Perdidas
Era una noche estrellada, se podía contemplar casi todos los astros, tan sólo faltaba Saturno para que la vista fuese perfecta. Los tres estábamos muy relajados, tumbados en el suelo, lejos de las luces de la ciudad. Y pasaron estrellas fugaces para pedir deseos... Fue un gran momento de tranquilidad, donde te podías sentir verdaderamente pequeño y pensar que podría haber vida allá afuera. Un tremendo estruendo hizo retumbar el suelo y levantarnos de un sobresalto, olvidando la paz que habíamos alcanzado durante un largo momento. ¿Qué fue aquello? Un coche se acercaba cada vez más hacia dónde estábamos nosotros, nos apartamos de su camino pero empezó a perseguirnos subido a aquel auto. Corrimos hasta no poder más, hasta que nuestro guardaespaldas digo: Marchaos. Nos alejamos, perdiéndonos en la oscuridad y lo atraparon. Lo metieron a la fuerza en aquel todoterreno, echaron un vistazo por si nos veían, pero estábamos bien camufladas entre los matorrales de aquel lugar tan siniestro, tan oscuro...
Asustadas más que nunca, y desesperadas porque estábamos solas de nuevo, empezamos a andar, andar y andar, hasta que nuestros pies se volvieron torpes y caimos rendidas en medio de la nada. Cuando despertamos, nos encontramos en pleno desierto, no sabíamos por dónde habíamos venido, ni nos dimos cuenta en su momento, sumidas en nuestro cansacio y desesperación por alejarnos, de haber entrado en el enorme desierto de Sahara. No sabíamos hacia donde ir. En algún momento el desierto tiene que terminar, pensamos. Y proseguimos caminando, sin rumbo, hacia una salida. No llevábamos ni agua, ni alimentos; pronto nos entró la fatiga y la sed, era una prueba de fuego de amistad, valor y optimismo. Yo caí deshidratada, y perdí el conocimiento. No sé el martirio que debió de pasar Paula, pero cuando me volvió la conciencia, me encontré en una choza sencilla, una especie de tienda echa con sedas naturales; me llamó la atención su peculiar aroma a especias y agua caliente, que me recordaba un poco a aquel mercado público de Aaiún. Proseguí a levantarme, me pesaba el cuerpo, pero pensar en lo que le podía haber pasado a Kalie me hizo sacar fuerzas de ninguna parte. Salí de la tienda, estaba pisando desierto, no veía a nadie, estaba en medio de las dunas, con un viento brutal que provocaba a la arena a saltar sobre mí. No pude evitarlo, me entró el miedo, estaba pálida, blanca.
De repente, a lo lejos, pude observar un dromedario con un viajero vestido de azul, cada vez estaba más cerca. Agité los brazos, hice señales, pero ni se inmutaba. ¿Era un espejismo? Me encontraba cansada, así que me metí en la tienda. Entonces, unas risas en el exterior rompieron el silencio, salí y vi a Kalie, junto a un tuareg de piel blanca, con una sonrisa de oreja a oreja; traían agua y noticias de la comunidad tuareg. El desconocido para mí no hablaba ni español, ni francés, ni suahili, ni inglés: italiano.
Asustadas más que nunca, y desesperadas porque estábamos solas de nuevo, empezamos a andar, andar y andar, hasta que nuestros pies se volvieron torpes y caimos rendidas en medio de la nada. Cuando despertamos, nos encontramos en pleno desierto, no sabíamos por dónde habíamos venido, ni nos dimos cuenta en su momento, sumidas en nuestro cansacio y desesperación por alejarnos, de haber entrado en el enorme desierto de Sahara. No sabíamos hacia donde ir. En algún momento el desierto tiene que terminar, pensamos. Y proseguimos caminando, sin rumbo, hacia una salida. No llevábamos ni agua, ni alimentos; pronto nos entró la fatiga y la sed, era una prueba de fuego de amistad, valor y optimismo. Yo caí deshidratada, y perdí el conocimiento. No sé el martirio que debió de pasar Paula, pero cuando me volvió la conciencia, me encontré en una choza sencilla, una especie de tienda echa con sedas naturales; me llamó la atención su peculiar aroma a especias y agua caliente, que me recordaba un poco a aquel mercado público de Aaiún. Proseguí a levantarme, me pesaba el cuerpo, pero pensar en lo que le podía haber pasado a Kalie me hizo sacar fuerzas de ninguna parte. Salí de la tienda, estaba pisando desierto, no veía a nadie, estaba en medio de las dunas, con un viento brutal que provocaba a la arena a saltar sobre mí. No pude evitarlo, me entró el miedo, estaba pálida, blanca.
De repente, a lo lejos, pude observar un dromedario con un viajero vestido de azul, cada vez estaba más cerca. Agité los brazos, hice señales, pero ni se inmutaba. ¿Era un espejismo? Me encontraba cansada, así que me metí en la tienda. Entonces, unas risas en el exterior rompieron el silencio, salí y vi a Kalie, junto a un tuareg de piel blanca, con una sonrisa de oreja a oreja; traían agua y noticias de la comunidad tuareg. El desconocido para mí no hablaba ni español, ni francés, ni suahili, ni inglés: italiano.





