logotipo

img_google
venal
2. adj. Que se deja sobornar con dádivas.
Acerca de
Venal
Sindicación
 
Enlazando un doc
 
Púas
Los dos enemigos más importantes de cualquier vida son el dolor y el aburrimiento, ya que cuando nos parece que nos alejamos del uno nos acercamos al otro y viceversa. La necesidad y la privación, afirma Schopenhauer, engendran dolor; de la misma manera que el bienestar y la abundancia hacen brotar el tedio. El único remedio contra estos males del alma es la riqueza interior, la riqueza de espíritu. El hombre inteligente aspirará en primer lugar a evitar cualquier malestar y buscará el bienestar en una vida tranquila de ocio y de reposo, aunque este planteamiento conduzca indefectiblemente a la soledad. Un poco más adelante nos recordará aquel apólogo que tanto le gustaba mencionar a Freud: los hombres se parecen a los puercos espines que, como consecuencia del frío de invierno, se juntan hasta clavarse las púas. La soledad ofrece al hombre intelectualmente capaz, añadirá en el comentario final, una doble ventaja: la primera, estar consigo mismo, y la segunda, no estar con los demás. El propio Voltaire había llegado a decir: “La terre est couverte de gens qui ne méritent pas qu’on leur parle.” Un hombre rico interiormente sólo pide al mundo exterior un don negativo, a saber: tiempo libre para poder desarrollar y perfeccionar las facultades de su espíritu y poder disfrutar de sus riquezas interiores; reclama, por tanto, únicamente, toda su vida, todos los días y todas las horas, ser él mismo, afirma Schopenhauer. La felicidad está en el ocio, como dijo Aristóteles; Sócrates alabó el ocio como la más de las riquezas. Tiempo para poder cultivar la sabiduría, a que el saber es la parte más importante del gozo que nos presenta Schopenhauer. En otro apartado de este capítulo, y en este mismo sentido, podemos leer, como una muestra más de su talante negativo y guasón, una de las sentencias que más hemos utilizado en defensa de esta ultrajada materia: “Mi filosofía no me ha hecho ganar nada, pero me ha ahorrado muchas cosas.”
 
Expectativas y esperanzas
Un pensador de la primera mitad del siglo XX dijo que es muy importante diferenciar entre expectativa y esperanza. La expectativa es la posibilidad razonable de que algo suceda, mientras que la esperanza es un estado de ánimo en el que se nos presenta como posible lo que deseamos.

 
La mayoría, "necesitamos los huevos"
"(...) Después se nos hizo tarde, los dos nos teníamos que marchar, pero fue magnífico volver a ver a Annie. Me di cuenta de lo maravillosa que era y de lo divertido que era tratarla, y recordé aquél viejo chiste, aquél del tipo que va al psiquiatra y le dice: "doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina". El doctor contesta: "¿Lo ha llevado a un médico?" y el tipo le dice:"Lo haría, pero necesito los huevos". Pues eso, mas o menos, es lo que pienso sobre las relaciones humanas,¿saben?. Son totalmente irracionales y locas, y absurdas, pero ... supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría,"necesitamos los huevos".
Annie Hall. Woody Allen.
 
Egotista
"Deseo con toda el alma dejar de pensar en mí mismo. Estoy completamente retorcido por dentro...es como si tuviese un nudo ahí... [...] Yo soy egotista, pero egoísta no. No es lo mismo. Supongo que soy un neurótico. No puedo dejar de pensar en mí mismo. No es que me considere tan importante... sencillamente, no puedo pensar en otra cosa, eso es todo."
Trópico de Capricornio. Henry Miller.

egotista.
1. adj. Perteneciente o relativo al egotismo.
2. adj. Dicho de una persona: Que tiene egotismo. U. t. c. s.


egotismo. (Del ingl. egotism).
1. m. Prurito de hablar de sí mismo.
2. m. Psicol. Sentimiento exagerado de la propia personalidad.


 
Barcelona rechaza las corridas de toros
Barcelona rechaza las corridas de toros
El pleno municipal aprueba en votación secreta un manifiesto antitaurino
EL PAÍS | Última - 07-04-2004



 
Euforia frente al coloso de hielo

EL PAÍS | EL VIAJERO - 27-03-2004

20040327__Euforia_frente_al_coloso_de_hielo.pdf
 
El público
ELVIRA LINDO
El público
EL PAÍS | Última - 21-01-2004


La tarde en que se estrenó Mystic River, de Clint Eastwood, un número considerable de seguidores contumaces del director americano hacíamos cola en el cine. No teníamos pinta de ser el tipo de espectador que acude como un zombie allí donde le mandan las productoras norteamericanas, sino más bien la de informados amantes del cine, por no decir cinéfilos, que es un término tristón que ha acabado definiendo a personas que tienen la mente llena de conocimientos innecesarios y los hombros llenos de caspa. La tarde en que se estrenó Mystic River estábamos allí los impacientes, los que esperamos como agua de mayo las historias de aquel joven vaquero de Sergio Leone, hoy anciano elegante y callado, que desgrana en cada película una sabiduría que te deja pensativo y ausente después de ver Los puentes de Madison o Un mundo perfecto. Clint Eastwood ha generado lo que todo artista desea, un público que siente la necesidad imperiosa de ver su trabajo. La campaña que se anuncia estos días sobre cine español increpa al espectador diciéndole que tiene que ir "urgentemente" a ver "nuestras" películas. ¿Por qué? Lo que el cine español necesita urgentemente es una protección oficial para no ser literalmente enterrado por la fuerza del mercado americano. Pero de ahí a pensar que el espectador no va a ver cine español porque tiene prejuicios hay un abismo, de ahí a pensar que el espectador tiene cierta obligación moral en apoyar el cine patrio hay un abismo, de ahí a pensar que es más fácil identificarnos con las historias españolas hay un abismo. Entre toda la basura norteamericana que llegó en el 2003 hubo al menos tres películas que los cineastas españoles debieran ver con reverencia, humildad y ganas de aprender. Cuando oigo defender el cine español por la discutible razón de que cuenta mejor lo nuestro me echo a temblar. El cine ha de aspirar a ser entendido en cualquier parte y el cineasta aspirar a que el espectador sienta la necesidad de ver su siguiente película. Se pueden exigir apoyos estatales para que el pez gordo no se coma al chico, pero el público es soberano. Es soberano y no siempre es tonto. Va a ver lo que le sale de las narices. Para eso es el que paga.

 
La orgía
VICENTE VERDÚ
La orgía
EL PAÍS | Última - 06-03-2004


Si el cerebro fuera tan simple que lo pudiéramos comprender, no lo podríamos comprender a causa de ser, nuestro cerebro, tan simple". Esta aporía científica se repite sin muchas variaciones en la campaña electoral, porque si los candidatos se afanan en presentarse tan normales como la gente normal se anula la posibilidad de la elección misma. Incluso ellos tampoco se votarían y desaparecerían como candidatos.

A diferencia de los líderes históricos que exageraban su condición extraordinaria, ahora se esfuerzan por parecer gente común. En Convergència i Unió, su lema rotundo es: "Sentido común". Ni un gramo más ni un gramo menos. El sentido idóneo de la campaña presente es el sentido cero o aquel sentido que se confunda con el sentido del montón. Muy lejos, pues, de excitarnos con sus propuestas, los líderes tratan de fundirse con nuestra sustancia, sin gozo ni dolor. O bien: en vez de presentarse ocupados en promover una vida inédita se esfuerzan por hacernos ver que entre su realidad y la nuestra, entre su cerebro y el nuestro, no existe diferencia de imaginación. Se quieren tan iguales a todos los demás que los ignoraríamos si no vinieran encaramados en los mítines y levantaran la voz ante la televisión. La campaña ideal para esta nueva clase de política sería, por tanto, aquella en que cualquiera de los ciudadanos pudiera convertirse en candidato a presidente y el candidato a presidente en cualquier actor del elenco, sin pizca de significación. Lo más inconveniente en estos días, de acuerdo a las reglas del marketing, es postularse como político puesto que esta condición está desacreditada y sus figuras tienen fama de no atender ni entender bien al ciudadano común. Valdría enunciar, sin embargo, la aporía siguiente: que si los políticos poseyeran un cerebro tan simple que fuera capaz de comprender al ciudadano común, no comprenderían al ciudadano común a causa de poseer un cerebro tan simple. ¿La consecuencia? Que los sondeos no cesan, de día y de noche, para tratar de detectar algún mínimo indicio sobre el campo de la mismidad. Los porcentajes se igualan, los discursos se entrecruzan, las ofertas se superponen y los votantes, en fin, se ahogan en la espesa orgía de la normalidad.
 
Ciberchisme
ELVIRA LINDO
Ciberchisme
EL PAÍS | Última - 31-03-2004


Siempre existió el chismoso perverso que, lejos de conformarse con las explicaciones sensatas, inventaba enrevesadas teorías para hundir al prójimo y hacer de sí mismo, gracias a la mentira, una persona fascinante. El chismoso tradicional realiza una labor artesanal, larga su rumor a dos o tres chismosos de segunda, y sabe que en poco tiempo el bulo cuajará y nadie sabrá de dónde ha partido el embuste. Los buenos periódicos, que saben de las mezquindades humanas, exigen que una, dos y hasta tres veces se ratifique un hecho a fin de que el lector pueda fiarse de lo que lee y de no buscarse líos innecesarios. Pero existe hoy un chismoso ascendente, el cibernético, que no tiene ni rostro ni nombre, que puede expandir sus rumores globalmente y que puede hacer infinitamente más daño que el correveidile galdosiano. Muchos nos dimos cuenta del poder sin fronteras del chismoso espacial cuando casi al día siguiente de 11-S comenzó a circular por Internet la teoría de que el día del atentado los judíos no habían ido a trabajar a las torres y, por tanto, culpar a Al Qaeda era una vil tapadera de esa conspiración judaica que aspira a hacerse un buen día con el poder del mundo. La primera vez que uno leyó este mensaje lo borró pensando que algo tan disparatado no encontraría audiencia, que la gente haría como tú, mandaría el mensaje al limbo espacial y sanseacabó. Pero lo extraordinario es que uno podía encontrarse con gente normal que, si bien no se creía la teoría conspirativa al cien por cien, tampoco le hacía ascos. Para colmo te dedicaban una sonrisa displicente, como si fueras uno de esos inocentes que sólo se creen las explicaciones "oficiales". En estos días en los que lo más deseable es fumar la pipa de la paz e invitar al vecino, han llegado decenas de mensajes de chismosos cibernéticos: hay uno que inventa el chisme y cientos de miles que dicen: "Cuando el río suena...". Para colmo, el envoltorio informático da cierto empaque de modernidad a la calumnia. Te llegan artículos apócrifos, informaciones que no se dan en los periódicos, y te instan a que difundas la superchería. Y cuando pones en duda una información que, por indemostrable, ningún periódico se atrevería a publicar, te miran por encima del hombro como diciendo: "Éste es tonto del culo".

 
Callar
ELVIRA LINDO
Callar
EL PAÍS | Última - 07-04-2004


"Tú, ya sabes, ver, oír y callar". Así nos decían a los niños de antes cuando estábamos a punto de recibir una visita. Probablemente esta actitud sea hoy un disparate, pero al cabo del tiempo se reconocen algunas ventajas en aquella máxima; la ventaja que supone, a los que somos de naturaleza vehemente, la disciplina de respirar hondo y contar hasta diez antes de soltar cualquier tontería. Parece que los españoles, eso dicen los extranjeros, si hay algo en lo que somos campeones es en colocar nuestra opinión encima de la mesa, como quien echa una carta de valor, antes incluso de tener los mínimos datos para emitir un juicio. Llevamos tantos años dándole vueltas al terrorismo etarra que podemos creer que estamos habilitados para hacer de analistas políticos sobre este nuevo terror, pero habrá que admitir que pocos son los que saben algo. Habrá que admitir que lo que iguala a los terrorismos son las muertes y la capacidad de sembrar la zozobra, pero que hay algo en este nuevo fantasma que nos acecha que no tiene nada que ver con lo vivido hasta ahora. Habrá que admitir que, si bien esa foto del trío de las Azores sumó más papeletas a las que ya existían para considerarnos objetivo criminal, no se puede ni se debe hacer esa ecuación tan simple de retiradadetropas=findelterrorismo, porque corremos el peligro de intentar interpretar cada acción terrorista y darle un sentido racional al crimen. De la misma manera que es injusto y mentiroso afirmar, como así lo han hecho algunos analistas reaccionarios extranjeros, que España ha votado lo que ha votado por miedo; también sería inquietante que la política exterior se viera marcada por lo que diga en sus siniestros comunicados Al Qaeda, que parece también dispuesta a castigarnos por la intervención en Afganistán, país al que pensaba mandar más tropas Zapatero. Expreso mis dudas, no mis certezas. Ayer, una de mis sobrinas adolescentes me decía con cierta angustia al hilo de lo ocurrido en Leganés: ¿pero por qué no le dan tiempo los terroristas a Zapatero ahora que va a retirar las tropas? En su pregunta iba implícito un análisis a mi juicio erróneo, pero no me sentí capaz de explicar nada. A los adultos también nos ha llegado el tiempo de ver, oír y callar, antes de entender algo de lo que está pasando.