Con h de idealismo
Siempre e pensado que el ombre no debería pasar por la vida inadvertido. Ay quien destaca y pasa a la istoria y quien jamás lo ará pero, a su manera, abrá dejado su impronta en las personas que lo rodean.
Dice la frase famosa del Bertol Bretch que “ay ombres que luchan un día y son buenos, y ay los que luchan toda la vida y esos son los imprescindibles”. Queda bien como frase pero yo creo que todos somos imprescindibles o al menos fundamentales (en el puro sentido etimológico del término). Porque, hasta el más insignificante e infeliz de los abitantes de este mundo, seguro que es importante para alguien. Se me ocurren pocas cosas más tristes que alguien cuya ausencia no fuese advertida por nadie.
Por eso yo no estoy muy de acuerdo en las teorías istórico-sociológicas que analizan las masas como ente amorfo y prefiero pensar que no somos sino un conjunto de individuos cada uno con su propia idiosincrasia y su importancia “per sé”.
Soy tan iluso además que aún con riesgo de ser considerado un ipócrita, y aunque creo y defiendo que la igualdad por principio es injusta, sostengo que todos debemos ser tratados con onestidad y respeto y considerados de forma similar en cuanto a derechos y deberes fundamentales. En ese sentido, y dicho sea con toda la umildad que me es posible, mi forma de pensar es similar a la de cualquier preámbulo constitucional que se precie. La diferencia es que, en mi caso, además, estoy convencido de ello.
Oy alguien me a dicho que un determinado grupo de personas no son importantes. El razonamiento es que se trata de gente umilde sin ningún poder económico ni social y sin capacidad de decisión (osea, que no vota). Lamentablemente quien me lo a dicho no a sido cualquiera sino un político profesional.
Cuando me han dicho esto me he cabreado tal y como me cabreo cuando leo un escrito con faltas. Sólo que en este caso no se trata de faltas de ortografía sino de falta de umanidad. Y me ha dado por pensar que al menos, aún me cabreo cuando noto la falta de onradez y onestidad en un político. Afortunadamente debajo de la patina de realismo y conformismo que nos va dejando la edad, aún sobrevive algo del idealismo adolescente. Seguro que alguien me dirá que, aparte de mi enfado, no e echo nada práctico al respecto. De momento es cierto que e echo poca cosa: e escrito un post. Seguramente no pasaré a los libros de istoria como un éroe.
Aún con todo, y aunque para muchos no será gran cosa, confío en que ese poso de ilusión quimérica que conservo no se pierda y me permita seguir pensando que ay cosas que, como la “h”, no suenan pero son importantes y su ausencia se deja notar.
En definitiva, ojalá caer en la mezquindad de ignorar a los débiles me cueste tanto siempre como escribir este post sin haches.
Dice la frase famosa del Bertol Bretch que “ay ombres que luchan un día y son buenos, y ay los que luchan toda la vida y esos son los imprescindibles”. Queda bien como frase pero yo creo que todos somos imprescindibles o al menos fundamentales (en el puro sentido etimológico del término). Porque, hasta el más insignificante e infeliz de los abitantes de este mundo, seguro que es importante para alguien. Se me ocurren pocas cosas más tristes que alguien cuya ausencia no fuese advertida por nadie.
Por eso yo no estoy muy de acuerdo en las teorías istórico-sociológicas que analizan las masas como ente amorfo y prefiero pensar que no somos sino un conjunto de individuos cada uno con su propia idiosincrasia y su importancia “per sé”.
Soy tan iluso además que aún con riesgo de ser considerado un ipócrita, y aunque creo y defiendo que la igualdad por principio es injusta, sostengo que todos debemos ser tratados con onestidad y respeto y considerados de forma similar en cuanto a derechos y deberes fundamentales. En ese sentido, y dicho sea con toda la umildad que me es posible, mi forma de pensar es similar a la de cualquier preámbulo constitucional que se precie. La diferencia es que, en mi caso, además, estoy convencido de ello.
Oy alguien me a dicho que un determinado grupo de personas no son importantes. El razonamiento es que se trata de gente umilde sin ningún poder económico ni social y sin capacidad de decisión (osea, que no vota). Lamentablemente quien me lo a dicho no a sido cualquiera sino un político profesional.
Cuando me han dicho esto me he cabreado tal y como me cabreo cuando leo un escrito con faltas. Sólo que en este caso no se trata de faltas de ortografía sino de falta de umanidad. Y me ha dado por pensar que al menos, aún me cabreo cuando noto la falta de onradez y onestidad en un político. Afortunadamente debajo de la patina de realismo y conformismo que nos va dejando la edad, aún sobrevive algo del idealismo adolescente. Seguro que alguien me dirá que, aparte de mi enfado, no e echo nada práctico al respecto. De momento es cierto que e echo poca cosa: e escrito un post. Seguramente no pasaré a los libros de istoria como un éroe.
Aún con todo, y aunque para muchos no será gran cosa, confío en que ese poso de ilusión quimérica que conservo no se pierda y me permita seguir pensando que ay cosas que, como la “h”, no suenan pero son importantes y su ausencia se deja notar.
En definitiva, ojalá caer en la mezquindad de ignorar a los débiles me cueste tanto siempre como escribir este post sin haches.
Risoterapía
“Te voy a dar de hostias hasta que te rías”. Hace años escuché esta expresión a alguien y me hizo muchísima gracia. La cuestión es que pensé en la cantidad de guantazos que le tienes que dar a alguien para que le dé por reírse.
Por otra parte, desde siempre una de las cosas que siempre me han llamado la atención es como, por el hecho de crecer y educarse en un determinado entorno sociocultural, las opiniones y las posturas ético-morales sobre determinados temas pueden ser tan distintas. Es una de las razones por la que soy bastante prudente cuando critico determinadas posturas “lejanas”. Es fácil juzgar desde la distancia. Cuanto más lejos estés más fácil es decidir donde están los buenos y donde los malos.
Me llama la atención particularmente las diferencias que hay entre los americanos (del norte) y los europeos. Y lo hace porque en realidad pertenecemos a la misma cultura. Lo que ahora se ha dado en llamar la misma “civilización”. Es obvio que si nos comparáramos con culturas árabes u orientales las diferencias serían mayores pero mucho más lógicas y esperables.
Hace un tiempo tuve la oportunidad de hablar con un grupo de estadounidenses sobre la pena de muerte. Yo, como buen representante de la Europa culta y humanitaria, defendía que la pena de muerte no es más que un delito legal.
Ellos, como buenos representantes de la infantil cultura americana (espero que se note que tanto lo anterior como esto no son sino meros sarcasmos), defendían la pena de muerte.
Incluso aunque su perfil no parecía nada conservador sus argumentos me llamaban la atención. Pensé entonces que aunque no estaba de acuerdo con ellos a lo mejor si me hubiera criado en Texas en vez de en Triana mis argumentos serían muy similares a los suyos.
Uno de los puntos donde yo creía tener un “punto ganador” en la discusión (por otra parte bastante típica) era en el propósito de rehabilitación. Mi recurso era simple: si estamos de acuerdo en que el fin de la justicia debe ser la rehabilitación del delincuente, será difícil conseguirlo si te lo cargas. De pronto, y mientras defendía mi tesis ellos me miraban entre alucinados y horrorizados como si estuvieran oyendo hablar a un marciano.
“¿Rehabilitación?”. Y quien te dice que ese es el propósito. La idea es separar a los malos de los buenos y, además, castigarlo. Pero sobre todo eliminar la amenza. Al tío que mata a cuatro personas te lo cargas y ya ha dejado de matar. Si lo metes en la cárcel veinte años no estas seguro.
Aunque seguí estando en desacuerdo con ellos he de decir que nunca está de mal un proceso de empatía para entender que ni nosotros somos tan listos ni ellos tan tontos como creemos ni seguramente somos tan ilusos ni ellos tan realistas como ellos creen.
Hoy después de un día de trabajo interminable volvía en el coche y he escuchado en la radio que la condena a una mujer y su pareja por violar sistemáticamente a una cría retrasada de diez años durante los últimos seis, ha sido de once años de cárcel.
Debe ser que tengo muy cercana una cría en esas circunstancias y sólo de pensar que pudiera sucederle nada malo me hierve la sangre, me he vuelto a replantear si nuestro modelo de “rehabilitación” es justo.
Y me he vuelto a replantear si la pena de muerte es tan injusta y tan cruel en determinadas circunstancias. La cantidad de cuestiones morales y argumentos éticos y prácticos que se desprenden de ello me han hecho reafirmarme en mis principios en contra de la pena de muerte.
Pero, pensando, pensando, y en un razonamiento que seguro que no es nada frío pero que tampoco implica que no sea justo, me ha dado por imaginar que a lo mejor la pena de muerte no es lo correcto pero lo que a mi me pide el cuerpo es que durante esos once años, día a día y sin dejar uno, se les diera una manta de hostias a la parejita.
¿Cuántas?. Hasta que se rían.
Así, por otra parte, conciliamos el castigo con la rehabilitación prácticando la risoterapia.
Por otra parte, desde siempre una de las cosas que siempre me han llamado la atención es como, por el hecho de crecer y educarse en un determinado entorno sociocultural, las opiniones y las posturas ético-morales sobre determinados temas pueden ser tan distintas. Es una de las razones por la que soy bastante prudente cuando critico determinadas posturas “lejanas”. Es fácil juzgar desde la distancia. Cuanto más lejos estés más fácil es decidir donde están los buenos y donde los malos.
Me llama la atención particularmente las diferencias que hay entre los americanos (del norte) y los europeos. Y lo hace porque en realidad pertenecemos a la misma cultura. Lo que ahora se ha dado en llamar la misma “civilización”. Es obvio que si nos comparáramos con culturas árabes u orientales las diferencias serían mayores pero mucho más lógicas y esperables.
Hace un tiempo tuve la oportunidad de hablar con un grupo de estadounidenses sobre la pena de muerte. Yo, como buen representante de la Europa culta y humanitaria, defendía que la pena de muerte no es más que un delito legal.
Ellos, como buenos representantes de la infantil cultura americana (espero que se note que tanto lo anterior como esto no son sino meros sarcasmos), defendían la pena de muerte.
Incluso aunque su perfil no parecía nada conservador sus argumentos me llamaban la atención. Pensé entonces que aunque no estaba de acuerdo con ellos a lo mejor si me hubiera criado en Texas en vez de en Triana mis argumentos serían muy similares a los suyos.
Uno de los puntos donde yo creía tener un “punto ganador” en la discusión (por otra parte bastante típica) era en el propósito de rehabilitación. Mi recurso era simple: si estamos de acuerdo en que el fin de la justicia debe ser la rehabilitación del delincuente, será difícil conseguirlo si te lo cargas. De pronto, y mientras defendía mi tesis ellos me miraban entre alucinados y horrorizados como si estuvieran oyendo hablar a un marciano.
“¿Rehabilitación?”. Y quien te dice que ese es el propósito. La idea es separar a los malos de los buenos y, además, castigarlo. Pero sobre todo eliminar la amenza. Al tío que mata a cuatro personas te lo cargas y ya ha dejado de matar. Si lo metes en la cárcel veinte años no estas seguro.
Aunque seguí estando en desacuerdo con ellos he de decir que nunca está de mal un proceso de empatía para entender que ni nosotros somos tan listos ni ellos tan tontos como creemos ni seguramente somos tan ilusos ni ellos tan realistas como ellos creen.
Hoy después de un día de trabajo interminable volvía en el coche y he escuchado en la radio que la condena a una mujer y su pareja por violar sistemáticamente a una cría retrasada de diez años durante los últimos seis, ha sido de once años de cárcel.
Debe ser que tengo muy cercana una cría en esas circunstancias y sólo de pensar que pudiera sucederle nada malo me hierve la sangre, me he vuelto a replantear si nuestro modelo de “rehabilitación” es justo.
Y me he vuelto a replantear si la pena de muerte es tan injusta y tan cruel en determinadas circunstancias. La cantidad de cuestiones morales y argumentos éticos y prácticos que se desprenden de ello me han hecho reafirmarme en mis principios en contra de la pena de muerte.
Pero, pensando, pensando, y en un razonamiento que seguro que no es nada frío pero que tampoco implica que no sea justo, me ha dado por imaginar que a lo mejor la pena de muerte no es lo correcto pero lo que a mi me pide el cuerpo es que durante esos once años, día a día y sin dejar uno, se les diera una manta de hostias a la parejita.
¿Cuántas?. Hasta que se rían.
Así, por otra parte, conciliamos el castigo con la rehabilitación prácticando la risoterapia.
Liando... me.
Dos de la mañana. Como otras tantas últimamente. Con esa especie de serenidad que a veces me molesta tanto y a veces me conforta, me dispongo a ser mero observador de la noche y del juego de seducción. Se trata de disfrutar de una noche agradable sin demasiadas pretensiones.
A veces yo mismo me recuerdo la frase que me dijo un amigo hace años, cuando éramos poco más que críos y me sorprendió en una discoteca de pie, con mi copa en la mano, “flipado” con la mirada perdida pero perfectamente focalizada entre las tetas de una morena.
- ¿Qué?, ¿tomando apuntes para una paja?.
Después de recordarla me río yo sólo de la anécdota porque lo cierto es que una de las cosas de la edad es que todo se toma con mucha más tranquilidad y con menos alboroto hormonal. Ahora tenemos el block (la libreta como se ha dicho desde siempre en mi tierra) casi lleno aunque siempre hay sitio para un nuevo apunte.
No obstante, y a pesar de la apatía aparente hay veces, muy pocas, en que de pronto alguien te enciende. No esperaba yo que esta noche fuese una de esas ocasiones.
Es cierto que desde hace un tiempo hay una morena teñida de azul que vengo siguiendo con la mirada. En el colmo de mis fantasías imagino que alguna vez se acerque y, parafraseando la canción que Jose María Cano escribió para Ana Belén (lía), salga de sus labios gruesos teñidos de rojo granate la frase: “y digo yo, que mejor que el ojo pongas la intención”.
Aunque no había hablado con ella directamente digamos que, más de una vez, habíamos participado en alguna de las breves tertulias intrascendentes que suelen darse en las noches de copas.
En esta ocasión y por casualidad (fue casualidad?) comenzamos una conversación de esas en las que se establece una especie de “lucha de gigantes” (Reich dixit) con frases y contra-frases que, utilizando doble sentido, no pretendían otra cosa que provocar. Es curioso como cada vez me sucede más que las conversaciones “tete a tete” me recuerdan conversaciones de Messenger.
He de decir que ella estaba en ese tono un poco pedante del tipo “estoybuenaylose” y yo estaba un poco cortante del tipo “trescojonesmedanynoloscojo”.
Después de bastante tiempo y cuando la complicidad era evidente llegamos a un punto álgido.
- Estoy harto de los hombres. Siempre quieren lo mismo.
- Ah si?, ¿qué?
- Ummm ¿lo adivinas? (y aquí confirmé que la mujer sabía perfectamente como hacer un breve movimiento suficiente para que sus pechos temblaran e hicieran el generoso escote aún más apetecible).
- Bueno, creo que tu eres plenamente consciente de ello y de hecho creo que te gusta. En cualquier caso no creo que te pongas ese jersey con ese escote por pura comodidad.
- Pues no, pero es que estoy harto de que nadie me ofrezca nada que merezca la pena a cambio.
- Vaya, pues es raro porque estoy seguro que muchos te ofrecerían todo por ese par de tetas. Ya sabes, lo de las carretas.. aunque en este caso puedes sustituir las carretas por el Porsche Cayenne perfectamente.
Llegado a este punto yo me esperaba el típico discurso de “soy algo mas que dos tetas y un culo” aderezado con algo de “yo lo que quiero es alguien que me quiera, etc.”.
Me equivoqué con ella.
No. Nada de eso. Ella no hablaba de sentimientos, de relaciones ni compromisos emocionales.
- Mira, si un hombre quiere ponerme realmente cachonda, y te aseguro que no se arrepentiría, simplemente tiene que excitarme con su inteligencia.
- Y como voy?
- De momento no vas mal.
De pronto mi rostro se volvió rojo más por una cuestión de timidez que otra cosa. Me daba vergüenza que se me notara la súbita erección.
A veces yo mismo me recuerdo la frase que me dijo un amigo hace años, cuando éramos poco más que críos y me sorprendió en una discoteca de pie, con mi copa en la mano, “flipado” con la mirada perdida pero perfectamente focalizada entre las tetas de una morena.
- ¿Qué?, ¿tomando apuntes para una paja?.
Después de recordarla me río yo sólo de la anécdota porque lo cierto es que una de las cosas de la edad es que todo se toma con mucha más tranquilidad y con menos alboroto hormonal. Ahora tenemos el block (la libreta como se ha dicho desde siempre en mi tierra) casi lleno aunque siempre hay sitio para un nuevo apunte.
No obstante, y a pesar de la apatía aparente hay veces, muy pocas, en que de pronto alguien te enciende. No esperaba yo que esta noche fuese una de esas ocasiones.
Es cierto que desde hace un tiempo hay una morena teñida de azul que vengo siguiendo con la mirada. En el colmo de mis fantasías imagino que alguna vez se acerque y, parafraseando la canción que Jose María Cano escribió para Ana Belén (lía), salga de sus labios gruesos teñidos de rojo granate la frase: “y digo yo, que mejor que el ojo pongas la intención”.
Aunque no había hablado con ella directamente digamos que, más de una vez, habíamos participado en alguna de las breves tertulias intrascendentes que suelen darse en las noches de copas.
En esta ocasión y por casualidad (fue casualidad?) comenzamos una conversación de esas en las que se establece una especie de “lucha de gigantes” (Reich dixit) con frases y contra-frases que, utilizando doble sentido, no pretendían otra cosa que provocar. Es curioso como cada vez me sucede más que las conversaciones “tete a tete” me recuerdan conversaciones de Messenger.
He de decir que ella estaba en ese tono un poco pedante del tipo “estoybuenaylose” y yo estaba un poco cortante del tipo “trescojonesmedanynoloscojo”.
Después de bastante tiempo y cuando la complicidad era evidente llegamos a un punto álgido.
- Estoy harto de los hombres. Siempre quieren lo mismo.
- Ah si?, ¿qué?
- Ummm ¿lo adivinas? (y aquí confirmé que la mujer sabía perfectamente como hacer un breve movimiento suficiente para que sus pechos temblaran e hicieran el generoso escote aún más apetecible).
- Bueno, creo que tu eres plenamente consciente de ello y de hecho creo que te gusta. En cualquier caso no creo que te pongas ese jersey con ese escote por pura comodidad.
- Pues no, pero es que estoy harto de que nadie me ofrezca nada que merezca la pena a cambio.
- Vaya, pues es raro porque estoy seguro que muchos te ofrecerían todo por ese par de tetas. Ya sabes, lo de las carretas.. aunque en este caso puedes sustituir las carretas por el Porsche Cayenne perfectamente.
Llegado a este punto yo me esperaba el típico discurso de “soy algo mas que dos tetas y un culo” aderezado con algo de “yo lo que quiero es alguien que me quiera, etc.”.
Me equivoqué con ella.
No. Nada de eso. Ella no hablaba de sentimientos, de relaciones ni compromisos emocionales.
- Mira, si un hombre quiere ponerme realmente cachonda, y te aseguro que no se arrepentiría, simplemente tiene que excitarme con su inteligencia.
- Y como voy?
- De momento no vas mal.
De pronto mi rostro se volvió rojo más por una cuestión de timidez que otra cosa. Me daba vergüenza que se me notara la súbita erección.
Concisión
Cuando era un chaval me hicieron un test de inteligencia. En realidad se lo hicieron a toda mi clase. Después me llevaron a otro chaval y a mi a una especie de laboratorio donde nos hicieron más pruebas. Al finalizar una chica me dijo muy sonriente que tenía un cociente de inteligencia superior a Einstein.
Afortunadamente he crecido en una familia en la que el endiosamiento es muy complicado. Cuando llegué con una hojita con los resultados toda mi familia hizo bromas al respecto. De hecho esta anécdota se perdió en mi memoria hasta que, ya bastante crecidito, mi madre encontró el papelito que me dieron. Y, una vez más, tuve que soportar una ronda de chascarrillos.
Cuando era un adolescente aún, un primo que estudiaba psicología me comentó que los cocientes altos son relativamente habituales en una edad temprana ya que, y por eso se llaman cociente y no coeficiente, son magnitudes relativas a la edad mental frente a la edad física.
En cualquier caso, no soy tan iluso como para compararme con Einstein pero si tenía alguna duda (que repito, nunca la tuve) la disipé hace algunos años. Cuando, en un viaje, tuve la ocasión de ver un museo sobre Einstein que está en un apartamento donde vivió y pude ver su primer trabajo sobre la relatividad. Se trataba de un cuadernito y compartía espacio con otros cinco o seis que había escrito ese mismo año. Por lo que me explicaron, cada uno de esos cuadernitos ha constituido un hito en diferentes campos de la física.
Si bien el contenido es históricamente trascendente y genial, lo que más me llamó la atención fue que el "informe" estaba escrito a mano en tres páginas. En esas pocas líneas “simplemente” ponía en cuestión que el mundo donde creíamos vivir de tiempos y espacios fijos no existía.
Hace poco en un post me referí a Pierre de Fermat y a su manía de escribir teoremas en los márgenes de los libros con tan poco espacio que no le cabían siquiera las demostraciones que tardaron siglos en encontrarse. Es otra buen ejemplo de capacidad de síntesis.
Siempre me hizo gracia una anécdota sobre alguien (no recuerdo quien) al que le preguntaron cuanto tardaría en preparar un discurso de diez minutos y contestó que una semana. Cuando le preguntaron cuanto tardaría en preparar uno de dos horas dijo: diez minutos.
En mi vida he conocido muchas personas pero si alguien se merece el calificativo de genio es Santiago, del que ya comenté algo en un post y al que le debo muchos otros. Aún recuerdo cuando un día le dije que, cuando tuviésemos tiempo, me tenía que explicar su teoría sobre la nutrición que le había supuesto tanto reconocimiento y honores. Estábamos tomando café y entre sorbo y sorbo me dijo “Ahora mismo si quieres”. En unos treinta segundos me explicó su teoría sobre la absorción de glucosa y su, por aquel prácticamente desconocida y ahora cada vez más de moda, teoría del índice glucémico. Después, dio otro sorbo del café que ni siquiera se había enfriado. Gracias a lo que me contó, y sólo con eso, conseguí bajar unos veinte kilos que me sobraban y mejorar bastante mi tono físico.
Pero, cuando Santiago me demostró de verdad su capacidad de síntesis fue hace algo más de un año cuando, una vez que me enteré que el cáncer que tenía había sufrido metástasis y no era operable, estuve decenas de minutos sin para de hablar convenciéndole (a él que ha sido propuesto para el Nóbel) de los avances de la medicina y consolando mi dolor con palabras huecas de ánimo. Al cabo del tiempo, sonrió, me tomo de la mano y me dijo “Yo también te quiero”. Después de eso pensé.. joder, es que en realidad era lo único que intentaba decirle y se podía decir con dos palabras.
¿A qué viene este post que podría ser perfectamente el primero de una serie titulada “Virtudes que me gustaría poseer” o “Defectos que me reconozco”?.
Simplemente hace poco alguien me preguntó si pudiera elegir una virtud que me hiciese mejor cual seleccionaría y conteste con pocas dudas: La capacidad de síntesis; la concisión. Una vez más me cayó el calificativo de raro.
Alguien me dijo que no consideraba la brevedad como una virtud. Yo tampoco –contesté- creo que la brevedad lo sea por si mismo. Por eso he dicho la capacidad de síntesis. Lo realmente difícil es decir algo sustancioso en pocas palabras. Ser breve puede ser incluso una muestra de brevedad mental. Ser conciso es una muestra de genialidad.
Con este blog he recibido comentarios, la mayoría elogiosos y sin duda, muchos de ellos poco merecidos. Uno de los que más me halagó fue el de alguién que logró hacerme sonrojar cuando me dijo que al principio le parecieron demasiado largos mis post pero que, cuando los leyó, observó que no les sobraba nada. Halagador pero falso. Creo que nunca poseeré el don de la concisión.
Y este post, con sus decenas de líneas, es un buen ejemplo.
Afortunadamente he crecido en una familia en la que el endiosamiento es muy complicado. Cuando llegué con una hojita con los resultados toda mi familia hizo bromas al respecto. De hecho esta anécdota se perdió en mi memoria hasta que, ya bastante crecidito, mi madre encontró el papelito que me dieron. Y, una vez más, tuve que soportar una ronda de chascarrillos.
Cuando era un adolescente aún, un primo que estudiaba psicología me comentó que los cocientes altos son relativamente habituales en una edad temprana ya que, y por eso se llaman cociente y no coeficiente, son magnitudes relativas a la edad mental frente a la edad física.
En cualquier caso, no soy tan iluso como para compararme con Einstein pero si tenía alguna duda (que repito, nunca la tuve) la disipé hace algunos años. Cuando, en un viaje, tuve la ocasión de ver un museo sobre Einstein que está en un apartamento donde vivió y pude ver su primer trabajo sobre la relatividad. Se trataba de un cuadernito y compartía espacio con otros cinco o seis que había escrito ese mismo año. Por lo que me explicaron, cada uno de esos cuadernitos ha constituido un hito en diferentes campos de la física.
Si bien el contenido es históricamente trascendente y genial, lo que más me llamó la atención fue que el "informe" estaba escrito a mano en tres páginas. En esas pocas líneas “simplemente” ponía en cuestión que el mundo donde creíamos vivir de tiempos y espacios fijos no existía.
Hace poco en un post me referí a Pierre de Fermat y a su manía de escribir teoremas en los márgenes de los libros con tan poco espacio que no le cabían siquiera las demostraciones que tardaron siglos en encontrarse. Es otra buen ejemplo de capacidad de síntesis.
Siempre me hizo gracia una anécdota sobre alguien (no recuerdo quien) al que le preguntaron cuanto tardaría en preparar un discurso de diez minutos y contestó que una semana. Cuando le preguntaron cuanto tardaría en preparar uno de dos horas dijo: diez minutos.
En mi vida he conocido muchas personas pero si alguien se merece el calificativo de genio es Santiago, del que ya comenté algo en un post y al que le debo muchos otros. Aún recuerdo cuando un día le dije que, cuando tuviésemos tiempo, me tenía que explicar su teoría sobre la nutrición que le había supuesto tanto reconocimiento y honores. Estábamos tomando café y entre sorbo y sorbo me dijo “Ahora mismo si quieres”. En unos treinta segundos me explicó su teoría sobre la absorción de glucosa y su, por aquel prácticamente desconocida y ahora cada vez más de moda, teoría del índice glucémico. Después, dio otro sorbo del café que ni siquiera se había enfriado. Gracias a lo que me contó, y sólo con eso, conseguí bajar unos veinte kilos que me sobraban y mejorar bastante mi tono físico.
Pero, cuando Santiago me demostró de verdad su capacidad de síntesis fue hace algo más de un año cuando, una vez que me enteré que el cáncer que tenía había sufrido metástasis y no era operable, estuve decenas de minutos sin para de hablar convenciéndole (a él que ha sido propuesto para el Nóbel) de los avances de la medicina y consolando mi dolor con palabras huecas de ánimo. Al cabo del tiempo, sonrió, me tomo de la mano y me dijo “Yo también te quiero”. Después de eso pensé.. joder, es que en realidad era lo único que intentaba decirle y se podía decir con dos palabras.
¿A qué viene este post que podría ser perfectamente el primero de una serie titulada “Virtudes que me gustaría poseer” o “Defectos que me reconozco”?.
Simplemente hace poco alguien me preguntó si pudiera elegir una virtud que me hiciese mejor cual seleccionaría y conteste con pocas dudas: La capacidad de síntesis; la concisión. Una vez más me cayó el calificativo de raro.
Alguien me dijo que no consideraba la brevedad como una virtud. Yo tampoco –contesté- creo que la brevedad lo sea por si mismo. Por eso he dicho la capacidad de síntesis. Lo realmente difícil es decir algo sustancioso en pocas palabras. Ser breve puede ser incluso una muestra de brevedad mental. Ser conciso es una muestra de genialidad.
Con este blog he recibido comentarios, la mayoría elogiosos y sin duda, muchos de ellos poco merecidos. Uno de los que más me halagó fue el de alguién que logró hacerme sonrojar cuando me dijo que al principio le parecieron demasiado largos mis post pero que, cuando los leyó, observó que no les sobraba nada. Halagador pero falso. Creo que nunca poseeré el don de la concisión.
Y este post, con sus decenas de líneas, es un buen ejemplo.
La pareja perfecta
Hace ya tiempo pensé en apuntarme en alguna de esas páginas de contactos que hay por Internet. Me encontré, de entrada, con dos grandes problemas. El primero era describirme, el segundo describir que es lo que buscaba. Si en el primer caso me resultó difícil en el segundo fue imposible.
Excepto en el primer requisito (que fuese mujer) en el resto no sabía que poner. Me pedían cosas como la edad, estatura, el peso, la región, el estado civil. Entre mi terrible defecto con la fisonomía y mi nula capacidad para definir un prototipo, me encontré con la imposibilidad de definir, al menos someramente, mi mujer ideal. A parte de que mi experiencia me dice que no es tan fácil determinar una pareja perfecta, me encontré con otro problema y es que, de alguna manera me sentía mal prejuzgando a alguien en base a su edad, aspecto, profesión, altura, etc..
He observado leyendo algunos blogs de mujeres (ya expliqué que estos blogs han rellenado el vacío que me dejó el dejar de leer el Cosmopolitan) que las mujeres suelen tenerlo muy claro. O al menos, eso les gusta pensar porque después la realidad viene y se impone. Y afortunadamente se impone porque sino ningún funcionario de Albacete de edad media con hipoteca , utilitario, calva incipiente y su correspondiente barriguita tendría nada que hacer con el sexo femenino.
Aparte de eso es que si las mujeres se empeñaran en encontrar sus hombres perfectos lo pasarían mal porque los artistas bohemios con cuerpo de escándalo y los profesionales triunfadores con barbilla cuadrada y hoyuelo están muy solicitados (si que lo estamos). Y es que, además, en el summum del inconformismo, al bohemio le pedirán que deje de ser un bohemio y de viajar y se quede para estar con ellas y al profesional le pedirán que sepa recitar poesía y cocinar.
Hace poco una amiga (la de la hija obsesionada por las marcas) me intentó meter en una cita a ciegas. En realidad, ni siquiera llegó a intento de cita, simplemente me dijo que tenía una amiga “perfecta para mi”. Es obvio que la curiosidad hizo su trabajo y yo le pregunté cual sería la mujer perfecta para mi. La respuesta fue bastante obvia: la mujer perfecta para mi es una mujer de treinta y tantos, universitaria, profesional, autosuficiente económica y socialmente, y de aspecto atractivo (todo esto según mi amiga).
Lo que hizo mi amiga, en mi opinión, es sacar el racionalismo femenino para determinar mi pareja perfecta. Por curiosidad pregunté porque sabía que su amiga me gustaría físicamente y confirmo mi sospechas. Me hizo una descripción de lo que una mujer considera una mujer atractiva.
La cuestión es que yo no tengo nada claro que mi mujer perfecta no pudiera ser, por poner sólo un ejemplo, una chica regordeta de Getafe que vive con su madre y sus dos niños y que, mientras termina su curso de decoración de interiores en CCC, trabaja de ayudante de peluquera.
Una cosa que vengo observando desde hace tiempo, y últimamente la lectura de ciertos blogs que hablan sobre el tema me han confirmado, es la cantidad de factores que una mujer puede evaluar en un hombre de forma absolutamente consciente. De hecho yo estoy comenzando a sentirme escrutado y es una sensación que tensa bastante.
No se trata ya de cosas obvias y típicas como lo de follar con calcetines o los calcetines blancos (imagino que el no va más de la desfachatez sería follar con calcetines bancos). Es que ahora hay que tener unas manos fuertes pero con dedos largos y uñas perfectas, una voz interesante, saber escribir y puntuar correctamente, que te gusten los niños, que te gusten sus niños, que sepas cocinar, que seas ocurrente pero sin caer en la comicidad, que seas sensible pero sin caer en la sensiblería, que seas fuerte pero delicado, que seas detallista, que te acuerdes de enviarle un mensaje de vez en cuando pero que no le agobies con mensajes, que tengas un buen coche pero que no te gusten los coches, que no te guste el fútbol, que tu libido sea a prueba de bombas y que seas capaz de echar cinco polvos en una noche pero que no pienses siempre en el sexo, etc, etc, etc…
Y pobre de ti si no cumples. Serás terriblemente condenado y se harán chistes crueles y terribles sobre ti. Si un día no estas al nivel en cualquier de los aspectos anteriores o en cualquier otro serás automáticamente recluido en una de las celdas clasificatorias con un cartel encima de la puerta para que el resto de las féminas sea convenientemente advertidas. “Este tipo se hurgó la nariz en un semáforo. Es el típico guarro”. “Un día en el Messenger me preguntó por como iba vestida. Es el típico obseso enfermizo”. “Un día le dije en el messenger como era mi ropa interior y cambio de tema. Es el típico maricón”.
Podría poner algunas frases literales sacadas de blogs femeninos que mostrarían la crueldad de las críticas. Jamás en las conversaciones con hombres (si, esas repletas de tetosterona) he oído criticas de tal magnitud. A lo mejor es que somos tan simples que si vemos una mujer con un buen culo no nos paramos a escrutar la calidad de su cutis o su expediente académico, pero lo cierto es que jamás he observado tanta exigencia entre los hombres. Y si la hay, desde luego, no he encontrado tanta crudeza y crueldad.
Yo, mientras tanto, sin saber cual es mi mujer perfecta ni siquiera puedo especificar en rango de edad, altura o peso de mi pareja ideal. Lo llevo crudo.
Ahora me voy que esta noche salgo y aún tengo que llevar el coche a lavar y a hacerme la manicura.
Excepto en el primer requisito (que fuese mujer) en el resto no sabía que poner. Me pedían cosas como la edad, estatura, el peso, la región, el estado civil. Entre mi terrible defecto con la fisonomía y mi nula capacidad para definir un prototipo, me encontré con la imposibilidad de definir, al menos someramente, mi mujer ideal. A parte de que mi experiencia me dice que no es tan fácil determinar una pareja perfecta, me encontré con otro problema y es que, de alguna manera me sentía mal prejuzgando a alguien en base a su edad, aspecto, profesión, altura, etc..
He observado leyendo algunos blogs de mujeres (ya expliqué que estos blogs han rellenado el vacío que me dejó el dejar de leer el Cosmopolitan) que las mujeres suelen tenerlo muy claro. O al menos, eso les gusta pensar porque después la realidad viene y se impone. Y afortunadamente se impone porque sino ningún funcionario de Albacete de edad media con hipoteca , utilitario, calva incipiente y su correspondiente barriguita tendría nada que hacer con el sexo femenino.
Aparte de eso es que si las mujeres se empeñaran en encontrar sus hombres perfectos lo pasarían mal porque los artistas bohemios con cuerpo de escándalo y los profesionales triunfadores con barbilla cuadrada y hoyuelo están muy solicitados (si que lo estamos). Y es que, además, en el summum del inconformismo, al bohemio le pedirán que deje de ser un bohemio y de viajar y se quede para estar con ellas y al profesional le pedirán que sepa recitar poesía y cocinar.
Hace poco una amiga (la de la hija obsesionada por las marcas) me intentó meter en una cita a ciegas. En realidad, ni siquiera llegó a intento de cita, simplemente me dijo que tenía una amiga “perfecta para mi”. Es obvio que la curiosidad hizo su trabajo y yo le pregunté cual sería la mujer perfecta para mi. La respuesta fue bastante obvia: la mujer perfecta para mi es una mujer de treinta y tantos, universitaria, profesional, autosuficiente económica y socialmente, y de aspecto atractivo (todo esto según mi amiga).
Lo que hizo mi amiga, en mi opinión, es sacar el racionalismo femenino para determinar mi pareja perfecta. Por curiosidad pregunté porque sabía que su amiga me gustaría físicamente y confirmo mi sospechas. Me hizo una descripción de lo que una mujer considera una mujer atractiva.
La cuestión es que yo no tengo nada claro que mi mujer perfecta no pudiera ser, por poner sólo un ejemplo, una chica regordeta de Getafe que vive con su madre y sus dos niños y que, mientras termina su curso de decoración de interiores en CCC, trabaja de ayudante de peluquera.
Una cosa que vengo observando desde hace tiempo, y últimamente la lectura de ciertos blogs que hablan sobre el tema me han confirmado, es la cantidad de factores que una mujer puede evaluar en un hombre de forma absolutamente consciente. De hecho yo estoy comenzando a sentirme escrutado y es una sensación que tensa bastante.
No se trata ya de cosas obvias y típicas como lo de follar con calcetines o los calcetines blancos (imagino que el no va más de la desfachatez sería follar con calcetines bancos). Es que ahora hay que tener unas manos fuertes pero con dedos largos y uñas perfectas, una voz interesante, saber escribir y puntuar correctamente, que te gusten los niños, que te gusten sus niños, que sepas cocinar, que seas ocurrente pero sin caer en la comicidad, que seas sensible pero sin caer en la sensiblería, que seas fuerte pero delicado, que seas detallista, que te acuerdes de enviarle un mensaje de vez en cuando pero que no le agobies con mensajes, que tengas un buen coche pero que no te gusten los coches, que no te guste el fútbol, que tu libido sea a prueba de bombas y que seas capaz de echar cinco polvos en una noche pero que no pienses siempre en el sexo, etc, etc, etc…
Y pobre de ti si no cumples. Serás terriblemente condenado y se harán chistes crueles y terribles sobre ti. Si un día no estas al nivel en cualquier de los aspectos anteriores o en cualquier otro serás automáticamente recluido en una de las celdas clasificatorias con un cartel encima de la puerta para que el resto de las féminas sea convenientemente advertidas. “Este tipo se hurgó la nariz en un semáforo. Es el típico guarro”. “Un día en el Messenger me preguntó por como iba vestida. Es el típico obseso enfermizo”. “Un día le dije en el messenger como era mi ropa interior y cambio de tema. Es el típico maricón”.
Podría poner algunas frases literales sacadas de blogs femeninos que mostrarían la crueldad de las críticas. Jamás en las conversaciones con hombres (si, esas repletas de tetosterona) he oído criticas de tal magnitud. A lo mejor es que somos tan simples que si vemos una mujer con un buen culo no nos paramos a escrutar la calidad de su cutis o su expediente académico, pero lo cierto es que jamás he observado tanta exigencia entre los hombres. Y si la hay, desde luego, no he encontrado tanta crudeza y crueldad.
Yo, mientras tanto, sin saber cual es mi mujer perfecta ni siquiera puedo especificar en rango de edad, altura o peso de mi pareja ideal. Lo llevo crudo.
Ahora me voy que esta noche salgo y aún tengo que llevar el coche a lavar y a hacerme la manicura.
El mundo "wide"
Hace unos días me levanté y, mientras desayunaba, puse la tele. Nada espectacular, sólo las noticias aunque últimamente cada vez hay más anuncios y menos noticias. El caso es que estaba viendo yo un anuncio sobre alguna chorrada y me dije: “Vaya, esta buena la tía esta” (es que yo conmigo mismo utilizo a veces un lenguaje de muy poco nivel). Al poco, cuando la tía buena en cuestión ya me tenía casi convencido para que comprara un aparato de depilación que se llama “nono” (en un alarde de marketing de algún genio. No entiendo como pueden vender una cosa que cuando piensas en ella terminas diciendo no, no…).
Como de costumbre dejé la tele puesta mientras iba haciendo otras cosas. En estas estaba cuando, casi sin querer, echo un rápido vistazo y me digo: “Joder, esta buena la que anuncia la mesa esa”.
Dicho esto me paré un segundo y me dije: O de pronto todas se han puesto macizas o es que me he despertado yo con la libido “alborotá”. En cualquiera de los dos casos eran buenas noticias. Seguí mirando la tele y, ante mi sorpresa (y con cierta alegría por cierto) observé que la mujer del tiempo estaba realmente potente.
Ya casi estaba por irme cuando de pronto descubrí el misterio. Con decepción me dí cuenta que, una vez más, mi despiste crónico me había pasado una mala jugada. La noche anterior estuve viendo un DVD y puse el zoom de la tele panorámica en modo “Wide” (ancho). Cuando me fui a la cama me olvidé de quitarlo y esa mañana estaba viendo la tele con todas las imágenes deformadas. Ante mi sorpresa, esa pequeña deformación que hacía todo más ancho había convertido a mujeres con una belleza “estéticamente correcta” en macizas.
Esto que me sucedió hace unos días y de lo que me reí yo solo bastante me lo han vuelto a recordar ayer cuando leí en los blogs de Elvira y Lukre sendos posts que tenían que ver con el tema. En uno de ellos (el de Elvira) se lamentaba del efecto del chocolate en sus muslos y en otro (el de Lukre) volvía a salir el tema de las modelos de delgadez extrema.
Tanto nos venden el tema de la delgadez femenina (y desde hace un tiempo masculina) que yo me creía (para variar) raro cuando me daba cuenta que a mi lo que me pone no es para nada la delgadez. Aunque tampoco soy yo mucho de las conversaciones “mascuinas” de las que tanto se quejaba “Aburrida” en un comentario, con el tiempo me he dado cuenta de que esta preferencia mía por las curvas pronunciadas y por el biotipo “jaquetona” no es precisamente minoritario sino todo lo contrario.
De hecho, para mi (y juraría que para un altísimo porcentaje de hombres) el tipo “perfecto” de las modelos no me pone nada. No hay nada más asexuado en mi opinión que un desfile de modas. Todos los que he visto excepto uno al que el comentarista de turno venía a llamar “el otro desfile” y donde, en tono condescendiente se decía “las mujeres no tan afortunadas también tienen su moda”. En este desfile aparecían un grupo de mujeres (poco afortunadas según el “pringao” de la tele) todo curvas y voluptuosidad.
Hace poco seguí con interés la polémica del salón Cibeles donde obligaron a que las chicas tuvieran un índice de masa corporal mínimo. Yo pensé que ya era hora hasta que ví a una de las que dieron dicho índice. Si esa chica tiene un índice 19 deberían haber pedido un 35. Un día tuve la ocasión de hablar sobre estos índices y estas tablas de pesos ideales con una “nutricionista” (a mi me parece que no era médica sino que era más de la facultad CEAC o CCC) y le pregunté que de donde salían esas medidas y no me la supo decir. Yo sostengo firmemente que son inventadas y que tienen que ver con la moda. Según esas tablas Marilyn Monroe o Kim Novack serían obesas rallando en la morbidez. Yo creo que se acercan mucho más a la morbosidad que a la morbidez.
Aparte del hecho de que de siempre me haya puesto mucho más una “Stefanía Sandrelli” que una “Paulina Rubio” (aunque curiosamente mis parejas se hayan parecido mucho más a esta última que a la primera) es que a mi la “perfección física” me aburre bastante.
Como digo, y sin que sirva de precedente, en esto no creo estar en minoría con respecto a los hombres. Suelo contar la anécdota de una chica con la que salí en el instituto. Era una chica muy linda pero tenía un rasgo físico muy acusado. Tenía caderas anchas (y un culo espectacular dicho sea de paso). Un día me dijo que estaba acomplejada porque todas sus amigas le decían que estaba deforme. Al poco tiempo se hizo una encuesta entre los chavales del instituto sobre las chavalas del mismo. Esta chica salió elegida como “la tía más potente” (Era una de las categorías más finas que había, evitaré referirme a las otras).
Todo lo que digo en femenino es perfectamente aplicable al masculino aunque lo cierto es que a mi me pone muy poco un delgado o un gordo. Ahí si me parece que los gustos de las mujeres concuerdan mucho más con el arquetipo oficial de belleza masculina.
Dicho lo dicho no tengo demasiada esperanza de que vuelvan esos días felices donde la voluptuosidad era considerada. Las mujeres son las mayores consumidoras de “estética” y se seguirá midiendo por sus propios cánones de belleza.
De todas formas, afortunadamente yo tengo como aliados a la naturaleza y la edad que se empeña en no seguir las rígidas pautas de la estética oficial y ofrece la belleza de la mujer “común” que, lejos de ser académica y estereotipada (como parecen a veces las modelos), suele ser única y particular.
Y ahora, demás, tengo la ayuda de la técnica. Basta con poner mi tele en modo “Wide” para acceder a un mundo feliz de tentaciones continuas. Hay quien disfruta con “un mundo güay” pero yo prefiero mi “mundo Wide”.
Gracias a este descubrimiento uno se pone cachondo ya hasta con el telediario. Y, enlazando con el post anterior, ahora sé lo que sentía el príncipe Felipe cuando veía a Leticia que, por cierto, necesita una pantalla que acepté el modo "extra wide".
Como de costumbre dejé la tele puesta mientras iba haciendo otras cosas. En estas estaba cuando, casi sin querer, echo un rápido vistazo y me digo: “Joder, esta buena la que anuncia la mesa esa”.
Dicho esto me paré un segundo y me dije: O de pronto todas se han puesto macizas o es que me he despertado yo con la libido “alborotá”. En cualquiera de los dos casos eran buenas noticias. Seguí mirando la tele y, ante mi sorpresa (y con cierta alegría por cierto) observé que la mujer del tiempo estaba realmente potente.
Ya casi estaba por irme cuando de pronto descubrí el misterio. Con decepción me dí cuenta que, una vez más, mi despiste crónico me había pasado una mala jugada. La noche anterior estuve viendo un DVD y puse el zoom de la tele panorámica en modo “Wide” (ancho). Cuando me fui a la cama me olvidé de quitarlo y esa mañana estaba viendo la tele con todas las imágenes deformadas. Ante mi sorpresa, esa pequeña deformación que hacía todo más ancho había convertido a mujeres con una belleza “estéticamente correcta” en macizas.
Esto que me sucedió hace unos días y de lo que me reí yo solo bastante me lo han vuelto a recordar ayer cuando leí en los blogs de Elvira y Lukre sendos posts que tenían que ver con el tema. En uno de ellos (el de Elvira) se lamentaba del efecto del chocolate en sus muslos y en otro (el de Lukre) volvía a salir el tema de las modelos de delgadez extrema.
Tanto nos venden el tema de la delgadez femenina (y desde hace un tiempo masculina) que yo me creía (para variar) raro cuando me daba cuenta que a mi lo que me pone no es para nada la delgadez. Aunque tampoco soy yo mucho de las conversaciones “mascuinas” de las que tanto se quejaba “Aburrida” en un comentario, con el tiempo me he dado cuenta de que esta preferencia mía por las curvas pronunciadas y por el biotipo “jaquetona” no es precisamente minoritario sino todo lo contrario.
De hecho, para mi (y juraría que para un altísimo porcentaje de hombres) el tipo “perfecto” de las modelos no me pone nada. No hay nada más asexuado en mi opinión que un desfile de modas. Todos los que he visto excepto uno al que el comentarista de turno venía a llamar “el otro desfile” y donde, en tono condescendiente se decía “las mujeres no tan afortunadas también tienen su moda”. En este desfile aparecían un grupo de mujeres (poco afortunadas según el “pringao” de la tele) todo curvas y voluptuosidad.
Hace poco seguí con interés la polémica del salón Cibeles donde obligaron a que las chicas tuvieran un índice de masa corporal mínimo. Yo pensé que ya era hora hasta que ví a una de las que dieron dicho índice. Si esa chica tiene un índice 19 deberían haber pedido un 35. Un día tuve la ocasión de hablar sobre estos índices y estas tablas de pesos ideales con una “nutricionista” (a mi me parece que no era médica sino que era más de la facultad CEAC o CCC) y le pregunté que de donde salían esas medidas y no me la supo decir. Yo sostengo firmemente que son inventadas y que tienen que ver con la moda. Según esas tablas Marilyn Monroe o Kim Novack serían obesas rallando en la morbidez. Yo creo que se acercan mucho más a la morbosidad que a la morbidez.
Aparte del hecho de que de siempre me haya puesto mucho más una “Stefanía Sandrelli” que una “Paulina Rubio” (aunque curiosamente mis parejas se hayan parecido mucho más a esta última que a la primera) es que a mi la “perfección física” me aburre bastante.
Como digo, y sin que sirva de precedente, en esto no creo estar en minoría con respecto a los hombres. Suelo contar la anécdota de una chica con la que salí en el instituto. Era una chica muy linda pero tenía un rasgo físico muy acusado. Tenía caderas anchas (y un culo espectacular dicho sea de paso). Un día me dijo que estaba acomplejada porque todas sus amigas le decían que estaba deforme. Al poco tiempo se hizo una encuesta entre los chavales del instituto sobre las chavalas del mismo. Esta chica salió elegida como “la tía más potente” (Era una de las categorías más finas que había, evitaré referirme a las otras).
Todo lo que digo en femenino es perfectamente aplicable al masculino aunque lo cierto es que a mi me pone muy poco un delgado o un gordo. Ahí si me parece que los gustos de las mujeres concuerdan mucho más con el arquetipo oficial de belleza masculina.
Dicho lo dicho no tengo demasiada esperanza de que vuelvan esos días felices donde la voluptuosidad era considerada. Las mujeres son las mayores consumidoras de “estética” y se seguirá midiendo por sus propios cánones de belleza.
De todas formas, afortunadamente yo tengo como aliados a la naturaleza y la edad que se empeña en no seguir las rígidas pautas de la estética oficial y ofrece la belleza de la mujer “común” que, lejos de ser académica y estereotipada (como parecen a veces las modelos), suele ser única y particular.
Y ahora, demás, tengo la ayuda de la técnica. Basta con poner mi tele en modo “Wide” para acceder a un mundo feliz de tentaciones continuas. Hay quien disfruta con “un mundo güay” pero yo prefiero mi “mundo Wide”.
Gracias a este descubrimiento uno se pone cachondo ya hasta con el telediario. Y, enlazando con el post anterior, ahora sé lo que sentía el príncipe Felipe cuando veía a Leticia que, por cierto, necesita una pantalla que acepté el modo "extra wide".
La "leti" y su bebe. Implicaciones institucionales.
Hay algo fascinante en como funciona la mente. Yo soy terriblemente curioso para casi todo pero hay otra serie de cosas en las que no lo soy. Aparte de esto he desarrollado cierta habilidad para eliminar de mi cabeza algunos temas. Esto me permite no acabar desquiciado.
El cerebro tiene algunas de estas características que permiten “desenchufar” ciertas habilidades para que no nos molesten. Una de ellas es la que nos permite ver el movimiento en una película en vez de una serie de fotos continuas o apreciar tres dimensiones en dos. Otra, la comentaban hace poco en una serie de la Fox, es la que nos permite observar cualquier cosa como un todo y no como sus partes. El ejemplo de la serie era simple: Cuando miras una lámpara la identificas como una lámpara no como una serie de piezas que forman la lámpara. A eso le llamaban algo así como “inhibición incosciente”.
Y todo este preámbulo tan largo es sólo para decir que a pesar de que es raro encontrar un tema, sea cual sea, que a mi no me interese hay una serie de temas que no solo no me llaman la atención sino que además me aburren solemnemente. Uno de ellos es todo lo que tiene que ver con la vida de los famosos. Yo sé que decir que no te interesan estas cosas esta bien visto y es algo así como lo de los documentales de “la 2” pero en mi caso es, además, cierto.
Dentro de esta clasificación, existe una serie de temas que son aquellas que tienen que ver con la vida de la familia real. Me la “repamplinfa” quien se case con quien, los niños de las infantas o si la suegra de la cuñada de una tía de lady Di o de Leticia es fresadora.
El tema de la monarquía si me ha intrigado desde siempre (yo casi puedo decir que, desde que tengo uso de razón he conocido una monarquía) desde el punto de vista institucional. A nivel personal tuve la mala suerte de conocer a algún amigo íntimo (y parece que de verdad) de alguien de la familia real y lo cierto es que se me quitó lo poco de monárquico que yo podía tener.
Pero la otra noche asistí contra mi voluntad a una conversación que comenzó como un tema del corazón y se tornó poco menos que en un dilema institucional. Como seguramente todo el mundo menos yo sabía, la princesa va a tener un crío. Aparte de la constatación que los príncipes, a pesar de su agenda repleta de obligaciones, también tienen tiempo para procrear (no sé quien es el proveedor de condones de la casa real pero se está luciendo), lo que generó la polémica es el hecho de que, tal y como tenemos la ley pudiera suceder de que si se trata de un niño tenga preferencia en la línea sucesoria sobre la hermana mayor.
Esta conversación, donde participaban tanto hombres como mujeres (no vaya a ser que alimentemos el tópico de que estas cosas son sólo de mujeres) se fue convirtiendo en la peor de las discusiones posible. Aquellas en las que todos están de acuerdo. Había unanimidad en que era intolerable que, en pleno siglo XXI, se hiciera discriminación machista. Por supuesto, cada vez se hablaba más alto para acentuar que, aunque el que hablaba estaba totalmente de acuerdo con el que había hablado antes, la persona en cuestión estaba mucho más de acuerdo que la anterior.
Como he dicho antes, a lo largo de los años y con mucho esfuerzo por mi parte, he desarrollado una habilidad para obviar algunos temas. Sin embargo, también tengo cierta habilidad a veces para desactivar esa función de “inhibición inconsciente (o como se diga)” y ver partes y matices que, siendo evidentes cuando te los señalan, suelen pasar inadvertidos.
Ya harto de la conversación sobre los príncipes y princesas, y con cierta voluntad de polémica (y mi reconocida vocación tocapelotas) en esa discusión tan plana cuando alguien me pidió mi opinión simplemente dije:
“Yo estoy totalmente de acuerdo con la ley sálica. Aparte de eso es que me parece fatal que el príncipe se casara con una plebeya.”
Afortunadamente, yo estaba sentado en la esquina con lo que me evité agresiones por la espalda. Creo que fue lo único que evité.
Pasados los primeros momentos de indignación, me expliqué (o al menos lo intenté con diverso éxito).
En realidad lo que a mi me parece inaudito en pleno siglo XXI es la monarquía. O mejor dicho, los principios que subyacen en la monarquía. Porque, en muchos casos, la monarquía es algo práctico (sobre todo a nivel representativo) pero es evidente que el principio de que una familia es “la primera familia” y que detenta ciertos privilegios por el hecho de haber nacido en la familia es algo absolutamente anacrónico. Yo comprendo que alguien pueda defender la monarquía con argumentos prácticos (eso si, si oigo otra vez lo del 23F vomito) pero no que pueda defenderse la institución como tal.
Y puestos a discutir el derecho estúpido que hace que un niño tenga prevalencia sobre una niña, porque no se discute ese mismo derecho sobre el príncipe y la infanta Elena?. Y si pensáramos que a ese llegamos tarde (no sé porqué) podríamos agregarlo dándole preferencia a los hijos de la infanta Elena sobre los del Príncipe.
Y ya puestos, ¿porqué el Principe tiene este derecho y privilegios sobre cualquier otra persona?.
Así pues yo parto de la base de que la monarquía en si es una institución anacrónica que se sustenta en muchos privilegios, algunas reglas y poquitas obligaciones sin sentido en la vida actual. Si alguien acepta la monarquía y establece (como dice Ansón continuamente) la diferencia entre nobles y plebeyos y las razones como “la alta cuna” me parece lógico, dentro de ese contexto, que defienda que los príncipes deben casarse con alguien de esa “alta cuna”. Lo que no creo que se coherente es renegar del concepto de la "alta cuna" para unas cosas y no para otras.
Dentro de estas reglas anacrónicas está la ley sálica.
De pronto todos somos “modernos” defendiendo la igualdad de sexos en la familia real (de aquí a nada pedimos la paridad en la descendencia) o el derecho de los reyes a casarse por amor. ¡Y una mierda!. Un rey tiene que casarse por pura conveniencia con alguien de su rango (ya se le buscará alguna vedette para que se entretenga) y defender la pureza e integridad de la raza. Y sino, que se retire del negocio y renuncie a su casita en el pardo, a sus avioncitos, a sus barquitos de vela y a sus interminables “vacaciones” que empalman de Mallorca a Baqueira. En definitiva, que si queremos que el principe pueda escoger su mujer como cualquiera, y defendemos el derecho a que la nieta de un taxista sea princesa y reina de España, también deberíamos defender el hecho de que si la princesa no sabe esquiar aprenda como todo el mundo y no haga falta cerrar una pista de una estación de los Alpes (con el dinero de nuestros impuesto evidentemente).
Así pues, me mantengo en mis trece. Si el bebe es niño, debe tener prioridad sobre la niña. A no ser que salga discapacitado en cuyo caso habría que despeñarlo por un barranco como ofrenda a los dioses.
Perdón, creo que estoy confundiendo cosas. No estamos en la América precolombina, estamos en la Europa medieval.
PD: espero que se note el “ligero” toque sarcástico del post.
El cerebro tiene algunas de estas características que permiten “desenchufar” ciertas habilidades para que no nos molesten. Una de ellas es la que nos permite ver el movimiento en una película en vez de una serie de fotos continuas o apreciar tres dimensiones en dos. Otra, la comentaban hace poco en una serie de la Fox, es la que nos permite observar cualquier cosa como un todo y no como sus partes. El ejemplo de la serie era simple: Cuando miras una lámpara la identificas como una lámpara no como una serie de piezas que forman la lámpara. A eso le llamaban algo así como “inhibición incosciente”.
Y todo este preámbulo tan largo es sólo para decir que a pesar de que es raro encontrar un tema, sea cual sea, que a mi no me interese hay una serie de temas que no solo no me llaman la atención sino que además me aburren solemnemente. Uno de ellos es todo lo que tiene que ver con la vida de los famosos. Yo sé que decir que no te interesan estas cosas esta bien visto y es algo así como lo de los documentales de “la 2” pero en mi caso es, además, cierto.
Dentro de esta clasificación, existe una serie de temas que son aquellas que tienen que ver con la vida de la familia real. Me la “repamplinfa” quien se case con quien, los niños de las infantas o si la suegra de la cuñada de una tía de lady Di o de Leticia es fresadora.
El tema de la monarquía si me ha intrigado desde siempre (yo casi puedo decir que, desde que tengo uso de razón he conocido una monarquía) desde el punto de vista institucional. A nivel personal tuve la mala suerte de conocer a algún amigo íntimo (y parece que de verdad) de alguien de la familia real y lo cierto es que se me quitó lo poco de monárquico que yo podía tener.
Pero la otra noche asistí contra mi voluntad a una conversación que comenzó como un tema del corazón y se tornó poco menos que en un dilema institucional. Como seguramente todo el mundo menos yo sabía, la princesa va a tener un crío. Aparte de la constatación que los príncipes, a pesar de su agenda repleta de obligaciones, también tienen tiempo para procrear (no sé quien es el proveedor de condones de la casa real pero se está luciendo), lo que generó la polémica es el hecho de que, tal y como tenemos la ley pudiera suceder de que si se trata de un niño tenga preferencia en la línea sucesoria sobre la hermana mayor.
Esta conversación, donde participaban tanto hombres como mujeres (no vaya a ser que alimentemos el tópico de que estas cosas son sólo de mujeres) se fue convirtiendo en la peor de las discusiones posible. Aquellas en las que todos están de acuerdo. Había unanimidad en que era intolerable que, en pleno siglo XXI, se hiciera discriminación machista. Por supuesto, cada vez se hablaba más alto para acentuar que, aunque el que hablaba estaba totalmente de acuerdo con el que había hablado antes, la persona en cuestión estaba mucho más de acuerdo que la anterior.
Como he dicho antes, a lo largo de los años y con mucho esfuerzo por mi parte, he desarrollado una habilidad para obviar algunos temas. Sin embargo, también tengo cierta habilidad a veces para desactivar esa función de “inhibición inconsciente (o como se diga)” y ver partes y matices que, siendo evidentes cuando te los señalan, suelen pasar inadvertidos.
Ya harto de la conversación sobre los príncipes y princesas, y con cierta voluntad de polémica (y mi reconocida vocación tocapelotas) en esa discusión tan plana cuando alguien me pidió mi opinión simplemente dije:
“Yo estoy totalmente de acuerdo con la ley sálica. Aparte de eso es que me parece fatal que el príncipe se casara con una plebeya.”
Afortunadamente, yo estaba sentado en la esquina con lo que me evité agresiones por la espalda. Creo que fue lo único que evité.
Pasados los primeros momentos de indignación, me expliqué (o al menos lo intenté con diverso éxito).
En realidad lo que a mi me parece inaudito en pleno siglo XXI es la monarquía. O mejor dicho, los principios que subyacen en la monarquía. Porque, en muchos casos, la monarquía es algo práctico (sobre todo a nivel representativo) pero es evidente que el principio de que una familia es “la primera familia” y que detenta ciertos privilegios por el hecho de haber nacido en la familia es algo absolutamente anacrónico. Yo comprendo que alguien pueda defender la monarquía con argumentos prácticos (eso si, si oigo otra vez lo del 23F vomito) pero no que pueda defenderse la institución como tal.
Y puestos a discutir el derecho estúpido que hace que un niño tenga prevalencia sobre una niña, porque no se discute ese mismo derecho sobre el príncipe y la infanta Elena?. Y si pensáramos que a ese llegamos tarde (no sé porqué) podríamos agregarlo dándole preferencia a los hijos de la infanta Elena sobre los del Príncipe.
Y ya puestos, ¿porqué el Principe tiene este derecho y privilegios sobre cualquier otra persona?.
Así pues yo parto de la base de que la monarquía en si es una institución anacrónica que se sustenta en muchos privilegios, algunas reglas y poquitas obligaciones sin sentido en la vida actual. Si alguien acepta la monarquía y establece (como dice Ansón continuamente) la diferencia entre nobles y plebeyos y las razones como “la alta cuna” me parece lógico, dentro de ese contexto, que defienda que los príncipes deben casarse con alguien de esa “alta cuna”. Lo que no creo que se coherente es renegar del concepto de la "alta cuna" para unas cosas y no para otras.
Dentro de estas reglas anacrónicas está la ley sálica.
De pronto todos somos “modernos” defendiendo la igualdad de sexos en la familia real (de aquí a nada pedimos la paridad en la descendencia) o el derecho de los reyes a casarse por amor. ¡Y una mierda!. Un rey tiene que casarse por pura conveniencia con alguien de su rango (ya se le buscará alguna vedette para que se entretenga) y defender la pureza e integridad de la raza. Y sino, que se retire del negocio y renuncie a su casita en el pardo, a sus avioncitos, a sus barquitos de vela y a sus interminables “vacaciones” que empalman de Mallorca a Baqueira. En definitiva, que si queremos que el principe pueda escoger su mujer como cualquiera, y defendemos el derecho a que la nieta de un taxista sea princesa y reina de España, también deberíamos defender el hecho de que si la princesa no sabe esquiar aprenda como todo el mundo y no haga falta cerrar una pista de una estación de los Alpes (con el dinero de nuestros impuesto evidentemente).
Así pues, me mantengo en mis trece. Si el bebe es niño, debe tener prioridad sobre la niña. A no ser que salga discapacitado en cuyo caso habría que despeñarlo por un barranco como ofrenda a los dioses.
Perdón, creo que estoy confundiendo cosas. No estamos en la América precolombina, estamos en la Europa medieval.
PD: espero que se note el “ligero” toque sarcástico del post.
Sin embargo
Me gustan las canciones de Joaquín Sabina (él mismo la verdad es que no mucho por las veces que le he escuchado). Sin embargo, hay una de ellas que, nunca he sabido porqué, me produce cierto desasosiego siendo como es (en mi humilde opinión) una de las mejores y más bonitas de las que tiene. Hoy creo que he comenzado a darme cuenta el porqué de esa extraña sensación.
Comida con amigos y sobremesa interesante. “Fuera aparte” de la señora rotunda que me toco delante (de esas que la estética oficial femenina diría excesivas y que yo catalogaría como en su punto), tocó conversación amena. A pesar de que a esta comida asistió mi amigo “putero” (estuve a punto de comentarle su éxito con alguna bloguera) en este caso la charla se centró en alguien que yo no conocía. Un autodenominado “amante y esposo”. El quid de la cuestión está en el “y”.
La cuestión es que, no se muy bien como se llego a la conversación (aunque tampoco es tan raro) sobre relaciones y este hombre se atrevió a reconocer algo que pocos (y pocas) reconocemos. El hecho de que se puede estar enamorado locamente de una persona y, a la vez, serle infiel. Es un tanto duro pero es así y más habitual de lo que nos gusta reconocer. Al menos yo creo que si lo es.
Durante el tiempo que yo tuve una “pareja perfecta” estuve totalmente enamorado y no le fui infiel “físicamente hablando”. Eso sí, en más de una ocasión estuve a punto y sólo fueron las extrañas circunstancias (algún día postearé alguna de esas experiencias) las que me impidieron consumarlo. Si hablamos de simple deseo las ocasiones se multiplicarían.
Este hombre llevaba su caso al extremo. Confesó que, estando enamoradísimo de su mujer, no podía evitar no sólo aprovechar cualquier ocasión sino, directamente, buscarla. Así dicho, se podría pensar en un tío cínico o un tanto chulo pero conforme iba hablando yo iba pensando en que no lo era tanto.
Su historia es la historia de muchísimos hombres y mujeres. Adicto a la excitación de la novedad reconocía que, pese a que sabía que en el fondo no era justo con su mujer, no podía evitar buscar sexo con otras mujeres. Después de algunas bromas y gracias (y de la correspondiente exposición de “Putero” y su teoría sobre las mujeres y el sexo) el tío relataba su caso. En la actualidad, mantiene una relación de amante con una mujer también casada, y, siempre que puede (tiene oportunidades porque viaja bastante), busca aventuras esporádicas.
Sin embargo (cuantos "sin embargo" hay en estas ocasiones), sigue defendiendo que su esposa es la mujer de su vida y que no la cambia por nadie. Se vio sometido a una rueda de preguntas de las que extraigo algunos de los argumentos.
- Y te gustaría que ella hiciese lo mismo?.
- No me gustaría enterarme pero si ella lo hace y siente por mi lo mismo que yo por ella, no me importaría tanto. Ten en cuenta que yo puedo acostarme con otra pero para mi siempre es la primera en todo.
- ¿Y si en una de estas te enamoras de otra?.
- Si se diese el caso seguramente se acabaría lo nuestro. Pero no se ha dado y estoy casi seguro que no se dará. Mi mujer es la mujer de mi vida. Algunas veces, cuando he tenido una amante he tenido que inventarme que mi mujer es una mala mujer, o que no me entiende, o cualquiera de esas cosas que se suelen decir porque a las amantes suele gustarles pensar que ellas son las primeras en tu corazón. Cuando ha sucedido esto, casi me ha dolido más decir esa mentira que el tema de la infidelidad o el sexo.
- Pero, no te parece injusto para las dos mujeres?.
- Si, pero no puedo evitarlo. A veces termino una relación con una amante y me propongo no engañar a mi mujer. Al cabo de un tiempo, no puedo evitar desear a todas las que veo. Curiosamente, cuando por fin consigo a una normalmente estoy deseando volver a casa con mi mujer. En cualquier caso, a una le digo que la amo y es verdad y a la otra siempre le digo que estoy casado.
- No será que estas con ella por pura conveniencia social, por los niños, etc... Es algo muy normal y tampoco necesariamente malo.
- No sería una mala razón pero no es eso. Yo no podría vivir sin mi mujer aunque creo que tampoco podría vivir sin mis aventuras. A veces yo mismo cuando lo pienso me siento fatal conmigo mismo pero es así. Eso si, como ya he dicho, es la razón que le suelo dar a las demás para que no me pidan demasiado.
- No te pidan demasiado?
- Si. Aunque yo cada vez que comienzo una relación, sea de una sola vez o sea de varias, siempre dejo claro que estoy casado y que no voy a dejara mi mujer, ya me ha pasado alguna vez que al final terminan presionándome para que deje a mi esposa por ellas.
- Y?
- Es duro, porque esas mujeres pueden hacerme mucho daño. Por eso, aparte de algún polvo esporádico ahora solo pienso tener amantes en mi misma situación, osea casadas.
Todos participamos y todos dimos nuestra opinión. Desde fuera y a “botepronto” lo primero que se te ocurre es pensar en lo egoísta de su postura. Creo que si hubiera habido mujeres (y él se hubiese atrevido a ser sincero) habría sido ferozmente criticado. Siempre me ha llamado esa reacción en las mujeres que, después, se prestan a ser amantes de estos hombres (cuando no son ellas directamente las que lo hacen). En esto, creo que no hay tantas diferencia entre sexos.
Después, ya en el coche, me dio por repasar mentalmente las veces que yo he estado en pareja. Y volví a pensar en el hecho cierto de que aunque seguramente no llego a los extremos de aquel tipo, algo de eso hay en mí. La gran diferencia conmigo es que a mi me costaría reconocerlo.
Para rematar y poner banda sonora a mis elucubraciones, busqué la cancioncita de marras. Definitivamente es preciosa y dura. Ahora comienzo a darme cuenta de porqué me causaba esa extraña sensación. Probablemente siempre lo supe.
Powered by Castpost
Comida con amigos y sobremesa interesante. “Fuera aparte” de la señora rotunda que me toco delante (de esas que la estética oficial femenina diría excesivas y que yo catalogaría como en su punto), tocó conversación amena. A pesar de que a esta comida asistió mi amigo “putero” (estuve a punto de comentarle su éxito con alguna bloguera) en este caso la charla se centró en alguien que yo no conocía. Un autodenominado “amante y esposo”. El quid de la cuestión está en el “y”.
La cuestión es que, no se muy bien como se llego a la conversación (aunque tampoco es tan raro) sobre relaciones y este hombre se atrevió a reconocer algo que pocos (y pocas) reconocemos. El hecho de que se puede estar enamorado locamente de una persona y, a la vez, serle infiel. Es un tanto duro pero es así y más habitual de lo que nos gusta reconocer. Al menos yo creo que si lo es.
Durante el tiempo que yo tuve una “pareja perfecta” estuve totalmente enamorado y no le fui infiel “físicamente hablando”. Eso sí, en más de una ocasión estuve a punto y sólo fueron las extrañas circunstancias (algún día postearé alguna de esas experiencias) las que me impidieron consumarlo. Si hablamos de simple deseo las ocasiones se multiplicarían.
Este hombre llevaba su caso al extremo. Confesó que, estando enamoradísimo de su mujer, no podía evitar no sólo aprovechar cualquier ocasión sino, directamente, buscarla. Así dicho, se podría pensar en un tío cínico o un tanto chulo pero conforme iba hablando yo iba pensando en que no lo era tanto.
Su historia es la historia de muchísimos hombres y mujeres. Adicto a la excitación de la novedad reconocía que, pese a que sabía que en el fondo no era justo con su mujer, no podía evitar buscar sexo con otras mujeres. Después de algunas bromas y gracias (y de la correspondiente exposición de “Putero” y su teoría sobre las mujeres y el sexo) el tío relataba su caso. En la actualidad, mantiene una relación de amante con una mujer también casada, y, siempre que puede (tiene oportunidades porque viaja bastante), busca aventuras esporádicas.
Sin embargo (cuantos "sin embargo" hay en estas ocasiones), sigue defendiendo que su esposa es la mujer de su vida y que no la cambia por nadie. Se vio sometido a una rueda de preguntas de las que extraigo algunos de los argumentos.
- Y te gustaría que ella hiciese lo mismo?.
- No me gustaría enterarme pero si ella lo hace y siente por mi lo mismo que yo por ella, no me importaría tanto. Ten en cuenta que yo puedo acostarme con otra pero para mi siempre es la primera en todo.
- ¿Y si en una de estas te enamoras de otra?.
- Si se diese el caso seguramente se acabaría lo nuestro. Pero no se ha dado y estoy casi seguro que no se dará. Mi mujer es la mujer de mi vida. Algunas veces, cuando he tenido una amante he tenido que inventarme que mi mujer es una mala mujer, o que no me entiende, o cualquiera de esas cosas que se suelen decir porque a las amantes suele gustarles pensar que ellas son las primeras en tu corazón. Cuando ha sucedido esto, casi me ha dolido más decir esa mentira que el tema de la infidelidad o el sexo.
- Pero, no te parece injusto para las dos mujeres?.
- Si, pero no puedo evitarlo. A veces termino una relación con una amante y me propongo no engañar a mi mujer. Al cabo de un tiempo, no puedo evitar desear a todas las que veo. Curiosamente, cuando por fin consigo a una normalmente estoy deseando volver a casa con mi mujer. En cualquier caso, a una le digo que la amo y es verdad y a la otra siempre le digo que estoy casado.
- No será que estas con ella por pura conveniencia social, por los niños, etc... Es algo muy normal y tampoco necesariamente malo.
- No sería una mala razón pero no es eso. Yo no podría vivir sin mi mujer aunque creo que tampoco podría vivir sin mis aventuras. A veces yo mismo cuando lo pienso me siento fatal conmigo mismo pero es así. Eso si, como ya he dicho, es la razón que le suelo dar a las demás para que no me pidan demasiado.
- No te pidan demasiado?
- Si. Aunque yo cada vez que comienzo una relación, sea de una sola vez o sea de varias, siempre dejo claro que estoy casado y que no voy a dejara mi mujer, ya me ha pasado alguna vez que al final terminan presionándome para que deje a mi esposa por ellas.
- Y?
- Es duro, porque esas mujeres pueden hacerme mucho daño. Por eso, aparte de algún polvo esporádico ahora solo pienso tener amantes en mi misma situación, osea casadas.
Todos participamos y todos dimos nuestra opinión. Desde fuera y a “botepronto” lo primero que se te ocurre es pensar en lo egoísta de su postura. Creo que si hubiera habido mujeres (y él se hubiese atrevido a ser sincero) habría sido ferozmente criticado. Siempre me ha llamado esa reacción en las mujeres que, después, se prestan a ser amantes de estos hombres (cuando no son ellas directamente las que lo hacen). En esto, creo que no hay tantas diferencia entre sexos.
Después, ya en el coche, me dio por repasar mentalmente las veces que yo he estado en pareja. Y volví a pensar en el hecho cierto de que aunque seguramente no llego a los extremos de aquel tipo, algo de eso hay en mí. La gran diferencia conmigo es que a mi me costaría reconocerlo.
Para rematar y poner banda sonora a mis elucubraciones, busqué la cancioncita de marras. Definitivamente es preciosa y dura. Ahora comienzo a darme cuenta de porqué me causaba esa extraña sensación. Probablemente siempre lo supe.
Powered by Castpost
Retrato de mujer con cubo
A pesar de estar lejos podía apreciar el cuidado, esmero y delicadeza con que sus manos ajadas –digo yo, porque hasta ahí no llega mi vista- arreglaban el ramo de flores. Nunca he entendido el lenguaje de las flores (yo y mis problemas con los idiomas). Las flores amarillas no se que significan pero los gestos y el cuidado de esta mujer mayor colocando las flores en un recipiente encima de la lápida denotaban más que cariño, un amor profundo.
Me dio por imaginar. Teniendo en cuenta la avanzada edad de la señora supuse que se trataba de su marido fallecido. Y ya puestos, me puse a pensar que a lo mejor se trataba, como en el caso de mis abuelos, de matrimonios concertados que había devenido en amor. “El roce hace el cariño” dice el refrán y era la excusa que, supongo, se pondrían los hombres y mujeres de hace un siglo para aceptar lo que sus padres decidían, en muchos casos, siendo unos crios.
También me dio por pensar que la costumbre de asistir al cementerio para “honrar” a los muertos es una más de las que se están perdiendo. Dentro de mi albúm de fotos mentales de mi infancia siempre hay una de cuando era muy pequeño y me llevaban el día de todos los santos al cementerio de San Fernando. Curiosamente nunca me impresionó el cementerio siendo niño y lo veía un sitio divertido incluso. A pesar de la fecha de invierno mi recuerdo es de un día luminoso y soleado (por otra parte habitual en Sevilla) y los juegos por los “pasillos” de lápidas con mis primos. Imagino que entre que cada vez nos importa menos y somos más egoístas en general y también al hecho de que se han generalizado las cremaciones, la costumbre de visitar el cementerio está destinada a morir (curiosa broma).
Pero en este caso no se trataba de una visita de cortesía o por aparentar. Al menos así quise yo creerlo. En el cementerio no había nadie que la viera y ella, de rodillas, no parecía que estuviese cumpliendo con un deber obligado sino más bien con una visita a un ser querido. Mi vista (excelente por otra parte) no daba para tanto pero incluso me dio la impresión de que la mujer hablaba mientras limpiaba el polvo con un trapo. Tal vez le estaba contando como había ido la semana, novedades sobre sus hijos y nietos o cualquier chisme del vecindario.
En estas estaba yo cuando vino a interrumpirme la persona con la que había quedado. No pude por menos que sonreír mentalmente cuando recordé la conversación que tuvimos el día anterior cuando quedábamos para asistir a una instalación en un pueblo manchego.
- Quedamos en la cafetería que hay nada más entrar en el pueblo. No tiene perdida, enfrente del cementerio.
- Vaya, un sitio muy alegre.
- Si, y animado, si llego tarde siempre puedes dar una vuelta.
Después de un café, cuando salíamos para coger el coche, observé a la mujer que salía del cementerio con su cubo de plástico. La dificultad evidente para andar me hizo pensar en el mérito añadido que tenía. Pensé en ofrecerme a llevarla a su casa en el coche pero la timidez y la verguenza (ridícula verguenza) de que la persona con la que había quedado me viera en esa tesitura me hizo desistir.
No quería hacerlo pero no pude evitar pensar en que a ella no le faltaba demasiado para hacer compañía a quien, con tanto amor, cuidaba su lápida. ¿Alguien se preocuparía de cuidar la suya?. Cualquier sabe.
Dos días despues sigo dándole vueltas a porque no me ofrecí a llevarla.
Me dio por imaginar. Teniendo en cuenta la avanzada edad de la señora supuse que se trataba de su marido fallecido. Y ya puestos, me puse a pensar que a lo mejor se trataba, como en el caso de mis abuelos, de matrimonios concertados que había devenido en amor. “El roce hace el cariño” dice el refrán y era la excusa que, supongo, se pondrían los hombres y mujeres de hace un siglo para aceptar lo que sus padres decidían, en muchos casos, siendo unos crios.
También me dio por pensar que la costumbre de asistir al cementerio para “honrar” a los muertos es una más de las que se están perdiendo. Dentro de mi albúm de fotos mentales de mi infancia siempre hay una de cuando era muy pequeño y me llevaban el día de todos los santos al cementerio de San Fernando. Curiosamente nunca me impresionó el cementerio siendo niño y lo veía un sitio divertido incluso. A pesar de la fecha de invierno mi recuerdo es de un día luminoso y soleado (por otra parte habitual en Sevilla) y los juegos por los “pasillos” de lápidas con mis primos. Imagino que entre que cada vez nos importa menos y somos más egoístas en general y también al hecho de que se han generalizado las cremaciones, la costumbre de visitar el cementerio está destinada a morir (curiosa broma).
Pero en este caso no se trataba de una visita de cortesía o por aparentar. Al menos así quise yo creerlo. En el cementerio no había nadie que la viera y ella, de rodillas, no parecía que estuviese cumpliendo con un deber obligado sino más bien con una visita a un ser querido. Mi vista (excelente por otra parte) no daba para tanto pero incluso me dio la impresión de que la mujer hablaba mientras limpiaba el polvo con un trapo. Tal vez le estaba contando como había ido la semana, novedades sobre sus hijos y nietos o cualquier chisme del vecindario.
En estas estaba yo cuando vino a interrumpirme la persona con la que había quedado. No pude por menos que sonreír mentalmente cuando recordé la conversación que tuvimos el día anterior cuando quedábamos para asistir a una instalación en un pueblo manchego.
- Quedamos en la cafetería que hay nada más entrar en el pueblo. No tiene perdida, enfrente del cementerio.
- Vaya, un sitio muy alegre.
- Si, y animado, si llego tarde siempre puedes dar una vuelta.
Después de un café, cuando salíamos para coger el coche, observé a la mujer que salía del cementerio con su cubo de plástico. La dificultad evidente para andar me hizo pensar en el mérito añadido que tenía. Pensé en ofrecerme a llevarla a su casa en el coche pero la timidez y la verguenza (ridícula verguenza) de que la persona con la que había quedado me viera en esa tesitura me hizo desistir.
No quería hacerlo pero no pude evitar pensar en que a ella no le faltaba demasiado para hacer compañía a quien, con tanto amor, cuidaba su lápida. ¿Alguien se preocuparía de cuidar la suya?. Cualquier sabe.
Dos días despues sigo dándole vueltas a porque no me ofrecí a llevarla.





