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Aurora Perdida (Desnuda la Palabra)
Historias cortas, Frases y Poesía.
Acerca de
Soy escritor novelista/prosista (aficionado) y músico canta-autor (aficionado también). Me encanta pasar el tiempo en las nubes, que es menos doloroso que en la tierra.
Sindicación
 
Elegía a Claudia
La vida regresó a él con una sonrisa; sarcástica, por supuesto.
Sin importar realmente el cómo, todo recobró sentido.
El olor, el color, la textura, el diseño; todo.
Cubierta, aislada de aquel sonido, de la vida misma, ella había vuelto a ser quien era.
Él por el contrario estaba tan devuelta en este mundo, que percibió en sí mismo el destino fatalista del amor, y lo disfrutó.
Sonrieron. Y en esa pista, junto a aquella gente, con aquel ambiente oscuro y privilegiado, supieron cuánto se amaban el uno al otro.
Sin un beso, entre el tacto tímido, se hicieron el amor en una eternidad distante.
El deseo mismo era cuestión de desearse. La vida no era vida ya el otro lejos del uno.
Dios conservaba la llave del cielo aquella noche, y ellos dentro, prisioneros; jugaban a regalarse el destino en una pieza de vals.
La vida se acaba, él ya no vale nada, y el universo ella.
Crecen en el celeste de su vientre los hijos que él jamás tendrá.
Se pregunta: ¿Quién? ¿Quién soy yo?
Ella responde esa pregunta con su presencia que supera el infinito de la muerte; y él, comprende que está listo. Listo para ella, para el infinito de la muerte y su presencia verde; como el verde de sus senos, como su olor a bosque antiguo. Está listo para amarla, y por fin volver a ser amado.
Un abrazo abrigado, aferrado a las ventanas de luces tenues amarillas.
Una elegía cantada para esta pareja que ha de separarse después de esta danza, después de la vida, el cielo y el mundo.
Un epicedio escrito para el otro, con dedicatoria eterna.
Un epitafio en el corazón de ambos, “Jamás siempre amada(o)”.
Un beso primero y último en la mejilla.
Y un delicado adiós.
 
Dulce noviembre
Dulce noviembre, en que quedé varado entre la belleza y la musa.
Entre el arpa y las disonancias de mi pecho, que se negaba a seguir el ritmo.
Dulce mes tan frío, en que mi aislamiento rompió el hueco en el piso y dio el gran salto hacia la pérdida segura de la razón.
Un vestido rosa, unos zapaticos altos, y el cabello más peinado que haya visto en mi vida. Colmaron de pasión otra vez el témpano constante de mi debilitado sentir.
Y ni ella, ni yo, supimos nunca quiénes éramos. Pero compartimos el ser amantes esa noche y la siguiente. Hasta que despertónos de ese ideal, la justa separación.
Dulce noviembre en que la amargura se esparció por mi piel cual ceniza, mientras yo lloraba viendo “Meet Joe Black” y ella sollozaba en los brazos de su novio; explicando el cómo no me había amado la vez que me amó, más que a nadie, menos que a su primer amor.
Dulce mes tan cálido que ya no hiela en mí, no más. Mientras ella excusa a sí misma el no poderme olvidar y yo me disculpo no poderle seguir.
 
EeS #5
Parte de mi libro "Eterno en Soledad"

Reposando en el silencio mi alma encristalada.

Yo borracho de angustia, tú brillante detrás del cielo.

Con el pensamiento crudo de cúanto mis sueños deberán caer antes que les dediques una sola mirada.

Anoche al igual que la anterior, se condujo mi esencia hasta tu casa; la que ni conozco, a la que muchos al igual que yo desearíamos pertenecer.

Rocé tu cabello y acaricié tu rostro, conteniendo el aliento para que su sonido no te turbara.

Te veía tan blanca, tan cristalina.

Entre susurros migré hacia tus ojos de ensueño.
Y entre susurros te confesé que te amo, que te espero para siempre en sueños.

Anoche al igual que la anterior, fui tu esclavo celeste, protegiendo las nubes que pisan tus pies; por las que flotan tus deseos.
Rocé tu cabello y acaricié tu rostro conteniendo el aliento para que su sonido no te turbara.

Reposando en el silencio mi alma encristalada.

Yo llorando de angustia, tú, sublime anhelo mío.

Con el pensamiento en tu futuro. Con los cantos que deberán caer antes de que una sola mirada dediques a mis inservibles credos.
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Analucía es...
Verano en pleno invierno.
Miedo a ser feliz.
Vida sin sentido.
Recuerdo de la dicha, ahora prohibida.

Sonrisa que envuelve en ternura
Y esos brazos infinitos que nunca se apartan.
La vida entre la muerte.
El cielo que no conozco, pero que siempre recuerdo.
La madre agena.
El ageno amor.

La mueca que deseo besar.
El beso que quema por no haber madurado.
El silencio en el viento.
La palabra de amiga.

Analucia es todo lo que uno sueña una vez que lo ha perdido todo.
Sin hablar.
Pensando.
Y de pronto su sonrisa me dice lo que debiera calmar mi simple alma.
Un beso a quien no quiere besar.
Un abrazo a quien muere de frío.

¡Cómo fueron sus brazos álas de plumas benditas!
Rayos desde sus ojos, con los que tanto me divertía.
Cargábame siempre con la seguridad que sube picos.

Sí... ¡Sí! Con ella era feliz.
Amábale y amo pero... diferente. Con amor real, con sincero amor, del que espera la
felicidad para el otro, del que nadie quiere por parecer tan poco.
¿Qué palabra no podía decirle?
¿Cuáles no debí contarle?
Amor,
Amiga,
Le amo en el recuerdo.
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Te recuerdo como respiro
Te recuerdo como respiro.
Sin dar tregua a la inconstancia.

Veo tu cuerpo en la mañana y el mío se desnuda para darle la acogida.
Tu tibieza me mantiene en el sueño, ¡no quiero despertar!, es que... contigo soy tan feliz.

Entre mis sábanas, aferrado al olor de tu cabello y tu mirada que no mira.
Ángel bendito quédate aunque sea una mañana, quédate después de ella.

Te cojo de las manos mientras te beso, al mismo tiempo que toco tu erizado cuerpo taciturno.
Ciudad de morfeo, psicosis de araña que cose mis sueños.
Tú la amarga añoranza de no despertar.
El caer de tus brazos es el pesaroso regreso al comienzo del nuevo día igual a los otros.

Te sueño como te recuerdo.
Te recuerdo como respiro.
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A Quetzaltenango
Corazón verde, ojos de luna.
Desde mi nacimiento te hiciste de mi amor.
Contigo y abrazado a tus columnas de roca, se hace fuerte mi alma.

Camino entre tus rostros y tus calles.
Entre tus risas y tus bullas.
Y sin evitarlo soy tuyo.
Tuyo ya, sin que desconozcas mi sentir.

Abrigado en tu espacio, de montañas y risas,
De la siempre presente niñez.
Soy para ti el hijo, la carne,
El legado, la paradoja.

Soy en tu seno, el eterno enamorado.
El corto instante de amor.

En ti, mi tierra,
Mi bella Quetzaltenango,
Soy criatura feliz.





Ah corazón!!! Callar, a veces es mejor que decir palabra que suena a necia.
Si pudiera hablar mi corazón!!! Si tan sólo lo dejares.
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Y sin embargo...
En serpentinas vertiginosas caen los pequeños pedazos de mi perdida pasión.
La que perdí desde que te vi aquella primera vez.
Los trozos de mí, te persiguen en el viento, sin esperanza de tocarte; tú eres tan imposible.

Sin embargo en mis sueños te alcanzo, te descubro, te canto al oído.
En mis sueños eres cercana, amiga.

Pero murallas enormes nos dividen con causa.
La tuya, ser la luz de la mañana.
La mía, ser la pequeña sombra que custodia la insignificante piedra.

Sin embargo en mis sueños me miras, me impregnas de tu luz, y no desaparezco.
En mis sueños eres confidente, aliada.

Con tortuosas corrientes me empapa tu indiferencia, yo me dejo arrastrar encantado.
Igual tarde o temprano seré parte de tu corriente, de tus aguas.
Para mí la vida es eso.
Es ser tuyo,
Es verte mía.
Para mí el sentido es estar a tu lado,
Es tenerte conmigo,
Mi lejana compañera,
Mi esperanza tardía.


En mis sueños tú eres la vida, la única.
Y sin embargo te muestras renuente, apática, fría.
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Así
Desértica tú, mujer que no consigues entender mis penas.
Vacía tú, la mujer que me llena.
Apática tú, la que me brinda felicidad.
Indiferete tú, la que tanto me amas.
Triste tú, mi inspiración.
Así te conozco.
Así sé, eres.
Así te amo.
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Loca de amor pensabas en mí...
Loca de amor pensabas en mí como el que enloquecía tu amor.
Pero ni era yo la locura, ni el amor enloquecido.
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Alguien me preguntó una vez por la vida eterna y yo dije: "Tú"
Alguien me preguntó una vez por la vida eterna y yo dije: "Tú"
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No digás que tal o cual...
No digás que tal o cual es un hijo de puta,
Pues ese hijo de puta es hermano tuyo y mío.
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Tan puta
Tu rostro una imagen de jade.
Tú, una estatua de Shiva.
Tu esencia, el viento frío que corre desde el este.
Confusamente, tú eres el sol ahí, en el naciente.

No deberías morir...

Las ideas cambian, yo cambio con ellas.
Tú mientras tanto, te dejas llevar , sigues por la corriente.
Eres tan liviana.

El soplido simple del aleteo de un pájaro de dobla, eres tan frágil.

Eres la cuna en que mecen sus sueños los inconformes, eres tan cálida.

Eres el líquido que sacia la sed de los complacientes, eres tan vital.

Te vistes de colores pasionantes para confundir al sol, eres tan inestable.

Te arropas con la luz lunar para llenar de suspiros a los corazones, eres tan deseosa.

Te entregas sin preguntarte razón, ni detenerte al sentimiento, eres tan Puta.
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Imagenes
Mi corazón es una imagen rota en un espejo.
Reflejando en cientos de pedazos un latido sangrante.
Lo ves allí tirado, hecho trizas, pero no lo ves sangrar;
Sobre los trozos sólo ves tu reflejo.
Él es una imagen pasada, difusa, en alguna vieja fotografía.
De nuevo lo ves, pero en ella solamente notas lo feliz que eras cuando la fotografía grabó tu imagen.

Mis sentidos son una imagen corta que plasmó por un segundo una laguna de aguas claras.
Dejaste de verlos cuando no pudiste ver más mi corazón.

Y yo te amo.
Es el por qué de ésta, mi triste imagen.
 
Reencuentro con mi guitarra
En la garganta vibran palabras urgidas de ser una canción.
Mi guitarra que posa empolvada en una esquina comprende mi sentimiento desesperado.

Se desgarra su voz también como la mía, cuando recordamos el silencio que ha existido entre ambos ya hace varios meses.
Llora cuando rasgo sus cuerdas.
A diferencia, me contengo hasta terminar de imprimir lo que puedo de este tu nuevo-viejo recuerdo.
Sabemos que a los dos nos has encerrado en un lugar donde ya no te hacemos daño.

Mi siempre fiel, se sujeta a mi mano sin rencores ni reclamos, y espera a que en ella descargue esta desolación.
Ella es la única fiel, a pesar que cada noche, hasta hace unos meses, la volvía puta.
Si tuviera ojos llorarían conmigo. Pero su garganta dice más de lo que yo puedo.
Sabe que es en vano esta tristeza, esta nueva melodía repetida.
Ella más que yo, está consciente de que nos han encerrado en el lugar donde no hacemos más daño.
 
Risueña 2
Si continúas sonriendo como lo haces mientras beso con círculos tiernos tus mejillas y tu faz,
No evitaré el entusiasmo que me causa el saberte divertida.
¡Yo tratando de seducir tu abdomen y tú, muriéndote de risa!

¡Eres tan tierna tú!

Sí, ríe risueña.
Que tu sonrisa me place y, cuando lo haces de esa manera, contemplo el infinito como la simplitud de dormir en tus brazos.
Hermosa criatura perfecta.
Tu boca y dientes,
Piedras blancas,
Alineadas para dar gracia a las cosas más absurdas del pensamiento.

Me enorgullece tu sonrisa, aun no siendo mía, es tuya.
Cómo no sentirme lleno de idoneidad,
Si todo me sirve cuando oigo su dulce sonido.

Aun cuando te hago el amor sonríes, risueña.
Y sin más ni más,
Y con el mayor descaro,
Tu sonrisa, risueña,
Simplemente me mata.
 
Frágil rosa
Una rosa calló al suelo. Pasto amarillento.
Aún es suave pero sus brazos no pudieron evitar que se rompiese la rosa.
Una rosa es siempre tan delicada, tan frágil.
No se sabrá jamás cómo abrazar sus pétalos.
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Frase sobre el amor
El amor empieza joven y termina envejeciéndonos a todos.
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Risueña 1
En tu tobillo comienzo el camino moreno que sube hasta tu oreja.
Tus risas acompañan mi lengua y labios, que se deslizan por tus piernas; mientras las estiras y contraes, movida por los nervios.
Aun cuando voy por tu cuello ríes, risueña; aún cuando me detengo a respirar en tu boca.
 
Amor Forastero
Clandestino el camino forastero que te trajo hasta acá.
Penitenciera la voz incógnita que informa a un principio tu partida pronta.
No podrás quedarte. No, no sabré cómo dejarte ir.
Mirada dulce que no se deja mirar,
Cuan impaciente yo, que muero por verla.
Palabras digo tantas,
Con sentidos diversos pero con una emoción común.
A mi corazón viene la coincidencia cuando te acercas.
Sería un sueño que tú también pensaras en mí; sí, lo sería.
Sería un milagro que no te tuvieres que ir; sí, lo sería.
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Ansiedad por llamarte
¡Ay! ¿¡De qué me sirve el quejarme ahora!?
¿¡De qué!?
Si te escucho tras un teléfono y lejana estás tras él.

¿¡Por qué me quejo!?

Segundos Busacados tras meses de pensarlos, y lo único que consigo es cortar.

Necesito escucharte cada día aquí, con mi oído, en el lado izquierdo de mi cama; no me es suficiente saber que vives y estás bien.
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Columna
Por simple necesidad, amarte no es suficiente.
Hace falta una columna que soporte tu imagen de piedra,
y muchas más para soportar tu templo.
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Hacerme esperar
Amo oir tus palabras aunque no las entienda. Tal y como lo hace un bebé con su madre.

Amo tanto en ti.

Te necesito y extraño aun teniendote.
No sé si porque te percibo lejos o por mero necesitado que soy.

Extraño tánto de ti.

Se hace tarde amor y estamos retrasados,
Es tiempo de que vengas a recogerme.

Hay mucho que adoro de ti,
Pero detesto que me hagas esperar aquí, así.
 
A Rocío
Dulce engaño mío,
Crudo invierno,
Amor sombrío.

Esperanza,
Miel y hiel,
Cerca del cielo,
Pero siempre infiel.

Veranos,
Noches que nunca olvido,
Tierno su rostro
Pero siempre sufrido.

Alguna vez te vi ríendo,
Y muchas veces te sentí soñando.

El infierno lo hacías helado,
De mil desolaciones llenaste mis otoños.
Grises luces tocaron mi pecho,
Ahora desechos de mis armonías.

Felicidad tal y como la vida es.
Te viste y te ves,
Como un espejo siempre.
De árboles rotos tú te vestiste,
Y algunas veces,
Sólo algunas,
Amor me diste.

Bendita la hora en que nació mi desgracia,
A dos soles del segundo mes del ochentayocho.
Hija de amores fuiste hecha,
Y ahora amores los que desechas.
Punto y coma de alguna historia,
Siempre segura,
Sabes a gloria.
Te veo de noche,
Te pienso en día,
Hija de marte,
Mi amor,
Mi amor siempre serías.




Nota del autor: Esperé tanto volverte a ver, lo idialicé. No dormí, agonicé. Gasté cinco años de mi vida recordando e imaginándote, para por fin volverte a ver y darme cuenta de que en verdad nunca te amé. Qué vana ilusión, que estúpidos son ahora los recuerdos. Que inepto siento éste, mi insensible corazón que creyó y no pudo, encontrar el amor verdadero. Por fin te digo desde este ex-claustro mío, adios y hasta luego.
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Ilusiones y Amores
Ilusiones muchas he tenido, mas amores sólo uno he conocido.
De entre todas, la más brillante de las estrellas y de mayor colorido.
Entre todos los amaneceres, la que me llevó al olvido.

Ya he dicho cientos de veces que la amo, la busco siempre, quiero su mano.
Consuelo y desdicha, mi fiel entierro, mi amada cripta.
Me dió dulce velorio y muerte sin sueños; sueños que sólo dos dioses conocen.
La extraño tanto, que sólo un beso solo, devolvería tan grande dicha.
Que en mi misería, como el tierno abrigo, daría a vida.
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Hoy te busqué
Hoy te busqué bajo la lluvia.
Hoy recorrí toda la ciudad en busca de tu ser.
Te ví en cada rostro y quise acercarme; pero siempre que a dos pasos estuve te fuiste.

Hoy te busqué amor mío, y el frío recorrió mis venas, la lluvia sujetaba mis pies.
Sentí tu olor en cada paso y los seguía. Calles y callejones reorría, siempre la ilusión yo perdí.

Hoy fuiste eterna mi diosa, hoy en columnas de piedra vidriosa estuviste y te repetí silenciosa.
Llena de misterios, me dejaste en el camino.

Hoy te busqué, mi amor perdido, te supe conmigo en mi soledad, y dijiste besando mis llantos:¡No va más!
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Ave de Negro Vuelo
Ave de negro vuelo,
Mi vuelo es nada sin el viento de tus palabras.
Sueño y sufro, olvidado en los recuerdos; te veo y pienso en cuán grandes fueron mis anhelos.

Yo creo en ti, ave de negro vuelo; viajeros horizontes, que cortaste con mi cielo.

¿De qué me sirven las alas? ¿ De qué el deseo?
Si en los días lluviosos velas credo y desvelo.
Para qué lloran mis ojos, si tú ya no quieres creerles.

Pienso en ti, negra ave, ave que de Dios vives en los cristales.
Maravillosa dulce, ave del desenfreno.

Cómo te sueño, cómo te anhelo; eres mi luz, eres mi velo. Suave armonía hija del fuego.
!Oh mi ave! ¿Dónde te encuentro?
Quiero tenerte, mas no te veo.
Son en el viento viejos consuelos, son sus consejos blancos inventos.
Te amo y lloro por tus partires, te extraño y bendigo tus cicatrices.
¡Oh mi ave! Dulce te sueño, y en mis pedires cerca te tengo.
Siempre en mi pecho está tu aleteo, porque quiero ser tu silencio.
¡Oh mi ave, ave de negro vuelo! Vuelve conmigo, son mis deseos.
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Rocío
(En memoria de algún momento escrito)

Como suave rocío cubres mi alma, mojas mi piel y llenas mi corazón de frescura.

Como suave rocío y corta palabra, entras en mis oídos y satisfaces todos los sentidos de mis ser.

Como frío rocío penetras mi cálido espíritu y lo haces sentir la pasión del planeta.

Como transparente rocío, el que brilla al reflejo constante, del sol que observan los pétalos de las rosas más hermosas.

Como susurro de un sueño con el pleno rocío, que colma mis manos y calma mis desafíos.

Como pequeño y crudo viento que seca puesto en un firmamento.

Como amor y romance que en noche de estrellas y besos vacíos, en medio de caricias se presenta tierno y lloroso.

Como extrañar la quimera que corrió aquel día en que el ciego luminoso figuró el rostro de su pronto olvido.

Como ese amor, como ese romance, como ese extrañar, como odio y olvido, como eso tú eres, tú mi amado rocío.
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Eternidad Ventisca
Cómo deseo estar de nuevo en el otoño de los cerezos.
Añoro saberme lejano de la consciencia.


Más viento.
Hojas secas cafe-rojizo.
Mis manos precipitándose a tomarlas.
Un juego, una danza.
Soy parte del viento en otoño.
También soy esa hojarazca esparcida volátil.
Soy participe del juego y la danza.

Cómo deseo en tus brazos morderme la lengua, otoño viejo.

Un beso tuyo, seco de otoño; una caricia tuya fría.
Te deseo en mi corazón.

Mi vida, mi paraiso seco.
Eternidad ventisca tu alma.
 
Llámame infortunio...
Parte de mi libro "Eterno en Soledad"


Llámame tristeza pues entre el candor y la gloria esa es mi desventura.
Llámame llanto porque nada soporto que roce mis lastimosas llagas.
Y si me ves entre la sombra, abandóname para que no pierda por tu compasión la fría ardida indiferencia que gané con los desengaños.
Nunca me tiendas el brazo para apoyarme cuando del sudor me vea partido.
Ni me tiendas tu amparo para que pueda consolar mi llanto, pues benditas se han hecho mis lágrimas después de que las hube limpiado con tus poros.

Llámame ambición y cógeme en el odio, pues nada caerá después que haya cortado hasta la última de mis fibras nerviosas.
Llámame furia y no te sorprenda el desconocerme. De lo que encuentres en mí, sólo es tuyo el conocimiento de mis cortos años.
Y si me escuchas entre la niebla, no creas que he perdido mi sentimiento, ahogado en sollozos; nada me puede hacer caer puesto que estoy en la sima de mis ideales. Nada puede arrastrarme más bajo.
No regreses un paso para ver mi suspiro marcado en el polvo, nada repone los segundos en que doblamos la rodilla para acercarnos al suelo y ver los errores ajenos.
Ni me encuentres, como yo no te busco.

Llámame desilusión. Mis pensamientos son gozosos y no necesito más de las fantasías; todos los encantos desaparecerán. Las Hadas, aunque no lo veas en los cuentos, igual mueren.
Llámame improvisación, puesto que repentino me veré ante las costumbrosas tácticas de la tediosa existencia.
Mas si me vieres llorar déjame así, si suplicar, si rogar humillado, no te fijes en pequeñeces; pequeño soy, nada merezco.
Así que llámame fracaso o costumbre, o lecho de muerte o nada, pero deja de llamarme “Amor”… Jamás descubriste el rostro bajo mis renuencias.
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EeS #12
Parte de mi libro "Eterno en Soledad"


Soledad la mía.
Mi decadencia.
Conmuéveseme con todo lo bello.
Quiero romper el silencio, decir que todo cuanto siento me hiere.
Todo me hiere.
Quema mi médula.
No le intereso, no me ama, me lo hace notorio.
Siempre que abro mi corazón se carga de vanidad y orgullo.
¡Ay soledad la mía!
¡Ay decadencia!
¿¡Por qué todo me conmueve, por qué todo me hiere en las entrañas!?
¡Ay!… ¡Ay!… ¡Ay dolor!… ¡su indiferencia ante mi amor me mata!
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No discutamos más
Parte de mi libro "Eterno en Soledad"


Para qué parafrasear acerca de las cosas que quiero y tú necesitas.
No tiene caso caer a cuenta del daño hecho en los últimos meses si el resultado siempre será el mismo.
Sé que estás cansada amor, yo también lo estoy.
Sé cuanto pesar trae tu corazón. El problema no es entenderte, el problema es llegar a un acuerdo.
No necesitas amor, traer contigo ese coraje que has acumulado de las últimas batallas hogareñas.
¡Déjalo, nos hace mal!
Ya deja de afirmar que he de marcharme. ¿Qué no te das cuenta que desarmas mi paz?
¿¡Marcharme yo!?, ni loco lo haría; le soy fiel a mi corazón, y él está aquí contigo.
No he de alejarme siquiera, porque cada segundo que paso sin verte me embrutece el espíritu y caigo en la insensible carga de extrañarte.
Además, tú sabes muy bien cuánto te amo, y no rehúses de ello pues el tener diferencias no es sinónimo de odiar, sino de compartir humanidades.
¡Calla mujer, antes de seguir partiendo mi corazón y airando el tuyo!
Calla antes de que tus gritos se vuelvan semilla en nuestro pecho y crezca.
Mejor ven aquí y dame un beso. Que si bien no arreglamos nada con él, al menos suaviza lo próximo.
Dejemos que hable nuestro amor con la dulzura que lo caracteriza, y así será más fácil el escuchar y comprender.
Ceguemos los gritos bajo palabras coherentes y olvidemos la ofensa.
Amor. ¿Por qué parafrasear?, mejor ven que te demuestro cuánto te amo.
No tiene caso caer a cuentas del daño, si más daño me hace el saber que te pierdo necesitándote tanto.


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En memoria a mis 13 funerales
Parte de mi libro "Eterno en Soledad"


Mi amargura, mi ayuno.
Mi boca atada, mi estómago velando el entierro.
Mi funeral llevo dentro y por eso en mis ojos solamente hay luto y desconsuelo.

Te invitase a ser partícipe, sin embargo me siento sellado.

Mi cadáver, mi velo negro, ¿por qué me cubren si ya no deseo ocultar nada?; sólo deseo ser desnudo, entregarme de lleno a la muerte como a la vida alguna vez.

Mi amargura, mi ayuno.
Déjenme fuera del aislamiento porque deseo ver hacia arriba cuando me cubran con tierra.
Deseo oler las flores y la tierra removida, antes de que venga a mí el eterno ensombrecer, el permanente ocaso.

Mis manos tendidas sobre mi maltratado cuerpo.
Te juro no quise… jamás quise andar calzado pero me estropearon los ojos, me arrancaron la convicción.
Si tuviera una oportunidad más, solamente una más, juro por el Dios en el que ya no creo, que me arrastraría en el lodo, como tanto deseé en mi niñez, andaría desnudo y descalzo, sin lavarme la cara. Reiría, lloraría, gritaría en las calles cuando lo deseare.
Porque me comprimieron el coraje y me enseñaron a contener la respiración antes de pensar.
Juro por Dios, que daría este féretro, en el que no me colocaron al morir, sino mucho antes de comenzar a vivir, que sería santo, asesino, ladrón y guerrillero.
Dejaría que cualquiera que quisiere me violare.
Me echaría a golpes con pudientes y permitiría que los pobres me golpearen.
Cubriría de besos al ser que más odio. Me alumbraría de flores y usaría colores.
Que cualquiera que me viere se riese y me criticase de idolatra femenino.
Amaría perversamente y con placer, ataría mi cuerpo para que lo marcasen.

No, no es arrepentimiento, he vivido en causa.

Pero ni tengo una oportunidad, ni la otra pudiéseme prometer. Porque tan muerto estoy, como vivo nunca estuve.
 
No regresará
Se sentó junto al hacha y pensó en hacerlo otro día.

¿Por qué esperar?

En la mente le apetecía llenar el caldero con esa gorda gallina que había engordado por tanto tiempo.
Sacó del saco unas papas y las peló. Para el medio día tenía listo ya el humeante caldo de gallina criolla.

Ella entró por la puerta de atrás y gritó: ¡Amor ya llegué!
Él se limitó a probar un cucharón más… no estaba seguro que tuviera la cantidad adecuada de sal, ya que al probar mucho algo, se le pierde el gusto real.
Cuando le iba a dar un beso como saludo, él le acercó un cucharón: ¡Pruébalo! Dime si tiene suficiente sal… lo sopló… la miró detenidamente para que no fuera a mentirle y reconocer su reacción por su cara, y le afirmó: Sabía que necesitaba ponerle un poco más de pimienta.


2

Llegadas las seis, notó sin pena ni prisa que no llegaba, pero era común. Siempre había algo que la distraía.

Su caso era uno de esos raros, donde el hombre es el amo de casa y la mujer se parte el lomo en el trabajo de oficina. Llega, cuelga sus pies al sofá y espera a que él le sirva más café.

Estaba lista ya la cena, ¿cuándo en su memoria ha fallado este hombre con el cumplimiento de sus deberes?
El conteo del reloj continuaba, pero todo era normal… sí, normal.
Él mantenía a fuego lento la olla de donde pronto serviría el gran plato de espagueti. Ella era uno de esos escasos casos femeninos que comen de todo sin preocuparse por la dieta, ya que nunca suben ni una libra, aun comiendo más que un cerdo (si es que un cerdo come tanto).
Los tamales ya casi tiesos, decidió mejor sacarlos del comal, sabía que los odiaba quemados, pero le gustaban tostados.
Mientras, dejaba eso por un momento, decidió ir al baño, al salir con pulcridad lavó sus manos, como siempre lo hacía, y fue por un lápiz al dormitorio. No recordaba para qué quería uno, hasta que llegó a la cocina y recordó que tenía sueño. Dejaría una nota para cuando llegare que se sirviera la cena o que lo despertare para servírsela él, como fuere estaría bien.

En cama, esperó unos minutos más, no fuere a aparecer su mujer en su principio de sueño, cuando no se quiere despertar. Pero después cayó rendido.

Al despertar notó la ausencia de su mujer, su lado de la cama seguía intacto lo que significaba que no llegó a dormir. Revisó el sofá por aquello de que le hubiese tomado de malas la luna y hubiese decidido dormir allí.
Nada.

Preparó el desayuno, como siempre para dos. (A veces uno se habitúa a tales cosas)

3

Después de varios días continuaba preparando comida para dos. No sabía si lo hacía por costumbre o por ese miedo patético a las reacciones de las personas, o a afrontar esas reacciones. Lo cierto es que esperaba cada tiempo, con la porción extra grande que le correspondía; pero como era de esperar nunca llegó.
No buscó en los hospitales, ni en las morgues como hacen muchos, ni tampoco dio parte a la policía, pues conocía sobremanera a su amada esposa. Sabía que de morir o sufrir una tragedia nunca lo haría en silencio, y hasta estaba seguro de que si muriere lo despertaría una noche con el suspiro tétrico de los muertos. De sólo pensarlo se le erizaban los pelos.

Con el pasar de los meses, dejó de preparar dos porciones, pero seguía poniendo dos platos a la mesa.
Estaba ya decidido. Si ella volviere no habría preguntas, ni reclamos, ni esos arranques estúpidos de celos que suelen tener las parejas jóvenes.

Algo importante que mencionar en esta relación era la diferencia de edades. Él le llevaba veinte años de diferencia. Podría ser su padre le reclamaba ella cada vez que tenían pleitos conyugales. Le había robado su juventud.
Lo que había olvidado es que un jueves lluvioso de esos que hay en septiembre, sobre ese sofá donde dormía cuando estaba furiosa; ella joven e inocente, casi lo mata de deshidratación después de una violación errante y sádica. Ella juvenil, supuesta hija del podría ser, le succionó hasta el alma al pobre varón que no conocía vampiresa tal hasta aquel jueves en que una pobre inmatura le mostró los placeres de la juventud moderna.

Otro importante detalle es, que desde el principio ese amor se basó en mero deseo carnal. La voracidad con que ella devoraba sus carnes por las noches, era lo que lo alentaba a prepararle los más amorosos platillos. Pero como todo en esta vida, él envejeció y no pudo satisfacerle más sus desmanes amorosos. Ella comenzó a contemplar otros sitios para jugar. (Aunque yo los definiría como lugares de matanza)
Se conformó poco a poco con solo mirar su cuerpo desnudo por las noches mientras se desvestía, o suspirar con añoranzas aquellos desquites, mientras se duchaba, u oler su cuerpo bestialmente sexual al dormir.
Se convirtió día a día en el más deseoso de sus muebles, y en su sirviente incansable.

4

Varios años luego de aquel día, sentado en la mesa, solo, sin ningún plato extra (puesto que había desistido); comiendo la misma sopa espesa de gallina criolla que había preparado aquel día. Dio con el hecho de que ese día en la cama ella se rozaba sobre su pierna con fines de auto satisfacción. Él fingiendo estar dormido, se hundió en el placer que le causaba aquella mujer tan sensual haciéndole el amor a su cuerpo rígido. El hecho era que había tenido una erección, pero ella estaba tan acostumbrada a no conseguirlas, que ni siquiera la notó. Y hoy, habiendo pasado tantos años, lo recordó.
Estaba avergonzado, melancólico. ¿Por qué no le hizo el amor esa noche? ¿Por qué no le devolvió el abrazo?
Tal vez tenía miedo al fracaso, tal vez era sólo que en realidad se había acostumbrado tanto a desearla, que disfrutó más teniéndola así, poseyéndole en el silencio, en el vacío.
Pero… ¡Qué importaba ya! Era demasiado tarde.
Se levantó de la silla, dejó el plato en el lavadero, se resistió a lavarlo y se dirigió a su cama.
Cuando subía hacía el dormitorio, por las viejas e inclinadas gradas, recordó una carta que le había dejado la noche en que partió, él tan poco emocional (ni dramático (¡gracias a Dios!)), no quiso leerla. Pero esta noche, ésta que tanto le había costado trasladar su vejez hacía el segundo nivel, estaba listo para hacerlo. Dobló un pie, giró sobre el otro y al terminar de dar vuelta se atoró contra su propia pantufla y rodó por las escaleras, se golpeó la nuca, se quebró el cuello y murió.
A sus sesentaicinco años, sólo supo una última cosa acerca de su mujer, NUNCA REGRESARÍA.
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La noche del asesinato
1

Otra vez me miraba con esa cara de desprecio y decepción. Con esos ojos inmutables, fijos y acusadores; con los que trataba de menospreciarme.
Haciendo golpear sus dedos contra la mesa. Sonaban como grillos torpes en un pantano evasivo al lamento.

2

La violaba siempre que podía. Entre lágrimas, besos y abrazos desesperados. Ella me sujetaba, cuando pretendía la partida, pero sé que la violaba, porque la amenazaba con quitarle lo que ella más amaba, mi amor y servidumbre.

3

Al día siguiente, después de todas esas cartas y boberías, de esos chocolates y estupideces mías, ella me miraba como si de veras me amara. No podía evitar caer presa de esos amores que ella me presentaba, que ella actuaba y con tanto esmero preparaba para mí.
4

Esta ciudad en la que vivimos está a unos 2,000 mts sobre nivel del mar, hace frío y el aire es seco. Ella, débil de salud siempre estaba enferma a causa del polvo que aquí hay. Pero sus continuas enfermedades me daban una excusa para disfrutar de su expuesta vulnerabilidad, y aprovechar sus tiernos abrazos, y disfrutar sobre sus delgadas camisas de dormir, sus senos extasiantes. Además, se sentaba sobre mis piernas en busca de carisias. Yo sentía su cuerpo tibio, lleno de ese olor tan peculiar y estimulante. Me estremecía junto con él que también se aferraba al mío (con la diferencia de que ella lo hacía tiernamente y mi vileza se basaba solo en la complacencia sexual), y cuando casi dormía aprovechaba a tocar sus firmes muslos y glúteos.
A veces, cuando dormía la besaba y tocaba bajo la ropa, para acumular lo que yo llamaba “material”, para luego saciar mi propia suciedad.

Mi ciudad es muy concurrida por visitantes extranjeros, de ellos una gran mayoría eran féminas, en busca de aventura y anécdotas que llevar como suvenires de regreso a su país. Todas ellas dispuestas a tener sexo salvaje, la noche entera, sin pedir mayor precio que un par de cervezas y una divertida noche de baile. (La salsa las vuelve locas. Aunque realmente no les interesa habilidad alguna, solamente una disposición práctica a ser exótico (por así llamar a una forma sutil de racismo inverso (¡Mira madre soy mejor que tú, porque me acosté con un moreno en lugar de tenerlo como jardinero!) y un socialismo bastante servil ante la “majestuosidad primermundista” (siempre se debe ser agradecido con el que nos brinda su “amistad” a pesar de nuestra “condición”))
El caso es que cientos de mujeres eran posibles (siempre que llevara dos cervezas encima, pues mi carácter mejora muchísimo, me vuelvo en extremo divertido, digámoslo así), pero como cualquier caprichoso niño al que se le rompe un juguete muy común y se le compra otro igual o mejor, no aceptaba calmar mi agonía (dulce y dolorosa agonía) con otro cuerpo que no fuera el de mi amada. (Desgraciada aquella que yo miré una mañana y elegí para dueña mía, maldecida fue por algún dios que quería desquite)

5

Otra vez yo. Ahí. A su par. Sentado, sin poder dormir. Con la mirada clavada en la gran ventana frente a nosotros. Mientras ella duerme entre sollozos y suspiros.
Sé que soy un monstruo. Lo soy. Sin importar lo que diga o haga para hacerme sentir mejor. Sé que lo soy.
No sé como soporta que le haga esto. Cada vez que viene a mí en necesidad, y yo vil inmundicia…
Después de aquello nunca consigo dormir, y me quedo observándola toda la madrugada, sintiéndome así, tan culpable.

6

-¿Por qué me golpeás? ¿Acaso herí los sentimientos de una puta llamándole por su nombre? ¡Porque eso es lo que sos, U.NA PU.TA!
Respondéme, ¿qué te ofreció? 0… tal vez pasaste de ser una puta a la madre Teresa de Calcuta y, ahora te dedicás al altruismo. ¡Decíme! ¿¡Eh!? No te afanés, que todos sabemos que también esa puta madre, aunque daba limosna no era más que eso, una puta. Sí… eso era… Una puta… eso es lo que era.
¡Pero no llorés! ¿Desde cuándo las mujerzuelas tienen sentimientos?
¡Dejáme de pegar! ¿Por qué mejor no le decís a ese que te cogió que te venga a defender? ¡Ah, pero por supuesto! Si al tipo no le interesás para nada que no sea usarte de desagüe. Mientras este idiota al que llamás enfermo, no hace más que servirte y consolarte cuando esos hijos de puta echan a puntapiés ese culo tuyo del que tan pronto se hartan. ¿¡Por qué no te vas de una buena vez con uno de esos tipejos con los que te solés arrastrar y me dejás a mí tranquilo!? No que yo me cago aquí cuidando de tu puta salud, para que cuando nomás estás sana te vayas a hacer mierda con cualquiera. ¡Andá! Andáte de una vez a la mierda. Y Dejáme de joder. ¡Puta madre con vos!

7

Siempre esa mierda a la que uno llama culpabilidad, me jode cuando menos deseo que lo haga. Me tiene cagado esa mierda.
… Lo cierto es que después de un año de andar metido aquí, sólo me queda ese sentido de culpa cerrando esa puerta para que no me largue.
Ya no sé si es amor esto que siento, o es sólo esa puta manía de estar donde más te desprecian, con la necedad de que te deben amar porque te deben amar, y tal vez cuando consigás eso te podrías ir.
Ya no sé ni lo que siento. Pero a cuclillas, así como estoy; con el corazón desesperado por hacerle entender que odio esas cosas suyas, sólo consigo sacar de esta mi boca un “te amo”. ¿¡Qué me pasa!?
De veras que soy hueco.
Bien podría darle un par de puñetazos y enseñarle quién es el que manda aquí, pero únicamente logro arrastrarme a sus pies y besárselos para que me perdone. ¡Vaya qué clase de marica soy!






8

Repentinamente caía sobre mí, como balde de agua helada. No Podía distinguir si lo que viví era real, o realmente estaba enfermo (como ella solía decir). Mi cuerpo no reaccionaba. Había un ruido confuso que no cesaba en mi cabeza. Mis ojos veían pero sin mirar nada. Palpaba todo pero ninguna cosa parecía concreta.
La veía ahí, tan complacida sobre las piernas de aquel hombre, diciéndole que no había tenido mejor amante que él; tan sobria, tan liberada, que no entendí quién era yo en ese momento.
Mientras él la penetraba, mi corazón desfallecía, y lo sostenía fuerte, presionándolo para no desmayar en aquel momento en que necesitaba tanto de él, como de la razón, que no se detenía.
No entiendo cómo no pudieron oírme, cómo no notaron mi presencia.
Bajé las gradas. Busqué en la cocina el cuchillo más grande que recordé haber. Y subí sabiendo que si habría de matarlos a ambos tendría que ser él el primero. No porque lo odiara más. No. Sino por dos razones lógicas. Primero: Él era más alto y fuerte que yo. De atacarla a ella primero, él tendría tiempo a defenderse y en su contra tendría menos ventaja, y no podía darme el lujo de que no muriera. Segundo: A ella era a la que más odiaba y querría que antes de morir viera como su amante agonizaba. Darle tiempo a temer, a sufrir por su traición. Además con ella necesitaría más tiempo para que padeciera de una muerte lenta y dolorosa, tal y como a una enfermedad. Regalarme tiempo de oírla suplicar, gritar, y verla desfallecer. Hacer de su muerte una obra de arte pintoresca, grabada en las paredes.
Lo sujeté con fuerza. Subí las gradas una a una sintiendo que cada sonido que producía mi cuerpo se amplificaba de manera fúnebre advirtiendo a los amantes de mi acercamiento. El corazón danzando mortuoriamente. Incluso sus latidos eran como recipientes metálicos cayendo en poso de fondo corto, pudiéndose escuchar a kilómetros de allí.
Despacio sujetándome de la baranda para no caer a causa de mis pasos torpes.
Una grada, una más… Acumulándolas a como pudiera, sin dejarlas vencerme.
Firme en el destino fatalista, terminé por fin el eterno y casi inalcanzable subir, pero al finalizar la escalinata el maullido de un pequeño gato, con su mirada que me pareció fuera de este plano, me hizo regresar. Me detuve, caí al suelo, resbalado por la pared. Comprendí: No era yo el que sujetaba aquel cuchillo… No era yo.
Bajé las gradas de nuevo, pasé por la sala contemplando mi palidez en el gran espejo que se recostaba a lado derecho hacia la salida, escondí el cuchillo bajo el sillón y salí evitando hacer ruido con la puerta.
Me eche a la acera. Respiré tanto como le fue posible a mi inutilizado cuerpo, y cuando por fin me sentí capaz y sereno, toqué la puerta (insistentemente pues al principio no abrían). Al fin salieron, ella aún arreglándose y él con su cara de gringo idiota que cumplió su fantasía de acostarse con una latina (sin saber que en realidad la que cumplió su fantasía fue ella). Me saludó. ¡Imbéciles! Él también. Trató de darme un beso y cuando lo rechacé (¡maldita!) me reclamó: ¡Otra vez vos con tus celos enfermizos! (¡Hipócrita!)

Me miraba con esa cara de desprecio y decepción. Con esos ojos inmutables, fijos y acusadores; con los que (esa vez como todas) trataba de menospreciarme.
Quise. Más no conseguí. Ya decir nada era innecesario. Sabía lo que debía hacer (y haría).






9

Vagué toda la noche por los barrios más peligrosos, en busca de mi muerte, pero ésa no estaba para mí disponible aquella noche.
Desde la tarde hasta dar las nueve de la mañana, sin dar tregua alguna a mis pies; dando tiempo a que hubiese desayunado para ir hasta allí y hablarle.
Llegué. Misma ropa y cara de cadáver muerto por asfixia.
La llamé aparte de su familia. Me senté a su lado y con el peso de no haber muerto, comencé con llanto lo que a mí habría de doler más.
Le dije lo que había visto, y terminé con un “te Amo Siempre” aquella relación que desde hace unos meses me venía enseñando que el infierno es una realidad que anhelamos distante, cuando la verdad es que ha estado siempre aquí, entre nosotros.
Dijo algunas palabras que omitiré por causar tanto asco y dolor a mi corazón, y que en algún momento dieron tanto alivio a mi ser. Hizo una promesa que un día ya con número y nombre pagaría. Y trató de sostenerme con un beso y una bendición que me supieron a salitre y fosa común. Tanto fue así que desde entonces perdí todo sentido del gusto y el tacto. Mi alma también murió en aquel momento y nunca más hasta hoy que es el día de mi muerte volví a creer en su existir.

10

La noche de su muerte.
¡Fácil!
Ella dormía. Una de las pocas veces que no la había oído sollozar.

Comencé a hablar. No sabía si estaba despierta. En realidad no me importaba, sólo quería que mi corazón se liberase de este martirio.
Estaba sentado a su lado izquierdo con el cuchillo en la mano derecha. (Soy derecho, es más práctico para mí)
Hablé. Hablé, hablé y hablé. Un monologo completo acerca de cómo yo era mejor que ella y de cómo era que ella había desperdiciado y podrido mi amor.
No sé si estaba consciente de que estaba despierta, o sin importarme seguía conduciendo aquel discurso previo a su entierro, ¡bueno!, al que para mí lo era. Pero cuando clave la mirada en esos ojos que me seguían estupefactos, supe para mis adentros que jamás me volverían a ver otra vez, con esa cara de desprecio y decepción. Con esos ojos inmutables, fijos y acusadores; con los que trataba de menospreciarme. ¡Jamás de nuevo!...

… Es extraño… No lloró… No,… no lloró… Ni si quiera trató de huir o gritar.
La imaginaba corriendo por todos lados, forcejeando y todas esas cosas que un crimen con un simple cuchillo de cocina debía implicar. Pero no… no lloró. No entiendo por qué no. ¡Es más!, hasta extendió los labios mientras se desangraba para besarme cuando yo la besé. … Realmente extraño… Tal vez lo esperaba. Tal vez pensaba merecerlo. Pero no, no lo merecía… lo que hice lo hice por el placer de devolverle la muerte que un día me regaló y, esa oportunidad de revivir alguna vez, en otra vida, en otro cuerpo, en otro tiempo y sobre todo en otra ciudad; una sin tanta inmundicia, sin tanta corrupción.
Su alma era bella pero la tentación pasajera que atrapa a todos en este maldito lugar, no la hizo la excepción.
¡Ummm…! Pero mírala ahora tan tierna y apacible, cubierta de toda esa sangre.
Pareciera que antes de morir intentó decir que me amaba. ¡Ya no importa!, nunca lo sabré.
Es tan delicada de salud, pero esta fue su última enfermedad. Sí, la culpa es una enfermedad también. La acosaba. No la dejaba descansar. A veces la sentía despertar y tocar con sus labios éstos, los tan viles míos, y decir te amo, los siento. ¡Ah nada humana culpa! La llevó hasta aquí, conmigo, en esté su lecho de muerte, el mismo lugar donde tantas veces la violé, y el mismo en que ella tantas veces calló su so pena.



¡Ahhhhhh! Tan perfecta. Aunque la maldita me esté mirando con esa cara de desprecio y decepción. Con esos ojos inmutables, fijos y acusadores; con los que siempre trata de menospreciarme.

 
El coleccionista de estrellas
Y con una sonrisa corta le robó el corazón.
Su rostro tan femenino sugería una maternidad irresistible, él era sin duda uno de esos hombres a los que les encanta las maestras de párvulos, o las madres ajenas; y es que, cómo se podría negar ese encanto febril que llena de tanta suavidad el alma. La verdad también yo me enloquecería.
Y sin cruzar palabras deseó llevársela a la cama y hacerle el amor, no se imaginaba de otra forma con esa mujer. El quería, mejor dicho el deseaba que aquello fuese amor, de los que no duran nada pero que te quedan grabados en la piel toda la vida; de los que te dejan el olor debajo del cuello y siempre que es primavera se recuerdan.
Se podría decir que estaría dispuesto a acabar con aquella química natural para hacerse de una nueva ilusión, de un nuevo destello divino cual estrella, para ponerlo en su cielo nocturno y casi vacío. Él sin duda siempre estaba en busca de una nueva luz para darle sentido a su incesante viento frío espacial. Sin duda amaba amar. Pero no amaba a cualquiera, sólo a aquellas que desprendían de sí la incandescencia, esas que por ser tan fáciles (o sin serlo pero parecerlo) son tan cándidas, tan dignas de ser adoradas, veneradas, como diosas.
Disfrutó ese beso tibio que se prendió a su mejilla y empapó su alma con lujuria romántica; un beso de saludo que dejó sus miradas cruzadas por esa extraña razón que te obliga a creer que hay algo más y que su delicadeza se origina en un romance secreto y compartido.
¡Ah sin duda alguna lo que todos llaman amor a primera vista!
Pero como todos sus amores, sólo duró hasta que ella terminó la charla con su amiga (amiga de él), y se despidió sacudiendo la mano para él, regalándole una sonrisa cómplice y caminando sin dejar de verlo (por un instante). Él le miró marcharse y disfrutó en sus más íntimos adentros cada uno de sus sensuales movimientos. Vibró todo él y pensó (agradecido) en que el amor había llevado otra de esas luminarias a su cielo vacío, oscuro y de viento solitario.