Historia 2ªparte...
El vagón estaba completamente vacío. Yo me distraía mirando por la ventanilla cuando una dulce voz irrumpió en mi silencio:
- ¡Hola! – dijo de una manera muy amigable.
Levanté la cabeza y fui fijándome en cada centímetro de su ser con mi cansada vista. Tenia el pelo largo y ligeramente ondulado, era castaña con reflejos caoba. Su rostro reflejaba felicidad. Ojos marrones, cejas perfectamente alineadas, pómulos con un ligero toque de color rosado y un abrigo que cubría todo su cuerpo. Se sentó en frente de mí y se quedó mirándome:
- Tienes cara de haberlo pasado muy bien esta noche – soltó con su dulce vocecilla y finalizó con una sonrisa.
Efectivamente había estado toda la noche de fiesta, sin dormir, me había pasado con el alcohol y ahora un tremendo solo de cabeza se apoderaba de mi y me impedía pensar con claridad. Volví a mirarla a los ojos y vi la esperanza que tenia a que yo le contestase. No tenía nada mejor que hacer, así que entablamos una conversación durante el resto del trayecto. La verdad es que me había topado con una persona muy agradable con la que fácilmente se puede estar horas y horas hablando. Le conté todo lo que había hecho aquella noche y ella me escuchaba atentamente. Me daba confianza y le hablaba como si la conociese de toda la vida. Cuando estaba en un punto en el que su presencia ya no me incomodaba, sino que se había convertido en algo imprescindible se levantó, me beso en la mejilla y se susurró al oído:
-Es mi parada, nos volveremos a ver.
Me quedé paralizada, no quería que se fuese, pero cuando reaccioné ya esta saliendo por la puerta. No sabía ni su nombre, de donde era ni su edad, no sabía nada de ella, mientras ella se había enterado de todo lo que había hecho por la noche. Aquel momento fue como cuando un amigo tuyo de toda la vida se despide de ti y sabes que no volverás a verlo. Un par de paradas más y fue la hora de que yo bajase del metro. Anduve de camino a mi cada pensado en ella, en donde podría vivir, como se podría llamar…
Al llegar a mi casa mi familia me impidió seguir pensando en ella, y el día pasó como otro cualquiera.
Yo continué con mi vida desordenada, una vida en la que lo único que era habitual eran las fiestas, el alcohol y el sexo, casa vez que salía de fiesta acababa con una persona diferente y con un tremendo dolor de cabeza, cosa de lo que no estaba nada contenta, pero desgraciadamente se había convertido en mi vida.
Un día de esos en los que necesito desaparecer de algún modo cogí mis guantes, la bufanda, el gorro y el abrigo y me dispuse a pasear bajo la Luna. Estos paseos me hacían olvidarme de todo, dejar atrás los problemas y simplemente ser feliz. Me dedicaba a sentarme junto al río y a mirar la Luna. Tiraba piedrecitas, corría, gritaba…solo existía yo, disfrutaba de aquellas noches donde todo era perfecto. Aquel día, mientras paseaba, notaba el frío en mi cara, sensación para mi muy gratificante en algunas ocasiones, y decidí meter las manos en los bolsillos del abrigo. Allí dentro tenía de todo: unas monedas, el envoltorio de un caramelo, un mechero, una entrada de cine y un papel. Un papel que no recordaba haberlo metido allí, ni sabia de que era. Estaba plegado y parecía no ser muy antiguo.
Decidí abrirlo y ponía “espero volverte a ver” y un numero de teléfono. Nunca había leído ese papelito, no sabia de quien podía ser aquello. En un principio pensé que podía se de cualquiera con quien hubiese hablado algún día de fiesta. Empecé a hacer memoria y pronto recordé que hacia bastante tiempo que no me ponía aquel abrigo, que la última vez fue cuando vi a aquella chica en el metro, por lo que supuse que seria de ella. No sabía que hacer, como reaccionar…mi primer impulso fue coger el móvil y marcar los números, pero eran las doce de la noche, así que decidí esperarme a la mañana siguiente. Durante toda la noche no pude pegar ojo, estuve todo el tiempo dando vueltas por la cama pensando que decirle al día siguiente.
Otro día más...
- ¡Hola! – dijo de una manera muy amigable.
Levanté la cabeza y fui fijándome en cada centímetro de su ser con mi cansada vista. Tenia el pelo largo y ligeramente ondulado, era castaña con reflejos caoba. Su rostro reflejaba felicidad. Ojos marrones, cejas perfectamente alineadas, pómulos con un ligero toque de color rosado y un abrigo que cubría todo su cuerpo. Se sentó en frente de mí y se quedó mirándome:
- Tienes cara de haberlo pasado muy bien esta noche – soltó con su dulce vocecilla y finalizó con una sonrisa.
Efectivamente había estado toda la noche de fiesta, sin dormir, me había pasado con el alcohol y ahora un tremendo solo de cabeza se apoderaba de mi y me impedía pensar con claridad. Volví a mirarla a los ojos y vi la esperanza que tenia a que yo le contestase. No tenía nada mejor que hacer, así que entablamos una conversación durante el resto del trayecto. La verdad es que me había topado con una persona muy agradable con la que fácilmente se puede estar horas y horas hablando. Le conté todo lo que había hecho aquella noche y ella me escuchaba atentamente. Me daba confianza y le hablaba como si la conociese de toda la vida. Cuando estaba en un punto en el que su presencia ya no me incomodaba, sino que se había convertido en algo imprescindible se levantó, me beso en la mejilla y se susurró al oído:
-Es mi parada, nos volveremos a ver.
Me quedé paralizada, no quería que se fuese, pero cuando reaccioné ya esta saliendo por la puerta. No sabía ni su nombre, de donde era ni su edad, no sabía nada de ella, mientras ella se había enterado de todo lo que había hecho por la noche. Aquel momento fue como cuando un amigo tuyo de toda la vida se despide de ti y sabes que no volverás a verlo. Un par de paradas más y fue la hora de que yo bajase del metro. Anduve de camino a mi cada pensado en ella, en donde podría vivir, como se podría llamar…
Al llegar a mi casa mi familia me impidió seguir pensando en ella, y el día pasó como otro cualquiera.
Yo continué con mi vida desordenada, una vida en la que lo único que era habitual eran las fiestas, el alcohol y el sexo, casa vez que salía de fiesta acababa con una persona diferente y con un tremendo dolor de cabeza, cosa de lo que no estaba nada contenta, pero desgraciadamente se había convertido en mi vida.
Un día de esos en los que necesito desaparecer de algún modo cogí mis guantes, la bufanda, el gorro y el abrigo y me dispuse a pasear bajo la Luna. Estos paseos me hacían olvidarme de todo, dejar atrás los problemas y simplemente ser feliz. Me dedicaba a sentarme junto al río y a mirar la Luna. Tiraba piedrecitas, corría, gritaba…solo existía yo, disfrutaba de aquellas noches donde todo era perfecto. Aquel día, mientras paseaba, notaba el frío en mi cara, sensación para mi muy gratificante en algunas ocasiones, y decidí meter las manos en los bolsillos del abrigo. Allí dentro tenía de todo: unas monedas, el envoltorio de un caramelo, un mechero, una entrada de cine y un papel. Un papel que no recordaba haberlo metido allí, ni sabia de que era. Estaba plegado y parecía no ser muy antiguo.
Decidí abrirlo y ponía “espero volverte a ver” y un numero de teléfono. Nunca había leído ese papelito, no sabia de quien podía ser aquello. En un principio pensé que podía se de cualquiera con quien hubiese hablado algún día de fiesta. Empecé a hacer memoria y pronto recordé que hacia bastante tiempo que no me ponía aquel abrigo, que la última vez fue cuando vi a aquella chica en el metro, por lo que supuse que seria de ella. No sabía que hacer, como reaccionar…mi primer impulso fue coger el móvil y marcar los números, pero eran las doce de la noche, así que decidí esperarme a la mañana siguiente. Durante toda la noche no pude pegar ojo, estuve todo el tiempo dando vueltas por la cama pensando que decirle al día siguiente.
Otro día más...





