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El Valle de Gabriela Mistral
Sucesos, reflexiones y literatura sobre Elki y Chile.
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Estudiante universitario chileno, radicado en la ciudad de Vicuña, cuarta región. Escribo poemas, notas para la prensa local, ensayos para publicarlos. Filosofías, ciencias y literaturas que provoquen un cambio espiritual. Películas, sobre todo europeas y asiáticas, especial énfasis en animé.
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EL REY

El pueblo del reino de Sadik rodeaba el palacio de su rey, gritando en rebelión contra él. Y el rey descendió los escalones de palacio, llevando la corona en una mano y el cetro en la otra. La majestad de su aparición silenció a la multitud, y él, deteniéndose ante ellos, les dijo:

- Amigos míos, pues no sois ya mis súbditos, aquí os entrego mi corona y mi cetro. Quiero ser uno de vosotros. No soy más que un hombre, pero como hombre quisiera trabajar con vosotros para mejorar nuestra suerte. No hay necesidad de un rey. Vayamos, por lo tanto, a los campos y a los viñedos para trabajar mano a mano. Sólo habréis de decirme qué campo o viñedo debo ir. Ahora, todos vosotros sois el rey.

El pueblo se maravilló, y el silencio descendió sobre ellos, pues el rey a quien habían considerado como la fuente de su descontento les entregaba ahora su corona y su cetro y se convertía en uno de ellos.

Entonces cada uno siguió su camino, y el rey se fue al campo en compañía de un hombre.

Pero el reino de Sadik no lo pasaba mejor sin rey, y el velo del descontento pesaba aún sobre la tierra. El pueblo clamaba en los mercados, diciendo que querían tener un rey que los rigiera. Y jóvenes y ancianos decían a una sola voz: "Tendremos nuestro rey".

Y buscaron al rey y lo encontraron trabajando en el campo, y lo llevaron a su trono y le devolvieron la corona y el cetro. Y le dijeron:

- Ahora gobiérnanos con poderío y justicia.

Y él respondió:

- Por cierto que os gobernaré con poderío, y plazca a los dioses del cielo y de la tierra ayudarme para que pueda también reinar con justicia.

Entonces acudieron a su presencia hombres y mujeres que le hablaron de un barón que los maltrataba y para quien no eran sino siervos. E inmediatamente el rey hizo comparecer al barón.

- En la balanza de Dios -le dijo- la vida de un hombre pesa tanto como la de otro. Y dado que tú no sabes pesar las vidas de quienes trabajan en tus campos y viñedos, quedas desterrado y has de abandonar para siempre este reino.

Al día siguiente llegó otro grupo ante el rey, y le hablaron de la crueldad de una condesa que vivía allende las colinas y de cómo los había reducido a la miseria. La condesa fue traída sin pérdida de tiempo a la corte, y el rey la condenó así mismo al destierro, diciéndole:

- Los que cultivan nuestros campos y cuidan de nuestros viñedos son más nobles que nosotros, que comemos el pan que ellos preparan y bebemos el vino de sus lagares. Y por no saberlo, dejarás esta tierra y te alejarás de este reino.

Entonces llegaron hombres y mujeres y se quejaron de que el obispo les hacía cargar piedras para la catedral, y tallarlas, pero sin pagarles nada, pese a tener sus cofres llenos de oro y plata, en tanto que los quejosos estaban vacíos y hambrientos.

E hizo el rey llamar al obispo, y cuando éste llegó, le dijo:

- Esa cruz que llevas sobre el pecho debería significar dar vida a la vida. Pero tú has tomado de la vida sin devolver nada. Por eso te irás de este reino para nunca más volver.

Y así, día a día, durante toda una luna, hombres y mujeres llegaron ante el rey para hablarle de las cargas que los oprimían. Y cada día, y durante todos los días de una luna entera, algún opresor fue exiliado del reino.

Y el pueblo de Sadik estaba asombrado, y había alegría en su corazón.

Y cierto día los ancianos y los jóvenes acudieron a rodear la torre del rey, clamando por él. Y el rey descendió, con la corona en una mano y el cetro en la otra.

Y les habló, diciéndoles:

- Ahora, ¿qué queréis de mí? Ved, os devuelvo lo que deseasteis que conservase.

Pero ellos gritaron:

- No, no, tú eres nuestro legítimo rey. Limpiaste esta tierra de víboras y aniquilaste a los lobos, y venimos a cantar nuestra acción de gracias. La corona es tuya en majestad, y el cetro es tuyo en gloria.

Entonces, les dijo el rey:

- Yo no, yo no. vosotros mismos sois el rey. Cuando me considerabais débil y mal gobernante, vosotros mismos erais débiles e injustos. Y ahora el país marcha bien porque tal es vuestra voluntad. Yo no soy sino un pensamiento en la mente de todos vosotros, y no existo sino en vuestras acciones. Los gobernante no existen. Sólo existen los gobernados, para gobernarse a sí mismos.

El rey volvió a entrar en su torre, con la corona y el cetro. Y los anciano y los jóvenes siguieron cada cual su camino y se quedaron contentos.

Cada uno de ellos se consideraba un rey, con la corona en una mano y el cetro en la otra.



Gibrán khalil Gibrán. El Vagabundo.

Nota del transcriptor: ¿Alguno(a) de los candidatos a La Moneda tiene las características de este rey? El problema no es del chancho, sino de quien le da el afrecho.
No