[La cuenta atrás]
Nunca le tuve miedo. Tengo miedo de otras cosas que quizá parezcan más absurdas. Para mi es lo único que tengo seguro en esta vida. El fin último al que he de llegar tarde o temprano. Ni espero el momento ni trato de eludir que existirá. Pero es lo único que escapa a esta incertidumbre.
Culturalmente la asumimos como algo oscuro y tenebroso, como una fuerza sobrehumana que nos arrebata a nuestros abuelos, a nuestros padres. La imaginamos como la imponente parca, una sombría presencia de ultratumbra, representada como un esqueleto sin cabeza cubierto por una capa negra y cuyo utensilio favorito es una sucia guadaña, una presencia cuya simple descripción, sin las connotaciones culturales, nos produciría algo más que hilaridad.
Inventamos (o no) historias sobre apariciones, misterios, mensajes post mortem, etc,... que alimentan nuestro miedo y nos hacen aferrarnos a una vida que quizá ni siquiera sabemos apreciar. Nos protegemos con supersticiones, ritos, etc,.. que nos resultarían estúpidos si de otra cuestión se tratase. Pero la muerte nos obsesiona de tal forma que no asumimos que no es lo peor que puede pasarnos. No somos conscientes de que uno es la última persona a la que afecta su muerte. Pero nos duele tanto cuando desaparece uno de los nuestros que poco nos importa si nuestros miedos están justificados. De manera que nos vestimos de negro y lloramos, decimos palabras estúpidas a aquellos que han sufrido la mayor pérdida y celebramos un rito absurdo que ni recordaremos en el futuro ni recordará al muerto. Y todo para fingirnos sobrepuestos a un fenómeno que no entendemos, para simular que asumimos natural un proceso que detestamos y tememos con toda la fuerza de nuestra vida, que se nos escapa cada segundo hacia el único desenlace posible.
Nunca quisimos saber tanto de la vida como de la muerte. Somos capaces de dar ambas pero solo es noticia cuando somos padres de la segunda.
Culturalmente la asumimos como algo oscuro y tenebroso, como una fuerza sobrehumana que nos arrebata a nuestros abuelos, a nuestros padres. La imaginamos como la imponente parca, una sombría presencia de ultratumbra, representada como un esqueleto sin cabeza cubierto por una capa negra y cuyo utensilio favorito es una sucia guadaña, una presencia cuya simple descripción, sin las connotaciones culturales, nos produciría algo más que hilaridad.
Inventamos (o no) historias sobre apariciones, misterios, mensajes post mortem, etc,... que alimentan nuestro miedo y nos hacen aferrarnos a una vida que quizá ni siquiera sabemos apreciar. Nos protegemos con supersticiones, ritos, etc,.. que nos resultarían estúpidos si de otra cuestión se tratase. Pero la muerte nos obsesiona de tal forma que no asumimos que no es lo peor que puede pasarnos. No somos conscientes de que uno es la última persona a la que afecta su muerte. Pero nos duele tanto cuando desaparece uno de los nuestros que poco nos importa si nuestros miedos están justificados. De manera que nos vestimos de negro y lloramos, decimos palabras estúpidas a aquellos que han sufrido la mayor pérdida y celebramos un rito absurdo que ni recordaremos en el futuro ni recordará al muerto. Y todo para fingirnos sobrepuestos a un fenómeno que no entendemos, para simular que asumimos natural un proceso que detestamos y tememos con toda la fuerza de nuestra vida, que se nos escapa cada segundo hacia el único desenlace posible.
Nunca quisimos saber tanto de la vida como de la muerte. Somos capaces de dar ambas pero solo es noticia cuando somos padres de la segunda.
Comentario:
hola, estoy conociendo tu blog, a mi me asusta la muerte si no es después de una vida plena o la de seres queridos...
besitos y pásate por mi blog si quieres
besitos y pásate por mi blog si quieres
Comentario:
A mí, más que asustarme... me intriga.
Comentario:
A mi nunca me asustó ni me asusta mi muerte...me asusta la de las personas que amo.





