Viaje a Islandia
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Preparativos
¿Pensando en viajar a Islandia? ¿Te rondan mil preguntas por la cabeza? ¿No tienes ni idea de lo que vas a encontrar? Pues aquí estamos dispuestos a compartir nuestra experiencia por el país de los hielos. Otros diarios de viaje nos ayudaron un montón a preparar el nuestro, así que nos hemos decidido a colaborar. Esperamos que te sirva de ayuda ¡y no resulte demasiado pesado!
Belén y Miguel.

ANTES DE EMPEZAR EL VIAJE – Dudas comunes

DATOS GENERALES – En Islandia se conduce por la derecha, los enchufes son igual que en España, el agua es potable en todos lados (en algunas sitios huele a huevo podrido pero sigue siendo potable), el idioma es el islandés (totalmente incomprensible) aunque el 99% de la gente habla inglés, apenas existen los delitos, en verano no se pone el sol y para llamar a casa sólo hay que activar el servicio de roaming de tu compañía de móvil. Parecen tonterías, pero son dudas que surgen fácilmente cuando viajas a un sitio tan desconocido. Ah! En cuanto te alejas de las pequeñas zonas urbanas deja de haber cobertura (gran parte del país).

DINERO – En Islandia manejan coronas (krn) pero es fácil calcular cuánto cuestan las cosas si aún te acuerdas de las pesetas. 1 corona equivale a 2 pesetas, así que no hacen falta calculadoras. Eso sí, los precios son para echarte a temblar. Islandia es uno de los países más caros del mundo, tanto, que por una bolsita de patatas fritas te cobrarán 210 krn (420 pts) o por un plato de pescado 2000 krn (4000 pts – sólo por el pescado, suma a eso bebida, postre, café…). ¡¡Mentalízate!!

ALOJAMIENTO – Dado lo caro que está todo, el alojamiento es sorprendentemente asequible. La mejor opción, sino quieres dormir en camping, son los hostales, las granjas y las “guesthouses”, repartidas por todo el país. Las casas en Islandia son bastante grandes, así que la gente alquila las habitaciones para los turistas. Normalmente tienes derecho a baño compartido y a uso de la cocina pero en casi ningún sitio hay que compartir habitación con desconocidos. En muchas te dan opción a desayuno (cobrando aparte, claro) y puedes elegir entre tu saco de dormir (sleeping bag) o edredón nórdico (made-up bed). Para echar un vistazo: http://www.farmholidays.is, aunque en las oficinas de información suelen tener los folletos de todas ellas (aunque el de las granjas viene sin teléfonos). Los precios oscilan entre 2300 y 4500 krn por persona y noche. Los más barato son los hostales llevando el carnet de alberguista (http://www.hostel.is/), aunque estos es super necesario reservarlos con antelación.

VEHÍCULO – Si realmente se quiere conocer toda Islandia, el 4x4 es completamente necesario. En cuanto se abandona la Ring Road, que es la carretera que da la vuelta a la isla, prácticamente todos los recorridos se hacen por pistas de tierra. Algunos son válidos para coches normales (a la entrada de cada camino lo suele especificar) pero si no quieres pasarte el viaje preocupado por los pinchazos o encontrarte que no puedes llegar al sitio al que querías ir, alquila el 4x4; es dinero muy bien empleado.

CLIMA – Seguro que éste es el gran temor de mucha gente que vaya a viajar para allá pero la cosa tampoco es tan grave. En verano, las temperaturas están entre 8º de mínima y 15º de máxima, aunque todo depende de la suerte, puede haber 23º en Junio o pillarte una semana entera de lluvia. Lleva siempre a mano un buen forro polar y chaqueta y pantalones impermeables por si acaso aparece de pronto la lluvia. Ah! Y unas buenas botas de montaña. Si planeas hacer rutas de varios días andando o en bicicleta también se recomienda llevar zapatillas de surf para cuando haya que cruzar ríos.


PLANEANDO EL VIAJE – Compras, compras, compras

¿POR QUÉ ISLANDIA? - Elegir Islandia como destino es elegir naturaleza: cascadas, volcanes, glaciares, fiordos… un paisaje muy diferente al resto de Europa (incluso Escandinavia). Lo primero es decidir qué se quiere hacer y cuánto tiempo va a durar el viaje porque no es lo mismo seguir los pasos de los vikingos y las sagas que patearse los parques naturales. La mayoría de la gente se organiza viajes de 7 u 8 días y rodea la isla siguiendo la Ring Road, pero a nosotros nos pareció poco y decidimos alargar el viaje a 15 días, para poder llegar a los fiordos del oeste (donde no llega la Ring Road) y tener tiempo de hacer todo el senderismo posible.

FECHAS - Elegimos ir en Julio, del 14 al 28, para encontrarnos allí con la mejor temperatura y porque en otra época que no sea verano todo el país funciona a medio gas, muchas carreteras están cortadas (es imposible acceder al interior del país) y hace demasiado frío. Los meses de Julio y Agosto no hay problemas, en Junio conviene consultar como anda la cosa y ya en Septiembre puede empezar a haber complicaciones y carreteras cerradas.

AVIÓN - Compramos los billetes por Internet allá por el mes de mayo. Lo mejor que encontramos fue con Icelandair, una compañía islandesa que en verano oferta vuelos directos desde Madrid, Barcelona y Alicante a Keflavik, el aeropuerto internacional islandés (www.icelandair.es). Ida y vuelta: 430 euros (desde Alicante incluso más barato), que no está nada mal y te ahorras la noche en el aeropuerto de Londres-Copenhague-Amsterdam que suelen ser las conexiones tradicionales.

COCHE Y ALOJAMIENTO - El 4x4 lo alquilamos también por Internet en www.beneluxcar.com para recoger en el mismo aeropuerto el día 14 al llegar y devolver, también allí, el día 28 al irnos. Además, reservamos por adelantado sitio donde dormir las 2 primeras noches y decidimos ir a la aventura el resto del viaje para no estar atados a un plan previo. En todos sitios se decía que no había problemas para encontrar alojamiento aunque resultó no ser del todo cierto.
Como el avión aterrizaba a las 2 a.m reservamos el hostel de Njardvik a unos 5 minutos en coche del aeropuerto para empezar nuestro viaje por Reykiavik al día siguiente. La segunda noche el destino era el hostel de Laugarvatn y a partir de ahí, a dormir donde estuviéramos.

COMPRAS - Los últimos preparativos, aparte de forrarnos a comprar ropa de invierno cuando las tiendas se llenaban de bañadores, fueron elegir guía y mapa. Aunque las oficinas de turismo funcionan bastante bien, no está de más llevar información extra e ir familiarizándose con los nombres de las ciudades más importantes. El mapa lo compramos en la Tienda Verde (www.tiendaverde.es) y lo elegimos sobre todo porque marcaba con iconos bien grandes dónde había gasolineras. (Quién nos iba a decir que nos resultaría tan útil!!). La guía elegida, después de inspeccionar unas cuantas, fue la Rough Guide, que a lo normal de una guía, añade historias curiosas, datos de interés (alojamientos, restaurantes, empresas de excursiones… con precios y teléfonos), muchos datos sobre cómo moverse por el país en bus, etc. La única pega es que está en inglés y tuvimos que encargarla porque no la tenían en ninguna tienda.

MALETA – Cosas que no podían faltar: el bañador (hay piscinas de agua caliente por todos lados) y la ¡comida escondida! Está prohibido meter en Islandia carne sin cocinar (aunque todo el mundo lo hace), así que, por precaución metimos lo que llevábamos entre la ropa de la maleta. Como pretendíamos comer todo el tiempo posible con lo que llevábamos de Madrid, nuestras existencias se componían de: mogollón de fiambre, bollos para desayunar (allí NO HAY BOLLOS, desayunan cereales) y 2 maravillosas latas de fabada que nos iban a hacer las personas más felices del mundo cuando les llegara su turno.

Y cuando tras tanto preparativo ya parecía que el viaje no llegaría nunca ….. LLEGÓ!!

14 JULIO 2007 – MADRID/KEFLAVIK/NJARDVIK

Con una hora de retraso y a eso de las 23:30 dejábamos Madrid y poníamos rumbo a Islandia. Era noche cerrada. 3 horas 35 minutos después llegábamos a Keflavik a plena luz del día (como si fueran las 9 de la mañana). Corrimos a cambiar dinero en el mismo aeropuerto (cambiamos todo lo que llevábamos) y salimos de la terminal en busca de nuestro coche. La primera sensación fue: “¿y este es el frío islandés?” Una agradable temperatura primaveral nos recibió al salir del aeropuerto y nos acompañaría toda la primera semana de viaje. Nuestros relojes (convenientemente atrasados dos horas) marcaban la hora local: 2 a.m. Recogimos el flamante Toyota RAV4 de color dorado, que nos pareció capaz de atravesar la luna, y partimos a dormir el tiempo que pudiéramos. Resueltas las dudas básicas de cómo conducir un coche automático, localizamos el hostel de Njardvik en seguida y despertamos a los pobres alemanes que dormían plácidamente en la habitación compartida. Desembalamos nuestros sacos y disfrutamos de nuestra primera noche iluminada.
 
DÍA 1. Reykjavic-Gullfoss-Kerlingarfjöll
Cuando salimos de la caseta del Hostel de Njardvik lucía un sol espléndido y había muy pocas nubes en el cielo. Animados y sorprendidos nos pusimos rápidamente camino a Reykjavic, 45 km desde el aeropuerto internacional a la capital por autovía de dos carriles por sentido, única en su especie en toda Islandia. Dejamos a la derecha el desvío a la Blue Lagoon, prevista para el último día de viaje, y a la izquierda, el día claro permitía ver en la lejanía el volcán Snaefellsjökull, con su cumbre perpetuamente nevada.

Nuestra primera parada en Reykjavic fue la cúpula de Perlan, desde donde se tienen unas buenas vistas de la ciudad, y te haces una idea de su tamaño y distribución. Comparado con Madrid, la primera impresión es la de un pueblo costero grandecito, casas de no más de tres alturas y varias torres de iglesias dispersas. La bahía (Reykjavic significa “Bahía Humeante”), los lagos y las montañas al fondo le dan un entorno muy bonito.



Al bajar aparcamos el coche al lado de la catedral, moderna y fea, y subimos a la torre, pagando los únicos tickets de todo el viaje, unas 350 kr (4€) por persona. Desde allí fuimos andando al centro y nos dimos una vuelta por las calles comerciales, con muchos bares y terrazas, y los parques abarrotados de gente. Comimos unos bocatas sentados en el césped y decidimos marchar ya hacia Laugarvatn, donde teníamos reserva para esa noche.

La carretera asfaltada desapareció en cuanto hubo un desvío hacia el interior, y la pista de tierra nos llevó a una “ciudad” de siete u ocho casas a la orilla de un gran lago. Encontramos el Hostel fácilmente, bastante bueno y acogedor (4700 kr, unos 55€ por una habitación doble en modo sleeping bag, donde tienes cama con colchón pero sin sábanas, así que duermes en tu saco).
Sólo era media tarde, así que nos fuimos hacia Gullfoss, la primera gran cascada y parada obligatoria sin duda. Se trata de un río de más de 100 metros de ancho que baja en aguas rápidas y desemboca en una larga cascada de 10 metros de altura y ésta en otra mayor con tanta potencia que el río que se desliza desde ella solo se ve muchos metros más allá, cañón abajo. Lo bueno de las cascadas islandesas es que te puedes acercar hasta donde te atrevas y prácticamente tocarlas con las manos. En Gullfoss hay un camino marcado, pero verás cómo la gente se mete entre los recovecos, por las rocas, y llegan al borde de la caída. Nos pasamos un buen rato observándola desde distintas alturas.



En Perlan habíamos visto una postal tentadora de unas montañas rojizas en un lugar llamado Kerlingarfjöll, y parecía estar cerca de allí según el mapa. Resultaron ser 60 km de carretera F, recomendadas solo para 4x4, lo cual implica vadeos de ríos, socavones, piedras y bastante polvo, así que no hagáis como nosotros y mantened las ventanillas cerradas; estuvimos sacando polvo de la maleta hasta el último día. Conducir por estas pistas es ya una aventura en sí, y todas las penurias de las carreteras F quedan compensadas por los lugares a los que llevan, los menos turísticos y más espectaculares de Islandia.
La F35 discurría paralela al glaciar Langjökull, a través de un paisaje montañoso lleno de colores que el sol de la tarde realzaba. Unos cuantos ríos poco profundos que aportaron emoción y algo de temor por ser los primeros y ya empezábamos a divisar unos picos anaranjados manchados por todas partes de blanco por los neveros. La carretera naranja del mapa dio paso a una color blanco, dos niveles por debajo en cuanto a accesibilidad. Por una pista naranja se puede circular con un turismo yendo con cuidado, pero por las amarillas y blancas es una temeridad y cualquier avería te puede costar un disgusto y un riñón.
El glaciar Langjökull se fue quedando a la espalda, y ante nosotros cada vez más cerca esas montañas encendidas con el recién aparecido glaciar Hofsjökull al lado. Algunas manchas verdes de hierba que justificaban la presencia de grupos de ovejas, siempre de tres en tres -todo un misterio- columnas de humo procedentes del agua hirviendo del subsuelo y sobre todo los colores de las montañas, encendidos por las 5 horas de atardecer del verano islandés.



Allí estuvimos un buen rato y sobre las 11 de la noche comenzamos el regreso con el sol en los ojos para hacer un poco más complicada la conducción. Hora y media después, ya con el sol detrás del glaciar, llegamos a Geysir y decidimos aprovechar la claridad de medianoche para disfrutar casi en soledad de uno de los lugares más turísticos y concurridos de Islandia. Muchas ollas humeantes en el suelo, pero solo el géiser Strokkur nos deleitó en varias ocasiones con su chorro hirviente de 30 metros de altura. Fue la guinda a un tremendo primer día de viaje.
 
DÍA 2. Thingvellir-Seljalandfoss-Törsmork
Entusiasmados por todo lo visto el primer día, salimos de Laugarvatn dirección Thingvellir, una de las zonas más turísticas y queridas del país puesto que es un símbolo de la independencia islandesa. Thingvellir significa “llanura de la asamblea” y era el lugar donde una vez al año y desde el 930, se reunían los jefes islandeses para discutir los problemas del país. Durante un par de semanas la zona se llenaba de visitantes, campamentos, tiendas... Una bandera islandesa marca el lugar desde el que el portavoz de la asamblea leía las leyes al resto del pueblo.
El hecho no sería más que una curiosidad sino fuera porque el lugar elegido es la falla que separa la placa americana de la euroasiática. ¡Y se puede caminar por dentro! El “pueblo” de Thingvellir se sitúa junto a la placa americana pero hay caminos marcados que llevan hasta la europea unos 3 km más allá. Entre medias, el lago Thingvallavatn, ya de por sí el más grande de Islandia, crece 1,5 cm cada año al ir separándose las placas. Desde luego merece la pena caminar por el interior de una falla rodeado de enormes paredones.


Después de comer disfrutando de otro día soleado, empezó la búsqueda de alojamiento. Una granja en el pueblo de Hvolsvollur parecía la mejor opción y además teníamos muchas ganas de ver cómo funcionaba la red de alojamientos rurales islandeses. De camino al pueblo, una señal con el símbolo de lugar de interés y varios autobuses aparcados nos hicieron desviarnos a investigar. Un consejo, cada vez que veas una de estas señales ¡DESVÍATE! Nos encontramos con el volcán Herid y su cráter inundado que los islandeses usan para cría de peces. El paseo de 15 minutos justo por el borde del cono es una gozada.

Una vez instalados en nuestra granja (en una habitación de lo más lujoso, con edredones nórdicos) continuamos hacia Seljalandsfoss para aprovechar las horas de luz. Cada día de tu viaje a Islandia verás cascadas y cada una te parecerá mejor que la anterior porque todas tienen algo especial. Seljalandsfoss, a sólo 400m de la Ring Road, permite caminar por detrás de su cortina de agua. Eso sí, acércate con chubasquero o acabarás empapado.

Empezaba el largo atardecer islandés y no teníamos la menor gana de irnos a dormir así que pusimos rumbo a Torsmork por una carretera sólo apta para 4x4. El Parque Nacional de Torsmork es famoso por ser principio y final de algunas de las rutas a pie más populares del país. Si te gusta el senderismo y tienes tiempo, no puede haber mejor manera de pasar algunos días de marcha. Landmannalaugar-Torsmork (4 días) y Torsmork-Skogar (2 días) son las mejores. Lamentablemente, no podemos hablar de lo bonito que es Torsmork porque fuimos vencidos por el camino. Es muy emocionante avanzar por caminos difíciles y cruzar ríos hasta que... ¡te quedas encallado en uno! Después unos minutos intentando avanzar hacia cualquier parte, conseguimos salir marcha atrás, pero el mal rato no nos lo quitó nadie. Justo en ese momento apareció un enorme autobús (con ruedas aún más enormes) y cruzó sin problemas nuestro río. Envalentonados, seguimos sus huellas y topamos poco más allá con otro río en el que... ¡volvimos a quedar encallados! La suerte hizo que la marcha atrás volviera a funcionar tras varios intentos, pero el susto nos hizo desistir y dejamos descansar al 4x4 mientras explorábamos la zona andando. El camino es una maravilla con sus cascadas, ríos y lenguas glaciares, imagina cómo será Torsmork.



Con ganas de olvidarnos de los ríos y siguiendo las indicaciones que nos dieron en un aeródromo, nos dirigimos al faro que se asoma a las islas Vestmannaeyjar o “islas de los hombres del oeste”, llamadas así porque estuvieron pobladas por esclavos ingleses (hombres del oeste para los vikingos) que habían escapado de sus captores islandeses. Descartamos cruzar hasta las islas (hay ferrys desde varios puntos) pero seguro que merecen una visita aunque sólo sea por ver lo que queda de una de las erupciones más recientes del país, la de 1973, que obligó a evacuar las islas. Además, la isla más a la derecha, Surtsey, emergió del mar en otra gran erupción en los años 60 y todavía hoy sólo se permite el paso a científicos.

Nuestra idea era llegar hasta la costa para ver mejor las islas, pero una vez más y por tercera vez en la tarde, ¡encallamos! Esta vez, la arena fue la culpable. Descubrir que tu coche no tiene tracción a las 4 ruedas cuando la arena llega ya hasta las puertas, es como mínimo... incómodo. Ni cavar ni apuntalar las ruedas con maderos estaba funcionando cuando por el camino apareció un 4x4 (de los de verdad) conducido por la gente del aeródromo que venía en nuestro rescate. La amabilidad de la gente no dejó de sorprendernos en todo el viaje; preocupados por si llegábamos bien, se habían quedado observándonos y no se pensaron un momento el venir a ayudarnos. Un par de tirones y nuestro coche (que ya no nos parecía tan estupendo) quedó libre.

Una lata de fabada nos consoló de nuestras penas del día y nos fuimos a la cama con mucho más respeto por la naturaleza islandesa.
 
DÍA 3. Hekla-Landmannalaugar-Eldgjá
Sobre las 10 de la mañana abandonamos el asfalto ya para todo el día, aunque las primeras pistas de tierra eran naranjas y permitían circular a buena velocidad, a unos 80 km/h. En seguida apareció el Hekla por la derecha, aquel que llaman “el enmascarado” por estar siempre cubierto por las nubes. Nuestra suerte con el tiempo se mantenía, un día claro y soleado mostraba el volcán en toda su dimensión, y la carretera lo iba rodeando hasta llegar al cruce con la F225 que lleva a Landmannalaugar. Un cartel explicativo advertía de la complejidad del camino, carretera de 50 km solo apta para 4x4 y varios ríos atravesándola. Aún así nos cruzamos con más de un turismo por el camino.

El paisaje se volvió lunar casi sin aviso, cenizas negras alfombraban el suelo y un mar de rocas de lava dispersas llenaban la vista hasta la cumbre nevada del Hekla, que se iba alejando poco a poco.



Hicimos algunas paradas por el camino para disfrutar de aquel lugar y pisar ese suelo blando tan peculiar generado por erupciones no tan antiguas como uno se imagina. Igual que vino el negro del paisaje se fue de repente y comenzaron los ríos, el verde y, por supuesto, las ovejas, de tres en tres. Los vadeos no presentaron problemas y el viaje se convirtió en una delicia para los ojos, ya empezaban a atisbarse las maravillas que habíamos leído de Landmannalaugar. Justo antes de llegar al camping, destino final, había un río de gran profundidad que invitaba a aparcar allí mismo y seguir a pie el medio kilómetro que restaba, pero envalentonados por otros todo terrenos que cruzaban con el agua casi por las ventanillas decidimos atravesarlo y nuestro bólido respondió como un titán y llegó al aparcamiento. En el camping puedes encontrar mapas e información y de allí parten varias rutas de poco duración y el famoso Laugavegur de 55 km hasta Torsmork, considerado el mejor trekking del mundo. Decidimos hacer una ruta circular de unas 3 horas de duración que recorría la primera parte del Laugavegur. Después de una pequeña subida el sendero discurre entre un campo de lava que supera la altura de cualquier persona y termina, sin transición, en un enorme llano repleto de flores, pastos, ovejas y riachuelos rodeado por esas montañas rojas y doradas de Landmannalaugar, salpicadas de neveros.



Dando por hecho que el camino circulaba por ese precioso campo floreado seguimos adelante hasta una cascada que se veía a lo lejos. Allí sacamos los bocatas y descansamos tirados al sol, en pantalón corto y camiseta, prácticamente solos. Al emprender el regreso nos llamó la atención una columna de humo que salía del suelo y fuimos a investigar. Al acercarnos se percibía el sonido del burbujeo y, efectivamente, allí bullía una pequeña olla natural de agua hirviendo que al caer por la ladera de la montaña dejaba un rastro caliente de colores ocres, grises y verdes y se mezclaba más abajo con el agua fría de los ríos.
Indagamos un poco más allá y aparecieron nuevos hervideros, algunos del diámetro de un hula-hoop, agua hirviendo entre neveros y ríos helados y un intenso olor a huevos podridos que se aprecia a mucha distancia. Cuando regresamos a la altura del campo de lava nos dimos cuenta de que no habíamos seguido el Laugavegur, así que lo cogimos un trocito más hasta una cima desde la que se aprecian todos esos mundos tan diferentes juntos en un kilómetro cuadrado. El camino de bajada transita por un cañón de paredes naranjas, grises y verdes y llega sin dificultad de vuelta al camping, punto de partida de un Laugavegur que algún día recorreremos entero.

Al poner en marcha el coche empezó a sonar un infernal ruido de rotura total de los bajos. Se nos puso la cara blanca y pusimos cuerpo a tierra para comprobar que allí no había nada descolgado, pero el ruido se mantenía y por más que mirábamos no había nada extraño. A punto ya de llorar se nos acercó un austriaco y nos dijo que si podía echar un vistazo. Con el cielo abierto por aquella abrumadora solidaridad pusimos la mecánica en sus manos y el tipo empezó a sacar piedrecitas de entre los discos del freno y las llantas, nos explicó que era un problema frecuente por esos caminos y nos dijo que arrancásemos a ver que tal. Música celestial. Tremendamente agradecidos seguimos carretera adelante, continuando ahora por la F208, con intención de llegar a Vik o alrededores. Más ríos, peor carretera, y una densa niebla que ralentizaron la marcha y empezaron a hacernos dudar de llegar antes de medianoche a cualquier lugar habitado. Además queríamos hacer una parada en Eldgjá, sin saber muy bien lo que era. Cuando llegamos no había nadie en la pequeña explanada que hace de aparcamiento. Unos 20 minutos de sendero en solitario a través de un valle entre la niebla hasta llegar a una cascada con doble caída bastante caudalosa. La bautizamos como la cascada del mono, porque tiene un aspecto parecido al monte Rushmore, pero en vez de presidentes parecen esculpidas las caras de un mono gigante y un cosaco ruso más una tercera figura abstracta.



La niebla, las caras, el estruendo del agua y la soledad lo convierten en un lugar misterioso que nos encantó ver, aunque nos costara dormir en el coche, porque eran ya más de las 9, no teníamos nada reservado y estábamos a 2 horas de pista amarilla de la civilización. Un cartel en medio del monte anunció entonces la presencia de alojamiento en las inmediaciones. Llegamos a un camping que tenía cabañas de madera para 6 personas y tuvimos suerte de que hubiese alguno libre. Nos costó 6000 kr (72 €) en modo sleeping bag.

Cenamos en nuestra cabañita y fuimos a dar una vuelta. Aparecieron una pareja de zorros pequeñitos que parecían las mascotas del camping, y hacían las delicias de los niños. Nuestro paseo “nocturno” no tenía ninguna pretensión, pero a unos 200 metros colina arriba empezaba a verse vapor de agua emergente de un cañón, lo cual solo podía significar la presencia de otra gran cascada. Así fue, una gran corriente de agua se precipitaba con gran violencia en una poza encajonada entre paredes verticales de veinte metros de alto. Además toda la zona estaba cubierta por ese musgo tan denso que parece esponja y tumbarse sobre él encima de una roca era como estar en un colchón. Volvimos a nuestra cabañita y dormimos como benditos con los recuerdos recientes de un día fantástico.
 
DÍA 4. Skogarfoss-Dyrholaey-Vik
Después de los kilómetros recorridos por el interior de Islandia, nuestro primer objetivo era encontrar gasolina. Nos dirigimos a Vik, la ciudad más grande de la zona (o sea, 300 habitantes) para después retroceder unos kilómetros por la Ring Road hasta Skogar. Pero antes de llegar, un autobús detenido en medio de la llanura llamó nuestra atención. Y es que Myrdalssandur no es solo una llanura. Montones y montones de pequeños cráteres de entre 2 y 5 metros de altura ocupan el terreno que separa la Ring Road del mar. Una sencilla escalada a la cima de cualquiera de ellos permite una mejor perspectiva del curioso paisaje. Con ganas de más, continuamos hacia Skogar y su cascada Skogarfoss.



Según la leyenda, un jefe vikingo escondió un enorme tesoro tras la cortina de agua para protegerlo de sus enemigos y aún hoy pueden verse los reflejos dorados a través de la cascada. Nosotros no vimos ni rastro del oro, pero nos encontramos con los arco iris más impresionantes y cercanos que habíamos visto nunca. Los 62 metros de caída de Skogarfoss hacen que el agua se disperse a su alrededor formando arco iris superpuestos en los días soleados. Una empinada escalera de metal sube hasta la cima de la cascada y se convierte en el principio/final de la ruta Skogar-Tosmork. A mitad de escalera, un mirador deja la mejor vista de la cascada. Merece la pena trepar hasta lo más alto y recorrer (una vez recuperado el aliento) la rivera del río unos metros para encontrarse con otra pequeña cascada y morirse de envidia viendo llegar a los valientes que acaban la ruta de 2 días, armados con enormes mochilas, agotados, pero satisfechos, y que…. ¡te saludan en español! La casualidad hizo que coincidiéramos con un par de grupos de españoles que acababan en aquel momento su ruta. Después de intercambiar anécdotas y saludos, nos despedimos, dejándoles abrazándose y descansando en la hierba ya libres de arrastrar el peso de las mochilas.

De regreso a Vik el viaje se convirtió en un “día de playa”. La costa sur de Islandia guarda algunos de los paisajes más curiosos y espectaculares de la isla: playas de arena negra, rocas solitarias en medio del mar, montones de aves de todo tipo…
El primer ejemplo de costa islandesa fue Dyrholaey, una extensa playa flanqueada por formaciones rocosas que se adentran en el mar, rotas en algunos puntos por enormes arcos que podrían atravesarse en barco. Como cada vez que encontramos agua, el paseo descalzos era obligado hasta llegar al extremo más alejado donde la pared de roca nos cerraba el paso. Después de asustar a un nutrido grupo de patitos que descansaban despreocupados sobre la arena (en décimas de segundo se habían alejado mar adentro), curioseamos por las cavernas formadas por la erosión del agua y nos tomamos un descanso tumbados en la playa. En cuanto iniciamos el camino de vuelta, los patitos reconquistaron felices su territorio.



Para nuestra siguiente parada deshicimos el camino recorrido por la mañana y regresamos a Vik. El monte que preside la ciudad supone la frontera entre la zona suroeste de Islandia y los parajes más inhóspitos del este. La colina actúa como frontera natural frenando el avance de las nubes hacia el suroeste y convirtiendo la zona de Vik en una de las más lluviosas del país. Además separa la playa de Vik de la de Reynisfjara, ambas de visita obligatoria.
La playa de Vik no es tan espectacular como la de Dyrholaey pero ofrece la posibilidad de acercarse (probablemente por primera vez en vuestro viaje) a los frailecillos o “puffin” (en inglés, o “lundi” en islandés). Es un pecado visitar Islandia y no conocer a estos pajaritos que son casi un símbolo nacional. Considerados los pingüinos del hemisferio norte, son las criaturas más simpáticas y confiadas que se puedan encontrar. Con sus andares patosos y su peculiar forma de volar, uno podría pasarse horas viéndoles ir y venir en busca de comida. La ladera del monte que limita con la playa de Vik alberga los nidos excavados en la tierra de miles de puffin. Su buen carácter permite sentarse entre ellos sin peligro alguno y en nuestro caso, el lugar se convirtió en un excelente puesto de observación donde comer unos sándwiches.

Terminada la comida retrocedimos para visitar Reynisfjara, probablemente la más espectacular de las tres playas, aunque también sea la más llena de turistas. La erosión aquí ha decidido esculpir las paredes de basalto que limitan la playa, en forma de gigantescos bloques de piedra, a modo de curiosa escalera, como en esos juegos en los que tienes que contar el número de cubos que tiene la figura. Frente a la playa de Reynisfjara, además, se alzan tres enormes bloques de piedra en medio del mar. Nadie sabe muy bien cómo llegaron allí, pero se dice que fueron tres trolls que sorprendidos por el amanecer no fueron capaces de llegar hasta sus refugios en la playa. Toda la costa islandesa está plagada de este tipo de formaciones rocosas, y por supuesto, cada una de ellas guarda su propia leyenda.



La tarde se nos echaba encima y aún nos faltaba visitar Laki, otra de las zonas espectaculares que guarda la naturaleza islandesa, como no, con volcán incluido. Antes de ponernos en camino decidimos informarnos de la ruta por miedo a encontrar ríos peligrosos. En la oficina de turismo de Kirkjubaejarklaustur (en serio, ése es el nombre de la ciudad!!) nos aconsejaron no intentarlo y nos ofrecieron un servicio de autobuses que salía cada mañana. Un poco decepcionados renunciamos a la excursión y empezamos a buscar alojamiento pero todo parecía completo.
Aunque en muchos foros se dice que no hay problemas para conseguir alojamiento por el país, la verdad es que es conveniente ir reservando al menos con un día de antelación, a no ser que vayáis con vuestra tienda de campaña, en cuyo caso no tendréis ningún problema porque está permitida la acampada libre por casi todo el país. Nosotros habíamos decidido no llevar la tienda de campaña… ¡¡quién nos iba a decir que acabaríamos alquilando una!! Después de ser rechazados en todas las guesthouses de la zona, la gente del camping Skaftafell nos ofreció una tienda no muy cara después de llamar en nuestro nombre a todos los alojamientos en 20 km a la redonda. La amabilidad de los islandeses nos seguía sorprendiendo; la chica que nos atendió nos prestó dos colchonetas y trató de darnos precios e instrucciones ¡en español! La verdad es que para haber estado sólo un mes en Granada estudiando, hablaba fenomenal. Ya de paso, matamos dos pájaros de un tiro porque la recepción del camping actúa como centro de reservas de excursiones por el glaciar Vatnajokull, así que aprovechamos para reservar una caminata por el glaciar para la mañana siguiente.

Si nunca habéis montado una tienda iglú, sabréis por lo que pasamos la siguiente media hora, tratando de averiguar para qué servía cada elemento y sin saber muy bien si la tienda aguantaría si soplaba el viento o empezaba a llover. Aún así, orgullosos de nuestro trabajo echamos a andar en busca de Svartifoss, una cascada a la que se llega desde el propio camping. La pared por la que se precipita Svartifoss, ha sufrido el mismo tipo de erosión que las paredes de Reynisfjara y, aunque la caída no es muy grande, las formaciones cúbicas de la montaña le dan un atractivo especial. Cenamos al pie de la cascada e iniciamos el descenso sin quitar ojo a la enorme masa helada del Vatnajokull, nuestro destino a la mañana siguiente.
 
DÍA 5. Vatnajökul - Jökulsarlón
Había sido una noche dura. Cuando baja el sol también lo hace la temperatura, unos 10 grados menos durante la madrugada, y te pilla de sorpresa en la tienda cuando ya estás dormido y no quieres ni pensar en salir del saco a por un jersey. Nos levantamos temprano porque había que recoger la tienda y estar preparados para la excursión al glaciar, prevista para las 9. En el parking nos ajustamos los crampones y el arnés y un todo terreno nos llevó a pocos kilómetros de allí, a una de las lenguas glaciares que caen del Vatnajökull. El guía nos enseñó a movernos por el hielo y a usar el piolet y marchamos glaciar adentro subiendo y bajando pequeñas montañas heladas y sorteando las profundas grietas que se forman. De vez en cuando se oía un río por debajo del hielo y pequeños pozos de color cyan aparecían constantemente ante nuestro heterogéneo grupo (2 suecos, 3 franceses, el guía islandés y nosotros).



Después de unas 2 horas de marcha paramos a reponer fuerzas con los bocatas y después llegamos al punto culminante de la excursión, un río que serpenteaba con rapidez por el hielo y se perdía en las profundidades en una cascada y un agujero vertical sin fondo visible. Cuando ya la gente estaba impresionada el guía nos dice que va a atarnos con una cuerda al arnés para que bajemos un poco a la altura de la cascada, en la boca del agujero al abismo. Así que inserta un par de clavos en el hielo y uno por uno vamos asomándonos a ese profundo pozo, pasillo hacia el otro mundo de haberse roto la cuerda. Todos nos hicimos la foto y media vuelta a buen ritmo, tanto que al llegar al coche estábamos destrozados, ¡menos mal que elegimos el nivel medio de 5 horas y no el de todo el día como en principio teníamos pensado! Teníamos pensado hacer también una ruta en motos de nieve, pero cuesta unos 120 € la hora, así que pasamos.

Vuelta al camping y salimos hacia la siguiente etapa, el esperado Jökulsarlón, una maravilla al lado de la Ring Road. Desde la carretera casi no se ve, pero en algunos de los huecos que dejan los montículos que lo rodean ya se te escapan algunos improperios halagadores. No pudimos esperar ni a llegar al aparcamiento, paramos en la primera explanada que salía de la carretera y subimos ese montículo casi corriendo sin poder esperar a ver lo que desde el coche se había anticipado. Un gigantesco lago de colores que van desde el cyan al violeta refleja el glaciar que lo enmarca y reposando en sus aguas grandes bloques de hielo flotan tranquilamente.



Los icebergs tienen formas extrañas y caprichosas, pero lo más llamativo son sus diferentes colores, la mayoría blancos, pero los hay también de color cyan de distintos tonos y negros si acumulan tierra volcánica. De nuevo estábamos ante una de las grandes maravillas de Islandia y apenas había gente en esa zona. Se nos ocurrió meter los pies en el agua para relajarlos, pero apenas 2 metros más allá de la orilla el dolor empezó a ser insoportable, y salimos zumbando, morados de rodillas para abajo. Hay un barco anfibio que te lleva por el lago entre los icebergs, no me acuerdo del precio, pero es igual, porque hay que montarse. El nuestro iba hasta arriba de alemanes y una islandesa que hablaba 5 idiomas nos iba contando cosas en alemán y en inglés, el motivo de los colores de los icebergs, el tiempo que tardan en derretirse (unos 7 años), y que la temperatura del agua es de 2 grados y de caer dentro morirías en menos de 30 segundos. Unos 45 minutos de paseo y como todavía teníamos ganas de más y el lago acaba en un río al lado del mar fuimos hacia allá, y cual no sería nuestra sorpresa cuando vemos bloques de hielo flotando en la orilla y las olas rompiendo sobre ellos. Una pasada.
Pero es que después de un rato haciendo fotos de repente aparece por un instante una cabecita con hocico y bigotes entre los icebergs, y luego más claramente 2 focas preciosas se paseaban a escasos 12 metros de la orilla, entrando y saliendo del agua cada pocos metros. Allí nos quedamos, mirando las focas aparecer cada vez en un sitio, entusiasmados por aquel momento y aquel lugar increíbles.

Después de las dificultades del día anterior para encontrar alojamiento esta vez nos habíamos anticipado y teníamos reservada una granja cerca de Höfn, bastante cara, 8000 kr. (95 € la habitación doble, pero con sábanas, almohada y desayuno incluidos). Nos atendió una amabilísima señora que puso a nuestra disposición toda la casa, incluida la nevera, y allí cenamos tan ricamente después de haber vivido un día inolvidable.
 
DÍA 6. Höfn – Fiordos del Este – Lögurinn
Después de escribir en el libro de huéspedes de nuestra guesthouse lo bien que habíamos dormido (éramos los únicos españoles que aparecíamos), aprovechamos la proximidad de Höfn para hacer la compra. Los precios islandeses son prohibitivos, así que nuestra cesta se llenó con un poco de pan de molde, jamón york, arroz, plátanos y galletas de chocolate. ¡Ésta iba a ser nuestra dieta para el resto del viaje!

En la oficina de turismo una chica ¡oriental! nos recomendó algunas rutas a pie por los alrededores, y especialmente interesados quedamos por la zona de Londsoraefi, un precioso valle surcado por el Jökulsa, muy cerca de allí. Según las indicaciones había que llegar a la granja Stafatel detrás de la cual partían los caminos hacia el interior del valle, pero al llegar a aquel punto la familia que regenta los alojamientos nos indicó otro camino para acceder con el todoterreno. La pista se coge justo después del puente que cruza el gran río Jökulsa, y sería sin duda el peor tramo por el que habíamos ido hasta el momento si no fuese porque unos kilómetros después las cuestas casi verticales y la gravilla deslizante se convierten en pendientes de pedruscos como balones de playa y socavones definitivos. Unos 20 metros habíamos conseguido avanzar por ese tramo cuando una mole de ruedas de un metro de diámetro se cruzó en plena bajada. Marcha atrás, cuesta arriba, sin ver los obstáculos. La señora alemana que iba de copiloto en el super todoterreno espacial se bajó y nos ofreció la destreza de su marido para sacarnos de allí, pero nuestro orgullo hispano decidió arriesgar los bajos del coche y salir por medios propios. Así que metro a metro logramos llegar a un rellano, y aquello bastó para aparcar el bólido y seguir a pie, solo que lo mejor de aquellos parajes distaba mucho aún y tras un giro en el camino avistamos una interminable explanada que nos decidió a abandonar aquella excursión e invertir el día en otras latitudes.

Unos kilómetros de coche y la Ring Road se hundió en un túnel en el que entramos acompañados por el sol del sur y del que salimos con la niebla y la llovizna del este.
A partir de este punto, la costa islandesa se convierte en una sucesión de largos fiordos; entrantes y salientes que ralentizan el viaje en coche pero que se convierten en el verdadero paisaje del país.



Granjas de cuento rodeadas de verdes, verdísimas, praderas, ovejas pastando a su antojo, caballos trotando al borde de acantilados que caen al mar y pequeños pueblos pesqueros medio olvidados. Muchas veces se ha propuesto abrir más túneles en los fiordos para evitar las vueltas de la carretera, un temor que persigue a estos pueblos que podrían desaparecer si se aleja a los visitantes de esa manera. Algunos incluso han tratado de no desaparecer del mapa convirtiéndose en sede de fábricas (algunas americanas) que afean un poco el paisaje. Dependiendo del tiempo que tengáis podéis coger un ferry desde Djúpivogur a la isla de Papey en busca de puffins y focas, seguir la ruta 96 siguiendo la costa, o no abandonar la Ring Road que acorta en dirección a Egilsstadir. Nosotros seguimos la Ruta 96.

En cuanto llegamos, nos alegramos de no haber encontrado alojamiento en la ciudad. Egilsstadir no es más que un cruce de caminos que creció demasiado. Como la mayor parte de las ciudades islandesas es pequeña, práctica y sin personalidad. En cambio, continuamos dirección Lögurinn, uno de los lagos más queridos de Islandia por ser una de las pocas zonas con árboles del país. Cuando los primeros pobladores llegaron cargados de ovejas, se dedicaron a talar los bosques para crear pastos y el duro clima ha impedido que vuelvan a crecer. Lögurinn es una excepción y sus temperaturas suaves lo han convertido en zona de veraneo y descanso para los islandeses.



A lo largo de la carretera que rodea el lago puede encontrarse acomodo para todo tipo de bolsillos. Después de negociar con la gerente de uno de los hoteles, conseguimos quedarnos en una habitación individual (con cama de matrimonio) pagando menos que por una doble y de nuevo nos pusimos en camino. Primera parada: Hengifoss, la tercera cascada más alta de Islandia con 118 metros de caída. Dos por el precio de una; en el camino hacia Hengifoss se puede disfrutar también de Litlifoss, con menor caída pero interesante por las columnas basálticas de sus paredes que ya habíamos visto en Reynisfjara y Svartifoss. Una hora de caminata suave y muy agradable salvo los ultimos 100 metros, cuando ya tienes la cascada delante pero te empeñas en meterte debajo, y el lindo sendero se transforma en un bote de roca en roca tratando de no caer al agua. No vale la pena hacer este último tramo, al final te calas y no tiene nada de especial.

Serían las diez de la noche cuando cogimos la F910 hacia el monte Snaefell, una de las montañas más altas del país con 1833m y nuestra segunda parada de la tarde/noche islandesa. Acostumbrados a la tierra de las carreteras, el asfalto y el ancho de ésta nos sorprendió. Todo tiene su explicación. La potencia del río Jökulsá á Dal ha llamado la atención como fuente de energía y la tranquila F910 se ha convertido en un continuo trasiego de camiones al servicio de la construcción de una gran central hidroeléctrica. El proyecto recibe el nombre de “Kárahnjúkar”. Muy James Bond ¿no? Nueve presas escalonadas, un muro de 200m y el desplazamiento del ecosistema de la zona han provocado un crudo debate nacional: ¿futuro y dinero o ecología y tradición? El hecho de que la energía de la central vaya a destinarse a la ALCOA, una empresa americana, no ayuda a simpatizar con el proyecto. De todas formas hay que reconocer que desde la carretera no pudimos ver nada de nada.

Con la luz especial del atardecer llegamos hasta el camping que sirve como base para atacar el Snaefell.



Aunque nos habría encantado subir, nos conformamos con un paseo por las “marismas” que el caudal del río ha creado, rodeados de pequeños pájaros que corrían y chillaban a nuestro alrededor. Hacia la una de la mañana por fin decidimos irnos a dormir.

 
DÍA 7. Borgarfjördur - Langanes
La carretera 94 que sale desde Egilsstadir es apta para todos los vehículos, aunque tiene poco asfalto y muchísimo polvo, así que hay que intentar alejarse del coche de delante, si es que lo hay, y disfrutar del paisaje. A mitad de camino empieza la ascensión entre las montañas, picos nevados, valles verdes con docenas de corrientes de aguas y el mar a lo lejos de momento, porque en seguida lo tendremos casi debajo en caída vertical. La pista discurre por la pared de las montañas que dan al mar, y en muchas ocasiones apenas hay nada más que aire entre la carretera y los 20 metros hasta abajo. Se dice que estos acantilados fueron la maldición con que un espíritu maligno castigó a los habitantes del pueblo por expulsarle, y colocó allí esas montañas infranqueables para que el pueblo quedase aislado.
De esta manera se llega a Borgarfjördur, un pueblecito minúsculo al final de un pequeño fiordo rodeado de montañas. La oficina de información la componen los integrantes de la familia que lleva el restaurante del pueblo. A pesar de estar cerrado por celebración familiar, nos atendió una chica encantadora que nos indicó algunos lugares de interés y una serie de rutas de trekking bastante atractivas. Siguiendo sus consejos cruzamos la calle y allí mismo hay una casita cubierta de hierba que parece el hogar de un hobbit y que estaba regentada desde hace un siglo por un matrimonio que pasaba allí los veranos. Aunque el marido falleció, la mujer continúa cuidando la casita y el jardín. Según la leyenda, duendes y elfos han sido vistos por allí, y a escasos 50 metros se alza un pequeño montículo rocoso lleno de gente buscándolos, y en la montaña que se eleva sobre el pueblo una enorme brecha en la roca parece ser la puerta por la que pasaban estos seres en Navidad para atarle las colas a las vacas. Nosotros no vimos ninguno, pero seguro que estaban por allí.



A 5 kilómetros carretera adelante se llega un mirador de aves cerrado en mayo para que los frailecillos (puffins) y otras aves hagan sus nidos. Cuando llegas allí te esperas ver los pájaros desde lejos y añorar unos prismáticos, pero están tan cerca que casi se les puede tocar y no parecen inmutarse ante la presencia de humanos. Los puffins son tan majetes que te podrías estar mirándolos horas, pero habíamos previsto hacer una ruta de 12 kilómetros, así que nos fuimos después de un rato. Desde la carretera, al lado de una antena de comunicaciones, sale el sendero que rodea la montaña hasta un collado y llega a la playa de Brúnavik. La primera parte es muy bonita, vas dejando atrás los murallones nevados y el fiordo con el pueblo abajo, y por delante avanzas por la pradera verde con tríos de ovejas incluso en el camino. Éstas sí que se asustan y salen disparadas cuando te acercas. Desde el collado se ve la playa, una cala preciosa. Mi consejo es sacar aquí los bocatas, comer y dar media vuelta, porque aunque el resto del camino es bastante bonito supone unas 3 horas más de marcha y ya se ha hecho lo mejor. La bajada hasta la playa es muy vertical, pero no plantea grandes dificultades, y el sendero pasa al lado de restos de construcciones de la Segunda Guerra Mundial. Parece ser que éste fue un importante lugar estratégico, aunque no se libró ninguna batalla. La preciosa cala está desierta salvo por los centenares de pájaros que habitan sus rocas y las omnipresentes ovejas, que llegan hasta la orilla del mar.
En lugar de volver por donde habíamos venido decidimos hacer la ruta circular, así que fuimos valle adelante entre montañas parecidas a las de Landmannalaugar y tras varios intentos fallidos encontramos el camino y empezamos la dura ascensión. El sendero se convierte en pista forestal hasta el final, intransitable incluso para un 4x4, así que cuando llegamos al collado pasamos de la pista y bajamos campo a través. Un poco de carretera hasta la antena donde habíamos dejado el coche y consulta al mapa para ver la mejor forma de llegar a Myvatn.

Nos pareció buena idea ir rodeando la costa, y la verdad es que lo fue, pero se multiplicaban los kilómetros y ya no era posible llegar hasta Myvatn, así que tirando de nuestro inglés de andar por casa obtuvimos un “todo completo” en varias granjas y un “yes, there is an available room” cerca de Törshofn (7000 kr, unos 85 € por una habitación preciosa con muebles antiguos, cama de matrimonio con su edredón nórdico y desayuno incluido).

De camino allí las nubes bajas se fueron metiendo tierra adentro, y la carretera ascendía por las montañas, así que llegado un punto aquello parecía la vista desde el Teide, con el mar de nubes bajo tus pies y las crestas nevadas sobresaliendo. Una carretera de tierra con seiscientas curvas, subidas, bajadas, precioso paisaje entrando y saliendo de las nubes y cuando ya por fin circula pegada a la costa se presentan un par de simbolitos de sitio de interés. Nos bajamos, y entre la niebla de un acantilado se distinguen unas rocas de formas curiosas en medio del mar. Parece el escenario de una peli de piratas.



Avanzamos por la carretera sin ver más allá de 15 metros, menos mal que apenas nos cruzamos con cuatro coches en todo el camino.
Por fin llegamos a Törshofn, y en el pueblo hay una especie de fiesta con una gran hoguera y fuegos artificiales, a la luz del día, claro. Nosotros decidimos ir a ver la península de Langanes, a pesar de que la guía dice que siempre está cubierta por la niebla. La carretera naranja se convierte en amarilla y ésta en blanca, y el paisaje acojona tanto que casi no hablamos por miedo a ser descubiertos. Troncos caídos y pelados por el suelo, rocoso cerca de la orilla y verde cuando se aleja, ovejas quietas como estatuas que nos miran desfilar lentamente y una niebla que solo te deja ver la siguiente curva cuando ya la estás trazando. Y en un silencio sepulcral, de repente los graznidos terroríficos de un pájaro del Ártico. Muchísimo miedo.
Nuestro objetivo era llegar hasta el faro que está al final de la península, pero los kilómetros pasaban y el faro no aparecía, así que cuando llegamos a un refugio de emergencia nos pareció suficiente carretera blanca y paramos el coche. Bajamos con cierto recelo y dimos una vuelta entre la niebla, hasta el borde de un acantilado donde rompen sin hacer ruido las olas del Océano Ártico. Estábamos a menos de 20 kilómetros del Círculo Polar.
Interminable camino de vuelta sin poder ver nada a través de la niebla, y por fin de nuevo en el asfalto encontramos nuestra granja, donde nos esperaba la paciente dueña. Ya era casi medianoche.
 
DÍA 8. Asbyrgi - Dettifoss - Askja
¡Quien nos iba a decir cuando nos levantamos aquella mañana que iba a ser posiblemente el mejor día de nuestro viaje! Por fin dejamos atrás la niebla del nordeste y nos adentramos, tomando la F867 en otra de esas zonas de nombre impronunciable: el Jokulsargljufur Nacional Park.
El parque nacional comprende el cañón abierto por el río Jökulsä á Fjöllum, una espectacular grieta de 35 kilómetros de longitud y unos 120m de profundidad. La parte norte del parque la ocupa Asbyrgi, una poza rodeada de bosquecillos y altísimos paredones. Un paisaje precioso aunque quizá demasiado preparado para los turistas en comparación con el resto del país. Los geólogos explican la formación de Asbyrgi como una erosión provocada por inundaciones y derrumbamientos del terreno, sin embargo, la teoría popular es mucho más interesante: según los islandeses, la forma de herradura del final del cañón corresponde a la huella de Sleipnir, el gigantesco caballo de ocho patas del dios Odín.
Una senda recorre el fondo del cañón en una ruta de dos días a pie aunque nosotros optamos por seguir la F864 hasta el extremo sur del parque: Dettifoss, la cascada más caudalosa de Europa.



Ya desde el parking puede oírse el sonido del agua, pero al llegar al borde del acantilado el espectáculo es impresionante. Litros y litros y litros y más litros de agua cayendo al vacío con una potencia sorprendente. 45 m. de caída y la sensación inquietante de saber que en caso de resbalar no quedaría ni rastro de ti. Después de media hora larga hipnotizados al borde mismo del cañón, tomamos el sendero que finaliza un kilómetro más arriba en Selfoss (no confundir con la ciudad del mismo nombre al sur del país), una nueva cascada de tan solo de 10 metros de caída pero que parece directamente sacada del Señor de los Anillos.
De nuevo en el coche, continuamos hacia nuestra guesthouse del día, situada en Grímsstadir. Dado que en Islandia todo cierra bastante pronto, tratamos siempre de llegar a primera hora de la tarde al sitio en que tuviéramos previsto dormir, así podíamos instalarnos, recoger la llave y marcharnos de excursión sin preocuparnos por la hora de vuelta. Por cambiar de dieta, cocinamos arroz blanco (para unas 27 personas) y con el estómago lleno cogimos la pista de 100 km que lleva al volcán Askja y al Viti, un cráter inundado donde es posible bañarse.
Seguimos la F910, una pista de tierra sólo apta para todoterrenos que cruza campos de lava por los que apenas se distingue el camino.



En algunas zonas ni siquiera hay espacio para cruzarse con otro coche. Poco antes de alcanzar el monte Herdubreid, conocido como la reina de las montañas islandesas, nos cruzamos con un grupo de ciclistas, que pedaleaban cargados como mulas y sin levantar la vista de la bici. El turismo ciclista está muy extendido en Islandia ya que el terreno es bastante llano y pueden cubrirse distancias largas disfrutando del paisaje. De todas formas, nos alegramos de ir sentados en nuestro coche.
Hacia las ocho de la tarde, después de 2 horas y media de carretera F, llegamos a la base del Askja y echamos a andar por la pista marcada que se abría a la derecha del parking. De pronto nos encontrábamos en la Luna. Cuando llegamos al final de la ruta, Islandia volvió a sorprendernos. Dos cráteres inundados se hundían ante nosotros, al fondo, el inmenso Askja, a la derecha, el blanquecino Viti. Seguramente fue la imagen más impactante de todo el viaje.



El Askja es un cráter de ocho kilómetros de ancho, origen de algunas de las erupciones más espectaculares del país. En 1875, una espectacular explosión vaporizó 2 km cúbicos de roca. El polvo resultante llegó hasta Dinamarca, esterilizó la zona y obligó a emigrar a dos mil campesinos islandeses a Canadá. Nadie diría que el plácido Öskuvatn, el lago que inunda el cráter, esconde semejante monstruo. El pequeño Viti marca el punto exacto de la explosión de 1875 y era conocido por los campesinos islandeses como la entrada al infierno. Quizá motivados por la leyenda, nos pareció ver un gigantesco demonio petrificado en las paredes del cráter.
En el parking un cartel advertía de que la bajada al cráter Viti se volvía muy peligrosa con lluvia, pero a pesar de las gotas que estaban cayendo, íbamos dispuestos a todo. “Slippery” era la palabra exacta a que hacía referencia el cartel y puedo garantizar que nunca había pisado una superficie más resbaladiza. Tardamos en torno a 20 minutos en salvar los escasos 50 metros de desnivel, era imposible avanzar sin caer rodando, así que hubo que ponerse a cuatro patas y apoyando manos y pies sobre el lodo ir asegurando cada paso. Llegamos al fondo agotados y hasta las orejas de barro, pero encantados de habernos llevado puesto el bañador. Unos minutos después disfrutábamos de los 35 grados del pequeño lago que llena el fondo del Viti, de sus aguas opacas y blanquecinas y de la increíble experiencia de estar completamente solos en un lugar tan diferente a todo (una suerte porque suele estar lleno de turistas pero gracias a la lluvia y a que eran las 9 de la noche no habia absolutamente nadie). El buen recuerdo casi nos ha hecho olvidar el impacto de los 8 grados que nos aguardaban al salir del agua y la escalada de regreso por la pendiente embarrada. Una experiencia de verdad inolvidable.



Aún alucinando emprendimos el camino de vuelta. Casi eran las doce de la noche cuando pasamos el camping situado en la base del Askja y un preocupado vigilante nos detuvo para advertirnos de tomar precauciones al vadear los ríos de vuelta. Al parecer la actividad sísmica había aumentado en los últimos días y podían abrirse grietas en el cauce de los ríos. El consejo fue: “no crucéis agua turbia, cruzad sólo el agua que seáis capaces de beber”. Con el miedo en el cuerpo recorrimos los 100km de vuelta con cuidado pero sin problemas. A un lado de la carretera, poco más lejos del lugar donde los habíamos sobrepasado, los ciclistas habían montado su campamento. Hacia la una y media de la mañana llegamos a la gusthouse y nos dormimos casi al instante sin apenas probar el arroz de la cena.
 
DÍA 9. Krafla - Myvatn - Godafoss
Muy cerca del famoso lago Myvatn se encuentra la zona del Krafla, un cráter inundado hoy por un gran lago interior pero que en su día provocó una enorme explosión que dio lugar al paisaje que ahora se contempla. Kilómetros atrás, desde la carretera, se aprecian las columnas de humo, ya que es una región de gran actividad geotérmica. A quinientos metros hay otro parking desde el que se accede a un increíble recorrido a través de campos de lava, géyseres y fumarolas, un espléndido paseo que se debe hacer sin prisa, relajadamente y apreciando todo el entorno, ya que literalmente caminas por encima de la lava y entre ella; en ocasiones echas la vista atrás desde un alto y te da la impresión de estar llegando a Mordor y que detrás de aquella piedra debe haber unas docenas de orcos agazapados esperando emboscarte. Por supuesto y a pesar de la negrura del paisaje no faltan las ovejas salpicando de blanco el oscuro suelo.



Por la carretera 1 en seguida te encuentras con el desvío a Namafjall, y desde luego que vale la pena detenerse. Una docena de charcas de barro en ebullición y las mayores chimeneas que vimos en todo el viaje. Con tantos elementos unidos el olor a huevos podridos es tan intenso que algunos turistas se cubren boca y nariz con un pañuelo y más de un niño no aguanta más y escapa despavorido sujetándose el estómago. Lo cierto es que no es para tanto, se soporta bastante bien y el espectáculo bien merece un poco de sacrificio olfativo. Es posible subir a una colina cercana y apreciar el conjunto desde arriba, una de las más famosas postales de Islandia, como una visión de Marte, con algunos graditos más.



Vamos ya hacia Myvatn, que según la guía tiene cuatro puntos de interés. El primero son las cuevas Grjotagja, unas pequeñas cavidades por las que discurre un río subterráneo, curiosas y de visita rápida. La segunda parada es Hverfell, un enorme cono con cráter gigantesco y otro pequeño cono dentro del cráter. La subida es bastante dura, y cuando estamos arriba decidiendo si el mosaico de grafittis hechos con piedra nos gusta o nos parece un sacrilegio una enorme nube negra cumple sus amenazas y descarga sin compasión. El cráter se puede rodear, pero es bastante largo y dada la tormenta que arremetía decidimos llegar solo hasta la parte más alta. Incluso con la capucha calada hasta las cejas se te cuela el agua, que parece proceder de los lados, así que una vez arriba contemplamos un momentito el lago (preciosa vista a pesar del aguacero) y vuelta al coche a escurrirnos un poco. Fue cosa de un rato, y cuando llegamos a Kalfastrond ya había despejado. Un paseito de una hora a través de curiosas formaciones rocosas y completar el almuerzo que el diluvio había interrumpido. Y después de tantas paradas por la zona colindante por fin llegamos al propiamente dicho lago Myvatn, el lago de los mosquitos.



Hasta el momento no habían aparecido, tal vez retenidos por la lluvia, pero el sol ya estaba luciendo y espesas nubes de miles de coleópteros zumbaban por todas partes. Lo cierto es que apenas se desplazan, solo ocupan un tramo del camino por el que hay que pasar o dar la vuelta y no te queda otra que atravesar agazapado y cubrirte de puntitos negros alados. Aparte de lo susceptible que se pueda ser con los bichos, la verdad es que son muy pequeños y no pican, pero resultan bastante incómodos, por lo que después de observar el lago desde varios puntos del camino decidimos que ya estaba bien de zumbidos y partimos hacia Godafoss, muy cerca de nuestro cobijo escolar para esa noche.



Llegamos a la cascada sin grandes expectativas, ya que tiene más historia que otra cosa, pero el lugar donde se arrojaron los dioses paganos resultó ser una preciosidad, lo cual tiene mérito después de haber pasado por el top ten de las cascadas islandesas. Nos fuimos a dormir, en el aula vacía de un colegio habilitado en verano para los turistas. Un par de colchones al suelo y dentro de los sacos en aquella clase de primaria exclusiva para nosotros. 2.500 kr cada uno desayuno incluido.
 
DÍA 10. Akureyri - Siglufjördur - Hölmavik
La mañana empezó con desayuno en el comedor del colegio, incluido en el precio del colchón. Desde luego cada noche dormíamos en un sitio más curioso.
Después de la paliza de los últimos días, nos tomamos la visita a Akureyri con mucha calma. Con unos 15.000 habitantes, se la considera la segunda ciudad de Islandia después de Reykjavik. Tiene su propia universidad y tanta vida nocturna como la capital, tiendas de todo tipo, puerto, aeropuerto y aún así es una ciudad cómoda y tranquila. Además de pasear por sus calles, las principales visitas por la ciudad son la iglesia católica Akureyrarkirja (grande y moderna como todas las del país), el jardín botánico y el Kjarnaskógur, un bosque que se ha comenzado a plantar en torno a la ciudad y que acabará por rodearla.
Dedicamos toda la mañana a entrar y salir de las tiendas (casi todas se agrupan en Hafnarstraeti, la calle principal). Camisetas, libros, jerseys, peluches, souvenirs de todo tipo… en un par de horas íbamos cargados de bolsas y regalos para toda la familia. Hicimos la compra en el supermercado y seguimos viaje hacia Siglufjördur por la F82, una carretera que sólo permanece abierta los meses de verano.

Remontando Eyjafjördur, uno de los primeros fiordos en ser explorados por los vikingos, paramos por el camino para ver una cascada que caía directamente al mar. Continuamos por la preciosa carretera que une Dálvik y Olafsjördur, puntos desde los que salen los ferrys hacia las islas de Hrísey y Grímsey (el único punto de Islandia al norte del círculo polar ártico) y hacia las zonas de avistamiento de ballenas. Nos quedaba mucho camino que recorrer aquel día así que continuamos hacia Siglufjördur, la ciudad más al norte del país (¡está a la misma altura que el centro de Alaska!).



Entre 1900 y 1970, Siglufjordur fue la capital mundial del arenque con una población que llegaba a los 10.000 habitantes en época de pesca. Ahora en cambio, sólo 1.500 personas viven en este pueblecito que intenta sobrevivir con museos y restaurantes dedicados al arenque. Hartos de sándwiches decidimos probar el famoso pescado islandés sentados en un restaurante por primera vez en el viaje y bebiendo ¡coca-cola! (cómo se echa de menos después de una semana de no beber más que agua o zumo). Estaba todo buenísimo, pero los 50 euros que nos cobraron por dos platos de pescado y dos coca-colas nos obligaron a volver a los sándwiches el resto del viaje.
Dejamos el pueblo por la única ruta de acceso, un pequeño túnel de un solo carril pero de dos direcciones que aumenta la sensación de abandono de la zona. A pesar del buen tiempo que nos acompañaba, la sucesión de granjas abandonadas, totalmente ruinosas, recuerda la dureza del clima islandés.

Rodeamos Skagarfjördur sin perder de vista la isla de Drangey, misteriosa en medio del fiordo y escenario de muchas leyendas islandesas. Se dice que las dos rocas que parecen montar guardia ante la isla fueron dos trolls sorprendidos por el amanecer. Las rocas reciben los nombres de Karl y Kerling en su honor. Según la leyenda, la propia Drangey fue formada por la enorme vaca que acompañaba a los trolls. Sea cierto o no, la isla ha resultado ser siempre sorprendentemente fértil a pesar del clima. Durante tres años fue el hogar de Grettir, fugitivo protagonista de una de las sagas más famosas del país y según otra leyenda es refugio del mal desde que, a petición de trolls y espíritus, parte de la isla quedó sin bendecir para dejarles un hogar.

La siguiente parada fue Thingeyrar, lugar en el que construyó el primer monasterio islandés. Como en todo el país, la llegada de la Reforma acabó con el edificio y los monjes. Hoy, sólo queda una iglesia levantada en el siglo XIX, el primer edificio construido en piedra de la zona. Sin embargo, su principal atractivo es el interior, con su altar de alabastro del siglo XV y el púlpito de madera de 1696. Esto lo sabemos porque lo dice la guía, porque lo que es la iglesia sólo la vimos desde fuera: a las 17:00 ya estaba cerrada.

Por la F711, rodeamos la península Vatnsnes deteniéndonos primero en Hvitserkur, un espectacular arco de roca que se alza a unos metros de la costa. Muchas rocas como ésta aparecen por toda Islandia, lo que hace a ésta tan especial es que una estrecha lengua de tierra la une con la playa. En unos minutos se podría llegar hasta la piedra sino fuera porque los pájaros atacan violentamente a cualquiera que se acerque. Al más puro estilo Hitchcock, se lanzan en picado después de unos gritos de advertencia.



En el extremo norte de la península nos detuvimos en Híndisvik, una bahía famosa por la aparición de focas cerca de la playa. Los 500 metros de camino se hicieron terribles debido a los pájaros asesinos, esta vez en manada. Te sobrevuelan, luego levitan a unos 3 metros sobre tu cabeza, lanzan su graznido aterrador y se lanzan al cogote para insertar su pico fatídico en tu cerebro. Lo cierto es que casi ninguno llega a impactar, tienen la habilidad de detenerse a un palmo de tu punto más alto y elevarse de nuevo, pero acojonan muchísimo. Por eso dicen que un buen remedio es llevar un palo en alto, para que haga de pararayos. Después de aquel agónico trayecto llegamos a las rocas, donde los pajaritos ya no se acercaban, sólo las focas aparecían por allí. Varias cabecitas se asomaron en el rato que estuvimos sentados entre las rocas aunque nunca tan cerca como las dos que habíamos encontrado en Jokulsarlon. De todas formas siempre es impresionante ver a estos animales nadando alegremente y no en piscinas de zoológicos.

El resto del día tratamos de hacer el máximo número de kilómetros posibles. Los siguientes días estarían dedicados a recorrer los fiordos del oeste, la zona menos visitada por turistas del país, ya que no llega la Ring Road. Conseguimos habitación en una granja cercana a Hólmavik y dormimos a las puertas de la zona más desconocida de Islandia.
 
DÍA 11. Fiordos del Oeste
Después de 10 días tan intensos ya teníamos una imagen clara de Islandia. Muchos kilómetros y prácticamente toda la isla visitada, solo se quedaron en el camino la visita a Lakavegur y el intento fallido de Lonsoraefi. Ciertamente se puede recorrer el país en este tiempo, el cuerno noroeste supone al menos dos días más de mucha carretera y se acusa el cansancio acumulado y las docenas de sándwiches ingeridos. Nosotros decidimos no prescindir de esta visita, y un mes después me alegro muchísimo de aquella decisión. Esta parte es tan diferente al resto y tiene tantas historias en sus pueblecitos que lo que en aquel momento pareció un exceso viajero hoy me parece un enorme acierto. Islandia no habría sido un viaje completo sin haber visto la extraña región de los fiordos del oeste.



Distancias enormes de carretera para recorrer pequeños tramos en línea recta; 40 km bordeando un fiordo que 500 metros de puente habrían solucionado, y de vez en cuando unas cuantas casitas que dan nombre al pueblo más importante de la zona. El terreno es muy accidentado, el camino siempre transcurre pegado al mar y al pie de altas montañas de cumbres perpetuamente nevadas.
De hecho solo se puede acceder a la mitad occidental, el cuerno derecho está incomunicado por carretera debido a lo abrupto de su geografía, y solo se puede llegar a pie o por mar, en unas excursiones diarias de 12 horas de duración desde Isafjordur que llegan hasta los acantilados de Hornbjarg. Las fotos de esas travesías son impresionantes, pero nosotros no teníamos ya más tiempo para invertir.
Todo esto nos lo contó el mejor informador con el que nos hayamos topado, un fuera de serie empleado en la más remota oficina de turismo de Europa, una caseta en el puerto de Isafjordur. También él nos desaconsejó avanzar con el todo terreno por la península de Thingeyri, pero aún así lo hicimos. La pista transcurre a media altura de un acantilado de unos 100 metros que en muchas ocasiones no tiene pendiente, solo pared vertical.



Cruzarse con cualquier coche por allí habría sido una risa, pero afortunadamente solo encontramos alguno más adelante, cuando el acantilado se había convertido en un camino de piedras como balones de playa. Los últimos 5 kilómetros hubo que hacerlos en primera, con el mar en una rueda y la otra apoyada en el final del acantilado, pasando entre arcos de roca y evitando socavones de los que ni la grúa nos habría sacado. Una vez concluida la temerosa travesía avanzamos fiordo tras fiordo hasta llegar a la cascada Dynjandi, una gran cola de caballo apreciable desde muy lejos. Dejamos el coche aparcado deseosos de hacer algo a pie y subimos para verla bien de cerca. La misma sensación de los últimos días, ¿cómo después de tantas cascadas todavía me impresiona ésta?, pues así fue.



Al arrancar el coche la agujita de la gasolina estaba más debajo de lo que recordábamos al pasar por la anterior gasolinera, unos 30 kilómetros atrás, y la siguiente no estaba precisamente cerca, sino que había que llegar a nuestro destino nocturno, Talnafjordur, a unos 60 km. Echando cuentas decidimos tirar para adelante y cuando el bólido dejó de tirar en plena ascensión a una colina nos asustamos un poco. Por suerte era la última, desde allí hasta el pueblo serían unos cuantos kilómetros cuesta abajo, así que de alguna manera llegaríamos. Efectivamente el mapa acertó de nuevo y la gasolinera apareció, pero estaba cerrada y a la maldita máquina islandesa no le gustaban nuestras tarjetas de crédito extranjeras. Menos mal que el alojamiento estaba justo detrás y al día siguiente pudimos ser 80 euros más pobres. Granja con cocina, edredón nórdico y señora amable, lo normal, y como nos habíamos quedado sin pan al día siguiente abusamos un poco de la hospitalidad y nos hicimos unos jamón y queso de sandwichera a cuenta de la casa.
Por cierto, nos costó 4 ó 5 intentos telefónicos encontrar un alojamiento disponible, a pesar de lo remoto del lugar.
 
DÍA 12. Látrabjarg - Breidafjördur - Ólasfsvík
Después del mal rollo del día anterior, la gasolinera fue nuestro primer objetivo del día. Llenamos el depósito y nos prometimos no volver a apurar tanto. En un país donde se recorren tantos kilómetros antes de encontrar un pueblo, quedarse tirado en medio del mundo no es muy recomendable. El plan del día era recorrer la costa más occidental de Islandia hasta llegar al verdadero “fin del mundo” europeo: Látrabjarg.

De la carretera 63 pasamos a la 62 y después a la 615 y de camino a la costa nos detuvimos en el Hnjótur Folk Museum, dedicado a todo tipo de cachivaches tradicionales islandeses. La pesca tiene un lugar privilegiado pero pueden encontrarse igual aviones de la Segunda Guerra Mundial o reconstrucciones de barcos vikingos. Pero el principal interés son dos pequeños documentales que se proyectan, uno dedicado a un ermitaño islandés, y el otro, la grabación del rescate del barco Sargon. El problema es que los documentales sólo se exhiben en islandés y en alemán así que nos dimos la vuelta y seguimos viaje.

El esqueleto de un barco naufragado nos dio la bienvenida a la zona de Breidavik, donde lo que más llama la atención es el color de la arena. Después de kilómetros de costas negras de origen volcánico, de pronto, aparecen estas playas doradas que parecerían sacadas del catálogo de Punta Cana si no fuera por las nubes y lo solitarias que están. Imposible bañarse: el agua está a unos 7º. La playa de Breidavik es la más querida por los islandeses que la consideran la más bonita del país. Bajamos a pasear con la intención de llegar hasta el mar pero de nuevo nos las tuvimos que ver con los pájaros asesinos que consiguieron echarnos. De todas formas, la vista de la playa desde la altura de la carretera es preciosa aunque estemos acostumbrados a este tipo de paisaje.



Unos kilómetros más y por fin llegamos a Lábtrabjarg, los acantilados más altos del país. Con 441 metros de altura y 14 km de longitud, para asomarse a la caída vertical es necesario arrastrarse los últimos metros. Ni vallas ni señalización alguna quitan encanto a la zona, un inmejorable mirador hacia el océano Atlántico. Pero aún hay más. Toda la pared del acantilado está agujereada por cientos de pequeños túneles que guardan los nidos de varias especies de pájaros; gaviotas, cormoranes y sobre todo ¡puffins! Durante cerca de una hora recorrimos el sendero que bordea los acantilados y sacamos cientos de fotos a los confiados puffin que permiten que te acerques hasta casi rozarlos. Sin duda, una de las visitas más espectaculares del viaje.



Iba siendo ya hora de comer y montamos un picnic sentados en medio de la playa de Raudisandur (algo así como la playa de arena roja). Puede que fuera porque estábamos completamente solos o porque nunca habíamos visto una playa más “ancha” (después de un buen rato andando desistimos de llegar hasta la orilla), pero nos gusto mucho más que la aclamada Breidavik. Además, la ausencia de pájaros asesinos la hizo subir puntos. Nuestra comida acabó bruscamente cuando una nube decidió descargar con todas sus fuerzas sobre nosotros y nos vimos obligados a correr hasta el coche. Nos llovió poco durante el viaje, pero cuando caía, caía con ganas. Un consejo: aseguraos de que vuestro abrigo es totalmente impermeable y las botas también.



El objetivo era dormir aquella noche en Ólafsvik, un pequeño pueblo en el extremo de la península Snaefelsness, lo que significaba unos 300 km más de carretera rodeando el fiordo de Breidafjördur, el último de los grandes fiordos del oeste. Con ganas de descansar del coche, tomamos la ruta alternativa: cruzar el fiordo por el medio en un cómodo ferry. El barco sale desde Brjánslaekur, hace escala en la isla de Flatey, la única isla habitada del fiordo y atraca en el puerto de Stykkishólmur. Unas 2200 kr (26 euros) por pasajero y coche y 3 horas de viaje durante las que se puede elegir entre disfrutar del restaurante y pequeño cine del barco o subir a cubierta para ver pasar los islotes que llenan el fiordo. En la cubierta hacía mucho frío y no había casi nadie, pero permanecimos allí, viendo Islandia por primera vez desde el mar después de recorrerla por tierra durante dos semanas. Después de la tormenta, la luz del atardecer era aún más extraña, al frente, las nubes negras que nos habían sobrepasado daban un aspecto amenazador al cielo, pero a nuestra espalda, el sol brillaba como siempre. Podéis ver el efecto tan raro de la luz en las fotos, os lo aseguramos, ninguna está trucada, la luz era así.



Al llegar dimos una vuelta con el coche por Stykkishólmur, un pueblo pesquero del que destaca su terrorífica iglesia con pinta de nave espacial. ¿Por qué todas las iglesias islandesas tendrán forma de cohete? Para no tener a la responsable de la guesthouse esperándonos hasta tarde, nos pusimos en marcha en dirección a Ólafsvik. Cenamos en la pequeña cocina después de que todos los huéspedes se acostasen (otro día que estuvo crudo lo de encontrar habitación) y nos fuimos pronto a dormir justo a los pies del volcán Snaefell, donde Julio Verne situó la entrada al centro de la Tierra.
 
DÍA 13. Snaefellsnes
En la oficina de turismo de Olafsvik nos dijeron con pocas ganas una par de formas de acercarse lo más posible al Snaefellsjokul para intentar su ascensión. Éste es el volcán de “Viaje al centro de la Tierra” y la razón de nuestra última etapa islandesa. Así que nos adentramos por la pista montaña adentro con escasas esperanzas, ya que la niebla lo cubría todo y cada 50 metros de subida la temperatura bajaba un grado. Empezó a llover y cuando llegamos a la caseta de las motonieves, punto de partida según nos habían informado, allí no había ni un alma y parecía bastante complicado el ascenso por la lengua glaciar. Probamos en otro punto, donde unos daneses bastante maduritos salían de un Peugeot y empezaban a forrarse de lana hasta las orejas. Bien pertrechados empezaron a subir por un camino del que solo se veían los primeros 100 metros, luego la nube se lo comía. La vista hacia el mar desde allí era muy bonita, pero los 5 grados que marcaba el termómetro del coche parecían -15 fuera de él. El frío polar y la visibilidad nula nos retiró del plan de la jornada y bajamos a Hellnar, donde hay otra oficina de información, a ver qué alternativas se presentaban. Bien aconsejados dimos una vuelta por las extrañas rocas y el faro de Londrangar y después por Dritvik, donde hay una cala de arena negra con formaciones rocosas curiosas e historias de naufragios y rescates. De hecho se conservan los restos de un barco desperdigados por la arena. También hay una exposición de cuadros al aire libre, colgados en las rocas. Curioso.



Desde allí pudimos ver por unos minutos la cumbre nevada del volcán Snaefellsjokul (montaña nevada), y volvimos a adentrarnos a ver si esta vez teníamos más suerte con el ascenso. De nuevo se cubrió e incluso empezó a llover así que ya desistimos definitivamente y paramos en unas cuevas que se anunciaban en un cartel del camino. Una de ellas tenía mucha resonancia y una bonita historia de bandidos que allí se ocultaban de la ley y al acercarnos empezó a escucharse el “You’ll never walk alone” cantado por 4 ingleses fanáticos del Liverpool que estaban dentro de la cueva. Cuando nos dejaron probar la acústica del lugar iba a cantarles el himno del Madrid, pero como a Belén le dio vergüenza ajena entoné el himno de mi colegio, y a pesar de la calidad sonora de aquellas paredes volví a fracasar en el arte del cante.
Bajamos de la senda del volcán y paramos en Arnastapi, una serie de cavidades en los acantilados por donde se cuela el mar y parecen pozas en las que rompen las olas y se convierten en hacinamiento de los pájaros.



Allí comimos, tirados en la hierba, y después del último sándwich de jamón del verano nos quedamos fritos en el poco rato que había salido el sol. Media horita muy rica que sacó a relucir la paliza de dos semana que llevábamos encima.
Barajamos la posibilidad de ir a Glymur, la cascada más alta del país, pero estaba muy lejos y ahora sí, nos pareció mucho camino para ver una cascada más.
Tranquilamente partimos hacia Akranes, donde habíamos llamado para reservar noche, y como íbamos con mucho tiempo hicimos escala en Borgarnes, según la guía el sitio bonito de aquella zona. Mentira, cuatro casas y un puerto, un centro comercial diminuto y nada más, así que carretera adelante y a dar vueltas para encontrar la granja, que estaba bastante escondida. Desde allí se veía Reykiavik, la tarde era soleada y aparecía muy bonito detrás del mar, y no pudimos evitar sentir la nostalgia de que a pesar de estar un poco saturados de tantas andanzas el super esperado viaje a Islandia llegaba a su fin.
 
DÍA 14. Reykjavik - Blue Lagoon - Madrid
Y llegó el último día de viaje. Los kilómetros y el cansancio se notaban ya, pero aún así nos daba pena que se acabase. Había que despedirse a lo grande y qué mejor modo que un vuelo en avioneta. Salimos pronto de Akranes y cruzamos el moderno túnel de peaje que lleva hacia Reykjavík (49 km en lugar de los 108 que hay para rodear el fiordo). Destino: el aeropuerto nacional. Gastamos todo lo que habíamos ahorrado en comida en la avioneta pero será uno de los recuerdos más bonitos que nos llevemos de Islandia.



Sobrevolamos la ciudad de Reykjavík, con su trazado de maqueta y sus camas elásticas en cada jardín. Después recorrimos de nuevo la catarata de Gulfoss, la primera que habíamos conocido y que seguía estando entre nuestras favoritas. Tuvimos el privilegio de ver estallar un geiser desde las alturas y nos sacamos un poco la espinita del Laugavegur recorriendo la ruta entre Lanmannalaugar y Törsmork en unos pocos minutos. Vimos cráteres, brechas abiertas por ríos y cataratas a las que no se llega por carretera y pudimos apreciar la falla de Thingvellir como nadie. Incluso a 500 metros del suelo se aprecia el tufillo azufroso a huevos podridos. Guiados por el piloto más majete del país, pasamos dos horas sin despegar la nariz de la ventanilla. Caro pero increíble.



Habíamos recorrido Islandia de arriba abajo y aún no habíamos probado sus famosísimas piscinas de agua caliente, así que, ya de camino hacia el aeropuerto de Keflavík, nos detuvimos en la Blue Lagoon, la más turística de todas. Explotada como balneario y como fuente de productos de belleza, sus aguas termales se consideran curativas y son frecuentadas por los islandeses en cualquier mes del año. A pesar de que debíamos estar a 10º, montones de personas flotaban en el agua blanquecina y se cubrían de barro. Muchos españoles habían decidido como nosotros apurar las últimas horas con un buen baño, así que mirásemos donde mirásemos, encontrábamos compatriotas haciendo el ganso. Si olvidas el mal olor del agua, la experiencia es de lo más original, aunque no podíamos evitar acordarnos del tranquilo baño en el cráter Viti.



Una vez secos y vestidos, ya no quedaban tiempo ni excusas para seguir deambulando por el país, así que pusimos rumbo al aeropuerto internacional de Keflavík. Devolvimos nuestro coche, probablemente el más embarrado que les habrían devuelto nunca, y aprovechamos los últimos minutos antes de embarcar para hacer gestiones como pedir la devolución de las tasas (igual que hacen en España los turistas con el IVA) o tratar de gastar nuestras últimas coronas.

No sabemos si volveremos a visitar Islandia porque hay mucho mundo que conocer, pero lo que es seguro es que si surge la oportunidad, haremos la ruta del Laugavegur y la de Törsmork hasta Skógar, intentaremos llegar hasta la remota región de Hornstrandir y, quién sabe, igual nos aventuramos a llegar hasta Groenlandia. Hay mucho, mucho que ver en este pequeño país desconocido, y no podemos estar más contentos de haber elegido un destino tan original. Poder viajar por un lugar del que apenas sabíamos nada, vivir pequeñas aventuras y conocer este país a la vez tan salvaje y tan civilizado, donde el nivel de vida es el más alto de Europa, pero que vive siempre con el miedo de otra devastadora erupción, desde luego ha sido una experiencia que ninguna guía sería capaz de explicar.


Miguel y Belén
14/07/07 – 28/07/07