╨╧рб▒с                                                                                                                                                                                                                                                                  ье┴ t┼ь┼░l marasmo en el que nosotros nos hemos hundido, cuando hablщis de nuestras debilidades, pensad tambiщn en los tiempos sombrэos de los que os habщis escapado. Cambiсbamos de paэs como de zapatos, a travщs de las guerras de clases, y nos desesperсbamos dєnde sєlo habэa injusticia y nadie se alzaba contra ella. Y, sin embargo, sabэamos que tambiщn el odio contra la bajeza desfigura la cara. Tambiщn la ira contra la injusticia Pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros, que querэamos preparar el camino para la amabilidad no pudimos ser amables. Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos en que el hombre se amigo del hombre, pensad en nosotros con indulgencia. (1938) LEYENDA SOBRE EL ORIGEN DEL LIBRO TAO 'TE KING, DICTADO POR LAO TS╔ EN EL CAMINO DE LA EMIGRACI╙N. A los setenta aёos, ya achacoso, sintiє el maestro una gran ansia de paz. Morэa la bondad en el paэs y se iba haciendo fuerte la maldad. Se abrochє los zapatos. Empaquetє las cosas necesarias. Pocas. Pero algo habэa que llevar. La pipa en que Fumaba cada noche. El libro que leэa a todas horas. Algo de blanco pan. Gozє mirando el valle, y lo olvidє cuando la senda comenzє a ascender. Rumiaba el buey, alegre, hierba fresca mientras llevaba al viejo. Pues iba muy deprisa para щl. Caminє cuatro dэas entre peёas hasta que un aduanero lo parє. "┐Alguna cosa de valor?". "Ninguna". "Es un maestro", dijo el joven guэa del buey. Y el aduanero comprendiє. Y el hombre, en un impulso afectuoso, a·n preguntє: "┐Quщ ha llegado a saber?". Y el muchacho explicє: "Que el agua blanda hasta a la piedra acaba por vencer. Lo duro pierde". Aprovechando aquel atardecer, tirє el guэa del buey, siguiendo viaje. Ya se perdэan tras de un pino negro cuando los alcanzє el buen aduanero. Les gritaba: "бEsperсdme!". "Dime otra vez eso del agua, anciano". Se detuvo el maestro: "┐Te interesa?". "Soy sєlo un aduanero", dijo el hombre, "pero quiero saber quiщn vencerс. Si t· lo sabes, dэmelo. бEscrэbemelo! бDэctalo a este niёo! No lo reserves sєlo para ti. En casa te darщ tinta y papel. Y tambiщn de cenar. Yo vivo allэ. ┐Aceptas mi propuesta?". Examinє el anciano al aduanero: chaqueta remendada, sin zapatos, viejo antes de llegar a la vejez. No era precisamente un triunfador. Murmurє: "┐T· tambiщn?". Habэa vivido demasiado para no aceptar tan amable invitaciєn. "Quien pregunta, merece una respuesta. Parщmonos aquэ", dijo en voz alta. "Hace ya frэo", el guэa le apoyє. Echє pie a tierra el sabio de su buey. Escribieron durante siete dэas alimentados por el aduanero, quien maldecэa ahora en voz muy baja a los contrabandistas. Una maёana, al fin, ochenta y una sentencias dio el muchacho al aduanero. Y, agradeciщndoles un pequeёo don, se perdieron detrсs del pino negro. No es fсcil encontrar tanta atenciєn. No celebremos, pues, tan sєlo al sabio cuyo nombre en el libro resplandece. Al sabio hay que arrancarle su saber. Al aduanero que se lo pidiє demos gracias tambiщn. (1937, del libro Historias del Calendario, 1939) ░4a                                                                                                                                                                                                                             R