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El Valle de Gabriela Mistral
Sucesos, reflexiones y literatura sobre Elki y Chile.
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Estudiante universitario chileno, radicado en la ciudad de Vicuña, cuarta región. Escribo poemas, notas para la prensa local, ensayos para publicarlos. Filosofías, ciencias y literaturas que provoquen un cambio espiritual. Películas, sobre todo europeas y asiáticas, especial énfasis en animé.
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HE VUELTO.........
ALGO SOBRE EL ARTE

La relación de Tolstoi con el arte sólo se comprende como síntoma de un cambio histórico, como signo de una evolución que lleva a su fin a la cultura estética del siglo XIX y hace aparecer una generación que juzga el arte otra vez como el transmisor de las ideas.

Lo que esta generación reverenciaba en el autor de Guerra y Paz no era, en modo alguno, el gran novelista, el creador de la mayor novela de literatura universal, sino, obre todo, el reformador social, el fundador de una religión. Tolstoi disfrutó la fama de Voltaire, la popularidad de Rousseau, la autoridad de Goethe, y, aún más que esto, se convirtió en figura legendaria cuyo prestigio recordaba el de los antiguos videntes y profetas. Yasnaia Poliania se convirtió en un lugar al que la gente de todas las naciones, clases sociales y estratos culturales acudían en peregrinación, y admiraba al viejo conde con su blusa de campesino como si fuera un santo. Gorki no habrá sido el único en haber pensado al verle: “Este hombre es semejante a Dios”, confesión con la que el incrédulo termina sus memorias de Tolstoi. Muchos habrán tenido la sensación, como Thomas Mann, de que Europa se quedaba “sin amo” después de su muerte. Pero esto eran sólo meros sentimientos, palabras de gratitud y lealtad. Tolstoi era, sin duda, algo como la consciencia viviente de Europa, el gran maestro y educador, que expresaba, como no lo hizo nadie, la intranquilidad moral y el deseo de renovación espiritual de su generación, pero con su ingenuo rousseaunianismo y quietismo nunca habría sido capaz de seguir siendo –si es que alguna vez lo fue- el “amo” de Europa. Porque puede ser suficiente para un artista, como Chejov pensaba, plantear las cuestiones precisas, pero un hombre que hubiera de regir su siglo habría también tenido que resolverlas bien.

CONCLUSIÓN: El arte debería ser fuente de respuestas, no de preguntas. Para preguntas, están las vidas de cada uno de nosotros.
Como lo que ahora se denomina arte insiste en la angustia, no debería llamarse arte. Todavía no veo ni un artista verdadero que sea capaz de responder las apremiantes interrogantes del mundo de hoy.
En síntesis: El mundo se cae a pedazos, ¿quién o quienes podrán evitarlo?
No