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y si amanece por fin...
sentimientos, decepciones, ilusiones, miserias, verdades, delirios, mentiras, esperas...
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palabras, palabras, palabras...
Sindicación
 
jajaja
hace dos días mi madre me dijo q un antiguo profesor mío, Manolo Miñambres, sacerdote y gran amigo, había fallecido. se había enterado por teléfono a través de mi hermana, q vive en mi antiguo barrio y pasa por la puerta de mi antiguo cole. y el funeral, le dijo, sería este viernes.

compungido, triste, realmente jodido pq esta persona fue de esas q dejan huella en la vida de uno, escribí un artículo en este blog, el anterior a este mismo (más abajo lo podéis ver).

el caso es q esta tarde llamaba por teléfono al colegio para saber a qué hora iba a ser el funeral mañana viernes.

y el conserje del colegio me ha contestado:
-no, no, si Manolo Miñambres no se ha muerto, si acabo de hablar con él hace un rato. ha sido su padre, q tenía 87 años.

tiene cojones!!!

tirando del hilo, parece ser q la información venía de mi hermana, q al pasar por la puerta del colegio creyó leer en un cartel q el día 20 era el funeral del Padre Manolo Miñambres (por aquello de q es cura) y en realidad pondría funeral por el padre de Manolo Miñambres.

así q me he quedado con cara de gilipollas, con mi texto de homenaje como un imbécil. y al principio me he cagado en los dioses y al final he empezado a descojonarme yo solo.

lo mejor va a ser cuando dentro de unos días vaya a verle en persona y le cuente la anécdota y le lleve el escrito de homenaje.

y eso no es todo!!!

tenía intención de escribirle un poemilla y salir al altar a leerlo mañana en su funeral, como tantas veces me hizo leer en misa Manolo Miñambres (esas fueron mis primeras lecturas públicas) y ya hubiera sido la hostia encontrarlo en el primer banco, vivito y coleando. y saludando con cara sonriente.

joooooooooooooder


y yo escribiéndole más abajo: amigo (sniff), seguro q nos encontraremos en otra vida...

jajaja jajaja jajaja

 
¿Dónde buscarte ahora...?
¿Dónde buscarte ahora, Manolo? ¿Dónde vamos a ir a buscarte los chavales que te buscábamos para pedirte consejo cuado una chica no nos hacía caso, cuando nuestros padres se peleaban, cuando nos sentíamos acomplejados en clase?

Manolo Miñambres era un sacerdote ya entrado en años, tripón y con maneras de mujer. Llegó a nuestras vidas cuando yo estaba en primer curso de BUP y volvía al colegio como una leyenda, como un mito. Había estado trabajando como misionero en parroquias de los barios más pobres de Buenos Aires y su acento porteño era una de sus características más graciosas. El primer día de clase, cuando empezó a hablar, yo me eché a reír, era muy exagerado su amaneramiento -muy común en los sacerdotes-, así que me sacó el primero a la pizarra, dispuesto a atajar al que parecía ser el bicho de la clase ya desde el principio. Manolo iba a por las ovejas negras, a por los vagos, a por los gamberros, iba a ellos de frente, con una sonrisa en la cara. Ese era su desafío, ayudar a los “malos”. Y aunque yo no fuese de lo peor, en seguida entró en mi alma como ese apoyo que todo adolescente anhela.

Nos hizo amar la música clásica. Nos hizo ser naturales. Nos enseñó a dar. No era un cura seco, reprimido y reprimente. Era una persona con mucha vida recorrida. Nos hablaba de Dios y la Virgen, pero por exigencias del guión. En realidad lo que a él le gustaba era hablarnos de la vida, de qué íbamos a hacer con nuestras vidas. No era raro verle correr por el patio jugando al fútbol con la gabardina puesta mientras los demás nos reíamos de sus gestos. Creo que fue la primera persona realmente apasionada que se cruzó en mi vida, la primera persona que me contagió sus ganas de vivir. Y ahora hablo en primera persona, pero estoy seguro que nos marcó a cada uno de los chicos de aquel bachillerato. Y del siguiente, y del siguiente...

Él quiso que yo fuera sacerdote. Sabía de mi madurez, de mis ganas de ayudar, de mi paciencia, de mi silencio. Yo mismo me lo llegué a plantear seriamente. Pero de sobra sabía que mis ideas no eran nada conservadoras, como las de la Iglesia, a la que yo creo que ni él mismo creía -San Manolo Bueno, mártir-. Hablábamos de política, me provocaba porque sabía que yo era un buen elemento izquierdoso de aquellos cursos, pero curiosamente siempre llegábamos a un punto de encuentro, el de la ayuda al prójimo. Cuando trataba de confesarme, acabábamos hablando de todo un poco, sin liturgias ni avemaríapurísimas, y al final se acababa confesando él a mí, intuyendo mi madurez, cuando me contaba que él también pecaba, que no era fácil ser fiel al celibato con aquellas mujeres que salían por Telecinco (jajaja, luego se lo contaba a mis amigos y nos reíamos juntos y todos se acercaban más a aquel cura pecador y humano).

Recuerdo muchas palabras, consejos, conversaciones, de esas que influyen en tu vida. Recuerdo que, cuando salí del colegio y empecé la universidad, fui a buscarle en diversas ocasiones para hablar, porque yo estaba realmente perdido, además de enfermo, y él me espoleaba, que me dejase de milongas, que fuera a la universidad a relajarme y aprender, que me sacara el título de una puta vez y me hiciera cargo de mis padres, que era lo que debía hacer. Nunca pude con todo eso.

Y en cambio él siempre supo que yo escribía y quería saber de mis escritos, pero yo nunca le llevé nada para que me leyera. Incluso la última vez que mi madre se cruzó con él por la calle, hará cosa de un mes, le insistió, le preguntó por mí, que fuera a verle, que le llevara mis libros. Me prometí hacerlo, pero ahora ya no va a ser posible. Ya no vamos a poder mirarnos a la cara y sonreír complices de la vida, de los pecados, de los errores cometidos. Ya no vamos a poder tomarnos un chupito de whisky de esa petaca que él escondía entre los libros del estante de su despacho, entre libros de rezos y de misiones y de Don Bosco y de música clásica.

Según escribo, me voy riendo de mil anécdotas con MM, nuestro cura, nuestra “abuela” (según le llamaba un cura rival suyo en el colegio, envidioso de que todos tratáramos con MM y nunca con él).

Creo que la última vez que nos vimos fue tras una misa del Gallo, la única a la que he ido en mi vida. Fui para verle a él y presentarle a mi novia (ahora ex). Y recuerdo que me dijo que estaba desencantado de todo, sobre todo de los políticos y que ya nunca más iba a votar, ni siquiera al PP, que le había decepcionado más que nadie. Yo no tenía ganas de política ya, sólo quería verle, disfrutar de su fuerza vital, su risa, dos vasos de plástico con sidra brindando por el año nuevo que vendría.

Es duro aceptar que se haya ido. No era tan mayor, rondaría los 70 años. Pero su corazón estaba muy fatigado, seguramente de latir más fuerte que el del resto. Me hubiera gustado contarle mi teoría sobre el más allá y el alma, nada de paraísos ni de cielos. Seguro que se hubiera reído conmigo y luego hubiera aceptado su lógica, hubiera respetado mi idea, como siempre hizo, como yo siempre hice.

Ahora es inútil decirle que no creo que esté en el cielo, que su alma vagará por el universo como otras tantas energías, camino del sol, para luego formar parte del astro rey y poder iluminar a otras vidas con su vida, con su energía. No creo en nada ciegamente, pero él sabía que me parecía más lógica la reencarnación budista que la salvación cristiana. Y como dicen que al final a uno le pasa aquello en lo que cree, (aunque yo no sea muy crédulo), seguramente nos veremos en otra vida, nos reencarnaremos juntos, porque las almas se reencarnan en grupo -dicen-, y volveremos a mirarnos con esa sonrisa pícara y satisfecha de los que se sienten contentos con estar vivos.

Un abrazo y dos besos, como aquellos que nunca me atrevía a darte de pequeño y que de mayor sí te daba cada vez que nos veíamos. Nos volveremos a ver. Estoy seguro.

 
Diez consejos (para dejar de escuchar consejos)
Ahora que todo el mundo quiere ser actor/actriz, escritor/a, cantante, director/a de cine, guionista, acabo de rescatar un pequeño decálogo de Santiago Lorenzo, director de cine, que seguramnete interesa a todos esos nuevos artistas.

DIEZ CONSEJOS PARA DEJAR DE ESCUCHAR CONSEJOS

1. Quien no follaba sin hacer películas, tampoco va a follar pq se ponga a hacerlas ahora.

2. No seas cobarde: no te vas a morir de hambre.

3. Antes se hace una película sin cámaras que sin personas.

4. Medallistas de K-2, clasificados para el Camel Trophy y luchadores de wrestling no gozan de mejor salud física que un cineasta.

5. Tú, que sabes muy bien que en el fondo quieres un kilo para comprarte un coche, para instalar el aire acondicionado o para tirarte el folio ante tus suegros: no molestes a las productoras con tus asquerosos proyectos.

6. Vas a perder algún/a novio/a por tu afición a gastarte toda la pasta en este intangible.

7. No invites a nadie al primer pase: todos se sienten en la obligación de decir algo. Y empiezan siempre por lo malo.

8. Deja de imitar a Santiago Segura. Te estás perdiendo a ti mismo. Él es inimitable.

9. Empiezas a oir hablar mal de ti. Pero has leído en un libro de Kipling que el hombre ha de defender sus convicciones. No seas cretino: lo más seguro es que te lo estés mereciendo.

10. Si todo va bien, vas a empezar a cobrar un papel realmente decisivo en tu propia vida. Una nube de vagos, miedicas y envidiosos va a proyectarse por ello sobre ti, dándote indicaciones constantes sobre cómo actuar y sobre los peligros que te acechan. Un jueguito muy divertidillo, apasionante y exquisito: con una cara muy seria, diles que sí a todo, con la mano sacando los cuernos metida en el bolsillo para que no te vean. Aguanta la risa, si puedes, que si no el juego se acaba. Empieza por ti mismo a jugar a esto, sin ir más lejos.

Estos diez mandamientos, claro está se encierran en dos. Uno: repite esta paridita "Todo marcha estupedamente" de la mañana a la noche. Dos: cuando, a pesar de todo, nada marche estupendamente, coge un taco de pasta y gástatela en cualquier cosa que se te ocurra (soldaditos de plomo, Veterano, trenes eléctricos). Luego vuelve a ponerte a trabajar.

Este decálogo debe tener como cerca de 8-9 años, pq lo acabo de rescatar de un viejo baúl de recuerdos en forma de carpeta. Se refiere al cine, pero creo que es extensible a cualquier tipo de actividad artística.