Relato improbable
Había hecho un buen negocio en Singapur, la capital económica del Sureste asiático. Singapur es una ciudad sorprendentemente occidental insertada entre dictaduras políticas, paraísos sexuales y tribus polinesias.
Aparentemente mi vuelo había sido cancelado así que mi socio local Yao Chen-Shin tuvo a bien de encontrarme un pequeño hostal deleznable pero céntrico.
- “No es el mejor sitio pero no he podido encontrar otra cosa a estas horas.”
Y allí me dejó, en la puerta del mugriento (pero céntrico) alojamiento.
Salió a recibirme una figura fantasmal que me dio la bienvenida en un pésimo inglés. Seguidamente, cogió mi pequeña maleta de viaje y me hizo señas para que le acompañara.
Era un tipo viscoso, de ojos compuestos y andar monolítico.
Tras subir un par de pisos volvió a abrir la boca:
- Ésta es su habitación.
Dijo con voz grisácea.
A continuación se quedó mirándome de arriba a abajo unos segundos, pensativo, para decir:
- ¿quiere alguna chica? Ya me entiende.
- No, gracias. Es suficiente.
No perdí el tiempo colocando mis cosas en el armario, porque quería dormir y salir de ahí lo antes posible, así que saqué lo imprescindible para esa noche. Hice unas cien flexiones y luego traté de ducharme con cuidado de no hacer contacto con ninguno de los fragmentos oxidados de la bañera ya que, normalmente, no llevo una vacuna antitetánica conmigo. Traté de compensar la cutrez del sitio con mi gel de baño “Château d' été” de 70 euros el frasco octogonal.
Apagué la luz, y no podía cerrar los ojos, así que descolgué el teléfono:
- Recepción. Dígame.
(era la voz monocorde del tipo viscoso)
- He pensado mejor lo de la chica. Mándeme la mejor que tenga.
- Descuide.
A fin de cuentas, tenía algo que celebrar y no podía sentirme culpable puesto que los trámites de mi separación iban por buen camino.
La cosa no tardó más que algunos minutos pero reconozco que empezaba a enfriarme. Incluso llegué a pensar que quizá todo este asunto no había sido buena idea. Hasta que, por fin, alguien llamó a la puerta con los nudillos de un modo suave pero contundente.
La verdad es que me esperaba a la típica prostituta de película del Vietnam, toda despeinada y maquillada como una actriz porno de los 70’. Pero me encontré de bruces con una modelo aria de 1,75, con el pelo rubio recogido, impecable traje gris de ejecutiva, gafas de marca y un maletín perfectamente cuidado. Sus ojos mínimamente rasgados que hacían predecir una porción de herencia oriental.
- ¿De dónde has sacado esos ojos azules de gata siamesa?
- Mi abuela materna era de Tailandia, el resto de mi familia te lo puedes imaginar.
Me tumbé en la cama de lado, utilizando la almohada doblada por la mitad para apoyarme. Ella se sentó en la única butaca de la habitación, cruzó las piernas, abrió su maletín sin enseñarme el contenido, y me pasó una lista de servicios en papel digital con precios con los que intuí que la criatura no se moría de hambre. Continuó diciendo:
- La mayoría de vosotros me pide medical fetish aunque mi especialidad es el bondage. Pasé 3 años en Japón perfeccionándolo.
- O sea que ni hablar de un simple cabotaje.
- ¿Penetración? Ja, ja. Eso ya no se lleva, pertenece al siglo pasado.
- Entonces diré lo que se dice en los restaurantes: tráigame lo que come el chef.
- Te felicito, buena elección. Quédate en ropa interior y relájate hasta abandonar tu cuerpo. Hoy vas a conocer más sobre ti.
Me dio un masaje de calentamiento (“si es la primera vez, tengo que prepararte las articulaciones”). Se acercó a oler mi piel y dijo:
- Mmmm, “Château d'été”. Creo que tú y yo nos lo vamos a pasar muy bien.
Me tumbó boca arriba y, posteriormente, se colocó un visor de infrarrojos sobre sus delicadas gafas con el que intuyó escaneó todas mis intimidades energéticas. Luego volvió a hablar.
- ¡Vaya!, un día estresante, ¿verdad?
- Pues sí, pero tampoco me puedo quejar viendo el resultado final.
- Tienes un pinzamiento en la tercera vértebra lumbar y un esguince mal curado en el maleolo del tobillo derecho.
- Lo del tobillo fue jugando al baloncesto en la Universidad. Lo del pinzamiento no lo sabía. ¿Es grave?
- De momento no, pero no lo descuides. Siéntate sobre el borde de la cama.
Mientras estaba sentado sacó una cinta de color cian, me cogió las manos delicadamente y me las ató a la espalda, luego pasó uno de los extremos de la cinta por encima de mi cabeza y en dos movimientos más ya me había inmovilizado todo el tronco.
Fue entonces cuando aprovechó para quitarse su camisa blanca y su falda gris para revelar un increíble body negro de lycra sobre un cuerpazo perfectamente esculpido a base de dieta y gimnasio. Ahí ya empecé a notar que la cosa iba en serio.
- ¿Por qué no me enseñaste esto antes?
- (riéndose deliciosamente) Vale una pasta, y he tenido malas experiencias.
Se sentó detrás de mí abrazándome con sus brazos y piernas como un koala, e inmediatamente utilizó todo su cuerpo para tumbarme boca abajo en la cama. Todavía estando sobre mí me ató los pies y los unió con los nudos que tenía sobre la espalda. Finalmente tiró de los dos cabos de la cuerda, lo que hizo que todos los nudos se apretaran de golpe dejándome en una situación en la que no podía mover ni un centímetro de mi cuerpo.
Reconozco que ahí me empezó a entrar un poco de agobio. No es agradable estar indefenso al 100% en manos de una extraña con un maletín e ideas de contenido oculto, en un hostal regentado por alguien que si entrara en un cementerio le ofrecerían trabajo automáticamente.
- ¿No me abandonaras así ahora, no?
- Aunque antes lo decía en broma la libido se os iba lo que, evidentemente, no me interesa. Entiendo que ciertos clientes no se puedan permitir situaciones embarazosas con personal de hotel tan poco amigo de la discreción.
Comprobó que mi cuerpo estaba inmovilizado pero en tensión.
- Ahora voy a re-activarte algunos de tus puntos.
- ¿y qué puntos son esos?
- La mayoría ni siquiera sabes que los tienes. Otros los has olvidado con el tiempo.
Por el rabillo del ojo pude ver como las masas musculares de los glúteos en los que acababan sus piernas de atleta se contoneaban rítmicamente cuando iba hacia el maletín. Me pregunté como alguien de aspecto tan “saludable” se podía meter en estos líos.
Sacó una especie de alfiletero electrónico en el que se distinguía la palabra “Incushion” en letras góticas plateadas, junto a un ecualizador luminoso donde varios valores subían y bajaban mientras otros estaban fijos. Desde la base emergían varias decenas de agujas.
- Éstas son agujas de electropuntura con carga independiente. Espero que te gusten.
Al parecer, la nena usaba lo último de lo último.
- Ay!
- No te muevas. Si lo haces, tus puntos se mueven contigo.
- Pero…
- Hablas demasiado. Cállate.
Sacó unas tijeras de cirujano y cortó mis boxers de marca.
- Oye, yo pensaba que….
- Ahora aquí mando yo. Te veo un poco pipiolo así que iré a lo superficial.
Ella siguió con su charla.
- Los hombres abusáis sistemáticamente de vuestra posición de poder. Cuando os queréis dar cuenta, la región de vuestro cerebro que trata de dirigir todo está agotada y necesitáis que alguien os arrastre por el barro y os haga retornar a vuestro origen animal.
- Y ahí es donde entras tú.
- Exacto.
[…]
- ¿me preguntó qué más guardarás en ese maletín?
- Ja, ja!! Para probar la artillería pesada tendría que hacerte un estudio anatómico completo, un error y estos juguetitos podrían mandarte al hospital. Los reservo para clientes más experimentados.
De vez en cuando cambiaba el ángulo de alguna aguja o variaba el ecualizador del aparatito. Mantuvo las agujas funcionando unos 10 minutos. Después sacó un mando a distancia y cortó la corriente de todas las agujas a la vez. En un rápido movimiento deshizo de golpe todos los nudos que me mantenían aprisionado liberando todo mi cuerpo. La sangré volvió a borbotones a todos sus lugares naturales lo que me dejó completamente exhausto.
Aunque apenas conservaba un gramo de conciencia aún pude notar como me arropaba y me daba un beso de despedida en la mejilla. A continuación cerró la puerta y fui oyendo como los pasos de sus zapatos Stiletto se hacían apenas perceptibles.
[…]
Esa noche dormí como un lirón. Al despertar miré el reloj y vi sorprendido como apenas habían pasado 5 horas desde el “evento” nocturno del que había sido partícipe-víctima. Me vestí, recogí lo poco que había sacado de mi maleta el día anterior y baje las escaleras del hotel más suave que un guante. Pagué la cuenta y me disponía a salir a la calle para pedir un taxi cuando escuché una voz detrás de mí. Era el ente viscoso. Sonreía absurdamente pero parecía querer decirme algo así que me acerqué a él.
- La señorita ha dejado esto para usted. Tuvo usted suerte en poder encontrarse con ella. Esta mañana ha cogido un vuelo a Zurich. Asuntos de Bolsa, ya sabe.
Era su tarjeta: “Arglist Möller. Consultora. Frankfurt” e incluía su dirección de correo electrónico y el teléfono de su secretaria.
Aparentemente mi vuelo había sido cancelado así que mi socio local Yao Chen-Shin tuvo a bien de encontrarme un pequeño hostal deleznable pero céntrico.
- “No es el mejor sitio pero no he podido encontrar otra cosa a estas horas.”
Y allí me dejó, en la puerta del mugriento (pero céntrico) alojamiento.
Salió a recibirme una figura fantasmal que me dio la bienvenida en un pésimo inglés. Seguidamente, cogió mi pequeña maleta de viaje y me hizo señas para que le acompañara.
Era un tipo viscoso, de ojos compuestos y andar monolítico.
Tras subir un par de pisos volvió a abrir la boca:
- Ésta es su habitación.
Dijo con voz grisácea.
A continuación se quedó mirándome de arriba a abajo unos segundos, pensativo, para decir:
- ¿quiere alguna chica? Ya me entiende.
- No, gracias. Es suficiente.
No perdí el tiempo colocando mis cosas en el armario, porque quería dormir y salir de ahí lo antes posible, así que saqué lo imprescindible para esa noche. Hice unas cien flexiones y luego traté de ducharme con cuidado de no hacer contacto con ninguno de los fragmentos oxidados de la bañera ya que, normalmente, no llevo una vacuna antitetánica conmigo. Traté de compensar la cutrez del sitio con mi gel de baño “Château d' été” de 70 euros el frasco octogonal.
Apagué la luz, y no podía cerrar los ojos, así que descolgué el teléfono:
- Recepción. Dígame.
(era la voz monocorde del tipo viscoso)
- He pensado mejor lo de la chica. Mándeme la mejor que tenga.
- Descuide.
A fin de cuentas, tenía algo que celebrar y no podía sentirme culpable puesto que los trámites de mi separación iban por buen camino.
La cosa no tardó más que algunos minutos pero reconozco que empezaba a enfriarme. Incluso llegué a pensar que quizá todo este asunto no había sido buena idea. Hasta que, por fin, alguien llamó a la puerta con los nudillos de un modo suave pero contundente.
La verdad es que me esperaba a la típica prostituta de película del Vietnam, toda despeinada y maquillada como una actriz porno de los 70’. Pero me encontré de bruces con una modelo aria de 1,75, con el pelo rubio recogido, impecable traje gris de ejecutiva, gafas de marca y un maletín perfectamente cuidado. Sus ojos mínimamente rasgados que hacían predecir una porción de herencia oriental.
- ¿De dónde has sacado esos ojos azules de gata siamesa?
- Mi abuela materna era de Tailandia, el resto de mi familia te lo puedes imaginar.
Me tumbé en la cama de lado, utilizando la almohada doblada por la mitad para apoyarme. Ella se sentó en la única butaca de la habitación, cruzó las piernas, abrió su maletín sin enseñarme el contenido, y me pasó una lista de servicios en papel digital con precios con los que intuí que la criatura no se moría de hambre. Continuó diciendo:
- La mayoría de vosotros me pide medical fetish aunque mi especialidad es el bondage. Pasé 3 años en Japón perfeccionándolo.
- O sea que ni hablar de un simple cabotaje.
- ¿Penetración? Ja, ja. Eso ya no se lleva, pertenece al siglo pasado.
- Entonces diré lo que se dice en los restaurantes: tráigame lo que come el chef.
- Te felicito, buena elección. Quédate en ropa interior y relájate hasta abandonar tu cuerpo. Hoy vas a conocer más sobre ti.
Me dio un masaje de calentamiento (“si es la primera vez, tengo que prepararte las articulaciones”). Se acercó a oler mi piel y dijo:
- Mmmm, “Château d'été”. Creo que tú y yo nos lo vamos a pasar muy bien.
Me tumbó boca arriba y, posteriormente, se colocó un visor de infrarrojos sobre sus delicadas gafas con el que intuyó escaneó todas mis intimidades energéticas. Luego volvió a hablar.
- ¡Vaya!, un día estresante, ¿verdad?
- Pues sí, pero tampoco me puedo quejar viendo el resultado final.
- Tienes un pinzamiento en la tercera vértebra lumbar y un esguince mal curado en el maleolo del tobillo derecho.
- Lo del tobillo fue jugando al baloncesto en la Universidad. Lo del pinzamiento no lo sabía. ¿Es grave?
- De momento no, pero no lo descuides. Siéntate sobre el borde de la cama.
Mientras estaba sentado sacó una cinta de color cian, me cogió las manos delicadamente y me las ató a la espalda, luego pasó uno de los extremos de la cinta por encima de mi cabeza y en dos movimientos más ya me había inmovilizado todo el tronco.
Fue entonces cuando aprovechó para quitarse su camisa blanca y su falda gris para revelar un increíble body negro de lycra sobre un cuerpazo perfectamente esculpido a base de dieta y gimnasio. Ahí ya empecé a notar que la cosa iba en serio.
- ¿Por qué no me enseñaste esto antes?
- (riéndose deliciosamente) Vale una pasta, y he tenido malas experiencias.
Se sentó detrás de mí abrazándome con sus brazos y piernas como un koala, e inmediatamente utilizó todo su cuerpo para tumbarme boca abajo en la cama. Todavía estando sobre mí me ató los pies y los unió con los nudos que tenía sobre la espalda. Finalmente tiró de los dos cabos de la cuerda, lo que hizo que todos los nudos se apretaran de golpe dejándome en una situación en la que no podía mover ni un centímetro de mi cuerpo.
Reconozco que ahí me empezó a entrar un poco de agobio. No es agradable estar indefenso al 100% en manos de una extraña con un maletín e ideas de contenido oculto, en un hostal regentado por alguien que si entrara en un cementerio le ofrecerían trabajo automáticamente.
- ¿No me abandonaras así ahora, no?
- Aunque antes lo decía en broma la libido se os iba lo que, evidentemente, no me interesa. Entiendo que ciertos clientes no se puedan permitir situaciones embarazosas con personal de hotel tan poco amigo de la discreción.
Comprobó que mi cuerpo estaba inmovilizado pero en tensión.
- Ahora voy a re-activarte algunos de tus puntos.
- ¿y qué puntos son esos?
- La mayoría ni siquiera sabes que los tienes. Otros los has olvidado con el tiempo.
Por el rabillo del ojo pude ver como las masas musculares de los glúteos en los que acababan sus piernas de atleta se contoneaban rítmicamente cuando iba hacia el maletín. Me pregunté como alguien de aspecto tan “saludable” se podía meter en estos líos.
Sacó una especie de alfiletero electrónico en el que se distinguía la palabra “Incushion” en letras góticas plateadas, junto a un ecualizador luminoso donde varios valores subían y bajaban mientras otros estaban fijos. Desde la base emergían varias decenas de agujas.
- Éstas son agujas de electropuntura con carga independiente. Espero que te gusten.
Al parecer, la nena usaba lo último de lo último.
- Ay!
- No te muevas. Si lo haces, tus puntos se mueven contigo.
- Pero…
- Hablas demasiado. Cállate.
Sacó unas tijeras de cirujano y cortó mis boxers de marca.
- Oye, yo pensaba que….
- Ahora aquí mando yo. Te veo un poco pipiolo así que iré a lo superficial.
Ella siguió con su charla.
- Los hombres abusáis sistemáticamente de vuestra posición de poder. Cuando os queréis dar cuenta, la región de vuestro cerebro que trata de dirigir todo está agotada y necesitáis que alguien os arrastre por el barro y os haga retornar a vuestro origen animal.
- Y ahí es donde entras tú.
- Exacto.
[…]
- ¿me preguntó qué más guardarás en ese maletín?
- Ja, ja!! Para probar la artillería pesada tendría que hacerte un estudio anatómico completo, un error y estos juguetitos podrían mandarte al hospital. Los reservo para clientes más experimentados.
De vez en cuando cambiaba el ángulo de alguna aguja o variaba el ecualizador del aparatito. Mantuvo las agujas funcionando unos 10 minutos. Después sacó un mando a distancia y cortó la corriente de todas las agujas a la vez. En un rápido movimiento deshizo de golpe todos los nudos que me mantenían aprisionado liberando todo mi cuerpo. La sangré volvió a borbotones a todos sus lugares naturales lo que me dejó completamente exhausto.
Aunque apenas conservaba un gramo de conciencia aún pude notar como me arropaba y me daba un beso de despedida en la mejilla. A continuación cerró la puerta y fui oyendo como los pasos de sus zapatos Stiletto se hacían apenas perceptibles.
[…]
Esa noche dormí como un lirón. Al despertar miré el reloj y vi sorprendido como apenas habían pasado 5 horas desde el “evento” nocturno del que había sido partícipe-víctima. Me vestí, recogí lo poco que había sacado de mi maleta el día anterior y baje las escaleras del hotel más suave que un guante. Pagué la cuenta y me disponía a salir a la calle para pedir un taxi cuando escuché una voz detrás de mí. Era el ente viscoso. Sonreía absurdamente pero parecía querer decirme algo así que me acerqué a él.
- La señorita ha dejado esto para usted. Tuvo usted suerte en poder encontrarse con ella. Esta mañana ha cogido un vuelo a Zurich. Asuntos de Bolsa, ya sabe.
Era su tarjeta: “Arglist Möller. Consultora. Frankfurt” e incluía su dirección de correo electrónico y el teléfono de su secretaria.