logotipo

img_google
Venturas y desventuras de un tio raro
El sarcasmo, como toda forma de ironía, es una tristeza que no quiere llorar y se ríe.
Acerca de
Podría decir que soy normal y amigo de mis amigos pero, aparte de ser una solemne tontería, no tengo claro ninguna de las dos cosas.
Post-it
Enlaces
Acesos directos desordenados
Mujeres con demasiado pecho
Y aquí.. las que son demasiado cariñosas
Logo CCFVLS
Sindicación
 
Amigo, ¿jugamos?
Marciano. Así me llamaban los niños cuando tenía cuatro, cinco, seis años. La razón no era otra que una malformación congénita operada que me dejó un defecto en la voz que se me fue quitando con el tiempo (aunque aún tengo trazas). Lo cierto es que era muy difícil entenderme y los niños con su particular forma de ser (muy cabritos) se encargaban de hacérmelo saber de forma constante.

En esas circunstancias el hecho de que un niño se acerque a ti mientras juegas con tu pelota y te diga “hola amigo, jugamos?” es un acontecimiento que no pasa desapercibido. Es cierto que yo llevaba mi flamante pelota de goma (una pelota que parece que estoy viendo ahora, de fútbol pero con el mismo color que las de baloncesto) y puede pensarse que todo fue un interés por jugar con ella. Sin embargo, los años siguientes se encargaron de demostrar que J no se regía por esos parámetros del interés. Nunca más hablamos sobre ese momento y puede que él ni lo recuerde aunque a mi se me quedo grabado de por vida.

Con J me pasó una cosa curiosa. Aprendí muchas cosas. Resultó que J no sólo fue mi primer amigo de verdad sino que, además, se daba la circunstancia que era el “jefe” del barrio. Todo el que haya sido niño de pueblo o de barrio reconocerá el hecho de que en las tribus de enanos hay una jerarquía bastante acusada. J era el rey del barrio y yo era su amigo.

Como decía, con J no sólo aprendí lo que era la amistad sino además algo que una amiga mía sicóloga me definió como “inteligencia social” y que yo llamo instinto de supervivencia. A mí, desde pequeño, siempre me ha gustado hacer lo que yo quiero pero era perfectamente consciente que, con seis o siete años mi “status” en la “manada” no me permitía tomar la iniciativa. Así que desarrollé una técnica que consistía en “sugerir al jefe”. Yo le decía a J . “Podíamos hacer un campeonato de fútbol con equipos de dos y una liga con una copa como premio” y entonces J decía: “se me ha ocurrido que…”. Al día siguiente ya se estaba celebrando “los mundiales del barrio”.

Al final todos contentos. J quedaba como el autor de la idea pero yo conseguía que se hiciera lo que yo quería. Esta especie de maniobra (hay quien la llamaría manipulación) la he practicado en innumerables ocasiones. Cuando era free-lance, solía comentar mis ideas con alguien con responsabilidad de la empresa y le animaba a que la hiciese suya. A veces incluso en presentaciones lo decía explícitamente: “esta idea me la dio fulanito”. El resultado solía ser el mismo. La idea se llevaba a cabo como yo quería. También dije alguna vez que en mi relación con las mujeres he utilizado alguna vez la técnica de hacer lo que yo quería y después convencerla de que la idea de hacerlo así había sido suya.

Alguien pensará que yo “utilizaba” a J pero no es así. Yo le tenía aprecio y sólo los estúpidos prejuicios sociales me impiden decir que lo quería. De hecho era una especie de simbiosis. Además yo era su “pepito grillo”. Durante años fui la única persona que le podía discutir algo. Lo cierto es que de aquella época siempre me ha quedado otra pequeña costumbre y es la de mirar alrededor del jefe para identificar a la “fuente de inspiración”. Los americanos en sus series siempre suelen colocar al lado del presidente al verdadero instigador. Una vez leí un artículo sobre el presidente Bush donde se venía a decir que en realidad no es más que un hombre de paja y quien de verdad gobierna es su padre y el vicepresidente Dick Cheney.

El tiempo pasó y conforme crecía todos evolucionábamos. Mi “posición social” fue creciendo a la sobra de J e incluso, ya en la adolescencia, de alguna forma incluso llegamos a intercambiar papeles. En alguna ocasión me tocó a mi hacer de “garante” de J en la pandilla. No obstante, y pese a que no nos peleamos jamás, fuimos tomando rumbos muy distintos. Cada vez nos veíamos menos. Me referí a él no hace mucho cuando hablaba de un vecino que era todo lo “-ista” que se puede ser (ecologista, pacifista, activista, etc..). Pasado el tiempo ya sólo nos veíamos cuando coincidíamos por casualidad ya que vivíamos en la misma calle.

El otro día, hablando con mi madre me comentó que, después de muchos años, se lo encontró por la calle y le preguntó por mí. De pronto, y como si automáticamente se hubiera introducido una espita en mi memoria, me inundaron los recuerdos de J. Después pensé en todas las cosas que nos diferencian y en como, cualquiera que nos vea desde fuera pensará que es difícil que dos personas como nosotros sean amigos.

Sin embargo estoy seguro que si nos viésemos mañana, después de más de quince años sin vernos y algunos más sin relación, cualquier observador podría notar que, cuando hablara con él, mis ojos lo mirarían como solo miro a la gente que de verdad quiero. Espero verlo alguna vez por mi ciudad y poder volver a decirle: “hola amigo. ¿Jugamos?”.
 
Comentario:
pues yo le llamaria ya para quedar.
una amistad asi, no se encuentra todos los dias.
un saludo
 
Comentario:

¡Es que lo de los niños es genial!

Lo digo por lo de "amigo" trasladado a nombre propio. Y además es algo que me sorprende escuchar también a los niños de ahora. Yo que pensaba que era una cosa de nuestra generación... pero es algo universal.

Durante una época (reciente), una amiga y yo hacíamos la gracia y nos llamabamos entre nosotras "amiga" precisamente por eso.

Un saludo "amigo"
 
Comentario:
Eres nostálgico pero fiel, ¿no?

Un gusto!!
 
Comentario:
coño vecino ¿jugamos?

salud,
No