Un Cuento que no termina aquì...
-La vida es dura. Ya lo sabes.
Era la enésima vez que repetía esa misma frase, tratando de darle algún sentido, algún consuelo a la existencia misma.
- Dura, vacía y sin sentido...
- ¿Tendría más sentido si nada de esto estuviera pasando? ¿Sería más plena si siempre hubieses sido, simplemente, feliz?
- Quién sabe... esta es la vida real, no un cuento como esos que me relatabas antes de dormirme... esta es la vida, y el único sentido que encierra es la muerte.
Ya habían pasado tres días y ambos estaban sitiados, sin poder salir, sin poder comer, apenas respirar. Afuera se oía el murmullo de la batalla cada vez más cerca, más amenazante, como un monstruo gigantesco presto a devorar lo que encontrara a su paso.
Entretanto los dos hermanos, abrazados en la oscuridad, rodeados de heridos agonizantes de rabia, de pena y de muerte, temblaban de hambre y frío en la oscuridad. El refugio ya no aguantaría mucho más, el fragor de la pelea hacía retumbar las paredes, dando la impresión de que el techo se vendría abajo de un momento a otro.
- Cumpliremos esos cuentos, y una generación posterior los repetirá, y siempre habrá esperanza en tanto no se olviden. Yo te cuidaré siempre.
Una sonrisa leve se dibujó en los ojos del atribulado hermano, un pequeño de apenas 13 años. Su madre había muerto al darlo a luz y su hermana había tomado su lugar. 17 años tenía la joven en ese momento, edad de casarse ya, pero la guerra se había llevado a los hombres consigo y obligado a las niñas a convertirse en guerreras y protectoras de lo poco que quedaba en pie a esas alturas.
Poco a poco el rumor de las espadas, que ya se oía sobre ellos, empezó a callar. Voces cansadas y llenas de euforia comenzaban a gritar... “¡Victoria, victoria!”. Mezclado con los vítores se oían llantos, lamentos, fierros que golpeaban el suelo, rendidos y vencidos.
-¡El Rey ha muerto! ¡Que viva el nuevo Rey1 ¡Arriba el nuevo orden!
La joven abrazó fuertemente a su pequeño hermano. Su padre había muerto, y ahora el heredero a la corona estaba indefenso y temblando de frío entre sus brazos... No tendrían piedad de él.
La puerta del refugio cedió ante la fuerza de decenas de soldados. Cuando la luz del mediodía terminó de cegar a los hermanos, pudieron contemplar frente a si, luego de una ruma de gente enferma, cansada y fallecida, a un hombre robusto vestido con una armadura negra, rodeado de soldados. Con voz altanera dio orden de sacar a los hermanos. Luego de un esfuerzo la joven se levantó y animó a su hermano, que estaba blanco y temblaba de miedo.
- No te asustes, yo te cuidaré.
El muchachito siguió a su hermana por entremedio de los enfermos y los muertos, ella caminaba con paso firme y cabeza erguida, con su hermano pegado a ella. Con mirada dura y segura, la joven confundió a los soldados, que no sabían cómo reaccionar ante semejante aplomo. Mezcla de respeto hacia la dama y temor a su líder, los escoltaron hasta la entrada, donde el hombre de armadura oscura los esperaba con una amplia sonrisa de satisfacción.
Por un par de minutos, soldado y muchacha se miraron, sin parpadear, en un desafío de honor y conciencia. El soldado no fue capaz de soportar la acusadora mirada de la joven, bajó la vista y la sonrisa de su cara se truncó en una mueca de molestia.
El soldado de armadura negra volteó haciendo un gesto para que lo siguieran. Sus tropas y los dos hermanos fueron en pos de él. Por el camino vieron amigos, compañeros, conocidos tirados por el suelo como trapos viejos, rotos, abiertos, desmembrados, muchos irreconocibles. El muchacho avanzaba con la cara pegada al vientre de su hermana, mientras ella seguía con paso firme, incitando a su hermano a continuar, con sus brazos apretando firme en torno a la espalda del niño. Los soldados que acompañaban a la comitiva parecían conmovidos por la entereza de la joven y no se atrevían a tocarla.
Luego de un rato de andar llegaron hasta una alta torre, cuya vista daba a un valle profundo por donde se veía correr un río, al margen del castillo. El oscuro soldado se paró al borde y luego dio a orden de llevar al niño hasta su lado. La hermana se resistió, el muchacho se aferró a ella, pero el miedo de los soldados por su superior era mayor al respeto que les infundía la joven. Por mucho que forcejearon, los hermanos fueron separados. Cuando el pequeño llegó a la orilla de la torre el soldado negro lo asió por las manos y lo dejó colgando sobre el abismo. Ambos hermanos palidecieron de espanto. La sonrisa de satisfacción volvió a la macabra tez del soldado. El pequeño lanzó un grito de angustia...
La joven, haciendo uso de las últimas fuerzas que le quedaban, se safó de la mano del soldado que la aprisionaba y le quitó una lanza que él traía. Corrió hacia su hermano con la lanza dispuesta. Al verla el soldado soltó al infortunado muchacho, que lanzó un grito angustioso mientras caía hacia el valle. La joven hermana se clavó la lanza en un costado y cayó tras su hermano, dejando su sangre esparcida por el suelo de la torre.
En su caída, el joven príncipe empezó a sentir que la conciencia se le iba, y entre delirios de muerte, con los ojos ya cerrados por la angustia, sintió la voz de su hermana...
- Yo te cuidaré.. siempre.
Sintió que topaba con algo, que dejaba de caer, pero no sentía dolor. ¿Sería ese el calor del paraíso? Al abrir los ojos vio el rostro de su hermana que le sonreía, su rostro estaba limpio, sano, sin las marcas del hambre ni el cansancio. En cambio él sentía la misma hambre y cansancio que tenía cuando estaba en la torre.
- Haremos realidad los cuentos, y volveremos a recuperar la paz y la armonía que existía antes de esto. Ahora vas a crecer y a construir tu propia historia, así, algún día se las contaras a tus nietos.
Su hermana había cambiado, y no sólo su cara, ahora tenía un aura luminosa que la rodeaba y de su espalda salían dos alas emplumadas de un color blanco como las nubes. De su costado se veía emerger una lanza. El pequeño, horrorizado, tiró de la lanza y la sacó. Se acurrucó en los brazos de su hermana, contra su pecho, y pensó con tristeza, mientras ella volaba a un lugar seguro, que la herida de la lanza no sangraba ya, que el corazón de su hermana no latía.
Era la enésima vez que repetía esa misma frase, tratando de darle algún sentido, algún consuelo a la existencia misma.
- Dura, vacía y sin sentido...
- ¿Tendría más sentido si nada de esto estuviera pasando? ¿Sería más plena si siempre hubieses sido, simplemente, feliz?
- Quién sabe... esta es la vida real, no un cuento como esos que me relatabas antes de dormirme... esta es la vida, y el único sentido que encierra es la muerte.
Ya habían pasado tres días y ambos estaban sitiados, sin poder salir, sin poder comer, apenas respirar. Afuera se oía el murmullo de la batalla cada vez más cerca, más amenazante, como un monstruo gigantesco presto a devorar lo que encontrara a su paso.
Entretanto los dos hermanos, abrazados en la oscuridad, rodeados de heridos agonizantes de rabia, de pena y de muerte, temblaban de hambre y frío en la oscuridad. El refugio ya no aguantaría mucho más, el fragor de la pelea hacía retumbar las paredes, dando la impresión de que el techo se vendría abajo de un momento a otro.
- Cumpliremos esos cuentos, y una generación posterior los repetirá, y siempre habrá esperanza en tanto no se olviden. Yo te cuidaré siempre.
Una sonrisa leve se dibujó en los ojos del atribulado hermano, un pequeño de apenas 13 años. Su madre había muerto al darlo a luz y su hermana había tomado su lugar. 17 años tenía la joven en ese momento, edad de casarse ya, pero la guerra se había llevado a los hombres consigo y obligado a las niñas a convertirse en guerreras y protectoras de lo poco que quedaba en pie a esas alturas.
Poco a poco el rumor de las espadas, que ya se oía sobre ellos, empezó a callar. Voces cansadas y llenas de euforia comenzaban a gritar... “¡Victoria, victoria!”. Mezclado con los vítores se oían llantos, lamentos, fierros que golpeaban el suelo, rendidos y vencidos.
-¡El Rey ha muerto! ¡Que viva el nuevo Rey1 ¡Arriba el nuevo orden!
La joven abrazó fuertemente a su pequeño hermano. Su padre había muerto, y ahora el heredero a la corona estaba indefenso y temblando de frío entre sus brazos... No tendrían piedad de él.
La puerta del refugio cedió ante la fuerza de decenas de soldados. Cuando la luz del mediodía terminó de cegar a los hermanos, pudieron contemplar frente a si, luego de una ruma de gente enferma, cansada y fallecida, a un hombre robusto vestido con una armadura negra, rodeado de soldados. Con voz altanera dio orden de sacar a los hermanos. Luego de un esfuerzo la joven se levantó y animó a su hermano, que estaba blanco y temblaba de miedo.
- No te asustes, yo te cuidaré.
El muchachito siguió a su hermana por entremedio de los enfermos y los muertos, ella caminaba con paso firme y cabeza erguida, con su hermano pegado a ella. Con mirada dura y segura, la joven confundió a los soldados, que no sabían cómo reaccionar ante semejante aplomo. Mezcla de respeto hacia la dama y temor a su líder, los escoltaron hasta la entrada, donde el hombre de armadura oscura los esperaba con una amplia sonrisa de satisfacción.
Por un par de minutos, soldado y muchacha se miraron, sin parpadear, en un desafío de honor y conciencia. El soldado no fue capaz de soportar la acusadora mirada de la joven, bajó la vista y la sonrisa de su cara se truncó en una mueca de molestia.
El soldado de armadura negra volteó haciendo un gesto para que lo siguieran. Sus tropas y los dos hermanos fueron en pos de él. Por el camino vieron amigos, compañeros, conocidos tirados por el suelo como trapos viejos, rotos, abiertos, desmembrados, muchos irreconocibles. El muchacho avanzaba con la cara pegada al vientre de su hermana, mientras ella seguía con paso firme, incitando a su hermano a continuar, con sus brazos apretando firme en torno a la espalda del niño. Los soldados que acompañaban a la comitiva parecían conmovidos por la entereza de la joven y no se atrevían a tocarla.
Luego de un rato de andar llegaron hasta una alta torre, cuya vista daba a un valle profundo por donde se veía correr un río, al margen del castillo. El oscuro soldado se paró al borde y luego dio a orden de llevar al niño hasta su lado. La hermana se resistió, el muchacho se aferró a ella, pero el miedo de los soldados por su superior era mayor al respeto que les infundía la joven. Por mucho que forcejearon, los hermanos fueron separados. Cuando el pequeño llegó a la orilla de la torre el soldado negro lo asió por las manos y lo dejó colgando sobre el abismo. Ambos hermanos palidecieron de espanto. La sonrisa de satisfacción volvió a la macabra tez del soldado. El pequeño lanzó un grito de angustia...
La joven, haciendo uso de las últimas fuerzas que le quedaban, se safó de la mano del soldado que la aprisionaba y le quitó una lanza que él traía. Corrió hacia su hermano con la lanza dispuesta. Al verla el soldado soltó al infortunado muchacho, que lanzó un grito angustioso mientras caía hacia el valle. La joven hermana se clavó la lanza en un costado y cayó tras su hermano, dejando su sangre esparcida por el suelo de la torre.
En su caída, el joven príncipe empezó a sentir que la conciencia se le iba, y entre delirios de muerte, con los ojos ya cerrados por la angustia, sintió la voz de su hermana...
- Yo te cuidaré.. siempre.
Sintió que topaba con algo, que dejaba de caer, pero no sentía dolor. ¿Sería ese el calor del paraíso? Al abrir los ojos vio el rostro de su hermana que le sonreía, su rostro estaba limpio, sano, sin las marcas del hambre ni el cansancio. En cambio él sentía la misma hambre y cansancio que tenía cuando estaba en la torre.
- Haremos realidad los cuentos, y volveremos a recuperar la paz y la armonía que existía antes de esto. Ahora vas a crecer y a construir tu propia historia, así, algún día se las contaras a tus nietos.
Su hermana había cambiado, y no sólo su cara, ahora tenía un aura luminosa que la rodeaba y de su espalda salían dos alas emplumadas de un color blanco como las nubes. De su costado se veía emerger una lanza. El pequeño, horrorizado, tiró de la lanza y la sacó. Se acurrucó en los brazos de su hermana, contra su pecho, y pensó con tristeza, mientras ella volaba a un lugar seguro, que la herida de la lanza no sangraba ya, que el corazón de su hermana no latía.





