ĐĎࡱá˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙ěĄÁ a ha probado una vez más su capacidad para realizar jugadas audaces en las más diversas y difíciles canchas. En ese corto período, ha remecido a la Alianza coqueteando con una candidatura al Senado que este fin de semana debiera zanjar en el Consejo General de RN; se asoció con Douglas Tompkins para crear un santuario de ballenas y se compró Chilevisión. En 1996, Fernando Villegas lo incluyó en el libro "Los siete pescados capitales". En el texto, Villegas traza -con una pluma bienhumorada y, sobre todo, irreverente- el perfil de algunas personalidades emblemáticas de la vida chilena de hoy y de ayer. En las siguientes páginas reproducimos el perfil en el que intenta descifrar al empresario a través de un análisis de los "chicos listos" de la sociedad chilena. POR FERNANDO VILLEGAS. Desde nińos todos hemos tenido la oportunidad de conocer siquiera una vez a un chico listo. El chico listo solía ser el primero o el segundo del curso: era el que organizaba los paseos o, en el peor de los casos, el que cateteaba al chiquillo a cargo de eso para que se moviera o hacía de tesorero para el viaje de estudio del curso, o, en el peor de los casos, era el que se quedaba con los fondos del viaje. Los chicos listos son, ya desde los cinco ańos, más rápidos, más vivo el ojo para agarrar las oportunidades. Desde que uno los ve de pantalones cortos y aun sin comprender bien por qué y cómo, ya entiende que ese compańerito de curso va a ser alguien en la vida, que no va a pasar inadvertido. Después del colegio tal vez se los pierde de vista, pero siempre se sabe de ellos aunque sólo sean referencias obtenidas por medio de esos diálogos breves que se producen entre ex condiscípulos que se encuentran en la calle. - żY? żQué es del Lucho? + żEl Lucho? Se murió el ańo pasado de una ataque al corazón. Le iba como las pelotas y no lo pudo resistir... żY González? + żGonzález? Ahí está, creo que es empleado en un ministerio. żY el primero del curso, el Loyola, el desgraciado que se quedó con los fondos para el baile de fin de ańo? + ˇAh, el guatón Loyola! ˇEs más rico que la cresta, está forrado en plata! Fíjate que este guatón de mierda, etcétera... Entiéndase bien, esto es sólo una metáfora; el chico listo no necesariamente coincide con el cabro vivo o el fresco. El cabro vivo es el protopunga, la semilla del futuro cabrón y abusador que va a estafar hasta su madre. El vivo nunca termina bien, al menos no a la larga. El vivo, en realidad, es completamente idiota y nunca se da cuenta de sus carencias. Es intelectualmente corto de vista y no atina a entender que su metodología para obtener ventajas es autoderrotista; su botín es magro y deja gente en el camino sólo levemente herida, presta para cobrarse revancha. El chico listo no. Es inteligente y ve lejos. Aprovecha las oportunidades y, cuando estira la cuerda, se asegura que no queden sino muertos tras suyo, nunca heridos que puedan cobrarse venganza. Sabe armar a su alrededor un séquito de chicos casi tan listos como él que lo apoyan en sus jugarretas y obtienen su razonable cuota de beneficio, aunque siempre menos de la que merecerían, pues no puede reprimir su tentación de sacar provecho. Por lo mismo, sus entornos se deshacen rápido porque el chico listo, amén de abusar un poco hasta de sus lugartenientes, no puede con su carácter y se va de lengua y/o se sobrepasa. No tolera subalternos que puedan ser más rápidos que él y no aguanta a aquellos que son algo más lentos que él, todo lo cual configura una contradicción insoluble que se traduce en odios paridos de prácticamente todos los que alguna vez han estado a su difícil servicio. Sin embargo, el chico listo tiene habilidad suficiente para armar grupos con nuevos aliados si la necesidad lo lleva a eso. Conoce desde la primera infancia el arte de crear y consolidar poder, aunque más por medio de acuerdos pistola en mano que de lealtades del corazón. Sospecha, con razón, que en este mundo no se puede ir solo ni a la esquina, pero, pese a saberlo, sufre la debilidad de no poder fortificarse con un núcleo inexpugnable de incondicionales. Sus círculos "íntimos" son siempre frágiles; más que grupos de amigos, se rodea de aliados circunstanciales y siempre en guardia contra él mismo en función del propósito que tenga entre manos. żDuda alguien que este personaje coincide enteramente con Sebastián Pińera, el chico más listo de la escena empresarial, el pistolero más rápido de todo nuestro oeste, el más hábil para armar fortunas de la noche la mańana? Anatomía del chico listo Pero antes de meternos con Pińera, sigamos un poco más con el chico listo. Para empezar, son pocos; a lo más uno por curso, dos o tres por colegio, a veces ninguno por barrio. Y curiosamente tienden también a ser chicos de porte. Napoleón era chico, como lo es Pińera. Ignoro las razones de esta coincidencia, pero además de ésa no deja de haber entre ambos personajes varios otros parecidos, a saber: ambición sin límites, versatilidad, velocidad mental, carácter implacable, dureza de hierro. La velocidad intelectual del chico listo se debe a lo siguiente: aunque no es el único tipo inteligente del lote, a diferencia de los otros seres inteligentes con los cuales pueda coexistir, el listo no se enreda en problemas verbales, no se complica con los meandros de su propia inteligencia y, sobre todo, jamás la asocia a sus emociones. El suyo es un intelecto frío, calculador, objetivo a más no poder. Ve las cosas tal y como son y no como quisiera que fueran. Por eso llega a conclusiones con más rapidez y exactitud. Esto lo hace extraordinariamente hábil en asuntos como los negocios y las armas, en los cuales la velocidad de juicio y la decisión inmediata son claves para el éxito, pero simultáneamente esas cualidades lo hacen completamente ciego para un amplio rango de materias en las cuales no es la celeridad, sino una gradual maduración de la idea lo que cuenta. El chico inteligente que es y será artista y el chico inteligente que será científico cavilan, se interrogan, dan vueltas a las cosas, las rumian y por eso son capaces de crear y descubrir, pero también de perderse en medio de los escenarios más simples; en cambio, el chico listo las ve tal como son -al menos tal como parecen ser a la primera mirada- y entiende de inmediato cómo usarlas para su provecho. Es un intelecto esencialmente práctico, incluso cuando se entretiene reflexionando en un punto teórico. La teoría es para él menos asunto de contemplación que de manual cortapalos para hacer lo que se debe hacer con el propósito de obtener utilidad, ya sea que la mida en términos de su bienestar personal o que la esté midiendo desde el punto de vista de un interés colectivo. Por eso el Master en Economía obtenido por Pińera en Harvard jamás se va a transformar en base para lucubrar una tesis, aunque sea pequeńita y de poca monta; para él es sólo instrumento de sus negocios y para fundamentar sus puntos de vista políticos. Es un mapa caminero. Tampoco es Pińera hombre que se ensimisme en una doctrina, en un ideal valórico (sic), en un dogma de cualquier clase. Difícilmente salen de personas como Pińera los iniciadores de religiones o movimientos, siquiera de puntos de vista; sí emergen de su fértil mente ideas prácticas para resolver conflictos entre puntos de vista o chutearlos a la oportunidad y momento futuro en que puedan resolverse. Sencillamente ni Pińera ni los demás chicos listos tienen la dosis necesaria de emoción y fe a priori para otra cosa. Cuando son creyentes, lo son más bien por tradición y costumbre familiar y de clase que por fervor espiritual; su visión de Dios, si acaso la tienen, es la de ser aquel algo así como el capo di tutti capi, el más grande de todos los empresarios, el seńor con el cual no hay truco que valga y al que mejor es tener grato. El chico listo clásico es, sin saberlo, más escéptico que el más pesimista de los filósofos que teorizan sobre el escepticismo, éstos últimos, al menos, creen haber llegado a una verdad, la suya, la de su teoría, el chico listo, sin preguntárselo ni planteárselo a sí mismo ni a los demás explícitamente, sabe, por convicción interior a menudo inconsciente -porque no es teórico ni dado a introspecciones-, que tales verdades no existen, que a lo más éstas son expedientes del momento y valederos sólo por un tiempo, para mantener las ruedas del mundo girando y avanzando, ojalá en su proyecto. Recurso natural Dada la dificultad de encontrar gente así, tan esencialmente controlada por su cerebro, los chicos listos y sus encarnaciones adultas son un recurso natural escaso y fundamental de toda la sociedad. Envidiados, poco queridos, temidos por suponérseles con razón inhumanamente eficientes y despiadados para alcanzar sus metas, sospechosos casi siempre de haber infringido o de estar apunto de infringir las normas, tienen la gracia fundamental de echar a andar y hacer funcionar las cosas. Para lograr eso, no trepidan. Por los mismo, a esas alturas de sus vidas cuando ya están en posición de crear y mover cosas, los chicos listos ya no son nominados de ese modo: eso quedó en la infancia, en la ida juventud; de grandes y con poder reciben otros calificativos: maricón sonriente, desgraciado, abusador, enano maldito. żQué sería de una sociedad sin estos chicos listos? Hay otra gente inteligente, pero no sirve para nada práctico y si el poder estuviera en sus manos - nunca lo está- todo se caería pedazos. Los escritores y poetas están demasiado ocupados volcando sus fantasías en letras de molde y mirándose el ombligo para manejar nada; los profesionales corrientes están demasiado enterrados en el pozo de su propia especialidad para ver nada y entender nada, salvo las minucias de su oficio; los científicos se ensimisman en su trabajo y no sólo no sabe nada, sino que además se jactan de no saber nada ni siquiera de lo que presuntamente saben. En fin, la gente corriente que ni poetiza, ni escribe, ni profesa ni investiga nada sino que se limita a trabajar por ahí en cualquier cosa, no sabe ni dónde está parada. Chicos de todos los portes Claro que no todos los chicos listos son del mismo calibre. Los hay más bien rascas, categoría en la cual, por cierto es donde encontramos la mayor cantidad. Pero son tremendamente necesarios. Cuando se mueven en los niveles medios y bajos de la sociedad aportan en sus actividades un montón de energía y eficacia que a las demás variedades de chilenos les escasean notoriamente. Muchos dueńos de restaurantes encajan en esta categoría y no podría ser de otra manera; hay que tener un ojo vivísimo para que el negocio literalmente no se lo coman los empleados. El chico listo de restaurantes, que normalmente es el dueńo, suele tener un enorme poto y no menor barriga, pues preside su negocio, como un Buda tutelar, desde el pisito que está tras la caja registradora, usualmente encaramado sobre un alto de cojines sebosos. En las categorías de medio pelo, tenemos los chicos listos que funcionan como gerentes de departamento, supervisores de ventas y subgerentes de división; éstos no ejecutan sus altas funciones desde una ruma de cojines pasados a peo, como en los restaurantes, sino desde sillones gerenciales de precios intermedios, esos cuyas ruedas se salen a los seis meses. żQué haríamos sin estos hombres que, mal que mal, mantienen andando, aunque sea a tropezones, las indescriptiblemente torpes y lerdas organizaciones administrativas? A medida que subimos en la escala de las responsabilidades y las dificultades inherentes del cargo en posición, el número de chicos listos desciende rápidamente. Al final, en la cumbre, tenemos sólo un puńado de ellos. Ni siquiera son top-ten, sino a lo más tres o cuatro fulanos cuyos nombres todos conocemos y que manejan en sus manos enormes cantidades de poder económico, si bien mucho más raramente y mucho más escasamente el poder político. żY por qué? Porque a pesar de lo que pudiera pensarse en primera instancia, la política no es campo de juego adecuado para el chico más listo. Le falta, para eso, algo esencial: la capacidad de creerse sus propios cuentos, condición sine qua non para que los crean los demás. Al chico listo lo traiciona esa frialdad de intelecto que ya mencionamos. Por inteligente que sea, no emana de él, como ocurre con el verdadero político, esa aureola de color, de pasión, siquiera de emoción, que arrebata a las multitudes y gana los corazones. Recordaremos que no hay nada más particular, nada más fácil de vender, nada más atractivo e irresistible que las emociones. Una frase dicha con emoción, aunque sea el colmo de la idiotez, conquista a casi todo el mundo; son como las marchas militares, que inevitablemente hacen marcar el paso y suben el pulso a los espectadores. El chico listo lo sabe e intenta a veces simular todo eso con el uso de ciertas frases o posturas como lo han visto en películas o en manuales de marketing. Pero la farsa se nota y no convence. Sacado del cubil donde enhebra sus negocios o sus campańas, el chico listo no persuade a nadie, sino tan sólo convence a sus socios. Malos modales Además, suele ocurrir que dicha frialdad vaya unida -por decirlo con fineza- a cierto desapego por los modales, a brusquedades que hacen mucho dańo sin que él lo note; peor aún; ese desapego -producto típico de toda inteligencia, la cual en el mismo grado de su elevación rara vez encuentra buenas razones para asociarse estrechamente a nada- lo lleva a descuidos imperdonables. Si acaso el chico listo suele parecer a menudo más bien chico que listo, más nińo chico que nińo habilidoso, es precisamente por las frecuentes ocasiones en que su falta de atención y completa inconsciencia, su desatino y torpeza social derivada de la poca importancia que asigna a dichas actividades, lo llevan a menudo a protagonizar las colosales metidas de pata. żPuede haber algo más impolítico que esta falta de criterio para moverse en medio de la gente, esta proclividad irresistible a salir con una pachotada? El político, aún el más mediocre de los políticos, sigue siempre el consejo del alcalde de La Pérgola de las Flores: nunca dice que no, aunque al final haga lo contrario de lo que se le pide. En la política y amores decir "no" es barbaridad como dice la canción, pero Pińera y sus colegas de categoría son completamente sordos a esa tonada. żY Napoleón?, me dirá usted. Napoleón fue el político más torpe que jamás haya puesto sus pies en tierras francesas. Cierto que gobernó largo tiempo, pero lo hizo con bayonetas. No fue capaz de lograr adhesiones auténticas ni de los civiles ni de los militares que lo rodearon, salvo en esferas muy alejadas del centro del poder, entre la soldadesca y la oficialidad medio pelo que veía en él la encarnación de la gloria de Francia. En cambio, en su gabinete, en su alto mando, en los salones de la corte y en los consejos de gobierno, no hizo otra cosa que criar cuervos. Talleyrand, el más astuto de todos ellos, terminó dejándolo caer como un pańuelo usado; hartas descortesías y atropellos había sufrido y no era hombre que olvidara. Sonreía ante cada vejación, pero llevaba minuciosamente la cuenta. Napoleón jamás pudo contener su lengua y humilló a todos; por eso -amén de su poder militar- se le temía, quizás hasta se le admiraba, pero no se lo amaba y las lealtades que pudo forjar en los medios que cuentan fueron circunstanciales, interesadas. A nuestro Napoleón nacional de las finanzas y la bolsa le pasa algo parecido. Él mismo se definió -en una entrevista que le dio a Mónica González- como un lobo. En verdad el comentario general que rodea como una polvareda de murmullos cada paso que da es que ha sido incapaz de formarse un grupo de incondicionales. Se dice que hay gente muy cercana a él, individuos que aparecen a su lado en todos sus negocios, gente como José Cox e Ignacio Guerrero, pero uno se pregunta cuánta proporción de dicha cercanía no es otra cosa que conveniencia del minuto y cuántas veces ambos, Cox y Guerrero, no habrán debido morderse los labios ante una de las salidas sarcásticas de Pińera, o cuántas veces, en medio de la noche, soportando un desvelo, no habrán fantaseado con fruición imaginándose como protagonistas de una operación comercial genial que los enriqueciera a ellos y aplastara a Pińera tal como el jovencito de Wall Street hizo con Geko. Psicología del chico listo żQué busca el chico listo? żQué le interesa en esta vida? żQué cosa le hace tiritar, lo conmueve, o, mejor dicho, lo mueve a hacer lo que hace? He entrevistado a Sebastián Pińera entre 6 y 10 veces, no recuerdo el número, para diversos medios de prensa; tres o cuatro veces para un diario financiero, otras tantas en una programa de TV. Y, en todas las ocasiones, la impresión que me han producido sus palabras, su manera de decirlas, sus uńas recomidas hasta la raíz, su incapacidad para estar sentado más de dos minutos y esa mirada ida que tiene cuando no es él quien está hablando, es la de estar frente a un hombre en quien lo principal de su ego, lo medular o el meollo de su ser, es precisamente que no haya en él nada que sea principal, meollo o núcleo, Pińera parece ese tipo de personas que en el arrebato permanente de su nerviosismo desenfrenado van tan rápidamente de un punto al otro que carecen de tiempo y espacio para meditar en el sentido de dicho viaje. Se lo comen los nervios, la hiperkinesis. Su ser se reduce -o se multiplica, según cómo se vea- a esa actividad en tanto que tal y a los placeres derivados de la destreza con que la lleva a cabo. No pudiendo ser contemplativo, arrastrado como está por una avasalladora necesidad de actuar, no puede, por lo tanto, ponerse en la disposición de ánimo que se requiere para disfrutar la música o el arte. Como es inteligente, puede, si lo desea, simular que le interesa, pero en el fondo sospecho que lo deja frío. No puedo imaginarme a Pińera gastándose un par de horas de tiempo para oír, de principio a fin, una sinfonía y sentir que se le ponen de punta los pelitos del cutis. A los 5 minutos estaría ya nervioso, quizás imaginando algún proyecto para difundir la música en las poblaciones o para organizar un nuevo sello musical y a los 10 minutos estaría llamando a sus contactos, para preguntarles por el valor de las acciones del sello Deutsche Gramophone. Huracán Eso, en ocasiones, produce la sensación de que se está frente a un ser que carece de contenido humano real tras esa vertiginosa apariencia de actividad que marea a todo el mundo. Pińera es como un huracán cuya fuerza deriva precisamente de que en su centro reine el vacío. O, dicho de otro modo, Pińera no es más que el huracán, este movimiento perpetuo, este circular desenfrenado de energía pura. Y no le disgusta ser visto de ese modo y él mismo se inventó eso de la "locomotora". Esa identificación voluntaria con una máquina no deja de significar algo. Lo cierto es que estos chicos listos que, tal vez, no podrían sentir una razón de fondo para actuar, terminan, paradójicamente, convertidos en la acción misma y enamorados de lo único que tiene sentido en el seno de ella: el poder. Nada más natural que así sea; en cierto sentido, el amor por el poder y la acumulación creciente de él que desarrollan los chicos listos es la resultante del mismo mecanismo por el cual el corredor de autos de carreras o el escalador de montańas se obsesiona con su deporte: sólo en ellos, en su ejercicio, encuentran ese hálito de energía, de embriaguez, de emoción, que de no tenerlo los reduciría al estado de cataplasma. Es el poder o nada; es la emoción de derrotar a un adversario en una competencia suma cero o la nada. En esto, Pińera no se diferencia tanto de sus congéneres más comunes y ordinarios; en cada adulto se observa, en mayor o menor grado, un proceso parecido, todos, de jóvenes, partimos dando la impresión de una enorme riqueza de posibilidades e intereses, de valores y pasiones, pero el curso de los ańos va tanto revelando lo poco o nada que habría tras esa impresión derivada del fulgor propio del cutis lozano, como desactivando lo que pudo haber habido, por el simple hecho de su falta de práctica: apresado en las rutinas laborales, no es raro que cada uno de nosotros termine quedando reducido a ellas, vaciado de lo demás que hubo, emasculado, reducido. El trabajólico no es más que un caso extremo de este proceso. żQué busca, a estas altura de la vida, Pińera? Lo que ha buscado desde que se tituló en Harvard o tal vez desde su primer negocio exitoso; cumular más éxitos, más poder para hacer cosas, para iniciar proyectos, para darse gustos haciendo realidad ideas lucrativas. En este sentido, la representatividad de Pińera es escasa y sólo referida a un grupo muy reducido de personas. El activismo no es virtud -o defecto- nacional, como es sabido. Pero lo otro, el aspecto aventurero de su faenar en este mundo, esa manera suya de estar mirando para todos lados en busca de oportunidades, ese rasgo de busquilla incansable -aunque multiplicado un millón de veces- sí es chileno y no tan raro. Diría que en los círculos sociales a los que Pińera pertenece no es tan insólita esta efusión a veces brutal -a menudo muy brutal- de desenfadada persecución de modos rápidos de hacerse dinero. En Pińera hay mucho de especulación, de atrevido jugador, la clase de personajes que aparecen retratados en El Socio, de Jenaro Prieto, todos de raigambre campestre, pero convertidos en verdaderos zorros en el escenario citadino. Frente a gente así, el hombre medio, el ciudadano de clase media acostumbrado toda la vida a la sujeción, primero en el colegio y luego en la oficina, tiembla de pies a cabeza. Siente ante este tipo humano tan parecido a un animal depredador una suerte de indefensión. Un recóndito germen de labriego o peón todavía activo en el fondo de su alma le anuncia que ante esa encarnación con cuello y corbata del patrón de fundo, hasta su vida misma es cosa precaria. Sabe que aun el más devoto de esos seres, que incluso físicamente parecen ser de otra estirpe, no vacilaría ni un segundo en aplastarlo como un chinche. El dinero, don dinero, el poder y la familia, el apellido y la reputación valen, para esta gente, cien veces más que todos los inquilinos del mundo. Conclusión: aunque parecer ser y, en cierto grado, es la encarnación misma del hombre de empresa moderno, liberal, demócrata y enemigo del conservadurismo que reina en amplias esferas de la derecha, Sebastián Pińera es esencialmente un hombre de esa clase, si bien en la variedad del "outsider", la cual es aquella que, como bien observó Herman Hesse en El Lobo Estepario, constituye el más preciado tesoro y reserva de energía de las clases pudientes. Sin los Pińeras, se derrumbarían bajo el peso de su propio bienestar, seguridad y del reblandecimiento sentimental que entrańa, a la larga, la dominación sobre todos. Los Pińeras, más que los militares, son los necesarios duchazos helados que mantienen a los privilegiados en posición firme. Revista Qué Pasa, nş 1779, 14 de mayo del 2005, págs. 18 a 23. ŢćÔćÔć&&ľ^4@˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙˙