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Lenguaje de Acomodación.
Los hombres ha estado tratando de desentrañar el problema de cómo convertir en concreto lo abstracto e inmaterial, desde que los filósofos griegos empezaron a sentir la necesidad de acomodar la popular religión homérica a los adelantos de la ciencia. Los teólogos, dice Aristóteles, son como los filósofos, ya que promulgan doctrinas; pero aparecen distintos a ellos en el hecho de presentar aquéllas en forma de mitos.
El método de acomodación adoptado por los filósofos consistió en emplear la alegoría para presentar el mito en forma calara y concreta, como si se tratara de una traducción del mismo conocimiento a otro lenguaje. Conversar con el diablo, por ejemplo, podría significar hablar cara a cara con el diablo, como si éste estuviera presente, materializado. Pero puede significar también la imitación de una naturaleza perversa, sin (como escribe John Smith) "una mutua presencia local", es decir, sin hallarse ante el diablo en persona. esta versión acomodaticia se dirigía a quienes, creyendo en la maldad del diablo, no podían creer su personificación. El diablo podía significar tanto "un espíritu apóstata en un ser particular" como "el espíritu de apostasía que se encuentra alojado en la naturaleza humana. Tal es el método de interpretación plural: utiliza el "lenguaje de acomodación". Es justificado y legítimo, según dijo John Smith en el discurso titulado "Conflictos y Conquistas de un Cristiano", porque "la verdad, cuando llega al mundo, se contenta con llevar nuestros atavíos, aprender nuestro idioma y conformarse a nuestros hábitos y modos... habla con los hombres más necios del modo más necio, y se convierte en todas las cosas para todos los hombres, como todo hijo de la verdad haría en su propio beneficio".
Los Límites de la Acomodación.
Pero existen límites más allá de los cuales no podemos llevar el método, honrado por todos los tiempos, de acomodar los diversos conceptos según exija la mentalidad de los hombres. La variedad de los cismas y el alcance de las pretensiones de las distintas sectas ponen en evidencia que han sido traspasados aquellos límites. Es asimismo evidente que en medio de una división cada vez más amplia e irreconciliable, nacen brotes sanos que, sin embrago, no pueden fructificar si no reciben un fuerte apoyo, si son meramente tolerados.
El clima de tolerancia solamente es aceptable cuando no existe amenaza vital para la comunidad. La tolerancia no es una actitud prudente cuando están en juego opiniones y principios que afectan al orden de la sociedad. En realidad, hemos de relacionarla con el principio positivo de la acomodación al que venimos refiriéndonos, que tiende a mitigar las diferencias, a ofrecer ideas claras y perceptibles que permitan encauzar debidamente los grandes problemas de la sociedad.
Al estudiar el proceso de acomodación, observamos que son los filósofos quienes -empleando la amplia terminología de Aristóteles- exponen y promueven la interpretación plural, ellos proponen los términos capaces de hacer comprensibles a la generalidad sus principios abstractos, dotando a éstos de forma o apariencia concreta. Ya vimos como el platonista de Cambridge, John Smith, invocaba al diablo para ofrecer sus ideas con claridad. John Smith no se dirigía a los que creían en el diablo personificado, en realidad, cuanto dijo acerca de este personaje no iba dirigido a perturbar a aquéllos. Se dirigía a hombres incapaces de creer en la personificación del diablo, pero que estaban convencidos de la existencia del espíritu del mal que, como todos sabemos, se encuentra en nosotros.
Existe un impresionante ejemplo histórico de como, por medio de la acomodación, es posible comunicar tan difíciles verdades a una enorme y heterogénea sociedad. En la Cristiandad medieval, constituyó gran tema de acomodación el origen y sanción de las leyes naturales y del orden racional. Otto von Gierke dice que, a pesar de las innumerables controversias de legisladores, teólogos y filósofos, "todos convinieron en la existencia de la ley natural que, por una parte, partía de principios superiores al poder terrenal, y por otra, constituía una verdadera fuente de orden... que poseía autoridad sobre el más alto poder. Se hallaba situada por encima de todos, de gobernantes y pueblos, es decir, los acuerdos de los gobiernos, las resoluciones del pueblo o las costumbres, carecían de fuerza suficiente para romper los lazos forjados por ella. Cuanto contradijera los eternos e inmutables principios de la ley natural, estaba vacío y era incapaz de unir a nadie".
Pero aunque hubiera acuerdo sobre este punto, existía también una profunda controversia acerca de si las leyes naturales eran mandato divino o dictados de una razón eterna, basados en la existencia de Dios y no alterables ni por la propia voluntad de éste. ¿Cómo podían comprender los hombres unas leyes naturales que se hallaban por encima de papas y emperadores, así como de todos los mortales? ¿Las juzgarían como decretos de un omnipotente y omnisciente Rey celestial? ¿O cómo principios ligados a la naturaleza de las cosas? Muchos no podían concebir leyes que hubieran de ser obedecidas, a menos que existiera quien las proclamase alguien hecho a la imagen de los legisladores que habían conocido, o de quienes oyeron hablar.
Otros, en cambio, comprenderían el valor de la ley natural sin necesitar que se la ofrecieran a través de imágenes concretas.
Sin embargo, el punto crucial del problema no se haya allí donde los filósofos y los teólogos puedan estar en desacuerdo, sino en el reconocimiento de que existe una ley que, tanto si parte del mandato divino como de la razón humana, resulta trascendente. Se reconoció asimismo que esta ley no era sólo el fruto de la decisión de algunos hombres. No obedecía a la fantasía, a los prejuicios, a la voluntad o la experiencia de algunos individuos. Esta ley existe objetivamente, no subjetivamente. Puede ser descubierta. Y es preciso obedecerla.
Dios ha Muerto.
Comoquiera que tanto el filósofo como el teólogo creen en el orden objetivo, cabe que en virtud de la acomodación se lleve este al entendimiento humano. sabemos que el grado de comprensión del hombre es muy variable, por lo que las imágenes mediante las cuales estará en condiciones de tomar consciencia de aquel orden habrán de ofrecerse a si mismo mucha variedad. Mas podemos evitar innumerables incomprensiones si no confundimos la materialización (que es la manera de comunicar creencias) con lo que queremos representar por medio de ésta. Porque hasta que no profundizamos en cualquier materialización particular no damos con el problema radical de la credulidad y la incredulidad.
Cuando Martin Buber habla de "las grandes imágenes de dios formadas por el hombre, reconoce que pueden existir muchas imágenes, o que no puede existir ninguna dotada de suficiente concreción para ser percibida por nuestros sentidos.
La cuestión principal no se reduce a saber si el hombre cree o no cree en las imágenes sino en si el hombre es capaz de comprender la existencia de "una realidad absolutamente independiente de él". Cuando Sartre, siguiendo a Nietzsche, afirma que "Dios ha muerto", el punto crítico no reside en el hecho de que rehuse creer en la existencia de un Dios antropomorfo. Puede existir una gran fe y un profundo sentimiento religioso sin una imagen concreta de Dios. La incredulidad radical se haya en la metáfora sobre la muerte de Dios. Según Sartre, "si elimino la idea de Dios padre, es preciso que alguien invente valores... la vida carece de significado a priori... es nuestra tarea darle alguno, y el valor en sí no representa nada. Se haya ligado al significado que se le otorga".
Como vemos, Sartre no sólo eliminaba a Dios padre sino también el reconocimiento de que más allá de nuestros mundos particulares, exista otro social, al que pertenecemos. Si lo bueno, lo justo, lo auténtico es sólo lo que el individuo "escoge" para "inventar" los valores, nos situamos fuera de las tradiciones de nuestra sociedad; volvemos a la guerra de un hombre contra otro. No se ha dejado campo para la acomodación. No existe en tal proclamación de anarquía, la menor voluntad para hallar dicha acomodación.
¿Y por qué, podríamos preguntar, no existen entre tales filósofos modernos el menor interés para hallar una acomodación, como ocurrió con sus predecesores? No es sólo porque hayan cesado de creer en metáforas, en imágenes, en símbolos. Lo que sucede es que ha cesado de creer que tras de las metáforas y las imágenes sagradas, exista una realidad independiente que puede ser conocida y ha de admitirse.
De este modo "rechazan el concepto de verdad como algo dependiente de hechos situados muy lejos del control humano". Como dice Bertrand Russell, este concepto "ha sido uno de los caminos que la filosofía ha utilizado hasta ahora para inculcar el necesario elemento de humildad. Cuando la soberbia haya eliminado a ésta se habrá adelantado un paso más en el camino hacia una cierta forma de locura; hacia la intoxicación de poder que invadió la filosofía con Fichte... y a la que los hombres de nuestros días, filósofos o no, se sienten inclinados. Estoy persuadido de que esta intoxicación representa el mayor peligro de nuestro tiempo y que cualquier filosofía, por inintencionadamente que contribuya a fomentarla, aumenta el peligro de un vasto desastre social".
El Mandato del Cielo.
El problema fundamental se reduce a saber cómo nos concebimos a nosotros mismos y cómo concebimos la sociedad que nos rodea. Ello depende mucho de lo que nos dicen los filósofos. Porque aunque no sean reyes son, podríamos decir, Maestros de los Maestros. "En la historia de los gobiernos occidentales - dice Francis E. Wilson- los cambios operados en la sociedad pueden observarse siguiendo la evolución de los intelectuales", que han servido al gobierno como abogados, consejeros, administradores, fueron profesores en las escuelas y ejercen ciertas profesiones, como médicos o teólogos. Es a través de ellos que las doctrinas pueden influir en los asuntos prácticos. Y sus doctrinas, que aprendieron en las escuelas y universidades, llevarán el sello y la orientación del orden filosófico que prevalezca.
He aquí la razón de que dediquemos los últimos y decisivos comentarios a las esferas de la filosofía y la teología. En ellas quedan definidas las principales características de las imágenes del hombre, sobre las que imprimirán su sello característico las artes y ciencias de la época. El papel del los filósofos es rara vez creador. Pero es evidente que poseen una influencia decisiva en determinar lo que debe ser creído, cómo a de ser creído y lo que no hay que creer. Podríamos decir que los filósofos están situados en un cruce de calles. No pueden crear el tráfico pero pueden detenerlo y ponerlo de nuevo en movimiento, así como dirigirlo en un sentido o en otro.
No sostengo, aunque quisiera poder hacerlo, que el declinar de la sociedad Occidental quedaría detenido si los profesores de nuestras escuelas y universidades regresaran al campo de las grandes tradiciones de la filosofía social. Pero lo que sí sostengo es que dicho declinar, ya muy avanzado, no podrá ser detenido si los filósofos más influyentes se oponen a esta restauración de valores, si impugnan más que soportan la validez de un orden muy superior al de los valores que Sartre insta a cada hombre a "inventar".
Lo que los más destacados filósofos opinan acerca de la religión no se refiere, como dice Tillich, a la religión considerada como último objetivo de la adoración y del amor. Pero si los filósofos enseñan que el lazo que une al hombre con la religión es un puro fenómeno psicológico, independiente de cuanto se halla más allá de la condición psíquica de cada cual, contribuirán a obscurecer la mente de aquél, si posee una experiencia religiosa. Los filósofos no pueden dar a los hombres una religión. Pero sí alejarlos de ella.
Los filósofos desempeñan el mismo papel en relación a los principios rectores de la sociedad. Como hemos visto, éstos requieren un gobierno sobre la naturaleza primaria del hombre ejercido en virtud de haber adquirido éste una segunda naturaleza, racional, civilizada. Tales principios rectores serán impopulares hasta que hayan prevalecido lo suficiente como para alterar los impulsos populares. Ya hemos visto que éstos son opuestos a los principios de orden social. Pero dichos principios no deben hacerse prevalecer si están desacreditados, o si se los rechaza equiparándolos a supersticiones, obscurantismo, metafísica sin sentido, o estimándolos puramente reaccionarios.
La filosofía social sufre un gran descrédito en nuestros días. Por esta causa, los que podríamos denominar términos del discurso , resultarían muy desfavorables, en una controversia pública, para quienes aceptan la primacía de dicha filosofía. Los símbolos representativos de la legitimidad, la justicia y la verdad han sido adoptados por hombres que rechazan la doctrina de la democracia constitucional, pese a que en muchos casos no sean declarados adversarios de ésta.
Si el declinar de Occidente bajo el mal gobierno del pueblo ha de ser detenido, se hará necesario modificar los términos del discurso que prevalecen en nuestra sociedad. Actualmente pesan mucho frente a los principios en los que ha de apoyarse el estado constitucional. Se inclinan a favor del concepto jacobino del pueblo emancipado y soberano.
He pensado, con entusiasmo y esperanza, si sería posible alterar los términos del discurso en caso de que se pudiera llegar a una demostración convincente de que los principios rectores de la sociedad no son, contra lo que dice Sartre, inventados y escogidos; de que las condiciones que habrían de aceptarse para poder organizar ordenadamente la sociedad están ahí, al margen de nuestros deseos, donde pueden ser descubiertas por medio de una investigación racional y desarrolladas, adaptadas y refinadas por la discusión racional.
Si esto se pudiera demostrar con éxito se lograría, a mi entender, fortalecer a quienes sufren las consecuencias de la atonía de nuestra sociedad, de su progresiva barbarización, de su descenso a la violencia y a la tiranía. En medio de una atmósfera de impresionismo moral, se afianzarían de nuevo, con una sólida base intelectual, no para trazar proyectos relacionados con sus más íntimos deseos , sino para llevar a cabo empresas posibles y concretas. Volvería a creerse en la sociedad, soberana y elevada por encima de pasiones, intereses y criterios individuales. La lucha sería, empero, imposible, si no pudiera demostrarse el valor de los principios rectores.
Los defensores de la sociedad no pueden actuar sin ostentar el título de la legitimidad, la justicia y la verdad. Porque poseemos una regla, muy generalizada, que establece que es muy íntima la relación existente entre nuestra capacidad para actuar y el convencimiento de que obramos como es debido. Ello no significa, desde luego, que nuestra actuación tenga que ser necesariamente justa. Lo que importa es la creencia en su bondad. Sin esta creencia, muchos hombres carecerían de la energía y la voluntad suficientes para perseverar. Así, el satanismo, que tiende el mal, está presente en muchos hombres y es elemento potencial en otros. Sin embargo, excepto en condiciones de profunda histeria, como en un linchamiento, el satanismo no puede ser aconsejado a las multitudes. Incluso Hitler, que fue satánico, necesitó también, a lo que parece, que los demás le asegurasen no sólo que era un gran hombre, sino también un hombre justo.
William Jennings Bryan dijo cierta vez que el estar envuelto en al armadura de la justicia, convertiría al más humilde ciudadano en el más firme puntal contra las huestes del error. Esto no es absolutamente cierto. Pero el motivo por el que el más humilde ciudadano no sea más fuerte que las huestes del error, reside en que estas últimas también van envueltas en una armadura que creen la de la justicia. De no habérsela puesto, no hubieran podido, en realidad, convertirse en huestes. Porque las ideas políticas adquieren fuerza operativa en los asuntos humanos cuando, como hemos visto, cobran legitimidad, cuando poseen ese título de rectitud que une a las consciencias humanas. Entonces, como dice la doctrina de Confucio, poseen "el mandato del Cielo".
En la crisis existente dentro de la sociedad Occidental se encuentra ahora en litigio el mandato del Cielo.
Walter Lippman, La Crisis de la Democracia Occidental. Editorial Hispano europea. Barcelona España, 1956.
Los hombres ha estado tratando de desentrañar el problema de cómo convertir en concreto lo abstracto e inmaterial, desde que los filósofos griegos empezaron a sentir la necesidad de acomodar la popular religión homérica a los adelantos de la ciencia. Los teólogos, dice Aristóteles, son como los filósofos, ya que promulgan doctrinas; pero aparecen distintos a ellos en el hecho de presentar aquéllas en forma de mitos.
El método de acomodación adoptado por los filósofos consistió en emplear la alegoría para presentar el mito en forma calara y concreta, como si se tratara de una traducción del mismo conocimiento a otro lenguaje. Conversar con el diablo, por ejemplo, podría significar hablar cara a cara con el diablo, como si éste estuviera presente, materializado. Pero puede significar también la imitación de una naturaleza perversa, sin (como escribe John Smith) "una mutua presencia local", es decir, sin hallarse ante el diablo en persona. esta versión acomodaticia se dirigía a quienes, creyendo en la maldad del diablo, no podían creer su personificación. El diablo podía significar tanto "un espíritu apóstata en un ser particular" como "el espíritu de apostasía que se encuentra alojado en la naturaleza humana. Tal es el método de interpretación plural: utiliza el "lenguaje de acomodación". Es justificado y legítimo, según dijo John Smith en el discurso titulado "Conflictos y Conquistas de un Cristiano", porque "la verdad, cuando llega al mundo, se contenta con llevar nuestros atavíos, aprender nuestro idioma y conformarse a nuestros hábitos y modos... habla con los hombres más necios del modo más necio, y se convierte en todas las cosas para todos los hombres, como todo hijo de la verdad haría en su propio beneficio".
Los Límites de la Acomodación.
Pero existen límites más allá de los cuales no podemos llevar el método, honrado por todos los tiempos, de acomodar los diversos conceptos según exija la mentalidad de los hombres. La variedad de los cismas y el alcance de las pretensiones de las distintas sectas ponen en evidencia que han sido traspasados aquellos límites. Es asimismo evidente que en medio de una división cada vez más amplia e irreconciliable, nacen brotes sanos que, sin embrago, no pueden fructificar si no reciben un fuerte apoyo, si son meramente tolerados.
El clima de tolerancia solamente es aceptable cuando no existe amenaza vital para la comunidad. La tolerancia no es una actitud prudente cuando están en juego opiniones y principios que afectan al orden de la sociedad. En realidad, hemos de relacionarla con el principio positivo de la acomodación al que venimos refiriéndonos, que tiende a mitigar las diferencias, a ofrecer ideas claras y perceptibles que permitan encauzar debidamente los grandes problemas de la sociedad.
Al estudiar el proceso de acomodación, observamos que son los filósofos quienes -empleando la amplia terminología de Aristóteles- exponen y promueven la interpretación plural, ellos proponen los términos capaces de hacer comprensibles a la generalidad sus principios abstractos, dotando a éstos de forma o apariencia concreta. Ya vimos como el platonista de Cambridge, John Smith, invocaba al diablo para ofrecer sus ideas con claridad. John Smith no se dirigía a los que creían en el diablo personificado, en realidad, cuanto dijo acerca de este personaje no iba dirigido a perturbar a aquéllos. Se dirigía a hombres incapaces de creer en la personificación del diablo, pero que estaban convencidos de la existencia del espíritu del mal que, como todos sabemos, se encuentra en nosotros.
Existe un impresionante ejemplo histórico de como, por medio de la acomodación, es posible comunicar tan difíciles verdades a una enorme y heterogénea sociedad. En la Cristiandad medieval, constituyó gran tema de acomodación el origen y sanción de las leyes naturales y del orden racional. Otto von Gierke dice que, a pesar de las innumerables controversias de legisladores, teólogos y filósofos, "todos convinieron en la existencia de la ley natural que, por una parte, partía de principios superiores al poder terrenal, y por otra, constituía una verdadera fuente de orden... que poseía autoridad sobre el más alto poder. Se hallaba situada por encima de todos, de gobernantes y pueblos, es decir, los acuerdos de los gobiernos, las resoluciones del pueblo o las costumbres, carecían de fuerza suficiente para romper los lazos forjados por ella. Cuanto contradijera los eternos e inmutables principios de la ley natural, estaba vacío y era incapaz de unir a nadie".
Pero aunque hubiera acuerdo sobre este punto, existía también una profunda controversia acerca de si las leyes naturales eran mandato divino o dictados de una razón eterna, basados en la existencia de Dios y no alterables ni por la propia voluntad de éste. ¿Cómo podían comprender los hombres unas leyes naturales que se hallaban por encima de papas y emperadores, así como de todos los mortales? ¿Las juzgarían como decretos de un omnipotente y omnisciente Rey celestial? ¿O cómo principios ligados a la naturaleza de las cosas? Muchos no podían concebir leyes que hubieran de ser obedecidas, a menos que existiera quien las proclamase alguien hecho a la imagen de los legisladores que habían conocido, o de quienes oyeron hablar.
Otros, en cambio, comprenderían el valor de la ley natural sin necesitar que se la ofrecieran a través de imágenes concretas.
Sin embargo, el punto crucial del problema no se haya allí donde los filósofos y los teólogos puedan estar en desacuerdo, sino en el reconocimiento de que existe una ley que, tanto si parte del mandato divino como de la razón humana, resulta trascendente. Se reconoció asimismo que esta ley no era sólo el fruto de la decisión de algunos hombres. No obedecía a la fantasía, a los prejuicios, a la voluntad o la experiencia de algunos individuos. Esta ley existe objetivamente, no subjetivamente. Puede ser descubierta. Y es preciso obedecerla.
Dios ha Muerto.
Comoquiera que tanto el filósofo como el teólogo creen en el orden objetivo, cabe que en virtud de la acomodación se lleve este al entendimiento humano. sabemos que el grado de comprensión del hombre es muy variable, por lo que las imágenes mediante las cuales estará en condiciones de tomar consciencia de aquel orden habrán de ofrecerse a si mismo mucha variedad. Mas podemos evitar innumerables incomprensiones si no confundimos la materialización (que es la manera de comunicar creencias) con lo que queremos representar por medio de ésta. Porque hasta que no profundizamos en cualquier materialización particular no damos con el problema radical de la credulidad y la incredulidad.
Cuando Martin Buber habla de "las grandes imágenes de dios formadas por el hombre, reconoce que pueden existir muchas imágenes, o que no puede existir ninguna dotada de suficiente concreción para ser percibida por nuestros sentidos.
La cuestión principal no se reduce a saber si el hombre cree o no cree en las imágenes sino en si el hombre es capaz de comprender la existencia de "una realidad absolutamente independiente de él". Cuando Sartre, siguiendo a Nietzsche, afirma que "Dios ha muerto", el punto crítico no reside en el hecho de que rehuse creer en la existencia de un Dios antropomorfo. Puede existir una gran fe y un profundo sentimiento religioso sin una imagen concreta de Dios. La incredulidad radical se haya en la metáfora sobre la muerte de Dios. Según Sartre, "si elimino la idea de Dios padre, es preciso que alguien invente valores... la vida carece de significado a priori... es nuestra tarea darle alguno, y el valor en sí no representa nada. Se haya ligado al significado que se le otorga".
Como vemos, Sartre no sólo eliminaba a Dios padre sino también el reconocimiento de que más allá de nuestros mundos particulares, exista otro social, al que pertenecemos. Si lo bueno, lo justo, lo auténtico es sólo lo que el individuo "escoge" para "inventar" los valores, nos situamos fuera de las tradiciones de nuestra sociedad; volvemos a la guerra de un hombre contra otro. No se ha dejado campo para la acomodación. No existe en tal proclamación de anarquía, la menor voluntad para hallar dicha acomodación.
¿Y por qué, podríamos preguntar, no existen entre tales filósofos modernos el menor interés para hallar una acomodación, como ocurrió con sus predecesores? No es sólo porque hayan cesado de creer en metáforas, en imágenes, en símbolos. Lo que sucede es que ha cesado de creer que tras de las metáforas y las imágenes sagradas, exista una realidad independiente que puede ser conocida y ha de admitirse.
De este modo "rechazan el concepto de verdad como algo dependiente de hechos situados muy lejos del control humano". Como dice Bertrand Russell, este concepto "ha sido uno de los caminos que la filosofía ha utilizado hasta ahora para inculcar el necesario elemento de humildad. Cuando la soberbia haya eliminado a ésta se habrá adelantado un paso más en el camino hacia una cierta forma de locura; hacia la intoxicación de poder que invadió la filosofía con Fichte... y a la que los hombres de nuestros días, filósofos o no, se sienten inclinados. Estoy persuadido de que esta intoxicación representa el mayor peligro de nuestro tiempo y que cualquier filosofía, por inintencionadamente que contribuya a fomentarla, aumenta el peligro de un vasto desastre social".
El Mandato del Cielo.
El problema fundamental se reduce a saber cómo nos concebimos a nosotros mismos y cómo concebimos la sociedad que nos rodea. Ello depende mucho de lo que nos dicen los filósofos. Porque aunque no sean reyes son, podríamos decir, Maestros de los Maestros. "En la historia de los gobiernos occidentales - dice Francis E. Wilson- los cambios operados en la sociedad pueden observarse siguiendo la evolución de los intelectuales", que han servido al gobierno como abogados, consejeros, administradores, fueron profesores en las escuelas y ejercen ciertas profesiones, como médicos o teólogos. Es a través de ellos que las doctrinas pueden influir en los asuntos prácticos. Y sus doctrinas, que aprendieron en las escuelas y universidades, llevarán el sello y la orientación del orden filosófico que prevalezca.
He aquí la razón de que dediquemos los últimos y decisivos comentarios a las esferas de la filosofía y la teología. En ellas quedan definidas las principales características de las imágenes del hombre, sobre las que imprimirán su sello característico las artes y ciencias de la época. El papel del los filósofos es rara vez creador. Pero es evidente que poseen una influencia decisiva en determinar lo que debe ser creído, cómo a de ser creído y lo que no hay que creer. Podríamos decir que los filósofos están situados en un cruce de calles. No pueden crear el tráfico pero pueden detenerlo y ponerlo de nuevo en movimiento, así como dirigirlo en un sentido o en otro.
No sostengo, aunque quisiera poder hacerlo, que el declinar de la sociedad Occidental quedaría detenido si los profesores de nuestras escuelas y universidades regresaran al campo de las grandes tradiciones de la filosofía social. Pero lo que sí sostengo es que dicho declinar, ya muy avanzado, no podrá ser detenido si los filósofos más influyentes se oponen a esta restauración de valores, si impugnan más que soportan la validez de un orden muy superior al de los valores que Sartre insta a cada hombre a "inventar".
Lo que los más destacados filósofos opinan acerca de la religión no se refiere, como dice Tillich, a la religión considerada como último objetivo de la adoración y del amor. Pero si los filósofos enseñan que el lazo que une al hombre con la religión es un puro fenómeno psicológico, independiente de cuanto se halla más allá de la condición psíquica de cada cual, contribuirán a obscurecer la mente de aquél, si posee una experiencia religiosa. Los filósofos no pueden dar a los hombres una religión. Pero sí alejarlos de ella.
Los filósofos desempeñan el mismo papel en relación a los principios rectores de la sociedad. Como hemos visto, éstos requieren un gobierno sobre la naturaleza primaria del hombre ejercido en virtud de haber adquirido éste una segunda naturaleza, racional, civilizada. Tales principios rectores serán impopulares hasta que hayan prevalecido lo suficiente como para alterar los impulsos populares. Ya hemos visto que éstos son opuestos a los principios de orden social. Pero dichos principios no deben hacerse prevalecer si están desacreditados, o si se los rechaza equiparándolos a supersticiones, obscurantismo, metafísica sin sentido, o estimándolos puramente reaccionarios.
La filosofía social sufre un gran descrédito en nuestros días. Por esta causa, los que podríamos denominar términos del discurso , resultarían muy desfavorables, en una controversia pública, para quienes aceptan la primacía de dicha filosofía. Los símbolos representativos de la legitimidad, la justicia y la verdad han sido adoptados por hombres que rechazan la doctrina de la democracia constitucional, pese a que en muchos casos no sean declarados adversarios de ésta.
Si el declinar de Occidente bajo el mal gobierno del pueblo ha de ser detenido, se hará necesario modificar los términos del discurso que prevalecen en nuestra sociedad. Actualmente pesan mucho frente a los principios en los que ha de apoyarse el estado constitucional. Se inclinan a favor del concepto jacobino del pueblo emancipado y soberano.
He pensado, con entusiasmo y esperanza, si sería posible alterar los términos del discurso en caso de que se pudiera llegar a una demostración convincente de que los principios rectores de la sociedad no son, contra lo que dice Sartre, inventados y escogidos; de que las condiciones que habrían de aceptarse para poder organizar ordenadamente la sociedad están ahí, al margen de nuestros deseos, donde pueden ser descubiertas por medio de una investigación racional y desarrolladas, adaptadas y refinadas por la discusión racional.
Si esto se pudiera demostrar con éxito se lograría, a mi entender, fortalecer a quienes sufren las consecuencias de la atonía de nuestra sociedad, de su progresiva barbarización, de su descenso a la violencia y a la tiranía. En medio de una atmósfera de impresionismo moral, se afianzarían de nuevo, con una sólida base intelectual, no para trazar proyectos relacionados con sus más íntimos deseos , sino para llevar a cabo empresas posibles y concretas. Volvería a creerse en la sociedad, soberana y elevada por encima de pasiones, intereses y criterios individuales. La lucha sería, empero, imposible, si no pudiera demostrarse el valor de los principios rectores.
Los defensores de la sociedad no pueden actuar sin ostentar el título de la legitimidad, la justicia y la verdad. Porque poseemos una regla, muy generalizada, que establece que es muy íntima la relación existente entre nuestra capacidad para actuar y el convencimiento de que obramos como es debido. Ello no significa, desde luego, que nuestra actuación tenga que ser necesariamente justa. Lo que importa es la creencia en su bondad. Sin esta creencia, muchos hombres carecerían de la energía y la voluntad suficientes para perseverar. Así, el satanismo, que tiende el mal, está presente en muchos hombres y es elemento potencial en otros. Sin embargo, excepto en condiciones de profunda histeria, como en un linchamiento, el satanismo no puede ser aconsejado a las multitudes. Incluso Hitler, que fue satánico, necesitó también, a lo que parece, que los demás le asegurasen no sólo que era un gran hombre, sino también un hombre justo.
William Jennings Bryan dijo cierta vez que el estar envuelto en al armadura de la justicia, convertiría al más humilde ciudadano en el más firme puntal contra las huestes del error. Esto no es absolutamente cierto. Pero el motivo por el que el más humilde ciudadano no sea más fuerte que las huestes del error, reside en que estas últimas también van envueltas en una armadura que creen la de la justicia. De no habérsela puesto, no hubieran podido, en realidad, convertirse en huestes. Porque las ideas políticas adquieren fuerza operativa en los asuntos humanos cuando, como hemos visto, cobran legitimidad, cuando poseen ese título de rectitud que une a las consciencias humanas. Entonces, como dice la doctrina de Confucio, poseen "el mandato del Cielo".
En la crisis existente dentro de la sociedad Occidental se encuentra ahora en litigio el mandato del Cielo.
Walter Lippman, La Crisis de la Democracia Occidental. Editorial Hispano europea. Barcelona España, 1956.





