[Melancolía]
Ayer ordené el armario. Hacía meses que no lo hacía. Debió salir de allí. Debía estar agazapada en un rincón desde la última vez que lo había ordenado. Quizá incluso la guardé yo misma, bien al fondo y sepultada bajo el monton desordenado de mis camisetas de invierno, para que aunque quisiera, no pudiera salir, para que aunque gritase, me resultara imposible oirla.
Pero lo olvidé y ayer me decidí a poner orden en el caos que guardaba tras las puertas de mi armario. Ni siquiera se porque lo hice despues de tantos meses de delicioso desastre. Pero sentí la necesidad y lo hice sin pensar, sin dejar ni siquiera que germinara la semilla de mi pereza cuando se trata de hacer algo parecido.
Esta melancolía debía de estar alli. Se ha pegado a mi y no consigo deshacerme de ella. Me hace sentir muy cansada, triste y desolada, lánguida y pálida como todo a mi alrededor. Y me recuerda todo lo que me empeño en olvidar diariamente. Esas cosas en las que no quiero pensar, lo que me ahoga cada día, las pequeñas y las grandes cosas, lo nimio y lo importante, lo que me atormenta, ella hace que todo ebulla en mi cabeza como un guiso letal. Sobretodo me siento prisionera, y no se exactamente si es de esta tristeza, o de este mundo que me rodea...o de ámbos.
Hoy he tenido que salir a hacer un recado. Odio los domingos, sobretodo por la tarde. Por eso procuro encerrarme en mis cosas y olvidar lo que ocurre fuera. Aislarme del odioso mundo dominguero. Pero hoy ha sido inevitable. He salido. He tenido que recorrer tan solo cuatro calles casi desiertas, pero ha sido más que suficiente.
Por lo general este barrio me agobia. Abarrotado de coches mal aparcados porque no caben, con esos grupos de sucios y ruidosos niños y sus madres despreocupadas, esas pandillas de impúberes jovencitos malgastando su adolescencia queriendo jugar a ser mayores, esas mujeres mayores y sus maridos sentadas a la fresca haciendo alarde de la cultura popular del cutrerío y ese circular de paseantes como hojas secas que se dejan llevar por el caudal del río.
Pero hoy había algo más. Las calles me resultaban viejas, rotas y sucias, la gente más ruidosa y pesada que de costumbre, había más coches amontonados, más niños, más madres, más señoras, más pandillas... Solo deseaba salir corriendo, gritar y escapar de todo lo que me rodeaba, que, en realidad, era inofensivo. Pero me ha parecido que las calles se estrechaban y se alargaban, que crecía el caudal de gente que cada vez gritaba y estorbaba más, que las aceras y paredes eran más grises, casi negras, cada vez más viejas y rotas, hasta que a pedazos se desmoronaban sobre mi cabeza. Me dolía la cabeza.
Entonces he mirado a mi alrededor. No había nadie. Cinco o seis personas a lo largo de toda la calle. Y de fondo: el silencio, solo se escuchaban algunos televisores de las viviendas cercanas y los incesantes gritos de los niños al jugar.
Y allí estaba yo. Saturada, desolada, desesperada por mirar a algún sitio y encontrar algo que me resultase nuevo, algo que no conociera o hubiera visto millones de veces durante todos los días de mi vida. No he encontrado nada. Todo estaba exactamente en el mismo lugar de siempre. Cada cosa, de la misma forma, de los mismos colores. Todo era igual.
Mi andiedad se ha calmado. La ha absorbido la melancolía que salió del fondo del armario para transformarla en pesadumbre. Ésta que ahora me posee hasta que tenga fuerzas para evitarlo. Pero eso no será esta noche. Porque ahora me siento débil y frágil como una niña pequeña, como la niña pequeña que aún guardo en mi interior. Asi que, como ella, cerraré los ojos y pintaré un mundo nuevo leno de formas y colores distintos, donde refugiarme...al menos esta noche.
Pero lo olvidé y ayer me decidí a poner orden en el caos que guardaba tras las puertas de mi armario. Ni siquiera se porque lo hice despues de tantos meses de delicioso desastre. Pero sentí la necesidad y lo hice sin pensar, sin dejar ni siquiera que germinara la semilla de mi pereza cuando se trata de hacer algo parecido.
Esta melancolía debía de estar alli. Se ha pegado a mi y no consigo deshacerme de ella. Me hace sentir muy cansada, triste y desolada, lánguida y pálida como todo a mi alrededor. Y me recuerda todo lo que me empeño en olvidar diariamente. Esas cosas en las que no quiero pensar, lo que me ahoga cada día, las pequeñas y las grandes cosas, lo nimio y lo importante, lo que me atormenta, ella hace que todo ebulla en mi cabeza como un guiso letal. Sobretodo me siento prisionera, y no se exactamente si es de esta tristeza, o de este mundo que me rodea...o de ámbos.
Hoy he tenido que salir a hacer un recado. Odio los domingos, sobretodo por la tarde. Por eso procuro encerrarme en mis cosas y olvidar lo que ocurre fuera. Aislarme del odioso mundo dominguero. Pero hoy ha sido inevitable. He salido. He tenido que recorrer tan solo cuatro calles casi desiertas, pero ha sido más que suficiente.
Por lo general este barrio me agobia. Abarrotado de coches mal aparcados porque no caben, con esos grupos de sucios y ruidosos niños y sus madres despreocupadas, esas pandillas de impúberes jovencitos malgastando su adolescencia queriendo jugar a ser mayores, esas mujeres mayores y sus maridos sentadas a la fresca haciendo alarde de la cultura popular del cutrerío y ese circular de paseantes como hojas secas que se dejan llevar por el caudal del río.
Pero hoy había algo más. Las calles me resultaban viejas, rotas y sucias, la gente más ruidosa y pesada que de costumbre, había más coches amontonados, más niños, más madres, más señoras, más pandillas... Solo deseaba salir corriendo, gritar y escapar de todo lo que me rodeaba, que, en realidad, era inofensivo. Pero me ha parecido que las calles se estrechaban y se alargaban, que crecía el caudal de gente que cada vez gritaba y estorbaba más, que las aceras y paredes eran más grises, casi negras, cada vez más viejas y rotas, hasta que a pedazos se desmoronaban sobre mi cabeza. Me dolía la cabeza.
Entonces he mirado a mi alrededor. No había nadie. Cinco o seis personas a lo largo de toda la calle. Y de fondo: el silencio, solo se escuchaban algunos televisores de las viviendas cercanas y los incesantes gritos de los niños al jugar.
Y allí estaba yo. Saturada, desolada, desesperada por mirar a algún sitio y encontrar algo que me resultase nuevo, algo que no conociera o hubiera visto millones de veces durante todos los días de mi vida. No he encontrado nada. Todo estaba exactamente en el mismo lugar de siempre. Cada cosa, de la misma forma, de los mismos colores. Todo era igual.
Mi andiedad se ha calmado. La ha absorbido la melancolía que salió del fondo del armario para transformarla en pesadumbre. Ésta que ahora me posee hasta que tenga fuerzas para evitarlo. Pero eso no será esta noche. Porque ahora me siento débil y frágil como una niña pequeña, como la niña pequeña que aún guardo en mi interior. Asi que, como ella, cerraré los ojos y pintaré un mundo nuevo leno de formas y colores distintos, donde refugiarme...al menos esta noche.





