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La muerte en la pampa salitrera
Al pasar cerca de las salitreras abandonadas en Chile, después de que el Salitre fuera sintetizado en Alemania y no fuera viable su extracción; uno suele ver siluetas de cruces negras enterradas entre la sal, la arena y el azufre. Son los restos de antiguos camposantos, donde ya no quedan más que las cruces que soportaron la pala y la picota de traficantes oportunistas y los restos de los muertos, desperdigados por el suelo: matrimonios cuyo anillo de bodas ya no está en sus dedos, hombres con dientes de menos, mujeres que perdieron rosarios y pendientes. Cementerios saqueados completamente y cadáveres cuyo descanso no alcanzó a durar mucho, y cuya esperanza de descomponerse, por la sequedad del ambiente, es de miles de años (o más).

Desterrados de su última morada, ahora sus huesos se tuestan al sol y posan para las fotos de turistas ocasionales, quiénes, a veces, se llevan partes de ellos como un recuerdo de la pampa nortina, su esplendor y su muerte.

In Memoriam a los huesos sin nombre

“Descansen” se les dijo un día
soleado, de tarde pampina.
El pueblo despide de nuevo
la muerte de otro minero
traicionado por la mina.

Muchas tardes claras
pasaron ya, todas parecidas,
de frío y calor infernales,
quemando la última esperanza
de vida, en la inhóspita pampa.

El último ya está enterrado,
el último cholo se ha ido,
huyendo del yermo páramo,
corriendo tras el oro gringo.
Las salitreras se cerraron.

Y ahí quedaron, olvidados
los difuntos pirquineros;
sus almas buscan caliche,
combustible para el infierno.
Con ellos el sol, la muerte y el fuego.

Allí quedaron los huesos tirados
en eterno purgatorio,
donde el agua bendita no llega
a volver al hombre en polvo,
al sol se secan tristes, las calaveras.

El demonio, que anda en busca
de esas ánimas errantes;
desnudos y sin dignidad
han dejado los traficantes
sus cadáveres al sol secarse.

Sólo huesos desperdigados
son ahora los cementerios
de aquellos años dorados;
y a los muertos...
ni la ropa le han dejado.

Nichos, mausoleos, lápidas
y hasta cruces de madera
clavadas en el árido desierto;
ya no hay nadie adentro,
todo está abierto.

Viajero, si es que pasas
por la orilla del desierto,
y ves al lado del camino
cruces negras, de madera
quemada por el fuego.

Hazte a un lado de tu ruta,
piensa un momento,
cuán tristes, que solos
se sienten esos muertos.
Cristiano, dedícales un padrenuestro.

Si decides visitar
las tumbas ultrajadas
no temas acomodar
quijadas desmontadas
ni cabezas arrojadas.

Porque es el olvido
lo peor que hace el desierto,
el horizonte oteado
por esos ojos ciegos,
y sus almas barridas por el viento.

Si Dios no te acompaña
en esos lugares desolados,
viajero, mejor sigue de largo,
pues la muerte vive
en los rincones del camposanto.

Más si vences el miedo
y entras al panteón
sacando a esas almas del olvido;
no podrán mostrarte su emoción
pues las lágrimas de los muertos las seca el sol.