[La edad de la inocencia]
Hoy cuando venia a trabajar, mientras luchaba por que mi corazón continuase latiendo en lugar de congelarse, me he fijado en un niño, de no más de seis años, que ha aparecido corriendo a mi lado. Sin mochila, pero perfectamente vestido, con su baby sobre la ropita y el abrigo a su vez sobre éste. No ha tardado en adelantarme, respiraba acelarado y llevaba una hoja de cuaderno en su mano derecha. Entonces he reparado en que daban ya las nueve en punto. El niño corría hacia el colegio desde su casa ya en un segundo viaje porque había olvidado llevar sus deberes.
Quizá no parece un hecho digno de mención, pero en ese momento he sentido algo extraño. Una mezcla de familiaridad y profunda pena. Me parecía estar arrebatando a ese pequeño unos años que nunca recuperará. Dandole unas responsabilidades que no le corresponden, obligandole a adquirir ya desde chiquitin unos habitos que le regirán para siempre y que condicionarán el orden de su vida. Casi podía sentir como la brisa gélida se llevaba su inocencia y lo convertía en un adulto. Con toda la monotonía, las grises rutinas y sueños rotos quetienen tenemos los adultos.
Quizá no parece un hecho digno de mención, pero en ese momento he sentido algo extraño. Una mezcla de familiaridad y profunda pena. Me parecía estar arrebatando a ese pequeño unos años que nunca recuperará. Dandole unas responsabilidades que no le corresponden, obligandole a adquirir ya desde chiquitin unos habitos que le regirán para siempre y que condicionarán el orden de su vida. Casi podía sentir como la brisa gélida se llevaba su inocencia y lo convertía en un adulto. Con toda la monotonía, las grises rutinas y sueños rotos que





