del post “en brazos de la mujer madura”.

El caso es que Alex, aparte de un tío estupendo era un grave problema para nuestras pretensiones de liberar hormonas. Si íbamos a una fiesta ocho amigos y conocíamos a ocho chicas normalmente sucedía que las ocho se “enamoraban” de Alex y los demás nos quedábamos a dos velas.

Tan asumido lo teníamos que, cuando nos fuimos de camping y con la sola presencia de Alex todos pensábamos que teníamos poco que hacer con las chicas. Para colmo, Alex había comentado alguna vez que le ponía mucho la rubita. Yo sabía que si le decía a Alex que me gustaba a mí el se retiraría pero eso me parecía patético. Así pues, aquella chica rubita con cara de Angel se me hacía una conquista imposible.

La semana en el camping discurrió como por aquel entonces discurría nuestras acampadas. Mucho alcohol, muchos porros, mucha juerga, poca comida y anécdotas diarias que posteriormente se convirtieron en clásicos de la pandilla y que aún se recuerdan cuando nos juntamos para bodas, bautizos y primeras comuniones varias. Yo decidí que prefería pasármelo bien a sufrir así que durante la semana apenas le hice caso a la chica en cuestión que, por otra parte, tampoco es que me hablase mucho. La chica la conocíamos de hacía poco y la trajo a la pandilla una amiga. Rápidamente ella y yo congeniamos y teníamos una cierta amistada paralela a la de la pandilla pero durante la acampada casi “rompimos relaciones”.

En la última noche, después de la típica juerga alrededor de la hoguera (niños, no hagáis esto nunca en el bosque) y cuando ya prácticamente todo el mundo se había ido a dormir la chica en cuestión se sentó a mi lado en un tronco. Como si no la hubiese visto en toda la semana le pregunté:

- Que tal la acampada?
- Bueno.. bien
- No pareces convencida, ¿no te lo has pasado bien?
- Si, pero si te digo la verdad, no era lo que esperaba.
- Vaya… bueno, ya sabes que somos un poco bestias a veces…
- No, no lo digo por eso, es que sabes?, no me has hecho caso
- ¿Cómo?..
- Si, mira yo no iba a venir pero cuando me dijeron que tu venias me animé y no se porqué pero no me has hablado en toda la semana

No sé si fue el alcohol o más bien la luna llena pero el caso es que me confesé abiertamente. Y le dije toda la verdad. Que me gustaba (con quince o dieciséis años lo del enamoramiento suena muy fuerte), que yo creía que a ella le gustaba Alex (ahora suena a lo que era, cosas de crios), que preferí no sufrir, etc..

Cuando terminé de hablar, sonrió, me cogió de la mano y nos fuimos a su tienda (no si antes echar a su pobre amiga que salió zombi para buscar algún sitio donde dormir). El resto de la noche lo recordaré toda mi vida. A pesar de las hormonas de la adolescencia, más que excitación sexual (que también) había cariño en nuestros besos. Nos comimos enteros durante esas horas y, seguramente por vergüenza y para que los demás no nos oyeran, ella cogió una cinta y la puso en el radiocassete Sanyo (por aquel entonces “san-yo”) que tenía en la tienda.

La primera canción que sonó la recuerdo perfectamente y era la que hizo que recordará todo esto: “La quiero a morir”. Aún hoy, cuando la escuché, inmediatamente me vinieron las sensaciones de la “atmósfera anaranjada” y del calor dentro de la tienda, de la suavidad de su piel de chiquilla y de la indescriptible sensación de placer, ternura y alegría al tenerla entre mis brazos.

Seguramente no fue el verano de mi vida, pero, repito, no estuvo mal.


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La supernena
El otro día salí un ratito. Fue una salida dentro de mi plan de autodisciplina para no anquilosarme y lo cierto es que fue agradable. Pero me encontré con un prototipo de mujer que hacía mucho que no me encontraba.

Se trata de la mujer “peromiraqueestoybuena”. El rasgo que caracteriza a este tipo de mujer no es el hecho de estar buena. De esas, afortunadamente abundan. De hecho para mi abundan aún más porque tengo la inmensa suerte de encontrarle belleza e interés a casi todas las mujeres. Lo que diferencia a estas mujeres de las otras es el hecho de que están convencidas de que estas buenas (y en la mayoría de los casos es así) y que por el hecho de estar buenas pueden ser prepotentes y cortantes en general con todo el mundo, y muy en particular con los hombres que se le acercan. Pareciera que el hecho de ser una mujer deseable les permite ser borde con cualquiera.

Lo realmente penoso de todo esto es que, a veces, muchos hombres se empeñan en apoyar esa teoría con los hechos y aguantan los desplantes y las estupideces únicamente con la esperanza (vana esperanza la mayoría de las veces) de poder “pillar” algo.

En este caso, la mujer en cuestión, acompañada de sus amigas, estaba sentada muy cerca de un grupo de amigos que estábamos charlando. Al principio (sería una tontería negarlo) me llamó la atención las increíbles piernas de la señorita pero después, me fui fijando en lo desagradablemente que “atendía” a sus numerosos pretendientes.

Después de la observación (cotilleo lo dirían otros) Concluí en que la chica en cuestión (menos chica de lo que ella quisiera y seguramente más de lo que quisiera yo) estaba realmente buena y era intensamente estúpida.

No se puede decir que la acosaran sino que más bien se acercaban a ella, a veces con la típica sonrisa gilipollas que se nos pone a los tíos en estas situaciones, pero, que yo notase, ninguno de los que lo intentaron fueron groseros ni maleducados. Sin embargo ella contestaba de forma seca y con cara de asco o, lo que es peor, girando la cabeza como si el “pretendiente” ni se mereciera una mirada.

La verdad es que nos llamó la atención a todos y hablamos sobre el tema. Puesto que la noche no ofrecía mucho más, decidí salir de dudas y preguntarle. Mis padres siempre me han dicho que, con educación, puede preguntarse cualquier cosa así que, siguiendo los sabios consejos de mis progenitores, en una de estas me acerqué y le pregunte educadamente;

- Oye, tengo curiosidad. Seguramente tu piensas que estas muy buena y ciertamente es así pero me podrías aclarara una duda?
- Cual?
- ¿Crees que el hecho de estar buena te da derecho a ser desagradable con cualquiera que se dirija a ti?
- Vaya, es el peor truco que he visto en mi vida para ligar.
- ¿Cómo?, De verdad piensas que intento ligar contigo?
- Como todos.

He de reconocer que hacía mucho tiempo que una mujer no me sacaba de quicio. LO peor de todo es que cuando regresé al grupo, y entre risas, aún hubo alguno que me animó a continuar porque “al fin y al cabo a ti, al menos, te ha contestado”.

Joder. Si es que somos nosotros los que nos empeñamos en alimentar al monstruo.
 
Puntos de vista
Uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia seguro que es un recuerdo compartido por cualquiera que haya sido niño (es decir, todos). Se trata de la vista de mi mama (entonces aún no era mi madre, sino mi mama) desde abajo.

Esto suena algo mal pero me explicaré. Yo, como todo niño, tenía la costumbre de abrazarme a las piernas de mi madre (perdón, mi mama) donde encontraba cobijo, relax y tranquilidad. Después miraba hacia arriba y veía allí a mi madre que, desde mi metro escaso, se veía grande, protectora, acogedora y poderosa.

Una vez me pasó algo que alguna vez he comentado con amigos y que, curiosamente, demostrando el hecho de que “todos somos iguales”, he comprobado que es una anécdota mil veces repetida. Sucedió en un supermercado. Yo, como era norma, me agarré con fuerza a las faldas de mi mama.

De pronto, escuché una voz cariñosa pero extraña que decía “hola cariño, ¿te has perdido?”. Aún recuerdo la impresión cuando miré hacia arriba y me encontré con la cara de otra mujer. ¡Cielos, tu no eres mi mama!. La verdad es que, aunque era un enano, aún recuerdo que más que miedo, sentí vergüenza por la situación. Dicha vergüenza fue acrecentada por las risas de mi madre que venía hacia mí y de la improvisada sustituta. Joder, es que no era justo. Llevaban las faldas iguales.

Aparte de ese pequeño mal rato, insisto, muchas veces he recordado la dulce sensación de estar en casa y protegido al notar las piernas de mi mama mientras las abrazaba con fuerza.

Dicen los sicólogos que todos los hombres no hacemos sino buscar a la madre en otras mujeres. Muchas mujeres incluso sostienen que en realidad no dejamos nunca de buscar a las madres en nuestras madres lo que es mucho peor.

No obstante, si los estudiosos de la mente estuviesen en lo cierto y mi búsqueda fuese la de esa placentera sensación de abrazarme a las piernas de una mujer lo cierto es que lo tendría crudo. Lamentablemente, para lo que nos ocupa, mi altura es un handicap apreciable. Uno ha crecido un poquito y rozando los ciento noventa centímetros tiene difícil repetir dicha sensación. Y aún más si, como suele suceder a los que somos altitos, la estatura media de mis parejas está cercana al 1,60.

Así pues, dentro de mis complejos, esos que yo niego pero que cualquier psicólogo bautizaría con algún nombre griego, se puede incluir el hecho de que jamás volveré a tener esa dulce sensación.

O mejor dicho, jamás creí que la volvería a tener porque ya hace tiempo que, aplicando el pensamiento paralelo que tan buenos resultados me ha dado en distintos ámbitos, encontré la forma de revivirla.

Y es que al final es todo un tema de orientación. La cuestión fue simple. Cambiar la verticalidad por la horizontalidad.

Y he de decir, que no sólo encontré placer en la vista subjetiva de una mujer en esa postura sino que, innovando aún más, me convertí en un consumado (bueno, al menos aficionado) escalador horizontal. Un escalador sin arnés ni seguro ya que, con la experiencia, descubrí que a las mujeres apenas les importaba el hecho de que cayera retrocediendo para volver a escalar.

Pero de esto prefiero hablar en otro post por una razón de salud mental ya que si lo mezclo con el recuerdo de mi mama es posible que los psicólogos tengan que inventar otro nombre griego para un nuevo complejo aberrante.
 
Gente "pa tó"
Hace ya tiempo recuerdo que leí algo pero no sé ni título ni autor. Era una historia de una pareja de aristócratas y un mayordomo que visitaban una granja. Ni recuerdo el porqué del contexto, pero me hizo gracia una conversación que venia a decir algo así:

- Bautista, coméntele al señor conde el hecho de cómo el gallo cumple repetidamente con su obligación.
- Bautista, hágale notar a la señora condesa el hecho de que el gallo cumple repetidamente si, pero con distinta gallina cada vez.

Creo que fue Luis XVI quien de dijo a su médico: “Doctor, el mejor afrodisíaco es el cambio”.

Por último, hay un chiste en el que un paciente le comenta al doctor sus excesos en cuanto a comida, tabaco, bebida y sexo. El doctor va dando distintos consejos y al final le dice. En cuanto al sexo, cásese. Ya verá como poco a poco va dejando de follar”.

Varias veces, tanto con hombres como con mujeres y en distintas situaciones, he hablado sobre este tema y parece ser un consenso el hecho de que transcurrida una primera época de convivencia la cantidad (y muchas veces la calidad) de las relaciones sexuales (vaya, los polvos) baja estrepitosamente. Que nos sucede desde el “aquí te pillo, aquí te mato” de los primeros meses hasta el “sabado, sabadete..” es un misterio que seguramente tenga una explicación biológica. Curiosamente, todo esto convive con el hecho de que, un alto porcentaje de personas consideran el sexo como una parte importante de la relación de pareja. Parecería lógico pensar que el hecho de procurar huir de la rutina en este aspecto debería ser una prioridad para plantearse una relación de pareja estable.

Una vez leí un consejo de una sexóloga (esto de la sexología, no sé porqué, parece una profesión donde sólo hay mujeres) que hay “trucos” para mantener la líbido. Uno de ellos, que me pareció curioso, consistía en evitar desnudarse delante de la pareja para no acostumbrarse a verla/o desnuda/o.

Una mujer me comentó no hace mucho que ella, cuando tiene pareja, tiene la costumbre de “consentir” a su hombre y buscar constantemente el cambio realizando todo tipo de juegos y fantasías y que, mientras estuvo casada, durante unos diez años, continuamente ideaba la forma de excitar a su marido, bien fuera con vestidos o con ropa interior o con disfraces, bien con insinuaciones, bien buscando situaciones distintas. Incluso me contó alguna de estas situaciones y, desde luego, nadie puede negarle su imaginación. Todo ello, unido a que es una mujer realmente impresionante, me hizo pensar que, desde luego, se trata de una mujer con la que plantearse una relación de futuro.

Lo curioso fue lo que me contó a continuación. Según ella, cuando su marido le pidió el divorcio alegó que estaba harto de tantos mimos y tanto “cariño”.

En fin, ya lo dijo “el guerra”: “hay gente pa’to”.