Preparativos
¿Pensando en viajar a Islandia? ¿Te rondan mil preguntas por la cabeza? ¿No tienes ni idea de lo que vas a encontrar? Pues aquí estamos dispuestos a compartir nuestra experiencia por el país de los hielos. Otros diarios de viaje nos ayudaron un montón a preparar el nuestro, así que nos hemos decidido a colaborar. Esperamos que te sirva de ayuda ¡y no resulte demasiado pesado!
Belén y Miguel.
ANTES DE EMPEZAR EL VIAJE – Dudas comunes
DATOS GENERALES – En Islandia se conduce por la derecha, los enchufes son igual que en España, el agua es potable en todos lados (en algunas sitios huele a huevo podrido pero sigue siendo potable), el idioma es el islandés (totalmente incomprensible) aunque el 99% de la gente habla inglés, apenas existen los delitos, en verano no se pone el sol y para llamar a casa sólo hay que activar el servicio de roaming de tu compañía de móvil. Parecen tonterías, pero son dudas que surgen fácilmente cuando viajas a un sitio tan desconocido. Ah! En cuanto te alejas de las pequeñas zonas urbanas deja de haber cobertura (gran parte del país).
DINERO – En Islandia manejan coronas (krn) pero es fácil calcular cuánto cuestan las cosas si aún te acuerdas de las pesetas. 1 corona equivale a 2 pesetas, así que no hacen falta calculadoras. Eso sí, los precios son para echarte a temblar. Islandia es uno de los países más caros del mundo, tanto, que por una bolsita de patatas fritas te cobrarán 210 krn (420 pts) o por un plato de pescado 2000 krn (4000 pts – sólo por el pescado, suma a eso bebida, postre, café…). ¡¡Mentalízate!!
ALOJAMIENTO – Dado lo caro que está todo, el alojamiento es sorprendentemente asequible. La mejor opción, si no quieres dormir en camping, son los hostales, las granjas y las “guesthouses”, repartidas por todo el país. Las casas en Islandia son bastante grandes, así que la gente alquila las habitaciones para los turistas. Normalmente tienes derecho a baño compartido y a uso de la cocina pero en casi ningún sitio hay que compartir habitación con desconocidos. En muchas te dan opción a desayuno (cobrando aparte, claro) y puedes elegir entre tu saco de dormir (sleeping bag) o edredón nórdico (made-up bed). Para echar un vistazo: http://www.farmholidays.is, aunque en las oficinas de información suelen tener los folletos de todas ellas (aunque el de las granjas viene sin teléfonos). Los precios oscilan entre 2300 y 4500 krn por persona y noche. Los más barato son los hostales llevando el carnet de alberguista (http://www.hostel.is/), aunque estos es super necesario reservarlos con antelación.
VEHÍCULO – Si realmente se quiere conocer toda Islandia, el 4x4 es completamente necesario. En cuanto se abandona la Ring Road, que es la carretera que da la vuelta a la isla, prácticamente todos los recorridos se hacen por pistas de tierra. Algunos son válidos para coches normales (a la entrada de cada camino lo suele especificar) pero si no quieres pasarte el viaje preocupado por los pinchazos o encontrarte que no puedes llegar al sitio al que querías ir, alquila el 4x4; es dinero muy bien empleado.
CLIMA – Seguro que éste es el gran temor de mucha gente que vaya a viajar para allá pero la cosa tampoco es tan grave. En verano, las temperaturas están entre 8º de mínima y 15º de máxima, aunque todo depende de la suerte, puede haber 23º en Junio o pillarte una semana entera de lluvia. Lleva siempre a mano un buen forro polar y chaqueta y pantalones impermeables por si acaso aparece de pronto la lluvia. Ah! Y unas buenas botas de montaña. Si planeas hacer rutas de varios días andando o en bicicleta también se recomienda llevar zapatillas de surf para cuando haya que cruzar ríos.
PLANEANDO EL VIAJE – Compras, compras, compras
¿POR QUÉ ISLANDIA? - Elegir Islandia como destino es elegir naturaleza: cascadas, volcanes, glaciares, fiordos… un paisaje muy diferente al resto de Europa (incluso Escandinavia). Lo primero es decidir qué se quiere hacer y cuánto tiempo va a durar el viaje porque no es lo mismo seguir los pasos de los vikingos y las sagas que patearse los parques naturales. La mayoría de la gente se organiza viajes de 7 u 8 días y rodea la isla siguiendo la Ring Road, pero a nosotros nos pareció poco y decidimos alargar el viaje a 15 días, para poder llegar a los fiordos del oeste (donde no llega la Ring Road) y tener tiempo de hacer todo el senderismo posible.
FECHAS - Elegimos ir en Julio, del 14 al 28, para encontrarnos allí con la mejor temperatura y porque en otra época que no sea verano todo el país funciona a medio gas, muchas carreteras están cortadas (es imposible acceder al interior del país) y hace demasiado frío. Los meses de Julio y Agosto no hay problemas, en Junio conviene consultar como anda la cosa y ya en Septiembre puede empezar a haber complicaciones y carreteras cerradas.
AVIÓN - Compramos los billetes por Internet allá por el mes de mayo. Lo mejor que encontramos fue con Icelandair, una compañía islandesa que en verano oferta vuelos directos desde Madrid, Barcelona y Alicante a Keflavik, el aeropuerto internacional islandés (www.icelandair.es). Ida y vuelta: 430 euros (desde Alicante incluso más barato), que no está nada mal y te ahorras la noche en el aeropuerto de Londres-Copenhague-Amsterdam que suelen ser las conexiones tradicionales.
COCHE Y ALOJAMIENTO - El 4x4 lo alquilamos también por Internet en www.beneluxcar.com para recoger en el mismo aeropuerto el día 14 al llegar y devolver, también allí, el día 28 al irnos. Además, reservamos por adelantado sitio donde dormir las 2 primeras noches y decidimos ir a la aventura el resto del viaje para no estar atados a un plan previo. En todos sitios se decía que no había problemas para encontrar alojamiento aunque resultó no ser del todo cierto.
Como el avión aterrizaba a las 2 a.m reservamos el hostel de Njardvik a unos 5 minutos en coche del aeropuerto para empezar nuestro viaje por Reykiavik al día siguiente. La segunda noche el destino era el hostel de Laugarvatn y a partir de ahí, a dormir donde estuviéramos.
COMPRAS - Los últimos preparativos, aparte de forrarnos a comprar ropa de invierno cuando las tiendas se llenaban de bañadores, fueron elegir guía y mapa. Aunque las oficinas de turismo funcionan bastante bien, no está de más llevar información extra e ir familiarizándose con los nombres de las ciudades más importantes. El mapa lo compramos en la Tienda Verde (www.tiendaverde.es) y lo elegimos sobre todo porque marcaba con iconos bien grandes dónde había gasolineras. (Quién nos iba a decir que nos resultaría tan útil!!). La guía elegida, después de inspeccionar unas cuantas, fue la Rough Guide, que a lo normal de una guía, añade historias curiosas, datos de interés (alojamientos, restaurantes, empresas de excursiones… con precios y teléfonos), muchos datos sobre cómo moverse por el país en bus, etc. La única pega es que está en inglés y tuvimos que encargarla porque no la tenían en ninguna tienda.
MALETA – Cosas que no podían faltar: el bañador (hay piscinas de agua caliente por todos lados) y la ¡comida escondida! Está prohibido meter en Islandia carne sin cocinar (aunque todo el mundo lo hace), así que, por precaución metimos lo que llevábamos entre la ropa de la maleta. Como pretendíamos comer todo el tiempo posible con lo que llevábamos de Madrid, nuestras existencias se componían de: mogollón de fiambre, bollos para desayunar (allí NO HAY BOLLOS, desayunan cereales) y 2 maravillosas latas de fabada que nos iban a hacer las personas más felices del mundo cuando les llegara su turno.
Y cuando tras tanto preparativo ya parecía que el viaje no llegaría nunca ….. LLEGÓ!!
14 JULIO 2007 – MADRID/KEFLAVIK/NJARDVIK
Con una hora de retraso y a eso de las 23:30 dejábamos Madrid y poníamos rumbo a Islandia. Era noche cerrada. 3 horas 35 minutos después llegábamos a Keflavik a plena luz del día (como si fueran las 9 de la mañana). Corrimos a cambiar dinero en el mismo aeropuerto (cambiamos todo lo que llevábamos) y salimos de la terminal en busca de nuestro coche. La primera sensación fue: “¿y este es el frío islandés?” Una agradable temperatura primaveral nos recibió al salir del aeropuerto y nos acompañaría toda la primera semana de viaje. Nuestros relojes (convenientemente atrasados dos horas) marcaban la hora local: 2 a.m. Recogimos el flamante Toyota RAV4 de color dorado, que nos pareció capaz de atravesar la luna, y partimos a dormir el tiempo que pudiéramos. Resueltas las dudas básicas de cómo conducir un coche automático, localizamos el hostel de Njardvik en seguida y despertamos a los pobres alemanes que dormían plácidamente en la habitación compartida. Desembalamos nuestros sacos y disfrutamos de nuestra primera noche iluminada.
Belén y Miguel.
ANTES DE EMPEZAR EL VIAJE – Dudas comunes
DATOS GENERALES – En Islandia se conduce por la derecha, los enchufes son igual que en España, el agua es potable en todos lados (en algunas sitios huele a huevo podrido pero sigue siendo potable), el idioma es el islandés (totalmente incomprensible) aunque el 99% de la gente habla inglés, apenas existen los delitos, en verano no se pone el sol y para llamar a casa sólo hay que activar el servicio de roaming de tu compañía de móvil. Parecen tonterías, pero son dudas que surgen fácilmente cuando viajas a un sitio tan desconocido. Ah! En cuanto te alejas de las pequeñas zonas urbanas deja de haber cobertura (gran parte del país).
DINERO – En Islandia manejan coronas (krn) pero es fácil calcular cuánto cuestan las cosas si aún te acuerdas de las pesetas. 1 corona equivale a 2 pesetas, así que no hacen falta calculadoras. Eso sí, los precios son para echarte a temblar. Islandia es uno de los países más caros del mundo, tanto, que por una bolsita de patatas fritas te cobrarán 210 krn (420 pts) o por un plato de pescado 2000 krn (4000 pts – sólo por el pescado, suma a eso bebida, postre, café…). ¡¡Mentalízate!!
ALOJAMIENTO – Dado lo caro que está todo, el alojamiento es sorprendentemente asequible. La mejor opción, si no quieres dormir en camping, son los hostales, las granjas y las “guesthouses”, repartidas por todo el país. Las casas en Islandia son bastante grandes, así que la gente alquila las habitaciones para los turistas. Normalmente tienes derecho a baño compartido y a uso de la cocina pero en casi ningún sitio hay que compartir habitación con desconocidos. En muchas te dan opción a desayuno (cobrando aparte, claro) y puedes elegir entre tu saco de dormir (sleeping bag) o edredón nórdico (made-up bed). Para echar un vistazo: http://www.farmholidays.is, aunque en las oficinas de información suelen tener los folletos de todas ellas (aunque el de las granjas viene sin teléfonos). Los precios oscilan entre 2300 y 4500 krn por persona y noche. Los más barato son los hostales llevando el carnet de alberguista (http://www.hostel.is/), aunque estos es super necesario reservarlos con antelación.
VEHÍCULO – Si realmente se quiere conocer toda Islandia, el 4x4 es completamente necesario. En cuanto se abandona la Ring Road, que es la carretera que da la vuelta a la isla, prácticamente todos los recorridos se hacen por pistas de tierra. Algunos son válidos para coches normales (a la entrada de cada camino lo suele especificar) pero si no quieres pasarte el viaje preocupado por los pinchazos o encontrarte que no puedes llegar al sitio al que querías ir, alquila el 4x4; es dinero muy bien empleado.
CLIMA – Seguro que éste es el gran temor de mucha gente que vaya a viajar para allá pero la cosa tampoco es tan grave. En verano, las temperaturas están entre 8º de mínima y 15º de máxima, aunque todo depende de la suerte, puede haber 23º en Junio o pillarte una semana entera de lluvia. Lleva siempre a mano un buen forro polar y chaqueta y pantalones impermeables por si acaso aparece de pronto la lluvia. Ah! Y unas buenas botas de montaña. Si planeas hacer rutas de varios días andando o en bicicleta también se recomienda llevar zapatillas de surf para cuando haya que cruzar ríos.
PLANEANDO EL VIAJE – Compras, compras, compras
¿POR QUÉ ISLANDIA? - Elegir Islandia como destino es elegir naturaleza: cascadas, volcanes, glaciares, fiordos… un paisaje muy diferente al resto de Europa (incluso Escandinavia). Lo primero es decidir qué se quiere hacer y cuánto tiempo va a durar el viaje porque no es lo mismo seguir los pasos de los vikingos y las sagas que patearse los parques naturales. La mayoría de la gente se organiza viajes de 7 u 8 días y rodea la isla siguiendo la Ring Road, pero a nosotros nos pareció poco y decidimos alargar el viaje a 15 días, para poder llegar a los fiordos del oeste (donde no llega la Ring Road) y tener tiempo de hacer todo el senderismo posible.
FECHAS - Elegimos ir en Julio, del 14 al 28, para encontrarnos allí con la mejor temperatura y porque en otra época que no sea verano todo el país funciona a medio gas, muchas carreteras están cortadas (es imposible acceder al interior del país) y hace demasiado frío. Los meses de Julio y Agosto no hay problemas, en Junio conviene consultar como anda la cosa y ya en Septiembre puede empezar a haber complicaciones y carreteras cerradas.
AVIÓN - Compramos los billetes por Internet allá por el mes de mayo. Lo mejor que encontramos fue con Icelandair, una compañía islandesa que en verano oferta vuelos directos desde Madrid, Barcelona y Alicante a Keflavik, el aeropuerto internacional islandés (www.icelandair.es). Ida y vuelta: 430 euros (desde Alicante incluso más barato), que no está nada mal y te ahorras la noche en el aeropuerto de Londres-Copenhague-Amsterdam que suelen ser las conexiones tradicionales.
COCHE Y ALOJAMIENTO - El 4x4 lo alquilamos también por Internet en www.beneluxcar.com para recoger en el mismo aeropuerto el día 14 al llegar y devolver, también allí, el día 28 al irnos. Además, reservamos por adelantado sitio donde dormir las 2 primeras noches y decidimos ir a la aventura el resto del viaje para no estar atados a un plan previo. En todos sitios se decía que no había problemas para encontrar alojamiento aunque resultó no ser del todo cierto.
Como el avión aterrizaba a las 2 a.m reservamos el hostel de Njardvik a unos 5 minutos en coche del aeropuerto para empezar nuestro viaje por Reykiavik al día siguiente. La segunda noche el destino era el hostel de Laugarvatn y a partir de ahí, a dormir donde estuviéramos.
COMPRAS - Los últimos preparativos, aparte de forrarnos a comprar ropa de invierno cuando las tiendas se llenaban de bañadores, fueron elegir guía y mapa. Aunque las oficinas de turismo funcionan bastante bien, no está de más llevar información extra e ir familiarizándose con los nombres de las ciudades más importantes. El mapa lo compramos en la Tienda Verde (www.tiendaverde.es) y lo elegimos sobre todo porque marcaba con iconos bien grandes dónde había gasolineras. (Quién nos iba a decir que nos resultaría tan útil!!). La guía elegida, después de inspeccionar unas cuantas, fue la Rough Guide, que a lo normal de una guía, añade historias curiosas, datos de interés (alojamientos, restaurantes, empresas de excursiones… con precios y teléfonos), muchos datos sobre cómo moverse por el país en bus, etc. La única pega es que está en inglés y tuvimos que encargarla porque no la tenían en ninguna tienda.
MALETA – Cosas que no podían faltar: el bañador (hay piscinas de agua caliente por todos lados) y la ¡comida escondida! Está prohibido meter en Islandia carne sin cocinar (aunque todo el mundo lo hace), así que, por precaución metimos lo que llevábamos entre la ropa de la maleta. Como pretendíamos comer todo el tiempo posible con lo que llevábamos de Madrid, nuestras existencias se componían de: mogollón de fiambre, bollos para desayunar (allí NO HAY BOLLOS, desayunan cereales) y 2 maravillosas latas de fabada que nos iban a hacer las personas más felices del mundo cuando les llegara su turno.
Y cuando tras tanto preparativo ya parecía que el viaje no llegaría nunca ….. LLEGÓ!!
14 JULIO 2007 – MADRID/KEFLAVIK/NJARDVIK
Con una hora de retraso y a eso de las 23:30 dejábamos Madrid y poníamos rumbo a Islandia. Era noche cerrada. 3 horas 35 minutos después llegábamos a Keflavik a plena luz del día (como si fueran las 9 de la mañana). Corrimos a cambiar dinero en el mismo aeropuerto (cambiamos todo lo que llevábamos) y salimos de la terminal en busca de nuestro coche. La primera sensación fue: “¿y este es el frío islandés?” Una agradable temperatura primaveral nos recibió al salir del aeropuerto y nos acompañaría toda la primera semana de viaje. Nuestros relojes (convenientemente atrasados dos horas) marcaban la hora local: 2 a.m. Recogimos el flamante Toyota RAV4 de color dorado, que nos pareció capaz de atravesar la luna, y partimos a dormir el tiempo que pudiéramos. Resueltas las dudas básicas de cómo conducir un coche automático, localizamos el hostel de Njardvik en seguida y despertamos a los pobres alemanes que dormían plácidamente en la habitación compartida. Desembalamos nuestros sacos y disfrutamos de nuestra primera noche iluminada.
DÍA 1. Reykjavic-Gullfoss-Kerlingarfjöll
Cuando salimos de la caseta del Hostel de Njardvik lucía un sol espléndido y había muy pocas nubes en el cielo. Animados y sorprendidos nos pusimos rápidamente camino a Reykjavic, 45 km desde el aeropuerto internacional a la capital por autovía de dos carriles por sentido, única en su especie en toda Islandia. Dejamos a la derecha el desvío a la Blue Lagoon, prevista para el último día de viaje, y a la izquierda, el día claro permitía ver en la lejanía el volcán Snaefellsjökull, con su cumbre perpetuamente nevada.
Nuestra primera parada en Reykjavic fue la cúpula de Perlan, desde donde se tienen unas buenas vistas de la ciudad, y te haces una idea de su tamaño y distribución. Comparado con Madrid, la primera impresión es la de un pueblo costero grandecito, casas de no más de tres alturas y varias torres de iglesias dispersas. La bahía (Reykjavic significa “Bahía Humeante”), los lagos y las montañas al fondo le dan un entorno muy bonito.

Al bajar aparcamos el coche al lado de la catedral, moderna y fea, y subimos a la torre, pagando los únicos tickets de todo el viaje, unas 350 kr (4€) por persona. Desde allí fuimos andando al centro y nos dimos una vuelta por las calles comerciales, con muchos bares y terrazas, y los parques abarrotados de gente. Comimos unos bocatas sentados en el césped y decidimos marchar ya hacia Laugarvatn, donde teníamos reserva para esa noche.
La carretera asfaltada desapareció en cuanto hubo un desvío hacia el interior, y la pista de tierra nos llevó a una “ciudad” de siete u ocho casas a la orilla de un gran lago. Encontramos el Hostel fácilmente, bastante bueno y acogedor (4700 kr, unos 55€ por una habitación doble en modo sleeping bag, donde tienes cama con colchón pero sin sábanas, así que duermes en tu saco).
Sólo era media tarde, así que nos fuimos hacia Gullfoss, la primera gran cascada y parada obligatoria sin duda. Se trata de un río de más de 100 metros de ancho que baja en aguas rápidas y desemboca en una larga cascada de 10 metros de altura y ésta en otra mayor con tanta potencia que el río que se desliza desde ella solo se ve muchos metros más allá, cañón abajo. Lo bueno de las cascadas islandesas es que te puedes acercar hasta donde te atrevas y prácticamente tocarlas con las manos. En Gullfoss hay un camino marcado, pero verás cómo la gente se mete entre los recovecos, por las rocas, y llegan al borde de la caída. Nos pasamos un buen rato observándola desde distintas alturas.

En Perlan habíamos visto una postal tentadora de unas montañas rojizas en un lugar llamado Kerlingarfjöll, y parecía estar cerca de allí según el mapa. Resultaron ser 60 km de carretera F, recomendadas solo para 4x4, lo cual implica vadeos de ríos, socavones, piedras y bastante polvo, así que no hagáis como nosotros y mantened las ventanillas cerradas; estuvimos sacando polvo de la maleta hasta el último día. Conducir por estas pistas es ya una aventura en sí, y todas las penurias de las carreteras F quedan compensadas por los lugares a los que llevan, los menos turísticos y más espectaculares de Islandia.
La F35 discurría paralela al glaciar Langjökull, a través de un paisaje montañoso lleno de colores que el sol de la tarde realzaba. Unos cuantos ríos poco profundos que aportaron emoción y algo de temor por ser los primeros y ya empezábamos a divisar unos picos anaranjados manchados por todas partes de blanco por los neveros. La carretera naranja del mapa dio paso a una color blanco, dos niveles por debajo en cuanto a accesibilidad. Por una pista naranja se puede circular con un turismo yendo con cuidado, pero por las amarillas y blancas es una temeridad y cualquier avería te puede costar un disgusto y un riñón.
El glaciar Langjökull se fue quedando a la espalda, y ante nosotros cada vez más cerca esas montañas encendidas con el recién aparecido glaciar Hofsjökull al lado. Algunas manchas verdes de hierba que justificaban la presencia de grupos de ovejas, siempre de tres en tres -todo un misterio- columnas de humo procedentes del agua hirviendo del subsuelo y sobre todo los colores de las montañas, encendidos por las 5 horas de atardecer del verano islandés.

Allí estuvimos un buen rato y sobre las 11 de la noche comenzamos el regreso con el sol en los ojos para hacer un poco más complicada la conducción. Hora y media después, ya con el sol detrás del glaciar, llegamos a Geysir y decidimos aprovechar la claridad de medianoche para disfrutar casi en soledad de uno de los lugares más turísticos y concurridos de Islandia. Muchas ollas humeantes en el suelo, pero solo el géiser Strokkur nos deleitó en varias ocasiones con su chorro hirviente de 30 metros de altura. Fue la guinda a un tremendo primer día de viaje.
Nuestra primera parada en Reykjavic fue la cúpula de Perlan, desde donde se tienen unas buenas vistas de la ciudad, y te haces una idea de su tamaño y distribución. Comparado con Madrid, la primera impresión es la de un pueblo costero grandecito, casas de no más de tres alturas y varias torres de iglesias dispersas. La bahía (Reykjavic significa “Bahía Humeante”), los lagos y las montañas al fondo le dan un entorno muy bonito.

Al bajar aparcamos el coche al lado de la catedral, moderna y fea, y subimos a la torre, pagando los únicos tickets de todo el viaje, unas 350 kr (4€) por persona. Desde allí fuimos andando al centro y nos dimos una vuelta por las calles comerciales, con muchos bares y terrazas, y los parques abarrotados de gente. Comimos unos bocatas sentados en el césped y decidimos marchar ya hacia Laugarvatn, donde teníamos reserva para esa noche.
La carretera asfaltada desapareció en cuanto hubo un desvío hacia el interior, y la pista de tierra nos llevó a una “ciudad” de siete u ocho casas a la orilla de un gran lago. Encontramos el Hostel fácilmente, bastante bueno y acogedor (4700 kr, unos 55€ por una habitación doble en modo sleeping bag, donde tienes cama con colchón pero sin sábanas, así que duermes en tu saco).
Sólo era media tarde, así que nos fuimos hacia Gullfoss, la primera gran cascada y parada obligatoria sin duda. Se trata de un río de más de 100 metros de ancho que baja en aguas rápidas y desemboca en una larga cascada de 10 metros de altura y ésta en otra mayor con tanta potencia que el río que se desliza desde ella solo se ve muchos metros más allá, cañón abajo. Lo bueno de las cascadas islandesas es que te puedes acercar hasta donde te atrevas y prácticamente tocarlas con las manos. En Gullfoss hay un camino marcado, pero verás cómo la gente se mete entre los recovecos, por las rocas, y llegan al borde de la caída. Nos pasamos un buen rato observándola desde distintas alturas.

En Perlan habíamos visto una postal tentadora de unas montañas rojizas en un lugar llamado Kerlingarfjöll, y parecía estar cerca de allí según el mapa. Resultaron ser 60 km de carretera F, recomendadas solo para 4x4, lo cual implica vadeos de ríos, socavones, piedras y bastante polvo, así que no hagáis como nosotros y mantened las ventanillas cerradas; estuvimos sacando polvo de la maleta hasta el último día. Conducir por estas pistas es ya una aventura en sí, y todas las penurias de las carreteras F quedan compensadas por los lugares a los que llevan, los menos turísticos y más espectaculares de Islandia.
La F35 discurría paralela al glaciar Langjökull, a través de un paisaje montañoso lleno de colores que el sol de la tarde realzaba. Unos cuantos ríos poco profundos que aportaron emoción y algo de temor por ser los primeros y ya empezábamos a divisar unos picos anaranjados manchados por todas partes de blanco por los neveros. La carretera naranja del mapa dio paso a una color blanco, dos niveles por debajo en cuanto a accesibilidad. Por una pista naranja se puede circular con un turismo yendo con cuidado, pero por las amarillas y blancas es una temeridad y cualquier avería te puede costar un disgusto y un riñón.
El glaciar Langjökull se fue quedando a la espalda, y ante nosotros cada vez más cerca esas montañas encendidas con el recién aparecido glaciar Hofsjökull al lado. Algunas manchas verdes de hierba que justificaban la presencia de grupos de ovejas, siempre de tres en tres -todo un misterio- columnas de humo procedentes del agua hirviendo del subsuelo y sobre todo los colores de las montañas, encendidos por las 5 horas de atardecer del verano islandés.

Allí estuvimos un buen rato y sobre las 11 de la noche comenzamos el regreso con el sol en los ojos para hacer un poco más complicada la conducción. Hora y media después, ya con el sol detrás del glaciar, llegamos a Geysir y decidimos aprovechar la claridad de medianoche para disfrutar casi en soledad de uno de los lugares más turísticos y concurridos de Islandia. Muchas ollas humeantes en el suelo, pero solo el géiser Strokkur nos deleitó en varias ocasiones con su chorro hirviente de 30 metros de altura. Fue la guinda a un tremendo primer día de viaje.
DÍA 2. Thingvellir-Seljalandfoss-Törsmork
Entusiasmados por todo lo visto el primer día, salimos de Laugarvatn dirección Thingvellir, una de las zonas más turísticas y queridas del país puesto que es un símbolo de la independencia islandesa. Thingvellir significa “llanura de la asamblea” y era el lugar donde una vez al año y desde el 930, se reunían los jefes islandeses para discutir los problemas del país. Durante un par de semanas la zona se llenaba de visitantes, campamentos, tiendas... Una bandera islandesa marca el lugar desde el que el portavoz de la asamblea leía las leyes al resto del pueblo.
El hecho no sería más que una curiosidad sino fuera porque el lugar elegido es la falla que separa la placa americana de la euroasiática. ¡Y se puede caminar por dentro! El “pueblo” de Thingvellir se sitúa junto a la placa americana pero hay caminos marcados que llevan hasta la europea unos 3 km más allá. Entre medias, el lago Thingvallavatn, ya de por sí el más grande de Islandia, crece 1,5 cm cada año al ir separándose las placas. Desde luego merece la pena caminar por el interior de una falla rodeado de enormes paredones.

Después de comer disfrutando de otro día soleado, empezó la búsqueda de alojamiento. Una granja en el pueblo de Hvolsvollur parecía la mejor opción y además teníamos muchas ganas de ver cómo funcionaba la red de alojamientos rurales islandeses. De camino al pueblo, una señal con el símbolo de lugar de interés y varios autobuses aparcados nos hicieron desviarnos a investigar. Un consejo, cada vez que veas una de estas señales ¡DESVÍATE! Nos encontramos con el volcán Herid y su cráter inundado que los islandeses usan para cría de peces. El paseo de 15 minutos justo por el borde del cono es una gozada.
Una vez instalados en nuestra granja (en una habitación de lo más lujoso, con edredones nórdicos) continuamos hacia Seljalandsfoss para aprovechar las horas de luz. Cada día de tu viaje a Islandia verás cascadas y cada una te parecerá mejor que la anterior porque todas tienen algo especial. Seljalandsfoss, a sólo 400m de la Ring Road, permite caminar por detrás de su cortina de agua. Eso sí, acércate con chubasquero o acabarás empapado.
Empezaba el largo atardecer islandés y no teníamos la menor gana de irnos a dormir así que pusimos rumbo a Torsmork por una carretera sólo apta para 4x4. El Parque Nacional de Torsmork es famoso por ser principio y final de algunas de las rutas a pie más populares del país. Si te gusta el senderismo y tienes tiempo, no puede haber mejor manera de pasar algunos días de marcha. Landmannalaugar-Torsmork (4 días) y Torsmork-Skogar (2 días) son las mejores. Lamentablemente, no podemos hablar de lo bonito que es Torsmork porque fuimos vencidos por el camino. Es muy emocionante avanzar por caminos difíciles y cruzar ríos hasta que... ¡te quedas encallado en uno! Después unos minutos intentando avanzar hacia cualquier parte, conseguimos salir marcha atrás, pero el mal rato no nos lo quitó nadie. Justo en ese momento apareció un enorme autobús (con ruedas aún más enormes) y cruzó sin problemas nuestro río. Envalentonados, seguimos sus huellas y topamos poco más allá con otro río en el que... ¡volvimos a quedar encallados! La suerte hizo que la marcha atrás volviera a funcionar tras varios intentos, pero el susto nos hizo desistir y dejamos descansar al 4x4 mientras explorábamos la zona andando. El camino es una maravilla con sus cascadas, ríos y lenguas glaciares, imagina cómo será Torsmork.

Con ganas de olvidarnos de los ríos y siguiendo las indicaciones que nos dieron en un aeródromo, nos dirigimos al faro que se asoma a las islas Vestmannaeyjar o “islas de los hombres del oeste”, llamadas así porque estuvieron pobladas por esclavos ingleses (hombres del oeste para los vikingos) que habían escapado de sus captores islandeses. Descartamos cruzar hasta las islas (hay ferrys desde varios puntos) pero seguro que merecen una visita aunque sólo sea por ver lo que queda de una de las erupciones más recientes del país, la de 1973, que obligó a evacuar las islas. Además, la isla más a la derecha, Surtsey, emergió del mar en otra gran erupción en los años 60 y todavía hoy sólo se permite el paso a científicos.
Nuestra idea era llegar hasta la costa para ver mejor las islas, pero una vez más y por tercera vez en la tarde, ¡encallamos! Esta vez, la arena fue la culpable. Descubrir que tu coche no tiene tracción a las 4 ruedas cuando la arena llega ya hasta las puertas, es como mínimo... incómodo. Ni cavar ni apuntalar las ruedas con maderos estaba funcionando cuando por el camino apareció un 4x4 (de los de verdad) conducido por la gente del aeródromo que venía en nuestro rescate. La amabilidad de la gente no dejó de sorprendernos en todo el viaje; preocupados por si llegábamos bien, se habían quedado observándonos y no se pensaron un momento el venir a ayudarnos. Un par de tirones y nuestro coche (que ya no nos parecía tan estupendo) quedó libre.
Una lata de fabada nos consoló de nuestras penas del día y nos fuimos a la cama con mucho más respeto por la naturaleza islandesa.
El hecho no sería más que una curiosidad sino fuera porque el lugar elegido es la falla que separa la placa americana de la euroasiática. ¡Y se puede caminar por dentro! El “pueblo” de Thingvellir se sitúa junto a la placa americana pero hay caminos marcados que llevan hasta la europea unos 3 km más allá. Entre medias, el lago Thingvallavatn, ya de por sí el más grande de Islandia, crece 1,5 cm cada año al ir separándose las placas. Desde luego merece la pena caminar por el interior de una falla rodeado de enormes paredones.

Después de comer disfrutando de otro día soleado, empezó la búsqueda de alojamiento. Una granja en el pueblo de Hvolsvollur parecía la mejor opción y además teníamos muchas ganas de ver cómo funcionaba la red de alojamientos rurales islandeses. De camino al pueblo, una señal con el símbolo de lugar de interés y varios autobuses aparcados nos hicieron desviarnos a investigar. Un consejo, cada vez que veas una de estas señales ¡DESVÍATE! Nos encontramos con el volcán Herid y su cráter inundado que los islandeses usan para cría de peces. El paseo de 15 minutos justo por el borde del cono es una gozada.
Una vez instalados en nuestra granja (en una habitación de lo más lujoso, con edredones nórdicos) continuamos hacia Seljalandsfoss para aprovechar las horas de luz. Cada día de tu viaje a Islandia verás cascadas y cada una te parecerá mejor que la anterior porque todas tienen algo especial. Seljalandsfoss, a sólo 400m de la Ring Road, permite caminar por detrás de su cortina de agua. Eso sí, acércate con chubasquero o acabarás empapado.
Empezaba el largo atardecer islandés y no teníamos la menor gana de irnos a dormir así que pusimos rumbo a Torsmork por una carretera sólo apta para 4x4. El Parque Nacional de Torsmork es famoso por ser principio y final de algunas de las rutas a pie más populares del país. Si te gusta el senderismo y tienes tiempo, no puede haber mejor manera de pasar algunos días de marcha. Landmannalaugar-Torsmork (4 días) y Torsmork-Skogar (2 días) son las mejores. Lamentablemente, no podemos hablar de lo bonito que es Torsmork porque fuimos vencidos por el camino. Es muy emocionante avanzar por caminos difíciles y cruzar ríos hasta que... ¡te quedas encallado en uno! Después unos minutos intentando avanzar hacia cualquier parte, conseguimos salir marcha atrás, pero el mal rato no nos lo quitó nadie. Justo en ese momento apareció un enorme autobús (con ruedas aún más enormes) y cruzó sin problemas nuestro río. Envalentonados, seguimos sus huellas y topamos poco más allá con otro río en el que... ¡volvimos a quedar encallados! La suerte hizo que la marcha atrás volviera a funcionar tras varios intentos, pero el susto nos hizo desistir y dejamos descansar al 4x4 mientras explorábamos la zona andando. El camino es una maravilla con sus cascadas, ríos y lenguas glaciares, imagina cómo será Torsmork.

Con ganas de olvidarnos de los ríos y siguiendo las indicaciones que nos dieron en un aeródromo, nos dirigimos al faro que se asoma a las islas Vestmannaeyjar o “islas de los hombres del oeste”, llamadas así porque estuvieron pobladas por esclavos ingleses (hombres del oeste para los vikingos) que habían escapado de sus captores islandeses. Descartamos cruzar hasta las islas (hay ferrys desde varios puntos) pero seguro que merecen una visita aunque sólo sea por ver lo que queda de una de las erupciones más recientes del país, la de 1973, que obligó a evacuar las islas. Además, la isla más a la derecha, Surtsey, emergió del mar en otra gran erupción en los años 60 y todavía hoy sólo se permite el paso a científicos.
Nuestra idea era llegar hasta la costa para ver mejor las islas, pero una vez más y por tercera vez en la tarde, ¡encallamos! Esta vez, la arena fue la culpable. Descubrir que tu coche no tiene tracción a las 4 ruedas cuando la arena llega ya hasta las puertas, es como mínimo... incómodo. Ni cavar ni apuntalar las ruedas con maderos estaba funcionando cuando por el camino apareció un 4x4 (de los de verdad) conducido por la gente del aeródromo que venía en nuestro rescate. La amabilidad de la gente no dejó de sorprendernos en todo el viaje; preocupados por si llegábamos bien, se habían quedado observándonos y no se pensaron un momento el venir a ayudarnos. Un par de tirones y nuestro coche (que ya no nos parecía tan estupendo) quedó libre.
Una lata de fabada nos consoló de nuestras penas del día y nos fuimos a la cama con mucho más respeto por la naturaleza islandesa.
DÍA 3. Hekla-Landmannalaugar-Eldgjá
Sobre las 10 de la mañana abandonamos el asfalto ya para todo el día, aunque las primeras pistas de tierra eran naranjas y permitían circular a buena velocidad, a unos 80 km/h. En seguida apareció el Hekla por la derecha, aquel que llaman “el enmascarado” por estar siempre cubierto por las nubes. Nuestra suerte con el tiempo se mantenía, un día claro y soleado mostraba el volcán en toda su dimensión, y la carretera lo iba rodeando hasta llegar al cruce con la F225 que lleva a Landmannalaugar. Un cartel explicativo advertía de la complejidad del camino, carretera de 50 km solo apta para 4x4 y varios ríos atravesándola. Aún así nos cruzamos con más de un turismo por el camino.
El paisaje se volvió lunar casi sin aviso, cenizas negras alfombraban el suelo y un mar de rocas de lava dispersas llenaban la vista hasta la cumbre nevada del Hekla, que se iba alejando poco a poco.

Hicimos algunas paradas por el camino para disfrutar de aquel lugar y pisar ese suelo blando tan peculiar generado por erupciones no tan antiguas como uno se imagina. Igual que vino el negro del paisaje se fue de repente y comenzaron los ríos, el verde y, por supuesto, las ovejas, de tres en tres. Los vadeos no presentaron problemas y el viaje se convirtió en una delicia para los ojos, ya empezaban a atisbarse las maravillas que habíamos leído de Landmannalaugar. Justo antes de llegar al camping, destino final, había un río de gran profundidad que invitaba a aparcar allí mismo y seguir a pie el medio kilómetro que restaba, pero envalentonados por otros todo terrenos que cruzaban con el agua casi por las ventanillas decidimos atravesarlo y nuestro bólido respondió como un titán y llegó al aparcamiento. En el camping puedes encontrar mapas e información y de allí parten varias rutas de poco duración y el famoso Laugavegur de 55 km hasta Torsmork, considerado el mejor trekking del mundo. Decidimos hacer una ruta circular de unas 3 horas de duración que recorría la primera parte del Laugavegur. Después de una pequeña subida el sendero discurre entre un campo de lava que supera la altura de cualquier persona y termina, sin transición, en un enorme llano repleto de flores, pastos, ovejas y riachuelos rodeado por esas montañas rojas y doradas de Landmannalaugar, salpicadas de neveros.

Dando por hecho que el camino circulaba por ese precioso campo floreado seguimos adelante hasta una cascada que se veía a lo lejos. Allí sacamos los bocatas y descansamos tirados al sol, en pantalón corto y camiseta, prácticamente solos. Al emprender el regreso nos llamó la atención una columna de humo que salía del suelo y fuimos a investigar. Al acercarnos se percibía el sonido del burbujeo y, efectivamente, allí bullía una pequeña olla natural de agua hirviendo que al caer por la ladera de la montaña dejaba un rastro caliente de colores ocres, grises y verdes y se mezclaba más abajo con el agua fría de los ríos.
Indagamos un poco más allá y aparecieron nuevos hervideros, algunos del diámetro de un hula-hoop, agua hirviendo entre neveros y ríos helados y un intenso olor a huevos podridos que se aprecia a mucha distancia. Cuando regresamos a la altura del campo de lava nos dimos cuenta de que no habíamos seguido el Laugavegur, así que lo cogimos un trocito más hasta una cima desde la que se aprecian todos esos mundos tan diferentes juntos en un kilómetro cuadrado. El camino de bajada transita por un cañón de paredes naranjas, grises y verdes y llega sin dificultad de vuelta al camping, punto de partida de un Laugavegur que algún día recorreremos entero.
Al poner en marcha el coche empezó a sonar un infernal ruido de rotura total de los bajos. Se nos puso la cara blanca y pusimos cuerpo a tierra para comprobar que allí no había nada descolgado, pero el ruido se mantenía y por más que mirábamos no había nada extraño. A punto ya de llorar se nos acercó un austriaco y nos dijo que si podía echar un vistazo. Con el cielo abierto por aquella abrumadora solidaridad pusimos la mecánica en sus manos y el tipo empezó a sacar piedrecitas de entre los discos del freno y las llantas, nos explicó que era un problema frecuente por esos caminos y nos dijo que arrancásemos a ver que tal. Música celestial. Tremendamente agradecidos seguimos carretera adelante, continuando ahora por la F208, con intención de llegar a Vik o alrededores. Más ríos, peor carretera, y una densa niebla que ralentizaron la marcha y empezaron a hacernos dudar de llegar antes de medianoche a cualquier lugar habitado. Además queríamos hacer una parada en Eldgjá, sin saber muy bien lo que era. Cuando llegamos no había nadie en la pequeña explanada que hace de aparcamiento. Unos 20 minutos de sendero en solitario a través de un valle entre la niebla hasta llegar a una cascada con doble caída bastante caudalosa. La bautizamos como la cascada del mono, porque tiene un aspecto parecido al monte Rushmore, pero en vez de presidentes parecen esculpidas las caras de un mono gigante y un cosaco ruso más una tercera figura abstracta.

La niebla, las caras, el estruendo del agua y la soledad lo convierten en un lugar misterioso que nos encantó ver, aunque nos costara dormir en el coche, porque eran ya más de las 9, no teníamos nada reservado y estábamos a 2 horas de pista amarilla de la civilización. Un cartel en medio del monte anunció entonces la presencia de alojamiento en las inmediaciones. Llegamos a un camping que tenía cabañas de madera para 6 personas y tuvimos suerte de que hubiese alguno libre. Nos costó 6000 kr (72 €) en modo sleeping bag.
Cenamos en nuestra cabañita y fuimos a dar una vuelta. Aparecieron una pareja de zorros pequeñitos que parecían las mascotas del camping, y hacían las delicias de los niños. Nuestro paseo “nocturno” no tenía ninguna pretensión, pero a unos 200 metros colina arriba empezaba a verse vapor de agua emergente de un cañón, lo cual solo podía significar la presencia de otra gran cascada. Así fue, una gran corriente de agua se precipitaba con gran violencia en una poza encajonada entre paredes verticales de veinte metros de alto. Además toda la zona estaba cubierta por ese musgo tan denso que parece esponja y tumbarse sobre él encima de una roca era como estar en un colchón. Volvimos a nuestra cabañita y dormimos como benditos con los recuerdos recientes de un día fantástico.
El paisaje se volvió lunar casi sin aviso, cenizas negras alfombraban el suelo y un mar de rocas de lava dispersas llenaban la vista hasta la cumbre nevada del Hekla, que se iba alejando poco a poco.

Hicimos algunas paradas por el camino para disfrutar de aquel lugar y pisar ese suelo blando tan peculiar generado por erupciones no tan antiguas como uno se imagina. Igual que vino el negro del paisaje se fue de repente y comenzaron los ríos, el verde y, por supuesto, las ovejas, de tres en tres. Los vadeos no presentaron problemas y el viaje se convirtió en una delicia para los ojos, ya empezaban a atisbarse las maravillas que habíamos leído de Landmannalaugar. Justo antes de llegar al camping, destino final, había un río de gran profundidad que invitaba a aparcar allí mismo y seguir a pie el medio kilómetro que restaba, pero envalentonados por otros todo terrenos que cruzaban con el agua casi por las ventanillas decidimos atravesarlo y nuestro bólido respondió como un titán y llegó al aparcamiento. En el camping puedes encontrar mapas e información y de allí parten varias rutas de poco duración y el famoso Laugavegur de 55 km hasta Torsmork, considerado el mejor trekking del mundo. Decidimos hacer una ruta circular de unas 3 horas de duración que recorría la primera parte del Laugavegur. Después de una pequeña subida el sendero discurre entre un campo de lava que supera la altura de cualquier persona y termina, sin transición, en un enorme llano repleto de flores, pastos, ovejas y riachuelos rodeado por esas montañas rojas y doradas de Landmannalaugar, salpicadas de neveros.

Dando por hecho que el camino circulaba por ese precioso campo floreado seguimos adelante hasta una cascada que se veía a lo lejos. Allí sacamos los bocatas y descansamos tirados al sol, en pantalón corto y camiseta, prácticamente solos. Al emprender el regreso nos llamó la atención una columna de humo que salía del suelo y fuimos a investigar. Al acercarnos se percibía el sonido del burbujeo y, efectivamente, allí bullía una pequeña olla natural de agua hirviendo que al caer por la ladera de la montaña dejaba un rastro caliente de colores ocres, grises y verdes y se mezclaba más abajo con el agua fría de los ríos.
Indagamos un poco más allá y aparecieron nuevos hervideros, algunos del diámetro de un hula-hoop, agua hirviendo entre neveros y ríos helados y un intenso olor a huevos podridos que se aprecia a mucha distancia. Cuando regresamos a la altura del campo de lava nos dimos cuenta de que no habíamos seguido el Laugavegur, así que lo cogimos un trocito más hasta una cima desde la que se aprecian todos esos mundos tan diferentes juntos en un kilómetro cuadrado. El camino de bajada transita por un cañón de paredes naranjas, grises y verdes y llega sin dificultad de vuelta al camping, punto de partida de un Laugavegur que algún día recorreremos entero.
Al poner en marcha el coche empezó a sonar un infernal ruido de rotura total de los bajos. Se nos puso la cara blanca y pusimos cuerpo a tierra para comprobar que allí no había nada descolgado, pero el ruido se mantenía y por más que mirábamos no había nada extraño. A punto ya de llorar se nos acercó un austriaco y nos dijo que si podía echar un vistazo. Con el cielo abierto por aquella abrumadora solidaridad pusimos la mecánica en sus manos y el tipo empezó a sacar piedrecitas de entre los discos del freno y las llantas, nos explicó que era un problema frecuente por esos caminos y nos dijo que arrancásemos a ver que tal. Música celestial. Tremendamente agradecidos seguimos carretera adelante, continuando ahora por la F208, con intención de llegar a Vik o alrededores. Más ríos, peor carretera, y una densa niebla que ralentizaron la marcha y empezaron a hacernos dudar de llegar antes de medianoche a cualquier lugar habitado. Además queríamos hacer una parada en Eldgjá, sin saber muy bien lo que era. Cuando llegamos no había nadie en la pequeña explanada que hace de aparcamiento. Unos 20 minutos de sendero en solitario a través de un valle entre la niebla hasta llegar a una cascada con doble caída bastante caudalosa. La bautizamos como la cascada del mono, porque tiene un aspecto parecido al monte Rushmore, pero en vez de presidentes parecen esculpidas las caras de un mono gigante y un cosaco ruso más una tercera figura abstracta.

La niebla, las caras, el estruendo del agua y la soledad lo convierten en un lugar misterioso que nos encantó ver, aunque nos costara dormir en el coche, porque eran ya más de las 9, no teníamos nada reservado y estábamos a 2 horas de pista amarilla de la civilización. Un cartel en medio del monte anunció entonces la presencia de alojamiento en las inmediaciones. Llegamos a un camping que tenía cabañas de madera para 6 personas y tuvimos suerte de que hubiese alguno libre. Nos costó 6000 kr (72 €) en modo sleeping bag.
Cenamos en nuestra cabañita y fuimos a dar una vuelta. Aparecieron una pareja de zorros pequeñitos que parecían las mascotas del camping, y hacían las delicias de los niños. Nuestro paseo “nocturno” no tenía ninguna pretensión, pero a unos 200 metros colina arriba empezaba a verse vapor de agua emergente de un cañón, lo cual solo podía significar la presencia de otra gran cascada. Así fue, una gran corriente de agua se precipitaba con gran violencia en una poza encajonada entre paredes verticales de veinte metros de alto. Además toda la zona estaba cubierta por ese musgo tan denso que parece esponja y tumbarse sobre él encima de una roca era como estar en un colchón. Volvimos a nuestra cabañita y dormimos como benditos con los recuerdos recientes de un día fantástico.
DÍA 4. Skogarfoss-Dyrholaey-Vik
Después de los kilómetros recorridos por el interior de Islandia, nuestro primer objetivo era encontrar gasolina. Nos dirigimos a Vik, la ciudad más grande de la zona (o sea, 300 habitantes) para después retroceder unos kilómetros por la Ring Road hasta Skogar. Pero antes de llegar, un autobús detenido en medio de la llanura llamó nuestra atención. Y es que Myrdalssandur no es solo una llanura. Montones y montones de pequeños cráteres de entre 2 y 5 metros de altura ocupan el terreno que separa la Ring Road del mar. Una sencilla escalada a la cima de cualquiera de ellos permite una mejor perspectiva del curioso paisaje. Con ganas de más, continuamos hacia Skogar y su cascada Skogarfoss.

Según la leyenda, un jefe vikingo escondió un enorme tesoro tras la cortina de agua para protegerlo de sus enemigos y aún hoy pueden verse los reflejos dorados a través de la cascada. Nosotros no vimos ni rastro del oro, pero nos encontramos con los arco iris más impresionantes y cercanos que habíamos visto nunca. Los 62 metros de caída de Skogarfoss hacen que el agua se disperse a su alrededor formando arco iris superpuestos en los días soleados. Una empinada escalera de metal sube hasta la cima de la cascada y se convierte en el principio/final de la ruta Skogar-Tosmork. A mitad de escalera, un mirador deja la mejor vista de la cascada. Merece la pena trepar hasta lo más alto y recorrer (una vez recuperado el aliento) la rivera del río unos metros para encontrarse con otra pequeña cascada y morirse de envidia viendo llegar a los valientes que acaban la ruta de 2 días, armados con enormes mochilas, agotados, pero satisfechos, y que…. ¡te saludan en español! La casualidad hizo que coincidiéramos con un par de grupos de españoles que acababan en aquel momento su ruta. Después de intercambiar anécdotas y saludos, nos despedimos, dejándoles abrazándose y descansando en la hierba ya libres de arrastrar el peso de las mochilas.
De regreso a Vik el viaje se convirtió en un “día de playa”. La costa sur de Islandia guarda algunos de los paisajes más curiosos y espectaculares de la isla: playas de arena negra, rocas solitarias en medio del mar, montones de aves de todo tipo…
El primer ejemplo de costa islandesa fue Dyrholaey, una extensa playa flanqueada por formaciones rocosas que se adentran en el mar, rotas en algunos puntos por enormes arcos que podrían atravesarse en barco. Como cada vez que encontramos agua, el paseo descalzos era obligado hasta llegar al extremo más alejado donde la pared de roca nos cerraba el paso. Después de asustar a un nutrido grupo de patitos que descansaban despreocupados sobre la arena (en décimas de segundo se habían alejado mar adentro), curioseamos por las cavernas formadas por la erosión del agua y nos tomamos un descanso tumbados en la playa. En cuanto iniciamos el camino de vuelta, los patitos reconquistaron felices su territorio.

Para nuestra siguiente parada deshicimos el camino recorrido por la mañana y regresamos a Vik. El monte que preside la ciudad supone la frontera entre la zona suroeste de Islandia y los parajes más inhóspitos del este. La colina actúa como frontera natural frenando el avance de las nubes hacia el suroeste y convirtiendo la zona de Vik en una de las más lluviosas del país. Además separa la playa de Vik de la de Reynisfjara, ambas de visita obligatoria.
La playa de Vik no es tan espectacular como la de Dyrholaey pero ofrece la posibilidad de acercarse (probablemente por primera vez en vuestro viaje) a los frailecillos o “puffin” (en inglés, o “lundi” en islandés). Es un pecado visitar Islandia y no conocer a estos pajaritos que son casi un símbolo nacional. Considerados los pingüinos del hemisferio norte, son las criaturas más simpáticas y confiadas que se puedan encontrar. Con sus andares patosos y su peculiar forma de volar, uno podría pasarse horas viéndoles ir y venir en busca de comida. La ladera del monte que limita con la playa de Vik alberga los nidos excavados en la tierra de miles de puffin. Su buen carácter permite sentarse entre ellos sin peligro alguno y en nuestro caso, el lugar se convirtió en un excelente puesto de observación donde comer unos sándwiches.
Terminada la comida retrocedimos para visitar Reynisfjara, probablemente la más espectacular de las tres playas, aunque también sea la más llena de turistas. La erosión aquí ha decidido esculpir las paredes de basalto que limitan la playa, en forma de gigantescos bloques de piedra, a modo de curiosa escalera, como en esos juegos en los que tienes que contar el número de cubos que tiene la figura. Frente a la playa de Reynisfjara, además, se alzan tres enormes bloques de piedra en medio del mar. Nadie sabe muy bien cómo llegaron allí, pero se dice que fueron tres trolls que sorprendidos por el amanecer no fueron capaces de llegar hasta sus refugios en la playa. Toda la costa islandesa está plagada de este tipo de formaciones rocosas, y por supuesto, cada una de ellas guarda su propia leyenda.

La tarde se nos echaba encima y aún nos faltaba visitar Laki, otra de las zonas espectaculares que guarda la naturaleza islandesa, como no, con volcán incluido. Antes de ponernos en camino decidimos informarnos de la ruta por miedo a encontrar ríos peligrosos. En la oficina de turismo de Kirkjubaejarklaustur (en serio, ése es el nombre de la ciudad!!) nos aconsejaron no intentarlo y nos ofrecieron un servicio de autobuses que salía cada mañana. Un poco decepcionados renunciamos a la excursión y empezamos a buscar alojamiento pero todo parecía completo.
Aunque en muchos foros se dice que no hay problemas para conseguir alojamiento por el país, la verdad es que es conveniente ir reservando al menos con un día de antelación, a no ser que vayáis con vuestra tienda de campaña, en cuyo caso no tendréis ningún problema porque está permitida la acampada libre por casi todo el país. Nosotros habíamos decidido no llevar la tienda de campaña… ¡¡quién nos iba a decir que acabaríamos alquilando una!! Después de ser rechazados en todas las guesthouses de la zona, la gente del camping Skaftafell nos ofreció una tienda no muy cara después de llamar en nuestro nombre a todos los alojamientos en 20 km a la redonda. La amabilidad de los islandeses nos seguía sorprendiendo; la chica que nos atendió nos prestó dos colchonetas y trató de darnos precios e instrucciones ¡en español! La verdad es que para haber estado sólo un mes en Granada estudiando, hablaba fenomenal. Ya de paso, matamos dos pájaros de un tiro porque la recepción del camping actúa como centro de reservas de excursiones por el glaciar Vatnajokull, así que aprovechamos para reservar una caminata por el glaciar para la mañana siguiente.
Si nunca habéis montado una tienda iglú, sabréis por lo que pasamos la siguiente media hora, tratando de averiguar para qué servía cada elemento y sin saber muy bien si la tienda aguantaría si soplaba el viento o empezaba a llover. Aún así, orgullosos de nuestro trabajo echamos a andar en busca de Svartifoss, una cascada a la que se llega desde el propio camping. La pared por la que se precipita Svartifoss, ha sufrido el mismo tipo de erosión que las paredes de Reynisfjara y, aunque la caída no es muy grande, las formaciones cúbicas de la montaña le dan un atractivo especial. Cenamos al pie de la cascada e iniciamos el descenso sin quitar ojo a la enorme masa helada del Vatnajokull, nuestro destino a la mañana siguiente.

Según la leyenda, un jefe vikingo escondió un enorme tesoro tras la cortina de agua para protegerlo de sus enemigos y aún hoy pueden verse los reflejos dorados a través de la cascada. Nosotros no vimos ni rastro del oro, pero nos encontramos con los arco iris más impresionantes y cercanos que habíamos visto nunca. Los 62 metros de caída de Skogarfoss hacen que el agua se disperse a su alrededor formando arco iris superpuestos en los días soleados. Una empinada escalera de metal sube hasta la cima de la cascada y se convierte en el principio/final de la ruta Skogar-Tosmork. A mitad de escalera, un mirador deja la mejor vista de la cascada. Merece la pena trepar hasta lo más alto y recorrer (una vez recuperado el aliento) la rivera del río unos metros para encontrarse con otra pequeña cascada y morirse de envidia viendo llegar a los valientes que acaban la ruta de 2 días, armados con enormes mochilas, agotados, pero satisfechos, y que…. ¡te saludan en español! La casualidad hizo que coincidiéramos con un par de grupos de españoles que acababan en aquel momento su ruta. Después de intercambiar anécdotas y saludos, nos despedimos, dejándoles abrazándose y descansando en la hierba ya libres de arrastrar el peso de las mochilas.
De regreso a Vik el viaje se convirtió en un “día de playa”. La costa sur de Islandia guarda algunos de los paisajes más curiosos y espectaculares de la isla: playas de arena negra, rocas solitarias en medio del mar, montones de aves de todo tipo…
El primer ejemplo de costa islandesa fue Dyrholaey, una extensa playa flanqueada por formaciones rocosas que se adentran en el mar, rotas en algunos puntos por enormes arcos que podrían atravesarse en barco. Como cada vez que encontramos agua, el paseo descalzos era obligado hasta llegar al extremo más alejado donde la pared de roca nos cerraba el paso. Después de asustar a un nutrido grupo de patitos que descansaban despreocupados sobre la arena (en décimas de segundo se habían alejado mar adentro), curioseamos por las cavernas formadas por la erosión del agua y nos tomamos un descanso tumbados en la playa. En cuanto iniciamos el camino de vuelta, los patitos reconquistaron felices su territorio.

Para nuestra siguiente parada deshicimos el camino recorrido por la mañana y regresamos a Vik. El monte que preside la ciudad supone la frontera entre la zona suroeste de Islandia y los parajes más inhóspitos del este. La colina actúa como frontera natural frenando el avance de las nubes hacia el suroeste y convirtiendo la zona de Vik en una de las más lluviosas del país. Además separa la playa de Vik de la de Reynisfjara, ambas de visita obligatoria.
La playa de Vik no es tan espectacular como la de Dyrholaey pero ofrece la posibilidad de acercarse (probablemente por primera vez en vuestro viaje) a los frailecillos o “puffin” (en inglés, o “lundi” en islandés). Es un pecado visitar Islandia y no conocer a estos pajaritos que son casi un símbolo nacional. Considerados los pingüinos del hemisferio norte, son las criaturas más simpáticas y confiadas que se puedan encontrar. Con sus andares patosos y su peculiar forma de volar, uno podría pasarse horas viéndoles ir y venir en busca de comida. La ladera del monte que limita con la playa de Vik alberga los nidos excavados en la tierra de miles de puffin. Su buen carácter permite sentarse entre ellos sin peligro alguno y en nuestro caso, el lugar se convirtió en un excelente puesto de observación donde comer unos sándwiches.
Terminada la comida retrocedimos para visitar Reynisfjara, probablemente la más espectacular de las tres playas, aunque también sea la más llena de turistas. La erosión aquí ha decidido esculpir las paredes de basalto que limitan la playa, en forma de gigantescos bloques de piedra, a modo de curiosa escalera, como en esos juegos en los que tienes que contar el número de cubos que tiene la figura. Frente a la playa de Reynisfjara, además, se alzan tres enormes bloques de piedra en medio del mar. Nadie sabe muy bien cómo llegaron allí, pero se dice que fueron tres trolls que sorprendidos por el amanecer no fueron capaces de llegar hasta sus refugios en la playa. Toda la costa islandesa está plagada de este tipo de formaciones rocosas, y por supuesto, cada una de ellas guarda su propia leyenda.

La tarde se nos echaba encima y aún nos faltaba visitar Laki, otra de las zonas espectaculares que guarda la naturaleza islandesa, como no, con volcán incluido. Antes de ponernos en camino decidimos informarnos de la ruta por miedo a encontrar ríos peligrosos. En la oficina de turismo de Kirkjubaejarklaustur (en serio, ése es el nombre de la ciudad!!) nos aconsejaron no intentarlo y nos ofrecieron un servicio de autobuses que salía cada mañana. Un poco decepcionados renunciamos a la excursión y empezamos a buscar alojamiento pero todo parecía completo.
Aunque en muchos foros se dice que no hay problemas para conseguir alojamiento por el país, la verdad es que es conveniente ir reservando al menos con un día de antelación, a no ser que vayáis con vuestra tienda de campaña, en cuyo caso no tendréis ningún problema porque está permitida la acampada libre por casi todo el país. Nosotros habíamos decidido no llevar la tienda de campaña… ¡¡quién nos iba a decir que acabaríamos alquilando una!! Después de ser rechazados en todas las guesthouses de la zona, la gente del camping Skaftafell nos ofreció una tienda no muy cara después de llamar en nuestro nombre a todos los alojamientos en 20 km a la redonda. La amabilidad de los islandeses nos seguía sorprendiendo; la chica que nos atendió nos prestó dos colchonetas y trató de darnos precios e instrucciones ¡en español! La verdad es que para haber estado sólo un mes en Granada estudiando, hablaba fenomenal. Ya de paso, matamos dos pájaros de un tiro porque la recepción del camping actúa como centro de reservas de excursiones por el glaciar Vatnajokull, así que aprovechamos para reservar una caminata por el glaciar para la mañana siguiente.
Si nunca habéis montado una tienda iglú, sabréis por lo que pasamos la siguiente media hora, tratando de averiguar para qué servía cada elemento y sin saber muy bien si la tienda aguantaría si soplaba el viento o empezaba a llover. Aún así, orgullosos de nuestro trabajo echamos a andar en busca de Svartifoss, una cascada a la que se llega desde el propio camping. La pared por la que se precipita Svartifoss, ha sufrido el mismo tipo de erosión que las paredes de Reynisfjara y, aunque la caída no es muy grande, las formaciones cúbicas de la montaña le dan un atractivo especial. Cenamos al pie de la cascada e iniciamos el descenso sin quitar ojo a la enorme masa helada del Vatnajokull, nuestro destino a la mañana siguiente.
DÍA 5. Vatnajökul - Jökulsarlón
Había sido una noche dura. Cuando baja el sol también lo hace la temperatura, unos 10 grados menos durante la madrugada, y te pilla de sorpresa en la tienda cuando ya estás dormido y no quieres ni pensar en salir del saco a por un jersey. Nos levantamos temprano porque había que recoger la tienda y estar preparados para la excursión al glaciar, prevista para las 9. En el parking nos ajustamos los crampones y el arnés y un todo terreno nos llevó a pocos kilómetros de allí, a una de las lenguas glaciares que caen del Vatnajökull. El guía nos enseñó a movernos por el hielo y a usar el piolet y marchamos glaciar adentro subiendo y bajando pequeñas montañas heladas y sorteando las profundas grietas que se forman. De vez en cuando se oía un río por debajo del hielo y pequeños pozos de color cyan aparecían constantemente ante nuestro heterogéneo grupo (2 suecos, 3 franceses, el guía islandés y nosotros).

Después de unas 2 horas de marcha paramos a reponer fuerzas con los bocatas y después llegamos al punto culminante de la excursión, un río que serpenteaba con rapidez por el hielo y se perdía en las profundidades en una cascada y un agujero vertical sin fondo visible. Cuando ya la gente estaba impresionada el guía nos dice que va a atarnos con una cuerda al arnés para que bajemos un poco a la altura de la cascada, en la boca del agujero al abismo. Así que inserta un par de clavos en el hielo y uno por uno vamos asomándonos a ese profundo pozo, pasillo hacia el otro mundo de haberse roto la cuerda. Todos nos hicimos la foto y media vuelta a buen ritmo, tanto que al llegar al coche estábamos destrozados, ¡menos mal que elegimos el nivel medio de 5 horas y no el de todo el día como en principio teníamos pensado! Teníamos pensado hacer también una ruta en motos de nieve, pero cuesta unos 120 € la hora, así que pasamos.
Vuelta al camping y salimos hacia la siguiente etapa, el esperado Jökulsarlón, una maravilla al lado de la Ring Road. Desde la carretera casi no se ve, pero en algunos de los huecos que dejan los montículos que lo rodean ya se te escapan algunos improperios halagadores. No pudimos esperar ni a llegar al aparcamiento, paramos en la primera explanada que salía de la carretera y subimos ese montículo casi corriendo sin poder esperar a ver lo que desde el coche se había anticipado. Un gigantesco lago de colores que van desde el cyan al violeta refleja el glaciar que lo enmarca y reposando en sus aguas grandes bloques de hielo flotan tranquilamente.

Los icebergs tienen formas extrañas y caprichosas, pero lo más llamativo son sus diferentes colores, la mayoría blancos, pero los hay también de color cyan de distintos tonos y negros si acumulan tierra volcánica. De nuevo estábamos ante una de las grandes maravillas de Islandia y apenas había gente en esa zona. Se nos ocurrió meter los pies en el agua para relajarlos, pero apenas 2 metros más allá de la orilla el dolor empezó a ser insoportable, y salimos zumbando, morados de rodillas para abajo. Hay un barco anfibio que te lleva por el lago entre los icebergs, no me acuerdo del precio, pero es igual, porque hay que montarse. El nuestro iba hasta arriba de alemanes y una islandesa que hablaba 5 idiomas nos iba contando cosas en alemán y en inglés, el motivo de los colores de los icebergs, el tiempo que tardan en derretirse (unos 7 años), y que la temperatura del agua es de 2 grados y de caer dentro morirías en menos de 30 segundos. Unos 45 minutos de paseo y como todavía teníamos ganas de más y el lago acaba en un río al lado del mar fuimos hacia allá, y cual no sería nuestra sorpresa cuando vemos bloques de hielo flotando en la orilla y las olas rompiendo sobre ellos. Una pasada.
Pero es que después de un rato haciendo fotos de repente aparece por un instante una cabecita con hocico y bigotes entre los icebergs, y luego más claramente 2 focas preciosas se paseaban a escasos 12 metros de la orilla, entrando y saliendo del agua cada pocos metros. Allí nos quedamos, mirando las focas aparecer cada vez en un sitio, entusiasmados por aquel momento y aquel lugar increíbles.
Después de las dificultades del día anterior para encontrar alojamiento esta vez nos habíamos anticipado y teníamos reservada una granja cerca de Höfn, bastante cara, 8000 kr. (95 € la habitación doble, pero con sábanas, almohada y desayuno incluidos). Nos atendió una amabilísima señora que puso a nuestra disposición toda la casa, incluida la nevera, y allí cenamos tan ricamente después de haber vivido un día inolvidable.

Después de unas 2 horas de marcha paramos a reponer fuerzas con los bocatas y después llegamos al punto culminante de la excursión, un río que serpenteaba con rapidez por el hielo y se perdía en las profundidades en una cascada y un agujero vertical sin fondo visible. Cuando ya la gente estaba impresionada el guía nos dice que va a atarnos con una cuerda al arnés para que bajemos un poco a la altura de la cascada, en la boca del agujero al abismo. Así que inserta un par de clavos en el hielo y uno por uno vamos asomándonos a ese profundo pozo, pasillo hacia el otro mundo de haberse roto la cuerda. Todos nos hicimos la foto y media vuelta a buen ritmo, tanto que al llegar al coche estábamos destrozados, ¡menos mal que elegimos el nivel medio de 5 horas y no el de todo el día como en principio teníamos pensado! Teníamos pensado hacer también una ruta en motos de nieve, pero cuesta unos 120 € la hora, así que pasamos.
Vuelta al camping y salimos hacia la siguiente etapa, el esperado Jökulsarlón, una maravilla al lado de la Ring Road. Desde la carretera casi no se ve, pero en algunos de los huecos que dejan los montículos que lo rodean ya se te escapan algunos improperios halagadores. No pudimos esperar ni a llegar al aparcamiento, paramos en la primera explanada que salía de la carretera y subimos ese montículo casi corriendo sin poder esperar a ver lo que desde el coche se había anticipado. Un gigantesco lago de colores que van desde el cyan al violeta refleja el glaciar que lo enmarca y reposando en sus aguas grandes bloques de hielo flotan tranquilamente.

Los icebergs tienen formas extrañas y caprichosas, pero lo más llamativo son sus diferentes colores, la mayoría blancos, pero los hay también de color cyan de distintos tonos y negros si acumulan tierra volcánica. De nuevo estábamos ante una de las grandes maravillas de Islandia y apenas había gente en esa zona. Se nos ocurrió meter los pies en el agua para relajarlos, pero apenas 2 metros más allá de la orilla el dolor empezó a ser insoportable, y salimos zumbando, morados de rodillas para abajo. Hay un barco anfibio que te lleva por el lago entre los icebergs, no me acuerdo del precio, pero es igual, porque hay que montarse. El nuestro iba hasta arriba de alemanes y una islandesa que hablaba 5 idiomas nos iba contando cosas en alemán y en inglés, el motivo de los colores de los icebergs, el tiempo que tardan en derretirse (unos 7 años), y que la temperatura del agua es de 2 grados y de caer dentro morirías en menos de 30 segundos. Unos 45 minutos de paseo y como todavía teníamos ganas de más y el lago acaba en un río al lado del mar fuimos hacia allá, y cual no sería nuestra sorpresa cuando vemos bloques de hielo flotando en la orilla y las olas rompiendo sobre ellos. Una pasada.
Pero es que después de un rato haciendo fotos de repente aparece por un instante una cabecita con hocico y bigotes entre los icebergs, y luego más claramente 2 focas preciosas se paseaban a escasos 12 metros de la orilla, entrando y saliendo del agua cada pocos metros. Allí nos quedamos, mirando las focas aparecer cada vez en un sitio, entusiasmados por aquel momento y aquel lugar increíbles.
Después de las dificultades del día anterior para encontrar alojamiento esta vez nos habíamos anticipado y teníamos reservada una granja cerca de Höfn, bastante cara, 8000 kr. (95 € la habitación doble, pero con sábanas, almohada y desayuno incluidos). Nos atendió una amabilísima señora que puso a nuestra disposición toda la casa, incluida la nevera, y allí cenamos tan ricamente después de haber vivido un día inolvidable.
DÍA 6. Höfn – Fiordos del Este – Lögurinn
Después de escribir en el libro de huéspedes de nuestra guesthouse lo bien que habíamos dormido (éramos los únicos españoles que aparecíamos), aprovechamos la proximidad de Höfn para hacer la compra. Los precios islandeses son prohibitivos, así que nuestra cesta se llenó con un poco de pan de molde, jamón york, arroz, plátanos y galletas de chocolate. ¡Ésta iba a ser nuestra dieta para el resto del viaje!
En la oficina de turismo una chica ¡oriental! nos recomendó algunas rutas a pie por los alrededores, y especialmente interesados quedamos por la zona de Londsoraefi, un precioso valle surcado por el Jökulsa, muy cerca de allí. Según las indicaciones había que llegar a la granja Stafatel detrás de la cual partían los caminos hacia el interior del valle, pero al llegar a aquel punto la familia que regenta los alojamientos nos indicó otro camino para acceder con el todoterreno. La pista se coge justo después del puente que cruza el gran río Jökulsa, y sería sin duda el peor tramo por el que habíamos ido hasta el momento si no fuese porque unos kilómetros después las cuestas casi verticales y la gravilla deslizante se convierten en pendientes de pedruscos como balones de playa y socavones definitivos. Unos 20 metros habíamos conseguido avanzar por ese tramo cuando una mole de ruedas de un metro de diámetro se cruzó en plena bajada. Marcha atrás, cuesta arriba, sin ver los obstáculos. La señora alemana que iba de copiloto en el super todoterreno espacial se bajó y nos ofreció la destreza de su marido para sacarnos de allí, pero nuestro orgullo hispano decidió arriesgar los bajos del coche y salir por medios propios. Así que metro a metro logramos llegar a un rellano, y aquello bastó para aparcar el bólido y seguir a pie, solo que lo mejor de aquellos parajes distaba mucho aún y tras un giro en el camino avistamos una interminable explanada que nos decidió a abandonar aquella excursión e invertir el día en otras latitudes.
Unos kilómetros de coche y la Ring Road se hundió en un túnel en el que entramos acompañados por el sol del sur y del que salimos con la niebla y la llovizna del este.
A partir de este punto, la costa islandesa se convierte en una sucesión de largos fiordos; entrantes y salientes que ralentizan el viaje en coche pero que se convierten en el verdadero paisaje del país.

Granjas de cuento rodeadas de verdes, verdísimas, praderas, ovejas pastando a su antojo, caballos trotando al borde de acantilados que caen al mar y pequeños pueblos pesqueros medio olvidados. Muchas veces se ha propuesto abrir más túneles en los fiordos para evitar las vueltas de la carretera, un temor que persigue a estos pueblos que podrían desaparecer si se aleja a los visitantes de esa manera. Algunos incluso han tratado de no desaparecer del mapa convirtiéndose en sede de fábricas (algunas americanas) que afean un poco el paisaje. Dependiendo del tiempo que tengáis podéis coger un ferry desde Djúpivogur a la isla de Papey en busca de puffins y focas, seguir la ruta 96 siguiendo la costa, o no abandonar la Ring Road que acorta en dirección a Egilsstadir. Nosotros seguimos la Ruta 96.
En cuanto llegamos, nos alegramos de no haber encontrado alojamiento en la ciudad. Egilsstadir no es más que un cruce de caminos que creció demasiado. Como la mayor parte de las ciudades islandesas es pequeña, práctica y sin personalidad. En cambio, continuamos dirección Lögurinn, uno de los lagos más queridos de Islandia por ser una de las pocas zonas con árboles del país. Cuando los primeros pobladores llegaron cargados de ovejas, se dedicaron a talar los bosques para crear pastos y el duro clima ha impedido que vuelvan a crecer. Lögurinn es una excepción y sus temperaturas suaves lo han convertido en zona de veraneo y descanso para los islandeses.

A lo largo de la carretera que rodea el lago puede encontrarse acomodo para todo tipo de bolsillos. Después de negociar con la gerente de uno de los hoteles, conseguimos quedarnos en una habitación individual (con cama de matrimonio) pagando menos que por una doble y de nuevo nos pusimos en camino. Primera parada: Hengifoss, la tercera cascada más alta de Islandia con 118 metros de caída. Dos por el precio de una; en el camino hacia Hengifoss se puede disfrutar también de Litlifoss, con menor caída pero interesante por las columnas basálticas de sus paredes que ya habíamos visto en Reynisfjara y Svartifoss. Una hora de caminata suave y muy agradable salvo los ultimos 100 metros, cuando ya tienes la cascada delante pero te empeñas en meterte debajo, y el lindo sendero se transforma en un bote de roca en roca tratando de no caer al agua. No vale la pena hacer este último tramo, al final te calas y no tiene nada de especial.
Serían las diez de la noche cuando cogimos la F910 hacia el monte Snaefell, una de las montañas más altas del país con 1833m y nuestra segunda parada de la tarde/noche islandesa. Acostumbrados a la tierra de las carreteras, el asfalto y el ancho de ésta nos sorprendió. Todo tiene su explicación. La potencia del río Jökulsá á Dal ha llamado la atención como fuente de energía y la tranquila F910 se ha convertido en un continuo trasiego de camiones al servicio de la construcción de una gran central hidroeléctrica. El proyecto recibe el nombre de “Kárahnjúkar”. Muy James Bond ¿no? Nueve presas escalonadas, un muro de 200m y el desplazamiento del ecosistema de la zona han provocado un crudo debate nacional: ¿futuro y dinero o ecología y tradición? El hecho de que la energía de la central vaya a destinarse a la ALCOA, una empresa americana, no ayuda a simpatizar con el proyecto. De todas formas hay que reconocer que desde la carretera no pudimos ver nada de nada.
Con la luz especial del atardecer llegamos hasta el camping que sirve como base para atacar el Snaefell.

Aunque nos habría encantado subir, nos conformamos con un paseo por las “marismas” que el caudal del río ha creado, rodeados de pequeños pájaros que corrían y chillaban a nuestro alrededor. Hacia la una de la mañana por fin decidimos irnos a dormir.
En la oficina de turismo una chica ¡oriental! nos recomendó algunas rutas a pie por los alrededores, y especialmente interesados quedamos por la zona de Londsoraefi, un precioso valle surcado por el Jökulsa, muy cerca de allí. Según las indicaciones había que llegar a la granja Stafatel detrás de la cual partían los caminos hacia el interior del valle, pero al llegar a aquel punto la familia que regenta los alojamientos nos indicó otro camino para acceder con el todoterreno. La pista se coge justo después del puente que cruza el gran río Jökulsa, y sería sin duda el peor tramo por el que habíamos ido hasta el momento si no fuese porque unos kilómetros después las cuestas casi verticales y la gravilla deslizante se convierten en pendientes de pedruscos como balones de playa y socavones definitivos. Unos 20 metros habíamos conseguido avanzar por ese tramo cuando una mole de ruedas de un metro de diámetro se cruzó en plena bajada. Marcha atrás, cuesta arriba, sin ver los obstáculos. La señora alemana que iba de copiloto en el super todoterreno espacial se bajó y nos ofreció la destreza de su marido para sacarnos de allí, pero nuestro orgullo hispano decidió arriesgar los bajos del coche y salir por medios propios. Así que metro a metro logramos llegar a un rellano, y aquello bastó para aparcar el bólido y seguir a pie, solo que lo mejor de aquellos parajes distaba mucho aún y tras un giro en el camino avistamos una interminable explanada que nos decidió a abandonar aquella excursión e invertir el día en otras latitudes.
Unos kilómetros de coche y la Ring Road se hundió en un túnel en el que entramos acompañados por el sol del sur y del que salimos con la niebla y la llovizna del este.
A partir de este punto, la costa islandesa se convierte en una sucesión de largos fiordos; entrantes y salientes que ralentizan el viaje en coche pero que se convierten en el verdadero paisaje del país.

Granjas de cuento rodeadas de verdes, verdísimas, praderas, ovejas pastando a su antojo, caballos trotando al borde de acantilados que caen al mar y pequeños pueblos pesqueros medio olvidados. Muchas veces se ha propuesto abrir más túneles en los fiordos para evitar las vueltas de la carretera, un temor que persigue a estos pueblos que podrían desaparecer si se aleja a los visitantes de esa manera. Algunos incluso han tratado de no desaparecer del mapa convirtiéndose en sede de fábricas (algunas americanas) que afean un poco el paisaje. Dependiendo del tiempo que tengáis podéis coger un ferry desde Djúpivogur a la isla de Papey en busca de puffins y focas, seguir la ruta 96 siguiendo la costa, o no abandonar la Ring Road que acorta en dirección a Egilsstadir. Nosotros seguimos la Ruta 96.
En cuanto llegamos, nos alegramos de no haber encontrado alojamiento en la ciudad. Egilsstadir no es más que un cruce de caminos que creció demasiado. Como la mayor parte de las ciudades islandesas es pequeña, práctica y sin personalidad. En cambio, continuamos dirección Lögurinn, uno de los lagos más queridos de Islandia por ser una de las pocas zonas con árboles del país. Cuando los primeros pobladores llegaron cargados de ovejas, se dedicaron a talar los bosques para crear pastos y el duro clima ha impedido que vuelvan a crecer. Lögurinn es una excepción y sus temperaturas suaves lo han convertido en zona de veraneo y descanso para los islandeses.

A lo largo de la carretera que rodea el lago puede encontrarse acomodo para todo tipo de bolsillos. Después de negociar con la gerente de uno de los hoteles, conseguimos quedarnos en una habitación individual (con cama de matrimonio) pagando menos que por una doble y de nuevo nos pusimos en camino. Primera parada: Hengifoss, la tercera cascada más alta de Islandia con 118 metros de caída. Dos por el precio de una; en el camino hacia Hengifoss se puede disfrutar también de Litlifoss, con menor caída pero interesante por las columnas basálticas de sus paredes que ya habíamos visto en Reynisfjara y Svartifoss. Una hora de caminata suave y muy agradable salvo los ultimos 100 metros, cuando ya tienes la cascada delante pero te empeñas en meterte debajo, y el lindo sendero se transforma en un bote de roca en roca tratando de no caer al agua. No vale la pena hacer este último tramo, al final te calas y no tiene nada de especial.
Serían las diez de la noche cuando cogimos la F910 hacia el monte Snaefell, una de las montañas más altas del país con 1833m y nuestra segunda parada de la tarde/noche islandesa. Acostumbrados a la tierra de las carreteras, el asfalto y el ancho de ésta nos sorprendió. Todo tiene su explicación. La potencia del río Jökulsá á Dal ha llamado la atención como fuente de energía y la tranquila F910 se ha convertido en un continuo trasiego de camiones al servicio de la construcción de una gran central hidroeléctrica. El proyecto recibe el nombre de “Kárahnjúkar”. Muy James Bond ¿no? Nueve presas escalonadas, un muro de 200m y el desplazamiento del ecosistema de la zona han provocado un crudo debate nacional: ¿futuro y dinero o ecología y tradición? El hecho de que la energía de la central vaya a destinarse a la ALCOA, una empresa americana, no ayuda a simpatizar con el proyecto. De todas formas hay que reconocer que desde la carretera no pudimos ver nada de nada.
Con la luz especial del atardecer llegamos hasta el camping que sirve como base para atacar el Snaefell.

Aunque nos habría encantado subir, nos conformamos con un paseo por las “marismas” que el caudal del río ha creado, rodeados de pequeños pájaros que corrían y chillaban a nuestro alrededor. Hacia la una de la mañana por fin decidimos irnos a dormir.
DÍA 7. Borgarfjördur - Langanes
La carretera 94 que sale desde Egilsstadir es apta para todos los vehículos, aunque tiene poco asfalto y muchísimo polvo, así que hay que intentar alejarse del coche de delante, si es que lo hay, y disfrutar del paisaje. A mitad de camino empieza la ascensión entre las montañas, picos nevados, valles verdes con docenas de corrientes de aguas y el mar a lo lejos de momento, porque en seguida lo tendremos casi debajo en caída vertical. La pista discurre por la pared de las montañas que dan al mar, y en muchas ocasiones apenas hay nada más que aire entre la carretera y los 20 metros hasta abajo. Se dice que estos acantilados fueron la maldición con que un espíritu maligno castigó a los habitantes del pueblo por expulsarle, y colocó allí esas montañas infranqueables para que el pueblo quedase aislado.
De esta manera se llega a Borgarfjördur, un pueblecito minúsculo al final de un pequeño fiordo rodeado de montañas. La oficina de información la componen los integrantes de la familia que lleva el restaurante del pueblo. A pesar de estar cerrado por celebración familiar, nos atendió una chica encantadora que nos indicó algunos lugares de interés y una serie de rutas de trekking bastante atractivas. Siguiendo sus consejos cruzamos la calle y allí mismo hay una casita cubierta de hierba que parece el hogar de un hobbit y que estaba regentada desde hace un siglo por un matrimonio que pasaba allí los veranos. Aunque el marido falleció, la mujer continúa cuidando la casita y el jardín. Según la leyenda, duendes y elfos han sido vistos por allí, y a escasos 50 metros se alza un pequeño montículo rocoso lleno de gente buscándolos, y en la montaña que se eleva sobre el pueblo una enorme brecha en la roca parece ser la puerta por la que pasaban estos seres en Navidad para atarle las colas a las vacas. Nosotros no vimos ninguno, pero seguro que estaban por allí.

A 5 kilómetros carretera adelante se llega un mirador de aves cerrado en mayo para que los frailecillos (puffins) y otras aves hagan sus nidos. Cuando llegas allí te esperas ver los pájaros desde lejos y añorar unos prismáticos, pero están tan cerca que casi se les puede tocar y no parecen inmutarse ante la presencia de humanos. Los puffins son tan majetes que te podrías estar mirándolos horas, pero habíamos previsto hacer una ruta de 12 kilómetros, así que nos fuimos después de un rato. Desde la carretera, al lado de una antena de comunicaciones, sale el sendero que rodea la montaña hasta un collado y llega a la playa de Brúnavik. La primera parte es muy bonita, vas dejando atrás los murallones nevados y el fiordo con el pueblo abajo, y por delante avanzas por la pradera verde con tríos de ovejas incluso en el camino. Éstas sí que se asustan y salen disparadas cuando te acercas. Desde el collado se ve la playa, una cala preciosa. Mi consejo es sacar aquí los bocatas, comer y dar media vuelta, porque aunque el resto del camino es bastante bonito supone unas 3 horas más de marcha y ya se ha hecho lo mejor. La bajada hasta la playa es muy vertical, pero no plantea grandes dificultades, y el sendero pasa al lado de restos de construcciones de la Segunda Guerra Mundial. Parece ser que éste fue un importante lugar estratégico, aunque no se libró ninguna batalla. La preciosa cala está desierta salvo por los centenares de pájaros que habitan sus rocas y las omnipresentes ovejas, que llegan hasta la orilla del mar.
En lugar de volver por donde habíamos venido decidimos hacer la ruta circular, así que fuimos valle adelante entre montañas parecidas a las de Landmannalaugar y tras varios intentos fallidos encontramos el camino y empezamos la dura ascensión. El sendero se convierte en pista forestal hasta el final, intransitable incluso para un 4x4, así que cuando llegamos al collado pasamos de la pista y bajamos campo a través. Un poco de carretera hasta la antena donde habíamos dejado el coche y consulta al mapa para ver la mejor forma de llegar a Myvatn.
Nos pareció buena idea ir rodeando la costa, y la verdad es que lo fue, pero se multiplicaban los kilómetros y ya no era posible llegar hasta Myvatn, así que tirando de nuestro inglés de andar por casa obtuvimos un “todo completo” en varias granjas y un “yes, there is an available room” cerca de Törshofn (7000 kr, unos 85 € por una habitación preciosa con muebles antiguos, cama de matrimonio con su edredón nórdico y desayuno incluido).
De camino allí las nubes bajas se fueron metiendo tierra adentro, y la carretera ascendía por las montañas, así que llegado un punto aquello parecía la vista desde el Teide, con el mar de nubes bajo tus pies y las crestas nevadas sobresaliendo. Una carretera de tierra con seiscientas curvas, subidas, bajadas, precioso paisaje entrando y saliendo de las nubes y cuando ya por fin circula pegada a la costa se presentan un par de simbolitos de sitio de interés. Nos bajamos, y entre la niebla de un acantilado se distinguen unas rocas de formas curiosas en medio del mar. Parece el escenario de una peli de piratas.

Avanzamos por la carretera sin ver más allá de 15 metros, menos mal que apenas nos cruzamos con cuatro coches en todo el camino.
Por fin llegamos a Törshofn, y en el pueblo hay una especie de fiesta con una gran hoguera y fuegos artificiales, a la luz del día, claro. Nosotros decidimos ir a ver la península de Langanes, a pesar de que la guía dice que siempre está cubierta por la niebla. La carretera naranja se convierte en amarilla y ésta en blanca, y el paisaje acojona tanto que casi no hablamos por miedo a ser descubiertos. Troncos caídos y pelados por el suelo, rocoso cerca de la orilla y verde cuando se aleja, ovejas quietas como estatuas que nos miran desfilar lentamente y una niebla que solo te deja ver la siguiente curva cuando ya la estás trazando. Y en un silencio sepulcral, de repente los graznidos terroríficos de un pájaro del Ártico. Muchísimo miedo.
Nuestro objetivo era llegar hasta el faro que está al final de la península, pero los kilómetros pasaban y el faro no aparecía, así que cuando llegamos a un refugio de emergencia nos pareció suficiente carretera blanca y paramos el coche. Bajamos con cierto recelo y dimos una vuelta entre la niebla, hasta el borde de un acantilado donde rompen sin hacer ruido las olas del Océano Ártico. Estábamos a menos de 20 kilómetros del Círculo Polar.
Interminable camino de vuelta sin poder ver nada a través de la niebla, y por fin de nuevo en el asfalto encontramos nuestra granja, donde nos esperaba la paciente dueña. Ya era casi medianoche.
De esta manera se llega a Borgarfjördur, un pueblecito minúsculo al final de un pequeño fiordo rodeado de montañas. La oficina de información la componen los integrantes de la familia que lleva el restaurante del pueblo. A pesar de estar cerrado por celebración familiar, nos atendió una chica encantadora que nos indicó algunos lugares de interés y una serie de rutas de trekking bastante atractivas. Siguiendo sus consejos cruzamos la calle y allí mismo hay una casita cubierta de hierba que parece el hogar de un hobbit y que estaba regentada desde hace un siglo por un matrimonio que pasaba allí los veranos. Aunque el marido falleció, la mujer continúa cuidando la casita y el jardín. Según la leyenda, duendes y elfos han sido vistos por allí, y a escasos 50 metros se alza un pequeño montículo rocoso lleno de gente buscándolos, y en la montaña que se eleva sobre el pueblo una enorme brecha en la roca parece ser la puerta por la que pasaban estos seres en Navidad para atarle las colas a las vacas. Nosotros no vimos ninguno, pero seguro que estaban por allí.

A 5 kilómetros carretera adelante se llega un mirador de aves cerrado en mayo para que los frailecillos (puffins) y otras aves hagan sus nidos. Cuando llegas allí te esperas ver los pájaros desde lejos y añorar unos prismáticos, pero están tan cerca que casi se les puede tocar y no parecen inmutarse ante la presencia de humanos. Los puffins son tan majetes que te podrías estar mirándolos horas, pero habíamos previsto hacer una ruta de 12 kilómetros, así que nos fuimos después de un rato. Desde la carretera, al lado de una antena de comunicaciones, sale el sendero que rodea la montaña hasta un collado y llega a la playa de Brúnavik. La primera parte es muy bonita, vas dejando atrás los murallones nevados y el fiordo con el pueblo abajo, y por delante avanzas por la pradera verde con tríos de ovejas incluso en el camino. Éstas sí que se asustan y salen disparadas cuando te acercas. Desde el collado se ve la playa, una cala preciosa. Mi consejo es sacar aquí los bocatas, comer y dar media vuelta, porque aunque el resto del camino es bastante bonito supone unas 3 horas más de marcha y ya se ha hecho lo mejor. La bajada hasta la playa es muy vertical, pero no plantea grandes dificultades, y el sendero pasa al lado de restos de construcciones de la Segunda Guerra Mundial. Parece ser que éste fue un importante lugar estratégico, aunque no se libró ninguna batalla. La preciosa cala está desierta salvo por los centenares de pájaros que habitan sus rocas y las omnipresentes ovejas, que llegan hasta la orilla del mar.
En lugar de volver por donde habíamos venido decidimos hacer la ruta circular, así que fuimos valle adelante entre montañas parecidas a las de Landmannalaugar y tras varios intentos fallidos encontramos el camino y empezamos la dura ascensión. El sendero se convierte en pista forestal hasta el final, intransitable incluso para un 4x4, así que cuando llegamos al collado pasamos de la pista y bajamos campo a través. Un poco de carretera hasta la antena donde habíamos dejado el coche y consulta al mapa para ver la mejor forma de llegar a Myvatn.
Nos pareció buena idea ir rodeando la costa, y la verdad es que lo fue, pero se multiplicaban los kilómetros y ya no era posible llegar hasta Myvatn, así que tirando de nuestro inglés de andar por casa obtuvimos un “todo completo” en varias granjas y un “yes, there is an available room” cerca de Törshofn (7000 kr, unos 85 € por una habitación preciosa con muebles antiguos, cama de matrimonio con su edredón nórdico y desayuno incluido).
De camino allí las nubes bajas se fueron metiendo tierra adentro, y la carretera ascendía por las montañas, así que llegado un punto aquello parecía la vista desde el Teide, con el mar de nubes bajo tus pies y las crestas nevadas sobresaliendo. Una carretera de tierra con seiscientas curvas, subidas, bajadas, precioso paisaje entrando y saliendo de las nubes y cuando ya por fin circula pegada a la costa se presentan un par de simbolitos de sitio de interés. Nos bajamos, y entre la niebla de un acantilado se distinguen unas rocas de formas curiosas en medio del mar. Parece el escenario de una peli de piratas.

Avanzamos por la carretera sin ver más allá de 15 metros, menos mal que apenas nos cruzamos con cuatro coches en todo el camino.
Por fin llegamos a Törshofn, y en el pueblo hay una especie de fiesta con una gran hoguera y fuegos artificiales, a la luz del día, claro. Nosotros decidimos ir a ver la península de Langanes, a pesar de que la guía dice que siempre está cubierta por la niebla. La carretera naranja se convierte en amarilla y ésta en blanca, y el paisaje acojona tanto que casi no hablamos por miedo a ser descubiertos. Troncos caídos y pelados por el suelo, rocoso cerca de la orilla y verde cuando se aleja, ovejas quietas como estatuas que nos miran desfilar lentamente y una niebla que solo te deja ver la siguiente curva cuando ya la estás trazando. Y en un silencio sepulcral, de repente los graznidos terroríficos de un pájaro del Ártico. Muchísimo miedo.
Nuestro objetivo era llegar hasta el faro que está al final de la península, pero los kilómetros pasaban y el faro no aparecía, así que cuando llegamos a un refugio de emergencia nos pareció suficiente carretera blanca y paramos el coche. Bajamos con cierto recelo y dimos una vuelta entre la niebla, hasta el borde de un acantilado donde rompen sin hacer ruido las olas del Océano Ártico. Estábamos a menos de 20 kilómetros del Círculo Polar.
Interminable camino de vuelta sin poder ver nada a través de la niebla, y por fin de nuevo en el asfalto encontramos nuestra granja, donde nos esperaba la paciente dueña. Ya era casi medianoche.
DÍA 8. Asbyrgi - Dettifoss - Askja
¡Quien nos iba a decir cuando nos levantamos aquella mañana que iba a ser posiblemente el mejor día de nuestro viaje! Por fin dejamos atrás la niebla del nordeste y nos adentramos, tomando la F867 en otra de esas zonas de nombre impronunciable: el Jokulsargljufur Nacional Park.
El parque nacional comprende el cañón abierto por el río Jökulsä á Fjöllum, una espectacular grieta de 35 kilómetros de longitud y unos 120m de profundidad. La parte norte del parque la ocupa Asbyrgi, una poza rodeada de bosquecillos y altísimos paredones. Un paisaje precioso aunque quizá demasiado preparado para los turistas en comparación con el resto del país. Los geólogos explican la formación de Asbyrgi como una erosión provocada por inundaciones y derrumbamientos del terreno, sin embargo, la teoría popular es mucho más interesante: según los islandeses, la forma de herradura del final del cañón corresponde a la huella de Sleipnir, el gigantesco caballo de ocho patas del dios Odín.
Una senda recorre el fondo del cañón en una ruta de dos días a pie aunque nosotros optamos por seguir la F864 hasta el extremo sur del parque: Dettifoss, la cascada más caudalosa de Europa.

Ya desde el parking puede oírse el sonido del agua, pero al llegar al borde del acantilado el espectáculo es impresionante. Litros y litros y litros y más litros de agua cayendo al vacío con una potencia sorprendente. 45 m. de caída y la sensación inquietante de saber que en caso de resbalar no quedaría ni rastro de ti. Después de media hora larga hipnotizados al borde mismo del cañón, tomamos el sendero que finaliza un kilómetro más arriba en Selfoss (no confundir con la ciudad del mismo nombre al sur del país), una nueva cascada de tan solo de 10 metros de caída pero que parece directamente sacada del Señor de los Anillos.
De nuevo en el coche, continuamos hacia nuestra guesthouse del día, situada en Grímsstadir. Dado que en Islandia todo cierra bastante pronto, tratamos siempre de llegar a primera hora de la tarde al sitio en que tuviéramos previsto dormir, así podíamos instalarnos, recoger la llave y marcharnos de excursión sin preocuparnos por la hora de vuelta. Por cambiar de dieta, cocinamos arroz blanco (para unas 27 personas) y con el estómago lleno cogimos la pista de 100 km que lleva al volcán Askja y al Viti, un cráter inundado donde es posible bañarse.
Seguimos la F910, una pista de tierra sólo apta para todoterrenos que cruza campos de lava por los que apenas se distingue el camino.

En algunas zonas ni siquiera hay espacio para cruzarse con otro coche. Poco antes de alcanzar el monte Herdubreid, conocido como la reina de las montañas islandesas, nos cruzamos con un grupo de ciclistas, que pedaleaban cargados como mulas y sin levantar la vista de la bici. El turismo ciclista está muy extendido en Islandia ya que el terreno es bastante llano y pueden cubrirse distancias largas disfrutando del paisaje. De todas formas, nos alegramos de ir sentados en nuestro coche.
Hacia las ocho de la tarde, después de 2 horas y media de carretera F, llegamos a la base del Askja y echamos a andar por la pista marcada que se abría a la derecha del parking. De pronto nos encontrábamos en la Luna. Cuando llegamos al final de la ruta, Islandia volvió a sorprendernos. Dos cráteres inundados se hundían ante nosotros, al fondo, el inmenso Askja, a la derecha, el blanquecino Viti. Seguramente fue la imagen más impactante de todo el viaje.

El Askja es un cráter de ocho kilómetros de ancho, origen de algunas de las erupciones más espectaculares del país. En 1875, una espectacular explosión vaporizó 2 km cúbicos de roca. El polvo resultante llegó hasta Dinamarca, esterilizó la zona y obligó a emigrar a dos mil campesinos islandeses a Canadá. Nadie diría que el plácido Öskuvatn, el lago que inunda el cráter, esconde semejante monstruo. El pequeño Viti marca el punto exacto de la explosión de 1875 y era conocido por los campesinos islandeses como la entrada al infierno. Quizá motivados por la leyenda, nos pareció ver un gigantesco demonio petrificado en las paredes del cráter.
En el parking un cartel advertía de que la bajada al cráter Viti se volvía muy peligrosa con lluvia, pero a pesar de las gotas que estaban cayendo, íbamos dispuestos a todo. “Slippery” era la palabra exacta a que hacía referencia el cartel y puedo garantizar que nunca había pisado una superficie más resbaladiza. Tardamos en torno a 20 minutos en salvar los escasos 50 metros de desnivel, era imposible avanzar sin caer rodando, así que hubo que ponerse a cuatro patas y apoyando manos y pies sobre el lodo ir asegurando cada paso. Llegamos al fondo agotados y hasta las orejas de barro, pero encantados de habernos llevado puesto el bañador. Unos minutos después disfrutábamos de los 35 grados del pequeño lago que llena el fondo del Viti, de sus aguas opacas y blanquecinas y de la increíble experiencia de estar completamente solos en un lugar tan diferente a todo (una suerte porque suele estar lleno de turistas pero gracias a la lluvia y a que eran las 9 de la noche no habia absolutamente nadie). El buen recuerdo casi nos ha hecho olvidar el impacto de los 8 grados que nos aguardaban al salir del agua y la escalada de regreso por la pendiente embarrada. Una experiencia de verdad inolvidable.

Aún alucinando emprendimos el camino de vuelta. Casi eran las doce de la noche cuando pasamos el camping situado en la base del Askja y un preocupado vigilante nos detuvo para advertirnos de tomar precauciones al vadear los ríos de vuelta. Al parecer la actividad sísmica había aumentado en los últimos días y podían abrirse grietas en el cauce de los ríos. El consejo fue: “no crucéis agua turbia, cruzad sólo el agua que seáis capaces de beber”. Con el miedo en el cuerpo recorrimos los 100km de vuelta con cuidado pero sin problemas. A un lado de la carretera, poco más lejos del lugar donde los habíamos sobrepasado, los ciclistas habían montado su campamento. Hacia la una y media de la mañana llegamos a la gusthouse y nos dormimos casi al instante sin apenas probar el arroz de la cena.
El parque nacional comprende el cañón abierto por el río Jökulsä á Fjöllum, una espectacular grieta de 35 kilómetros de longitud y unos 120m de profundidad. La parte norte del parque la ocupa Asbyrgi, una poza rodeada de bosquecillos y altísimos paredones. Un paisaje precioso aunque quizá demasiado preparado para los turistas en comparación con el resto del país. Los geólogos explican la formación de Asbyrgi como una erosión provocada por inundaciones y derrumbamientos del terreno, sin embargo, la teoría popular es mucho más interesante: según los islandeses, la forma de herradura del final del cañón corresponde a la huella de Sleipnir, el gigantesco caballo de ocho patas del dios Odín.
Una senda recorre el fondo del cañón en una ruta de dos días a pie aunque nosotros optamos por seguir la F864 hasta el extremo sur del parque: Dettifoss, la cascada más caudalosa de Europa.

Ya desde el parking puede oírse el sonido del agua, pero al llegar al borde del acantilado el espectáculo es impresionante. Litros y litros y litros y más litros de agua cayendo al vacío con una potencia sorprendente. 45 m. de caída y la sensación inquietante de saber que en caso de resbalar no quedaría ni rastro de ti. Después de media hora larga hipnotizados al borde mismo del cañón, tomamos el sendero que finaliza un kilómetro más arriba en Selfoss (no confundir con la ciudad del mismo nombre al sur del país), una nueva cascada de tan solo de 10 metros de caída pero que parece directamente sacada del Señor de los Anillos.
De nuevo en el coche, continuamos hacia nuestra guesthouse del día, situada en Grímsstadir. Dado que en Islandia todo cierra bastante pronto, tratamos siempre de llegar a primera hora de la tarde al sitio en que tuviéramos previsto dormir, así podíamos instalarnos, recoger la llave y marcharnos de excursión sin preocuparnos por la hora de vuelta. Por cambiar de dieta, cocinamos arroz blanco (para unas 27 personas) y con el estómago lleno cogimos la pista de 100 km que lleva al volcán Askja y al Viti, un cráter inundado donde es posible bañarse.
Seguimos la F910, una pista de tierra sólo apta para todoterrenos que cruza campos de lava por los que apenas se distingue el camino.

En algunas zonas ni siquiera hay espacio para cruzarse con otro coche. Poco antes de alcanzar el monte Herdubreid, conocido como la reina de las montañas islandesas, nos cruzamos con un grupo de ciclistas, que pedaleaban cargados como mulas y sin levantar la vista de la bici. El turismo ciclista está muy extendido en Islandia ya que el terreno es bastante llano y pueden cubrirse distancias largas disfrutando del paisaje. De todas formas, nos alegramos de ir sentados en nuestro coche.
Hacia las ocho de la tarde, después de 2 horas y media de carretera F, llegamos a la base del Askja y echamos a andar por la pista marcada que se abría a la derecha del parking. De pronto nos encontrábamos en la Luna. Cuando llegamos al final de la ruta, Islandia volvió a sorprendernos. Dos cráteres inundados se hundían ante nosotros, al fondo, el inmenso Askja, a la derecha, el blanquecino Viti. Seguramente fue la imagen más impactante de todo el viaje.

El Askja es un cráter de ocho kilómetros de ancho, origen de algunas de las erupciones más espectaculares del país. En 1875, una espectacular explosión vaporizó 2 km cúbicos de roca. El polvo resultante llegó hasta Dinamarca, esterilizó la zona y obligó a emigrar a dos mil campesinos islandeses a Canadá. Nadie diría que el plácido Öskuvatn, el lago que inunda el cráter, esconde semejante monstruo. El pequeño Viti marca el punto exacto de la explosión de 1875 y era conocido por los campesinos islandeses como la entrada al infierno. Quizá motivados por la leyenda, nos pareció ver un gigantesco demonio petrificado en las paredes del cráter.
En el parking un cartel advertía de que la bajada al cráter Viti se volvía muy peligrosa con lluvia, pero a pesar de las gotas que estaban cayendo, íbamos dispuestos a todo. “Slippery” era la palabra exacta a que hacía referencia el cartel y puedo garantizar que nunca había pisado una superficie más resbaladiza. Tardamos en torno a 20 minutos en salvar los escasos 50 metros de desnivel, era imposible avanzar sin caer rodando, así que hubo que ponerse a cuatro patas y apoyando manos y pies sobre el lodo ir asegurando cada paso. Llegamos al fondo agotados y hasta las orejas de barro, pero encantados de habernos llevado puesto el bañador. Unos minutos después disfrutábamos de los 35 grados del pequeño lago que llena el fondo del Viti, de sus aguas opacas y blanquecinas y de la increíble experiencia de estar completamente solos en un lugar tan diferente a todo (una suerte porque suele estar lleno de turistas pero gracias a la lluvia y a que eran las 9 de la noche no habia absolutamente nadie). El buen recuerdo casi nos ha hecho olvidar el impacto de los 8 grados que nos aguardaban al salir del agua y la escalada de regreso por la pendiente embarrada. Una experiencia de verdad inolvidable.

Aún alucinando emprendimos el camino de vuelta. Casi eran las doce de la noche cuando pasamos el camping situado en la base del Askja y un preocupado vigilante nos detuvo para advertirnos de tomar precauciones al vadear los ríos de vuelta. Al parecer la actividad sísmica había aumentado en los últimos días y podían abrirse grietas en el cauce de los ríos. El consejo fue: “no crucéis agua turbia, cruzad sólo el agua que seáis capaces de beber”. Con el miedo en el cuerpo recorrimos los 100km de vuelta con cuidado pero sin problemas. A un lado de la carretera, poco más lejos del lugar donde los habíamos sobrepasado, los ciclistas habían montado su campamento. Hacia la una y media de la mañana llegamos a la gusthouse y nos dormimos casi al instante sin apenas probar el arroz de la cena.
DÍA 9. Krafla - Myvatn - Godafoss
Muy cerca del famoso lago Myvatn se encuentra la zona del Krafla, un cráter inundado hoy por un gran lago interior pero que en su día provocó una enorme explosión que dio lugar al paisaje que ahora se contempla. Kilómetros atrás, desde la carretera, se aprecian las columnas de humo, ya que es una región de gran actividad geotérmica. A quinientos metros hay otro parking desde el que se accede a un increíble recorrido a través de campos de lava, géyseres y fumarolas, un espléndido paseo que se debe hacer sin prisa, relajadamente y apreciando todo el entorno, ya que literalmente caminas por encima de la lava y entre ella; en ocasiones echas la vista atrás desde un alto y te da la impresión de estar llegando a Mordor y que detrás de aquella piedra debe haber unas docenas de orcos agazapados esperando emboscarte. Por supuesto y a pesar de la negrura del paisaje no faltan las ovejas salpicando de blanco el oscuro suelo.

Por la carretera 1 en seguida te encuentras con el desvío a Namafjall, y desde luego que vale la pena detenerse. Una docena de charcas de barro en ebullición y las mayores chimeneas que vimos en todo el viaje. Con tantos elementos unidos el olor a huevos podridos es tan intenso que algunos turistas se cubren boca y nariz con un pañuelo y más de un niño no aguanta más y escapa despavorido sujetándose el estómago. Lo cierto es que no es para tanto, se soporta bastante bien y el espectáculo bien merece un poco de sacrificio olfativo. Es posible subir a una colina cercana y apreciar el conjunto desde arriba, una de las más famosas postales de Islandia, como una visión de Marte, con algunos graditos más.

Vamos ya hacia Myvatn, que según la guía tiene cuatro puntos de interés. El primero son las cuevas Grjotagja, unas pequeñas cavidades por las que discurre un río subterráneo, curiosas y de visita rápida. La segunda parada es Hverfell, un enorme cono con cráter gigantesco y otro pequeño cono dentro del cráter. La subida es bastante dura, y cuando estamos arriba decidiendo si el mosaico de grafittis hechos con piedra nos gusta o nos parece un sacrilegio una enorme nube negra cumple sus amenazas y descarga sin compasión. El cráter se puede rodear, pero es bastante largo y dada la tormenta que arremetía decidimos llegar solo hasta la parte más alta. Incluso con la capucha calada hasta las cejas se te cuela el agua, que parece proceder de los lados, así que una vez arriba contemplamos un momentito el lago (preciosa vista a pesar del aguacero) y vuelta al coche a escurrirnos un poco. Fue cosa de un rato, y cuando llegamos a Kalfastrond ya había despejado. Un paseito de una hora a través de curiosas formaciones rocosas y completar el almuerzo que el diluvio había interrumpido. Y después de tantas paradas por la zona colindante por fin llegamos al propiamente dicho lago Myvatn, el lago de los mosquitos.

Hasta el momento no habían aparecido, tal vez retenidos por la lluvia, pero el sol ya estaba luciendo y espesas nubes de miles de coleópteros zumbaban por todas partes. Lo cierto es que apenas se desplazan, solo ocupan un tramo del camino por el que hay que pasar o dar la vuelta y no te queda otra que atravesar agazapado y cubrirte de puntitos negros alados. Aparte de lo susceptible que se pueda ser con los bichos, la verdad es que son muy pequeños y no pican, pero resultan bastante incómodos, por lo que después de observar el lago desde varios puntos del camino decidimos que ya estaba bien de zumbidos y partimos hacia Godafoss, muy cerca de nuestro cobijo escolar para esa noche.

Llegamos a la cascada sin grandes expectativas, ya que tiene más historia que otra cosa, pero el lugar donde se arrojaron los dioses paganos resultó ser una preciosidad, lo cual tiene mérito después de haber pasado por el top ten de las cascadas islandesas. Nos fuimos a dormir, en el aula vacía de un colegio habilitado en verano para los turistas. Un par de colchones al suelo y dentro de los sacos en aquella clase de primaria exclusiva para nosotros. 2.500 kr cada uno desayuno incluido.

Por la carretera 1 en seguida te encuentras con el desvío a Namafjall, y desde luego que vale la pena detenerse. Una docena de charcas de barro en ebullición y las mayores chimeneas que vimos en todo el viaje. Con tantos elementos unidos el olor a huevos podridos es tan intenso que algunos turistas se cubren boca y nariz con un pañuelo y más de un niño no aguanta más y escapa despavorido sujetándose el estómago. Lo cierto es que no es para tanto, se soporta bastante bien y el espectáculo bien merece un poco de sacrificio olfativo. Es posible subir a una colina cercana y apreciar el conjunto desde arriba, una de las más famosas postales de Islandia, como una visión de Marte, con algunos graditos más.

Vamos ya hacia Myvatn, que según la guía tiene cuatro puntos de interés. El primero son las cuevas Grjotagja, unas pequeñas cavidades por las que discurre un río subterráneo, curiosas y de visita rápida. La segunda parada es Hverfell, un enorme cono con cráter gigantesco y otro pequeño cono dentro del cráter. La subida es bastante dura, y cuando estamos arriba decidiendo si el mosaico de grafittis hechos con piedra nos gusta o nos parece un sacrilegio una enorme nube negra cumple sus amenazas y descarga sin compasión. El cráter se puede rodear, pero es bastante largo y dada la tormenta que arremetía decidimos llegar solo hasta la parte más alta. Incluso con la capucha calada hasta las cejas se te cuela el agua, que parece proceder de los lados, así que una vez arriba contemplamos un momentito el lago (preciosa vista a pesar del aguacero) y vuelta al coche a escurrirnos un poco. Fue cosa de un rato, y cuando llegamos a Kalfastrond ya había despejado. Un paseito de una hora a través de curiosas formaciones rocosas y completar el almuerzo que el diluvio había interrumpido. Y después de tantas paradas por la zona colindante por fin llegamos al propiamente dicho lago Myvatn, el lago de los mosquitos.

Hasta el momento no habían aparecido, tal vez retenidos por la lluvia, pero el sol ya estaba luciendo y espesas nubes de miles de coleópteros zumbaban por todas partes. Lo cierto es que apenas se desplazan, solo ocupan un tramo del camino por el que hay que pasar o dar la vuelta y no te queda otra que atravesar agazapado y cubrirte de puntitos negros alados. Aparte de lo susceptible que se pueda ser con los bichos, la verdad es que son muy pequeños y no pican, pero resultan bastante incómodos, por lo que después de observar el lago desde varios puntos del camino decidimos que ya estaba bien de zumbidos y partimos hacia Godafoss, muy cerca de nuestro cobijo escolar para esa noche.

Llegamos a la cascada sin grandes expectativas, ya que tiene más historia que otra cosa, pero el lugar donde se arrojaron los dioses paganos resultó ser una preciosidad, lo cual tiene mérito después de haber pasado por el top ten de las cascadas islandesas. Nos fuimos a dormir, en el aula vacía de un colegio habilitado en verano para los turistas. Un par de colchones al suelo y dentro de los sacos en aquella clase de primaria exclusiva para nosotros. 2.500 kr cada uno desayuno incluido.
DÍA 10. Akureyri - Siglufjördur - Hölmavik
La mañana empezó con desayuno en el comedor del colegio, incluido en el precio del colchón. Desde luego cada noche dormíamos en un sitio más curioso.
Después de la paliza de los últimos días, nos tomamos la visita a Akureyri con mucha calma. Con unos 15.000 habitantes, se la considera la segunda ciudad de Islandia después de Reykjavik. Tiene su propia universidad y tanta vida nocturna como la capital, tiendas de todo tipo, puerto, aeropuerto y aún así es una ciudad cómoda y tranquila. Además de pasear por sus calles, las principales visitas por la ciudad son la iglesia católica Akureyrarkirja (grande y moderna como todas las del país), el jardín botánico y el Kjarnaskógur, un bosque que se ha comenzado a plantar en torno a la ciudad y que acabará por rodearla.
Dedicamos toda la mañana a entrar y salir de las tiendas (casi todas se agrupan en Hafnarstraeti, la calle principal). Camisetas, libros, jerseys, peluches, souvenirs de todo tipo… en un par de horas íbamos cargados de bolsas y regalos para toda la familia. Hicimos la compra en el supermercado y seguimos viaje hacia Siglufjördur por la F82, una carretera que sólo permanece abierta los meses de verano.
Remontando Eyjafjördur, uno de los primeros fiordos en ser explorados por los vikingos, paramos por el camino para ver una cascada que caía directamente al mar. Continuamos por la preciosa carretera que une Dálvik y Olafsjördur, puntos desde los que salen los ferrys hacia las islas de Hrísey y Grímsey (el único punto de Islandia al norte del círculo polar ártico) y hacia las zonas de avistamiento de ballenas. Nos quedaba mucho camino que recorrer aquel día así que continuamos hacia Siglufjördur, la ciudad más al norte del país (¡está a la misma altura que el centro de Alaska!).

Entre 1900 y 1970, Siglufjordur fue la capital mundial del arenque con una población que llegaba a los 10.000 habitantes en época de pesca. Ahora en cambio, sólo 1.500 personas viven en este pueblecito que intenta sobrevivir con museos y restaurantes dedicados al arenque. Hartos de sándwiches decidimos probar el famoso pescado islandés sentados en un restaurante por primera vez en el viaje y bebiendo ¡coca-cola! (cómo se echa de menos después de una semana de no beber más que agua o zumo). Estaba todo buenísimo, pero los 50 euros que nos cobraron por dos platos de pescado y dos coca-colas nos obligaron a volver a los sándwiches el resto del viaje.
Dejamos el pueblo por la única ruta de acceso, un pequeño túnel de un solo carril pero de dos direcciones que aumenta la sensación de abandono de la zona. A pesar del buen tiempo que nos acompañaba, la sucesión de granjas abandonadas, totalmente ruinosas, recuerda la dureza del clima islandés.
Rodeamos Skagarfjördur sin perder de vista la isla de Drangey, misteriosa en medio del fiordo y escenario de muchas leyendas islandesas. Se dice que las dos rocas que parecen montar guardia ante la isla fueron dos trolls sorprendidos por el amanecer. Las rocas reciben los nombres de Karl y Kerling en su honor. Según la leyenda, la propia Drangey fue formada por la enorme vaca que acompañaba a los trolls. Sea cierto o no, la isla ha resultado ser siempre sorprendentemente fértil a pesar del clima. Durante tres años fue el hogar de Grettir, fugitivo protagonista de una de las sagas más famosas del país y según otra leyenda es refugio del mal desde que, a petición de trolls y espíritus, parte de la isla quedó sin bendecir para dejarles un hogar.
La siguiente parada fue Thingeyrar, lugar en el que construyó el primer monasterio islandés. Como en todo el país, la llegada de la Reforma acabó con el edificio y los monjes. Hoy, sólo queda una iglesia levantada en el siglo XIX, el primer edificio construido en piedra de la zona. Sin embargo, su principal atractivo es el interior, con su altar de alabastro del siglo XV y el púlpito de madera de 1696. Esto lo sabemos porque lo dice la guía, porque lo que es la iglesia sólo la vimos desde fuera: a las 17:00 ya estaba cerrada.
Por la F711, rodeamos la península Vatnsnes deteniéndonos primero en Hvitserkur, un espectacular arco de roca que se alza a unos metros de la costa. Muchas rocas como ésta aparecen por toda Islandia, lo que hace a ésta tan especial es que una estrecha lengua de tierra la une con la playa. En unos minutos se podría llegar hasta la piedra sino fuera porque los pájaros atacan violentamente a cualquiera que se acerque. Al más puro estilo Hitchcock, se lanzan en picado después de unos gritos de advertencia.

En el extremo norte de la península nos detuvimos en Híndisvik, una bahía famosa por la aparición de focas cerca de la playa. Los 500 metros de camino se hicieron terribles debido a los pájaros asesinos, esta vez en manada. Te sobrevuelan, luego levitan a unos 3 metros sobre tu cabeza, lanzan su graznido aterrador y se lanzan al cogote para insertar su pico fatídico en tu cerebro. Lo cierto es que casi ninguno llega a impactar, tienen la habilidad de detenerse a un palmo de tu punto más alto y elevarse de nuevo, pero acojonan muchísimo. Por eso dicen que un buen remedio es llevar un palo en alto, para que haga de pararayos. Después de aquel agónico trayecto llegamos a las rocas, donde los pajaritos ya no se acercaban, sólo las focas aparecían por allí. Varias cabecitas se asomaron en el rato que estuvimos sentados entre las rocas aunque nunca tan cerca como las dos que habíamos encontrado en Jokulsarlon. De todas formas siempre es impresionante ver a estos animales nadando alegremente y no en piscinas de zoológicos.
El resto del día tratamos de hacer el máximo número de kilómetros posibles. Los siguientes días estarían dedicados a recorrer los fiordos del oeste, la zona menos visitada por turistas del país, ya que no llega la Ring Road. Conseguimos habitación en una granja cercana a Hólmavik y dormimos a las puertas de la zona más desconocida de Islandia.
Después de la paliza de los últimos días, nos tomamos la visita a Akureyri con mucha calma. Con unos 15.000 habitantes, se la considera la segunda ciudad de Islandia después de Reykjavik. Tiene su propia universidad y tanta vida nocturna como la capital, tiendas de todo tipo, puerto, aeropuerto y aún así es una ciudad cómoda y tranquila. Además de pasear por sus calles, las principales visitas por la ciudad son la iglesia católica Akureyrarkirja (grande y moderna como todas las del país), el jardín botánico y el Kjarnaskógur, un bosque que se ha comenzado a plantar en torno a la ciudad y que acabará por rodearla.
Dedicamos toda la mañana a entrar y salir de las tiendas (casi todas se agrupan en Hafnarstraeti, la calle principal). Camisetas, libros, jerseys, peluches, souvenirs de todo tipo… en un par de horas íbamos cargados de bolsas y regalos para toda la familia. Hicimos la compra en el supermercado y seguimos viaje hacia Siglufjördur por la F82, una carretera que sólo permanece abierta los meses de verano.
Remontando Eyjafjördur, uno de los primeros fiordos en ser explorados por los vikingos, paramos por el camino para ver una cascada que caía directamente al mar. Continuamos por la preciosa carretera que une Dálvik y Olafsjördur, puntos desde los que salen los ferrys hacia las islas de Hrísey y Grímsey (el único punto de Islandia al norte del círculo polar ártico) y hacia las zonas de avistamiento de ballenas. Nos quedaba mucho camino que recorrer aquel día así que continuamos hacia Siglufjördur, la ciudad más al norte del país (¡está a la misma altura que el centro de Alaska!).

Entre 1900 y 1970, Siglufjordur fue la capital mundial del arenque con una población que llegaba a los 10.000 habitantes en época de pesca. Ahora en cambio, sólo 1.500 personas viven en este pueblecito que intenta sobrevivir con museos y restaurantes dedicados al arenque. Hartos de sándwiches decidimos probar el famoso pescado islandés sentados en un restaurante por primera vez en el viaje y bebiendo ¡coca-cola! (cómo se echa de menos después de una semana de no beber más que agua o zumo). Estaba todo buenísimo, pero los 50 euros que nos cobraron por dos platos de pescado y dos coca-colas nos obligaron a volver a los sándwiches el resto del viaje.
Dejamos el pueblo por la única ruta de acceso, un pequeño túnel de un solo carril pero de dos direcciones que aumenta la sensación de abandono de la zona. A pesar del buen tiempo que nos acompañaba, la sucesión de granjas abandonadas, totalmente ruinosas, recuerda la dureza del clima islandés.
Rodeamos Skagarfjördur sin perder de vista la isla de Drangey, misteriosa en medio del fiordo y escenario de muchas leyendas islandesas. Se dice que las dos rocas que parecen montar guardia ante la isla fueron dos trolls sorprendidos por el amanecer. Las rocas reciben los nombres de Karl y Kerling en su honor. Según la leyenda, la propia Drangey fue formada por la enorme vaca que acompañaba a los trolls. Sea cierto o no, la isla ha resultado ser siempre sorprendentemente fértil a pesar del clima. Durante tres años fue el hogar de Grettir, fugitivo protagonista de una de las sagas más famosas del país y según otra leyenda es refugio del mal desde que, a petición de trolls y espíritus, parte de la isla quedó sin bendecir para dejarles un hogar.
La siguiente parada fue Thingeyrar, lugar en el que construyó el primer monasterio islandés. Como en todo el país, la llegada de la Reforma acabó con el edificio y los monjes. Hoy, sólo queda una iglesia levantada en el siglo XIX, el primer edificio construido en piedra de la zona. Sin embargo, su principal atractivo es el interior, con su altar de alabastro del siglo XV y el púlpito de madera de 1696. Esto lo sabemos porque lo dice la guía, porque lo que es la iglesia sólo la vimos desde fuera: a las 17:00 ya estaba cerrada.
Por la F711, rodeamos la península Vatnsnes deteniéndonos primero en Hvitserkur, un espectacular arco de roca que se alza a unos metros de la costa. Muchas rocas como ésta aparecen por toda Islandia, lo que hace a ésta tan especial es que una estrecha lengua de tierra la une con la playa. En unos minutos se podría llegar hasta la piedra sino fuera porque los pájaros atacan violentamente a cualquiera que se acerque. Al más puro estilo Hitchcock, se lanzan en picado después de unos gritos de advertencia.

En el extremo norte de la península nos detuvimos en Híndisvik, una bahía famosa por la aparición de focas cerca de la playa. Los 500 metros de camino se hicieron terribles debido a los pájaros asesinos, esta vez en manada. Te sobrevuelan, luego levitan a unos 3 metros sobre tu cabeza, lanzan su graznido aterrador y se lanzan al cogote para insertar su pico fatídico en tu cerebro. Lo cierto es que casi ninguno llega a impactar, tienen la habilidad de detenerse a un palmo de tu punto más alto y elevarse de nuevo, pero acojonan muchísimo. Por eso dicen que un buen remedio es llevar un palo en alto, para que haga de pararayos. Después de aquel agónico trayecto llegamos a las rocas, donde los pajaritos ya no se acercaban, sólo las focas aparecían por allí. Varias cabecitas se asomaron en el rato que estuvimos sentados entre las rocas aunque nunca tan cerca como las dos que habíamos encontrado en Jokulsarlon. De todas formas siempre es impresionante ver a estos animales nadando alegremente y no en piscinas de zoológicos.
El resto del día tratamos de hacer el máximo número de kilómetros posibles. Los siguientes días estarían dedicados a recorrer los fiordos del oeste, la zona menos visitada por turistas del país, ya que no llega la Ring Road. Conseguimos habitación en una granja cercana a Hólmavik y dormimos a las puertas de la zona más desconocida de Islandia.
DÍA 11. Fiordos del Oeste
Después de 10 días tan intensos ya teníamos una imagen clara de Islandia. Muchos kilómetros y prácticamente toda la isla visitada, solo se quedaron en el camino la visita a Lakavegur y el intento fallido de Lonsoraefi. Ciertamente se puede recorrer el país en este tiempo, el cuerno noroeste supone al menos dos días más de mucha carretera y se acusa el cansancio acumulado y las docenas de sándwiches ingeridos. Nosotros decidimos no prescindir de esta visita, y un mes después me alegro muchísimo de aquella decisión. Esta parte es tan diferente al resto y tiene tantas historias en sus pueblecitos que lo que en aquel momento pareció un exceso viajero hoy me parece un enorme acierto. Islandia no habría sido un viaje completo sin haber visto la extraña región de los fiordos del oeste.

Distancias enormes de carretera para recorrer pequeños tramos en línea recta; 40 km bordeando un fiordo que 500 metros de puente habrían solucionado, y de vez en cuando unas cuantas casitas que dan nombre al pueblo más importante de la zona. El terreno es muy accidentado, el camino siempre transcurre pegado al mar y al pie de altas montañas de cumbres perpetuamente nevadas.
De hecho solo se puede acceder a la mitad occidental, el cuerno derecho está incomunicado por carretera debido a lo abrupto de su geografía, y solo se puede llegar a pie o por mar, en unas excursiones diarias de 12 horas de duración desde Isafjordur que llegan hasta los acantilados de Hornbjarg. Las fotos de esas travesías son impresionantes, pero nosotros no teníamos ya más tiempo para invertir.
Todo esto nos lo contó el mejor informador con el que nos hayamos topado, un fuera de serie empleado en la más remota oficina de turismo de Europa, una caseta en el puerto de Isafjordur. También él nos desaconsejó avanzar con el todo terreno por la península de Thingeyri, pero aún así lo hicimos. La pista transcurre a media altura de un acantilado de unos 100 metros que en muchas ocasiones no tiene pendiente, solo pared vertical.

Cruzarse con cualquier coche por allí habría sido una risa, pero afortunadamente solo encontramos alguno más adelante, cuando el acantilado se había convertido en un camino de piedras como balones de playa. Los últimos 5 kilómetros hubo que hacerlos en primera, con el mar en una rueda y la otra apoyada en el final del acantilado, pasando entre arcos de roca y evitando socavones de los que ni la grúa nos habría sacado. Una vez concluida la temerosa travesía avanzamos fiordo tras fiordo hasta llegar a la cascada Dynjandi, una gran cola de caballo apreciable desde muy lejos. Dejamos el coche aparcado deseosos de hacer algo a pie y subimos para verla bien de cerca. La misma sensación de los últimos días, ¿cómo después de tantas cascadas todavía me impresiona ésta?, pues así fue.

Al arrancar el coche la agujita de la gasolina estaba más debajo de lo que recordábamos al pasar por la anterior gasolinera, unos 30 kilómetros atrás, y la siguiente no estaba precisamente cerca, sino que había que llegar a nuestro destino nocturno, Talnafjordur, a unos 60 km. Echando cuentas decidimos tirar para adelante y cuando el bólido dejó de tirar en plena ascensión a una colina nos asustamos un poco. Por suerte era la última, desde allí hasta el pueblo serían unos cuantos kilómetros cuesta abajo, así que de alguna manera llegaríamos. Efectivamente el mapa acertó de nuevo y la gasolinera apareció, pero estaba cerrada y a la maldita máquina islandesa no le gustaban nuestras tarjetas de crédito extranjeras. Menos mal que el alojamiento estaba justo detrás y al día siguiente pudimos ser 80 euros más pobres. Granja con cocina, edredón nórdico y señora amable, lo normal, y como nos habíamos quedado sin pan al día siguiente abusamos un poco de la hospitalidad y nos hicimos unos jamón y queso de sandwichera a cuenta de la casa.
Por cierto, nos costó 4 ó 5 intentos telefónicos encontrar un alojamiento disponible, a pesar de lo remoto del lugar.

Distancias enormes de carretera para recorrer pequeños tramos en línea recta; 40 km bordeando un fiordo que 500 metros de puente habrían solucionado, y de vez en cuando unas cuantas casitas que dan nombre al pueblo más importante de la zona. El terreno es muy accidentado, el camino siempre transcurre pegado al mar y al pie de altas montañas de cumbres perpetuamente nevadas.
De hecho solo se puede acceder a la mitad occidental, el cuerno derecho está incomunicado por carretera debido a lo abrupto de su geografía, y solo se puede llegar a pie o por mar, en unas excursiones diarias de 12 horas de duración desde Isafjordur que llegan hasta los acantilados de Hornbjarg. Las fotos de esas travesías son impresionantes, pero nosotros no teníamos ya más tiempo para invertir.
Todo esto nos lo contó el mejor informador con el que nos hayamos topado, un fuera de serie empleado en la más remota oficina de turismo de Europa, una caseta en el puerto de Isafjordur. También él nos desaconsejó avanzar con el todo terreno por la península de Thingeyri, pero aún así lo hicimos. La pista transcurre a media altura de un acantilado de unos 100 metros que en muchas ocasiones no tiene pendiente, solo pared vertical.

Cruzarse con cualquier coche por allí habría sido una risa, pero afortunadamente solo encontramos alguno más adelante, cuando el acantilado se había convertido en un camino de piedras como balones de playa. Los últimos 5 kilómetros hubo que hacerlos en primera, con el mar en una rueda y la otra apoyada en el final del acantilado, pasando entre arcos de roca y evitando socavones de los que ni la grúa nos habría sacado. Una vez concluida la temerosa travesía avanzamos fiordo tras fiordo hasta llegar a la cascada Dynjandi, una gran cola de caballo apreciable desde muy lejos. Dejamos el coche aparcado deseosos de hacer algo a pie y subimos para verla bien de cerca. La misma sensación de los últimos días, ¿cómo después de tantas cascadas todavía me impresiona ésta?, pues así fue.

Al arrancar el coche la agujita de la gasolina estaba más debajo de lo que recordábamos al pasar por la anterior gasolinera, unos 30 kilómetros atrás, y la siguiente no estaba precisamente cerca, sino que había que llegar a nuestro destino nocturno, Talnafjordur, a unos 60 km. Echando cuentas decidimos tirar para adelante y cuando el bólido dejó de tirar en plena ascensión a una colina nos asustamos un poco. Por suerte era la última, desde allí hasta el pueblo serían unos cuantos kilómetros cuesta abajo, así que de alguna manera llegaríamos. Efectivamente el mapa acertó de nuevo y la gasolinera apareció, pero estaba cerrada y a la maldita máquina islandesa no le gustaban nuestras tarjetas de crédito extranjeras. Menos mal que el alojamiento estaba justo detrás y al día siguiente pudimos ser 80 euros más pobres. Granja con cocina, edredón nórdico y señora amable, lo normal, y como nos habíamos quedado sin pan al día siguiente abusamos un poco de la hospitalidad y nos hicimos unos jamón y queso de sandwichera a cuenta de la casa.
Por cierto, nos costó 4 ó 5 intentos telefónicos encontrar un alojamiento disponible, a pesar de lo remoto del lugar.
DÍA 12. Látrabjarg - Breidafjördur - Ólasfsvík
Después del mal rollo del día anterior, la gasolinera fue nuestro primer objetivo del día. Llenamos el depósito y nos prometimos no volver a apurar tanto. En un país donde se recorren tantos kilómetros antes de encontrar un pueblo, quedarse tirado en medio del mundo no es muy recomendable. El plan del día era recorrer la costa más occidental de Islandia hasta llegar al verdadero “fin del mundo” europeo: Látrabjarg.
De la carretera 63 pasamos a la 62 y después a la 615 y de camino a la costa nos detuvimos en el Hnjótur Folk Museum, dedicado a todo tipo de cachivaches tradicionales islandeses. La pesca tiene un lugar privilegiado pero pueden encontrarse igual aviones de la Segunda Guerra Mundial o reconstrucciones de barcos vikingos. Pero el principal interés son dos pequeños documentales que se proyectan, uno dedicado a un ermitaño islandés, y el otro, la grabación del rescate del barco Sargon. El problema es que los documentales sólo se exhiben en islandés y en alemán así que nos dimos la vuelta y seguimos viaje.
El esqueleto de un barco naufragado nos dio la bienvenida a la zona de Breidavik, donde lo que más llama la atención es el color de la arena. Después de kilómetros de costas negras de origen volcánico, de pronto, aparecen estas playas doradas que parecerían sacadas del catálogo de Punta Cana si no fuera por las nubes y lo solitarias que están. Imposible bañarse: el agua está a unos 7º. La playa de Breidavik es la más querida por los islandeses que la consideran la más bonita del país. Bajamos a pasear con la intención de llegar hasta el mar pero de nuevo nos las tuvimos que ver con los pájaros asesinos que consiguieron echarnos. De todas formas, la vista de la playa desde la altura de la carretera es preciosa aunque estemos acostumbrados a este tipo de paisaje.

Unos kilómetros más y por fin llegamos a Lábtrabjarg, los acantilados más altos del país. Con 441 metros de altura y 14 km de longitud, para asomarse a la caída vertical es necesario arrastrarse los últimos metros. Ni vallas ni señalización alguna quitan encanto a la zona, un inmejorable mirador hacia el océano Atlántico. Pero aún hay más. Toda la pared del acantilado está agujereada por cientos de pequeños túneles que guardan los nidos de varias especies de pájaros; gaviotas, cormoranes y sobre todo ¡puffins! Durante cerca de una hora recorrimos el sendero que bordea los acantilados y sacamos cientos de fotos a los confiados puffin que permiten que te acerques hasta casi rozarlos. Sin duda, una de las visitas más espectaculares del viaje.

Iba siendo ya hora de comer y montamos un picnic sentados en medio de la playa de Raudisandur (algo así como la playa de arena roja). Puede que fuera porque estábamos completamente solos o porque nunca habíamos visto una playa más “ancha” (después de un buen rato andando desistimos de llegar hasta la orilla), pero nos gusto mucho más que la aclamada Breidavik. Además, la ausencia de pájaros asesinos la hizo subir puntos. Nuestra comida acabó bruscamente cuando una nube decidió descargar con todas sus fuerzas sobre nosotros y nos vimos obligados a correr hasta el coche. Nos llovió poco durante el viaje, pero cuando caía, caía con ganas. Un consejo: aseguraos de que vuestro abrigo es totalmente impermeable y las botas también.

El objetivo era dormir aquella noche en Ólafsvik, un pequeño pueblo en el extremo de la península Snaefelsness, lo que significaba unos 300 km más de carretera rodeando el fiordo de Breidafjördur, el último de los grandes fiordos del oeste. Con ganas de descansar del coche, tomamos la ruta alternativa: cruzar el fiordo por el medio en un cómodo ferry. El barco sale desde Brjánslaekur, hace escala en la isla de Flatey, la única isla habitada del fiordo y atraca en el puerto de Stykkishólmur. Unas 2200 kr (26 euros) por pasajero y coche y 3 horas de viaje durante las que se puede elegir entre disfrutar del restaurante y pequeño cine del barco o subir a cubierta para ver pasar los islotes que llenan el fiordo. En la cubierta hacía mucho frío y no había casi nadie, pero permanecimos allí, viendo Islandia por primera vez desde el mar después de recorrerla por tierra durante dos semanas. Después de la tormenta, la luz del atardecer era aún más extraña, al frente, las nubes negras que nos habían sobrepasado daban un aspecto amenazador al cielo, pero a nuestra espalda, el sol brillaba como siempre. Podéis ver el efecto tan raro de la luz en las fotos, os lo aseguramos, ninguna está trucada, la luz era así.

Al llegar dimos una vuelta con el coche por Stykkishólmur, un pueblo pesquero del que destaca su terrorífica iglesia con pinta de nave espacial. ¿Por qué todas las iglesias islandesas tendrán forma de cohete? Para no tener a la responsable de la guesthouse esperándonos hasta tarde, nos pusimos en marcha en dirección a Ólafsvik. Cenamos en la pequeña cocina después de que todos los huéspedes se acostasen (otro día que estuvo crudo lo de encontrar habitación) y nos fuimos pronto a dormir justo a los pies del volcán Snaefell, donde Julio Verne situó la entrada al centro de la Tierra.
De la carretera 63 pasamos a la 62 y después a la 615 y de camino a la costa nos detuvimos en el Hnjótur Folk Museum, dedicado a todo tipo de cachivaches tradicionales islandeses. La pesca tiene un lugar privilegiado pero pueden encontrarse igual aviones de la Segunda Guerra Mundial o reconstrucciones de barcos vikingos. Pero el principal interés son dos pequeños documentales que se proyectan, uno dedicado a un ermitaño islandés, y el otro, la grabación del rescate del barco Sargon. El problema es que los documentales sólo se exhiben en islandés y en alemán así que nos dimos la vuelta y seguimos viaje.
El esqueleto de un barco naufragado nos dio la bienvenida a la zona de Breidavik, donde lo que más llama la atención es el color de la arena. Después de kilómetros de costas negras de origen volcánico, de pronto, aparecen estas playas doradas que parecerían sacadas del catálogo de Punta Cana si no fuera por las nubes y lo solitarias que están. Imposible bañarse: el agua está a unos 7º. La playa de Breidavik es la más querida por los islandeses que la consideran la más bonita del país. Bajamos a pasear con la intención de llegar hasta el mar pero de nuevo nos las tuvimos que ver con los pájaros asesinos que consiguieron echarnos. De todas formas, la vista de la playa desde la altura de la carretera es preciosa aunque estemos acostumbrados a este tipo de paisaje.

Unos kilómetros más y por fin llegamos a Lábtrabjarg, los acantilados más altos del país. Con 441 metros de altura y 14 km de longitud, para asomarse a la caída vertical es necesario arrastrarse los últimos metros. Ni vallas ni señalización alguna quitan encanto a la zona, un inmejorable mirador hacia el océano Atlántico. Pero aún hay más. Toda la pared del acantilado está agujereada por cientos de pequeños túneles que guardan los nidos de varias especies de pájaros; gaviotas, cormoranes y sobre todo ¡puffins! Durante cerca de una hora recorrimos el sendero que bordea los acantilados y sacamos cientos de fotos a los confiados puffin que permiten que te acerques hasta casi rozarlos. Sin duda, una de las visitas más espectaculares del viaje.

Iba siendo ya hora de comer y montamos un picnic sentados en medio de la playa de Raudisandur (algo así como la playa de arena roja). Puede que fuera porque estábamos completamente solos o porque nunca habíamos visto una playa más “ancha” (después de un buen rato andando desistimos de llegar hasta la orilla), pero nos gusto mucho más que la aclamada Breidavik. Además, la ausencia de pájaros asesinos la hizo subir puntos. Nuestra comida acabó bruscamente cuando una nube decidió descargar con todas sus fuerzas sobre nosotros y nos vimos obligados a correr hasta el coche. Nos llovió poco durante el viaje, pero cuando caía, caía con ganas. Un consejo: aseguraos de que vuestro abrigo es totalmente impermeable y las botas también.

El objetivo era dormir aquella noche en Ólafsvik, un pequeño pueblo en el extremo de la península Snaefelsness, lo que significaba unos 300 km más de carretera rodeando el fiordo de Breidafjördur, el último de los grandes fiordos del oeste. Con ganas de descansar del coche, tomamos la ruta alternativa: cruzar el fiordo por el medio en un cómodo ferry. El barco sale desde Brjánslaekur, hace escala en la isla de Flatey, la única isla habitada del fiordo y atraca en el puerto de Stykkishólmur. Unas 2200 kr (26 euros) por pasajero y coche y 3 horas de viaje durante las que se puede elegir entre disfrutar del restaurante y pequeño cine del barco o subir a cubierta para ver pasar los islotes que llenan el fiordo. En la cubierta hacía mucho frío y no había casi nadie, pero permanecimos allí, viendo Islandia por primera vez desde el mar después de recorrerla por tierra durante dos semanas. Después de la tormenta, la luz del atardecer era aún más extraña, al frente, las nubes negras que nos habían sobrepasado daban un aspecto amenazador al cielo, pero a nuestra espalda, el sol brillaba como siempre. Podéis ver el efecto tan raro de la luz en las fotos, os lo aseguramos, ninguna está trucada, la luz era así.

Al llegar dimos una vuelta con el coche por Stykkishólmur, un pueblo pesquero del que destaca su terrorífica iglesia con pinta de nave espacial. ¿Por qué todas las iglesias islandesas tendrán forma de cohete? Para no tener a la responsable de la guesthouse esperándonos hasta tarde, nos pusimos en marcha en dirección a Ólafsvik. Cenamos en la pequeña cocina después de que todos los huéspedes se acostasen (otro día que estuvo crudo lo de encontrar habitación) y nos fuimos pronto a dormir justo a los pies del volcán Snaefell, donde Julio Verne situó la entrada al centro de la Tierra.
DÍA 13. Snaefellsnes
En la oficina de turismo de Olafsvik nos dijeron con pocas ganas una par de formas de acercarse lo más posible al Snaefellsjokul para intentar su ascensión. Éste es el volcán de “Viaje al centro de la Tierra” y la razón de nuestra última etapa islandesa. Así que nos adentramos por la pista montaña adentro con escasas esperanzas, ya que la niebla lo cubría todo y cada 50 metros de subida la temperatura bajaba un grado. Empezó a llover y cuando llegamos a la caseta de las motonieves, punto de partida según nos habían informado, allí no había ni un alma y parecía bastante complicado el ascenso por la lengua glaciar. Probamos en otro punto, donde unos daneses bastante maduritos salían de un Peugeot y empezaban a forrarse de lana hasta las orejas. Bien pertrechados empezaron a subir por un camino del que solo se veían los primeros 100 metros, luego la nube se lo comía. La vista hacia el mar desde allí era muy bonita, pero los 5 grados que marcaba el termómetro del coche parecían -15 fuera de él. El frío polar y la visibilidad nula nos retiró del plan de la jornada y bajamos a Hellnar, donde hay otra oficina de información, a ver qué alternativas se presentaban. Bien aconsejados dimos una vuelta por las extrañas rocas y el faro de Londrangar y después por Dritvik, donde hay una cala de arena negra con formaciones rocosas curiosas e historias de naufragios y rescates. De hecho se conservan los restos de un barco desperdigados por la arena. También hay una exposición de cuadros al aire libre, colgados en las rocas. Curioso.

Desde allí pudimos ver por unos minutos la cumbre nevada del volcán Snaefellsjokul (montaña nevada), y volvimos a adentrarnos a ver si esta vez teníamos más suerte con el ascenso. De nuevo se cubrió e incluso empezó a llover así que ya desistimos definitivamente y paramos en unas cuevas que se anunciaban en un cartel del camino. Una de ellas tenía mucha resonancia y una bonita historia de bandidos que allí se ocultaban de la ley y al acercarnos empezó a escucharse el “You’ll never walk alone” cantado por 4 ingleses fanáticos del Liverpool que estaban dentro de la cueva. Cuando nos dejaron probar la acústica del lugar iba a cantarles el himno del Madrid, pero como a Belén le dio vergüenza ajena entoné el himno de mi colegio, y a pesar de la calidad sonora de aquellas paredes volví a fracasar en el arte del cante.
Bajamos de la senda del volcán y paramos en Arnastapi, una serie de cavidades en los acantilados por donde se cuela el mar y parecen pozas en las que rompen las olas y se convierten en hacinamiento de los pájaros.

Allí comimos, tirados en la hierba, y después del último sándwich de jamón del verano nos quedamos fritos en el poco rato que había salido el sol. Media horita muy rica que sacó a relucir la paliza de dos semana que llevábamos encima.
Barajamos la posibilidad de ir a Glymur, la cascada más alta del país, pero estaba muy lejos y ahora sí, nos pareció mucho camino para ver una cascada más.
Tranquilamente partimos hacia Akranes, donde habíamos llamado para reservar noche, y como íbamos con mucho tiempo hicimos escala en Borgarnes, según la guía el sitio bonito de aquella zona. Mentira, cuatro casas y un puerto, un centro comercial diminuto y nada más, así que carretera adelante y a dar vueltas para encontrar la granja, que estaba bastante escondida. Desde allí se veía Reykiavik, la tarde era soleada y aparecía muy bonito detrás del mar, y no pudimos evitar sentir la nostalgia de que a pesar de estar un poco saturados de tantas andanzas el super esperado viaje a Islandia llegaba a su fin.

Desde allí pudimos ver por unos minutos la cumbre nevada del volcán Snaefellsjokul (montaña nevada), y volvimos a adentrarnos a ver si esta vez teníamos más suerte con el ascenso. De nuevo se cubrió e incluso empezó a llover así que ya desistimos definitivamente y paramos en unas cuevas que se anunciaban en un cartel del camino. Una de ellas tenía mucha resonancia y una bonita historia de bandidos que allí se ocultaban de la ley y al acercarnos empezó a escucharse el “You’ll never walk alone” cantado por 4 ingleses fanáticos del Liverpool que estaban dentro de la cueva. Cuando nos dejaron probar la acústica del lugar iba a cantarles el himno del Madrid, pero como a Belén le dio vergüenza ajena entoné el himno de mi colegio, y a pesar de la calidad sonora de aquellas paredes volví a fracasar en el arte del cante.
Bajamos de la senda del volcán y paramos en Arnastapi, una serie de cavidades en los acantilados por donde se cuela el mar y parecen pozas en las que rompen las olas y se convierten en hacinamiento de los pájaros.

Allí comimos, tirados en la hierba, y después del último sándwich de jamón del verano nos quedamos fritos en el poco rato que había salido el sol. Media horita muy rica que sacó a relucir la paliza de dos semana que llevábamos encima.
Barajamos la posibilidad de ir a Glymur, la cascada más alta del país, pero estaba muy lejos y ahora sí, nos pareció mucho camino para ver una cascada más.
Tranquilamente partimos hacia Akranes, donde habíamos llamado para reservar noche, y como íbamos con mucho tiempo hicimos escala en Borgarnes, según la guía el sitio bonito de aquella zona. Mentira, cuatro casas y un puerto, un centro comercial diminuto y nada más, así que carretera adelante y a dar vueltas para encontrar la granja, que estaba bastante escondida. Desde allí se veía Reykiavik, la tarde era soleada y aparecía muy bonito detrás del mar, y no pudimos evitar sentir la nostalgia de que a pesar de estar un poco saturados de tantas andanzas el super esperado viaje a Islandia llegaba a su fin.
DÍA 14. Reykjavik - Blue Lagoon - Madrid
Y llegó el último día de viaje. Los kilómetros y el cansancio se notaban ya, pero aún así nos daba pena que se acabase. Había que despedirse a lo grande y qué mejor modo que un vuelo en avioneta. Salimos pronto de Akranes y cruzamos el moderno túnel de peaje que lleva hacia Reykjavík (49 km en lugar de los 108 que hay para rodear el fiordo). Destino: el aeropuerto nacional. Gastamos todo lo que habíamos ahorrado en comida en la avioneta pero será uno de los recuerdos más bonitos que nos llevemos de Islandia.

Sobrevolamos la ciudad de Reykjavík, con su trazado de maqueta y sus camas elásticas en cada jardín. Después recorrimos de nuevo la catarata de Gulfoss, la primera que habíamos conocido y que seguía estando entre nuestras favoritas. Tuvimos el privilegio de ver estallar un geiser desde las alturas y nos sacamos un poco la espinita del Laugavegur recorriendo la ruta entre Lanmannalaugar y Törsmork en unos pocos minutos. Vimos cráteres, brechas abiertas por ríos y cataratas a las que no se llega por carretera y pudimos apreciar la falla de Thingvellir como nadie. Incluso a 500 metros del suelo se aprecia el tufillo azufroso a huevos podridos. Guiados por el piloto más majete del país, pasamos dos horas sin despegar la nariz de la ventanilla. Caro pero increíble.

Habíamos recorrido Islandia de arriba abajo y aún no habíamos probado sus famosísimas piscinas de agua caliente, así que, ya de camino hacia el aeropuerto de Keflavík, nos detuvimos en la Blue Lagoon, la más turística de todas. Explotada como balneario y como fuente de productos de belleza, sus aguas termales se consideran curativas y son frecuentadas por los islandeses en cualquier mes del año. A pesar de que debíamos estar a 10º, montones de personas flotaban en el agua blanquecina y se cubrían de barro. Muchos españoles habían decidido como nosotros apurar las últimas horas con un buen baño, así que mirásemos donde mirásemos, encontrábamos compatriotas haciendo el ganso. Si olvidas el mal olor del agua, la experiencia es de lo más original, aunque no podíamos evitar acordarnos del tranquilo baño en el cráter Viti.

Una vez secos y vestidos, ya no quedaban tiempo ni excusas para seguir deambulando por el país, así que pusimos rumbo al aeropuerto internacional de Keflavík. Devolvimos nuestro coche, probablemente el más embarrado que les habrían devuelto nunca, y aprovechamos los últimos minutos antes de embarcar para hacer gestiones como pedir la devolución de las tasas (igual que hacen en España los turistas con el IVA) o tratar de gastar nuestras últimas coronas.
No sabemos si volveremos a visitar Islandia porque hay mucho mundo que conocer, pero lo que es seguro es que si surge la oportunidad, haremos la ruta del Laugavegur y la de Törsmork hasta Skógar, intentaremos llegar hasta la remota región de Hornstrandir y, quién sabe, igual nos aventuramos a llegar hasta Groenlandia. Hay mucho, mucho que ver en este pequeño país desconocido, y no podemos estar más contentos de haber elegido un destino tan original. Poder viajar por un lugar del que apenas sabíamos nada, vivir pequeñas aventuras y conocer este país a la vez tan salvaje y tan civilizado, donde el nivel de vida es el más alto de Europa, pero que vive siempre con el miedo de otra devastadora erupción, desde luego ha sido una experiencia que ninguna guía sería capaz de explicar.
Miguel y Belén
14/07/07 – 28/07/07

Sobrevolamos la ciudad de Reykjavík, con su trazado de maqueta y sus camas elásticas en cada jardín. Después recorrimos de nuevo la catarata de Gulfoss, la primera que habíamos conocido y que seguía estando entre nuestras favoritas. Tuvimos el privilegio de ver estallar un geiser desde las alturas y nos sacamos un poco la espinita del Laugavegur recorriendo la ruta entre Lanmannalaugar y Törsmork en unos pocos minutos. Vimos cráteres, brechas abiertas por ríos y cataratas a las que no se llega por carretera y pudimos apreciar la falla de Thingvellir como nadie. Incluso a 500 metros del suelo se aprecia el tufillo azufroso a huevos podridos. Guiados por el piloto más majete del país, pasamos dos horas sin despegar la nariz de la ventanilla. Caro pero increíble.

Habíamos recorrido Islandia de arriba abajo y aún no habíamos probado sus famosísimas piscinas de agua caliente, así que, ya de camino hacia el aeropuerto de Keflavík, nos detuvimos en la Blue Lagoon, la más turística de todas. Explotada como balneario y como fuente de productos de belleza, sus aguas termales se consideran curativas y son frecuentadas por los islandeses en cualquier mes del año. A pesar de que debíamos estar a 10º, montones de personas flotaban en el agua blanquecina y se cubrían de barro. Muchos españoles habían decidido como nosotros apurar las últimas horas con un buen baño, así que mirásemos donde mirásemos, encontrábamos compatriotas haciendo el ganso. Si olvidas el mal olor del agua, la experiencia es de lo más original, aunque no podíamos evitar acordarnos del tranquilo baño en el cráter Viti.

Una vez secos y vestidos, ya no quedaban tiempo ni excusas para seguir deambulando por el país, así que pusimos rumbo al aeropuerto internacional de Keflavík. Devolvimos nuestro coche, probablemente el más embarrado que les habrían devuelto nunca, y aprovechamos los últimos minutos antes de embarcar para hacer gestiones como pedir la devolución de las tasas (igual que hacen en España los turistas con el IVA) o tratar de gastar nuestras últimas coronas.
No sabemos si volveremos a visitar Islandia porque hay mucho mundo que conocer, pero lo que es seguro es que si surge la oportunidad, haremos la ruta del Laugavegur y la de Törsmork hasta Skógar, intentaremos llegar hasta la remota región de Hornstrandir y, quién sabe, igual nos aventuramos a llegar hasta Groenlandia. Hay mucho, mucho que ver en este pequeño país desconocido, y no podemos estar más contentos de haber elegido un destino tan original. Poder viajar por un lugar del que apenas sabíamos nada, vivir pequeñas aventuras y conocer este país a la vez tan salvaje y tan civilizado, donde el nivel de vida es el más alto de Europa, pero que vive siempre con el miedo de otra devastadora erupción, desde luego ha sido una experiencia que ninguna guía sería capaz de explicar.
Miguel y Belén
14/07/07 – 28/07/07
Julio 2011 - LAUGAVEGUR: Landmannalaugar - Thorsmork - Skogar
Cuatro años habían pasado desde la primera visita a Islandia, y cada verano desde entonces el Laugavegur estaba entre mis planes de viaje. Ahora por fin iba a volver, iba a continuar por aquel camino entre montañas naranjas que me cautivó y culminaría 80 km después en la cascada de Skogar, donde una caminante a la que apenas se veía detrás de su enorme mochila iniciaba la ruta hacia Thorsmork y me dejaba allí parado, mirándola envidioso, contemplando el sendero que se perdía en el horizonte y prometiéndome regresar por esa senda algún día.
Reservamos los vuelos en mayo. Los precios habían subido bastante en cuatro años (ida y vuelta: 525 €) y no había vuelos directos desde Madrid a Reykjavik, así que hicimos escala en Edimburgo y llegamos a Keflavik a media tarde.
En el mismo aeropuerto sacamos los billetes del autobús (25 € por persona) que nos dejaría en la estación de autobuses de la capital, a escasos 100 metros de nuestro pequeño hotel, el Travel Inn, muy bien situado para nuestros intereses. En la consigna de la estación dejamos parte del equipaje que no necesitábamos para esta primera semana, como las mochilas pequeñas con ropa de repuesto, los aislantes y la tienda de campaña que llevaríamos a Horstrandir.
Una vuelta por la ciudad y a dormir, ya que al día siguiente el bus salía temprano destino Landmannalaugar.
Reservamos los vuelos en mayo. Los precios habían subido bastante en cuatro años (ida y vuelta: 525 €) y no había vuelos directos desde Madrid a Reykjavik, así que hicimos escala en Edimburgo y llegamos a Keflavik a media tarde.
En el mismo aeropuerto sacamos los billetes del autobús (25 € por persona) que nos dejaría en la estación de autobuses de la capital, a escasos 100 metros de nuestro pequeño hotel, el Travel Inn, muy bien situado para nuestros intereses. En la consigna de la estación dejamos parte del equipaje que no necesitábamos para esta primera semana, como las mochilas pequeñas con ropa de repuesto, los aislantes y la tienda de campaña que llevaríamos a Horstrandir.
Una vuelta por la ciudad y a dormir, ya que al día siguiente el bus salía temprano destino Landmannalaugar.
DÍA 1. Landmannalaugar - Hrafntinnusker. 12 km - 5 horas
El día amaneció muy nublado y en seguida comenzó a llover mientras el autobús recorría los 180 km entre Reykjavik y Landmannalaugar. Una distancia relativamente corta que nos llevó 5 horas de viaje entre paradas en estaciones de servicio, bajen a hacerse una foto con el Hekla de fondo y la carretera de tierra del último tramo, de 53 km, con sus respectivos vadeos de ríos, donde el paisaje ya empezaba a regalar algunas montañitas naranjas con sus manchas blancas de hielo por todas partes.

Por fin llegamos y cesó la lluvia, aunque el cielo estaba muy cubierto, pero ni las amenazadoras nubes apagan los colores diferentes de cada montaña: una gris,otra salmón, otra verde, otra negra y otra de siete colores. Landmannalaugar no es más que un refugio de montaña con algunos servicios, pero al ser comienzo o final del trekking Laugavegur siempre está lleno de excursionistas de un solo día y de montañeros acampados en los alrededores del refugio. Aquí puedes informarte de las rutas de una jornada por la zona, comprar algo de comida y mapas, aunque el que venden es el mismo que ya habíamos traído de Madrid, un mapa a escala 1:100.000 que de poco sirve si te pierdes, lo cual es difícil con lo bien señalizado que está el camino. Nos registramos en una lista de seguridad en la que pones dónde vas a estar cada día del trekking, y lo repites en cada refugio al que llegas, así si tienes algún problema y no has llegado al refugio que tenías reservado se da la alarma y comienza la búsqueda. Un belga que viajaba solo extravió el camino entre la niebla a la altura del volcán Eyjafjallajökull, el que erupcionó en 2010, y gracias a que estaba registrado en estas listas se dieron cuenta de que faltaba y pudieron rescatarle.
Comenzamos a caminar. 55 km por delante en 4 etapas hasta Thorsmork, donde termina el Laugavegur, más dos jornadas extras hasta Skogar. En total unos 80 km en 6 días, excursiones alternativas aparte. Muy asequible, la verdad, no es un trekking duro salvo por las condiciones atmosféricas, que suelen ser adversas y muy variables, en el mismo día puedes pasar del pantalón corto y camiseta a ir calado y congelado bajo cuatro capas de ropa. Mucha gente dobla alguna jornada y se hace dos etapas en un día. La experiencia nos demostró que es un exceso a evitar, ya que puede hacerse demasiado largo y no disfrutas igual del camino, que tiene cien recovecos para explorar, y un montón de “evening walks”, excursiones cercanas a los refugios que valen mucho la pena. En caso de necesitar doblar etapa lo más aconsejable es unir la primera y la segunda, es decir, pasar de largo Hrafntinnusker y llegar hasta Álftavatn en un solo día, y si se hace el trekking de 6 días hasta Skogar las dos últimas etapas entre Thorsmork y Skogar también podrían unirse, haciendo una etapa única de duro desnivel en unas 10 horas.
El camino comienza transitando por un paisaje volcánico dominado por montañas de colores salpicadas de neveros. Un escenario inusual y extraordinario que te hace sacar la cámara de fotos apenas transcurridos unos pasos desde el inicio de la ruta. Una inmensa pradera floreada lleva la vista hasta una cascada de dos tramos, rodeada de fumarolas humeantes y pequeños grupos de ovejas. Dan ganas de ir hacia allí, pero el camino gira a la izquierda y asciende una colina naranja, verde y ocre hasta un magnífico mirador desde el que se contempla el mar de lava con Landmannalaugar al fondo.

Pronto van quedando atrás las voces de los grupos de chavales y excursionistas de un solo día y en el camino que se adentra en las montañas solo se ven caminantes con enormes mochilas a la espalda. Ya empieza lo bueno. Atravesamos larguísimas masas de hielo, las mayores que había cruzado nunca y el humo de las fumarolas ya no solo se ve a lo lejos sino que a ambos lados del camino suena el burbujeo de una fuente termal en ebullición. Nos desviamos para verlas de cerca y calentarnos manos y cara con su vapor. Es como si tuviesésemos una marmita gigante bajo los pies. Damos con un rincón precioso donde el glaciar desemboca en el río que lleva el agua caliente de las fuentes creando un túnel de hielo por el que entra una persona, con el agua hirviendo a tus pies y el hielo sobre la cabeza.
Decidimos comer allí mismo, jamón y fruta deshidratada al calor de las fumarolas y a pesar de su penetrante olor a huevos podridos, pero cuando dejas de andar el frío y la humedad se hacen notar, así que incorporamos una nueva capa de ropa a nuestros cuerpos y nos ponemos en marcha, ya que nos esperan 3,5 km de glaciares que atravesar. Al empezar a subir el primero vemos que a pocos metros hay un jacuzzi natural de agua lechosa en ebullición. Un río se le une cerca y probamos el agua con la mano allí donde se encuentran. Está templada. Un metro más arriba te quema la mano. El jacuzzi debe estar a más de 100 grados.

El refugio de Hrafntinnusker apareció de repente entre la niebla justo cuando una fina lluvia horizontal empezaba a calarnos. The hut is hot, y es una gozada. Allí estaban nuestros nombres en la lista de reservas, nos instalamos en dos colchonetas de las literas de arriba, montamos los sacos y descansamos un rato con la idea de hacer una excursión cercana en cuanto levantara la niebla. Hay unas cuevas heladas a unos 20 minutos de camino, y en la cima del Monte Söðull, a 40 minutos de marcha, las vistas deben ser espectaculares. A veces parecía que las nubes se marchaban pero lo cierto es que el tiempo cada vez fue a peor, apenas si se distinguían las tiendas de los que desafiaban a la tempestad acampando alrededor del refugio, y cada visita al baño -que estaba en el exterior- se convertía en una carrera para exponerse lo menos posible al frío y la lluvia, así que finalmente dejamos la excursión para la mañana siguiente y nos dedicamos a cocinar nuestras dos latitas de fabada traídas especialmente para esa primera cena.
Desde la ventana se ven las fumarolas escupiendo vapor sin cesar flanqueadas por inmensas lenguas de hielo.

Por fin llegamos y cesó la lluvia, aunque el cielo estaba muy cubierto, pero ni las amenazadoras nubes apagan los colores diferentes de cada montaña: una gris,otra salmón, otra verde, otra negra y otra de siete colores. Landmannalaugar no es más que un refugio de montaña con algunos servicios, pero al ser comienzo o final del trekking Laugavegur siempre está lleno de excursionistas de un solo día y de montañeros acampados en los alrededores del refugio. Aquí puedes informarte de las rutas de una jornada por la zona, comprar algo de comida y mapas, aunque el que venden es el mismo que ya habíamos traído de Madrid, un mapa a escala 1:100.000 que de poco sirve si te pierdes, lo cual es difícil con lo bien señalizado que está el camino. Nos registramos en una lista de seguridad en la que pones dónde vas a estar cada día del trekking, y lo repites en cada refugio al que llegas, así si tienes algún problema y no has llegado al refugio que tenías reservado se da la alarma y comienza la búsqueda. Un belga que viajaba solo extravió el camino entre la niebla a la altura del volcán Eyjafjallajökull, el que erupcionó en 2010, y gracias a que estaba registrado en estas listas se dieron cuenta de que faltaba y pudieron rescatarle.
Comenzamos a caminar. 55 km por delante en 4 etapas hasta Thorsmork, donde termina el Laugavegur, más dos jornadas extras hasta Skogar. En total unos 80 km en 6 días, excursiones alternativas aparte. Muy asequible, la verdad, no es un trekking duro salvo por las condiciones atmosféricas, que suelen ser adversas y muy variables, en el mismo día puedes pasar del pantalón corto y camiseta a ir calado y congelado bajo cuatro capas de ropa. Mucha gente dobla alguna jornada y se hace dos etapas en un día. La experiencia nos demostró que es un exceso a evitar, ya que puede hacerse demasiado largo y no disfrutas igual del camino, que tiene cien recovecos para explorar, y un montón de “evening walks”, excursiones cercanas a los refugios que valen mucho la pena. En caso de necesitar doblar etapa lo más aconsejable es unir la primera y la segunda, es decir, pasar de largo Hrafntinnusker y llegar hasta Álftavatn en un solo día, y si se hace el trekking de 6 días hasta Skogar las dos últimas etapas entre Thorsmork y Skogar también podrían unirse, haciendo una etapa única de duro desnivel en unas 10 horas.
El camino comienza transitando por un paisaje volcánico dominado por montañas de colores salpicadas de neveros. Un escenario inusual y extraordinario que te hace sacar la cámara de fotos apenas transcurridos unos pasos desde el inicio de la ruta. Una inmensa pradera floreada lleva la vista hasta una cascada de dos tramos, rodeada de fumarolas humeantes y pequeños grupos de ovejas. Dan ganas de ir hacia allí, pero el camino gira a la izquierda y asciende una colina naranja, verde y ocre hasta un magnífico mirador desde el que se contempla el mar de lava con Landmannalaugar al fondo.

Pronto van quedando atrás las voces de los grupos de chavales y excursionistas de un solo día y en el camino que se adentra en las montañas solo se ven caminantes con enormes mochilas a la espalda. Ya empieza lo bueno. Atravesamos larguísimas masas de hielo, las mayores que había cruzado nunca y el humo de las fumarolas ya no solo se ve a lo lejos sino que a ambos lados del camino suena el burbujeo de una fuente termal en ebullición. Nos desviamos para verlas de cerca y calentarnos manos y cara con su vapor. Es como si tuviesésemos una marmita gigante bajo los pies. Damos con un rincón precioso donde el glaciar desemboca en el río que lleva el agua caliente de las fuentes creando un túnel de hielo por el que entra una persona, con el agua hirviendo a tus pies y el hielo sobre la cabeza.
Decidimos comer allí mismo, jamón y fruta deshidratada al calor de las fumarolas y a pesar de su penetrante olor a huevos podridos, pero cuando dejas de andar el frío y la humedad se hacen notar, así que incorporamos una nueva capa de ropa a nuestros cuerpos y nos ponemos en marcha, ya que nos esperan 3,5 km de glaciares que atravesar. Al empezar a subir el primero vemos que a pocos metros hay un jacuzzi natural de agua lechosa en ebullición. Un río se le une cerca y probamos el agua con la mano allí donde se encuentran. Está templada. Un metro más arriba te quema la mano. El jacuzzi debe estar a más de 100 grados.

El refugio de Hrafntinnusker apareció de repente entre la niebla justo cuando una fina lluvia horizontal empezaba a calarnos. The hut is hot, y es una gozada. Allí estaban nuestros nombres en la lista de reservas, nos instalamos en dos colchonetas de las literas de arriba, montamos los sacos y descansamos un rato con la idea de hacer una excursión cercana en cuanto levantara la niebla. Hay unas cuevas heladas a unos 20 minutos de camino, y en la cima del Monte Söðull, a 40 minutos de marcha, las vistas deben ser espectaculares. A veces parecía que las nubes se marchaban pero lo cierto es que el tiempo cada vez fue a peor, apenas si se distinguían las tiendas de los que desafiaban a la tempestad acampando alrededor del refugio, y cada visita al baño -que estaba en el exterior- se convertía en una carrera para exponerse lo menos posible al frío y la lluvia, así que finalmente dejamos la excursión para la mañana siguiente y nos dedicamos a cocinar nuestras dos latitas de fabada traídas especialmente para esa primera cena.
Desde la ventana se ven las fumarolas escupiendo vapor sin cesar flanqueadas por inmensas lenguas de hielo.
DÍA 2.- Hrafntinnusker - Alftavatn - .12 km. 5 horas.
Mirar por la ventana es un acto reflejo nada más despertarse, con la ilusión de ver el cielo despejado y el sol iluminando el maravilloso paisaje que te espera por delante. Pero estamos en Islandia, y en estas montañas los días soleados se cuentan con los dedos de una mano. Lo primero que veo es una persona forrada e impermeabilizada de pies a cabeza. Gorro, capucha, guantes, polainas y chubasquero. Cuando comienza a caminar la niebla le absorbe en tres pasos, inestables a causa del fuerte viento. Las fumarolas que se veían ayer ya no se distinguen, puede que el frío las haya apagado.

En el refugio la actividad es intensa, mucho movimiento en torno a la mesa comunitaria bajo las literas, sonidos inconfundibles de desayuno y conversaciones animadas, una de ellas inteligible, una pareja española que tiene pensado doblar jornada en este día y llegar hasta Ermstrur. Buena suerte. Remoloneamos un rato en los sacos, el día va a ser duro y no tenemos prisa por salir a la intemperie.
Mi indumentaria antitempestad consiste en camiseta térmica, camiseta de trekking, cortaviento, capucha y chubasquero. Pantalón corto, pantalón de andar y pantalón impermeable. La lluvia es muy ligera y va a rachas, pero lo que verdaderamente te cala es la niebla, y no tardo en descubrir que mi chubasquero es tan malo como sospechaba y mis guantes no son impermeables. Excelente. Además la lluvia y la niebla son pésimas para un gafotas como yo, se me llenan los cristales de gotitas y al final me las tengo que quitar, por lo que apenas intuyo las estacas que van marcando el camino, algunas tan enterradas en el hielo que casi no se distinguen.
Las escasas treguas que ofrecen las nubes despiertan exclamaciones de admiración ante lo que tenemos alrededor. Cruzamos mucho hielo y ascendemos y descendemos por terreno embarrado en un entorno que se adivina sobrecogedor, pero hoy el día es más de aventura que de observación. El viento es muy fuerte y hay puntos en los que parece que vas a salir volando. No se puede parar a comer, ni a descansar, ni a echar una caña porque te quedas helado.

La encantadora guarda del refugio nos había dicho el día anterior que si el tiempo acompañaba nos desviásemos a medio camino por un sendero que sale a la izquierda y que lleva a través de un glaciar a la cima del monte Hàskerdingur, desde el que se tienen unas vistas espectaculares y se llega a ver casi todo el Laugavegur hacia el sur. No vimos el desvío, pero evidentemente tampoco lo habráimos tomado.
Llegamos al cruce de dos ríos donde se forma un túnel de hielo por el que circula una corriente arcillosa. Decidimos explorarlo con cuidado y avanzamos por su interior unos 30 metros, hasta llegar a una salida en el otro extremo. Es una pasada, a pesar de la escasa visibilidad la sensación de exploración y aventura es intensa. Seguimos adelante y llegamos a otro río que baja fuerte formando una cascada estruendosa. Hay dos alemanas descalzándose para vadearlo, pero nosotros nos la jugamos con tal de no descalzarnos tan pronto y saltamos el cauce por unas piedras que sobresalen del fondo y que casi nos ponen a remojo. El camino está muy bien señalizado con estacas amarillas y es fácil de seguir, y en esta parte está tan embarrado que dejo de ver mis botas a través de la masa arcillosa que las envuelve. Estamos sobre la arista de una montaña, y al llegar al collado se divisa entre la niebla un paisaje sobrecogedor. Es el valle de Alftavatn, una sucesión de montículos piramidales verdes, negros y naranjas con praderas inmensas surcadas por corrientes serpenteantes y dos inmensos lagos con las montañas nevadas al fondo. Ni nuestra mejor foto le hará justicia.

Bajamos poco a poco, deteniéndonos en cada curva para admirar una vez más aquel valle encantado al que solo le faltaban los dinosaurios y algún maravilloso rayito de sol.
El vadeo del río es complicado sin descalzarse, y tardamos en cruzarlo. Desde ahí hasta el refugio el camino es llano y discurre por una pradera donde los ríos circulan enmarcados por orillas de musgo verde fluorescente. Incluso sin la luz del sol brilla como si fuese artificial.
Llegamos al refugio de Alftavatn, son tres cabañas de madera con los baños y los fregaderos en el exterior. Elegimos litera, esta vez de cama doble, y dejamos las prendas a secar un poco cerca de la estufa mientras preparamos la comida. Aquí hay cobertura de móvil, así que aprovecho para llamar a casa, ya que puede que no vuelva a tenerla. Los refugios están equipados con todo lo necesario para cocinar con sencillez, tienen cocina de gas con varios fogones, ollas, cacerolas, utensilios y cubiertos, pero cada cual tiene que llevar su propia comida desde el principio, solo en Törsmork y Landmannalaugar hay una pequeña tienda donde comprar algún alimento básico. También hay agua potable en todos los refugios, de hecho todo el agua de los ríos de Islandia se puede beber sin problema.

Hervimos arroz y lo enriquecemos con atún y jamón, y de postre chocolate y unos dátiles deshidratados. Nos sabe a gloria. Salimos a fregar los cacharros y en ese momento aparece el sol entre las nubes y lo ilumina todo, creando además un arcoíris completo de dibujos animados. Este momentazo nos hace venirnos arriba y decidimos enfundarnos de nuevo las botas, guantes, gorro, pantalón de agua, cortaviento y chubasquero y salir a dar una vuelta por el lago. Como de costumbre se nos va de las manos, serán 2 horas y 3 km de excursión en las que el sol no vuelve a aparecer y bordeamos el lago con viento gélido y rachas de aguanieve. Estamos totalmente solos, aunque vemos algunas huellas de lo que suponemos será un zorro ártico y pisadas esporádicas de seres humanos. Al llegar al otro extremo del lago mayor decidimos seguir adelante y bordear el pequeño, que se veía desde lo alto de la montaña, y así lo hacemos, con gran dificultad porque la arena se hunde y nos metemos en el lodo hasta las rodillas. Solo queda vadear un río y en el último salto es donde cede la piedra y mis pies van directos al agua, menos mal que en el refugio hay una buena estufa donde dejar las cosas a secar. Hay prendas colgadas por todas partes y cuerdas tendidas de un lado a otro, parece una jamonería. Unos está cenando en la mesa central rodeada de literas, otros leen un libro, otros juegan a las cartas, es un ambiente animado de conversaciones en varios idiomas.
Ya hay gente roncando cuando salgo a lavarme los dientes en manga corta y casi me congelo. Frío intenso fuera. Los que han acampado en tiendas dormirán con el saco hasta las orejas, mientras aquí dentro estaremos en pantalón corto y encima de los sacos. Ha sido un día genial y me encanta estar aquí.

En el refugio la actividad es intensa, mucho movimiento en torno a la mesa comunitaria bajo las literas, sonidos inconfundibles de desayuno y conversaciones animadas, una de ellas inteligible, una pareja española que tiene pensado doblar jornada en este día y llegar hasta Ermstrur. Buena suerte. Remoloneamos un rato en los sacos, el día va a ser duro y no tenemos prisa por salir a la intemperie.
Mi indumentaria antitempestad consiste en camiseta térmica, camiseta de trekking, cortaviento, capucha y chubasquero. Pantalón corto, pantalón de andar y pantalón impermeable. La lluvia es muy ligera y va a rachas, pero lo que verdaderamente te cala es la niebla, y no tardo en descubrir que mi chubasquero es tan malo como sospechaba y mis guantes no son impermeables. Excelente. Además la lluvia y la niebla son pésimas para un gafotas como yo, se me llenan los cristales de gotitas y al final me las tengo que quitar, por lo que apenas intuyo las estacas que van marcando el camino, algunas tan enterradas en el hielo que casi no se distinguen.
Las escasas treguas que ofrecen las nubes despiertan exclamaciones de admiración ante lo que tenemos alrededor. Cruzamos mucho hielo y ascendemos y descendemos por terreno embarrado en un entorno que se adivina sobrecogedor, pero hoy el día es más de aventura que de observación. El viento es muy fuerte y hay puntos en los que parece que vas a salir volando. No se puede parar a comer, ni a descansar, ni a echar una caña porque te quedas helado.

La encantadora guarda del refugio nos había dicho el día anterior que si el tiempo acompañaba nos desviásemos a medio camino por un sendero que sale a la izquierda y que lleva a través de un glaciar a la cima del monte Hàskerdingur, desde el que se tienen unas vistas espectaculares y se llega a ver casi todo el Laugavegur hacia el sur. No vimos el desvío, pero evidentemente tampoco lo habráimos tomado.
Llegamos al cruce de dos ríos donde se forma un túnel de hielo por el que circula una corriente arcillosa. Decidimos explorarlo con cuidado y avanzamos por su interior unos 30 metros, hasta llegar a una salida en el otro extremo. Es una pasada, a pesar de la escasa visibilidad la sensación de exploración y aventura es intensa. Seguimos adelante y llegamos a otro río que baja fuerte formando una cascada estruendosa. Hay dos alemanas descalzándose para vadearlo, pero nosotros nos la jugamos con tal de no descalzarnos tan pronto y saltamos el cauce por unas piedras que sobresalen del fondo y que casi nos ponen a remojo. El camino está muy bien señalizado con estacas amarillas y es fácil de seguir, y en esta parte está tan embarrado que dejo de ver mis botas a través de la masa arcillosa que las envuelve. Estamos sobre la arista de una montaña, y al llegar al collado se divisa entre la niebla un paisaje sobrecogedor. Es el valle de Alftavatn, una sucesión de montículos piramidales verdes, negros y naranjas con praderas inmensas surcadas por corrientes serpenteantes y dos inmensos lagos con las montañas nevadas al fondo. Ni nuestra mejor foto le hará justicia.

Bajamos poco a poco, deteniéndonos en cada curva para admirar una vez más aquel valle encantado al que solo le faltaban los dinosaurios y algún maravilloso rayito de sol.
El vadeo del río es complicado sin descalzarse, y tardamos en cruzarlo. Desde ahí hasta el refugio el camino es llano y discurre por una pradera donde los ríos circulan enmarcados por orillas de musgo verde fluorescente. Incluso sin la luz del sol brilla como si fuese artificial.
Llegamos al refugio de Alftavatn, son tres cabañas de madera con los baños y los fregaderos en el exterior. Elegimos litera, esta vez de cama doble, y dejamos las prendas a secar un poco cerca de la estufa mientras preparamos la comida. Aquí hay cobertura de móvil, así que aprovecho para llamar a casa, ya que puede que no vuelva a tenerla. Los refugios están equipados con todo lo necesario para cocinar con sencillez, tienen cocina de gas con varios fogones, ollas, cacerolas, utensilios y cubiertos, pero cada cual tiene que llevar su propia comida desde el principio, solo en Törsmork y Landmannalaugar hay una pequeña tienda donde comprar algún alimento básico. También hay agua potable en todos los refugios, de hecho todo el agua de los ríos de Islandia se puede beber sin problema.

Hervimos arroz y lo enriquecemos con atún y jamón, y de postre chocolate y unos dátiles deshidratados. Nos sabe a gloria. Salimos a fregar los cacharros y en ese momento aparece el sol entre las nubes y lo ilumina todo, creando además un arcoíris completo de dibujos animados. Este momentazo nos hace venirnos arriba y decidimos enfundarnos de nuevo las botas, guantes, gorro, pantalón de agua, cortaviento y chubasquero y salir a dar una vuelta por el lago. Como de costumbre se nos va de las manos, serán 2 horas y 3 km de excursión en las que el sol no vuelve a aparecer y bordeamos el lago con viento gélido y rachas de aguanieve. Estamos totalmente solos, aunque vemos algunas huellas de lo que suponemos será un zorro ártico y pisadas esporádicas de seres humanos. Al llegar al otro extremo del lago mayor decidimos seguir adelante y bordear el pequeño, que se veía desde lo alto de la montaña, y así lo hacemos, con gran dificultad porque la arena se hunde y nos metemos en el lodo hasta las rodillas. Solo queda vadear un río y en el último salto es donde cede la piedra y mis pies van directos al agua, menos mal que en el refugio hay una buena estufa donde dejar las cosas a secar. Hay prendas colgadas por todas partes y cuerdas tendidas de un lado a otro, parece una jamonería. Unos está cenando en la mesa central rodeada de literas, otros leen un libro, otros juegan a las cartas, es un ambiente animado de conversaciones en varios idiomas.
Ya hay gente roncando cuando salgo a lavarme los dientes en manga corta y casi me congelo. Frío intenso fuera. Los que han acampado en tiendas dormirán con el saco hasta las orejas, mientras aquí dentro estaremos en pantalón corto y encima de los sacos. Ha sido un día genial y me encanta estar aquí.
DÍA 3. Alftavatn - Emstrur. 15 km - 6 h
Un pequeño terremoto ha soltado todo el agua de un glaciar y ha desaguado hacia el sur, cortando la carretera principal. Un montañero ha desaparecido cerca de Fimmvörðuháls, el paso entre glaciares que tendremos que cruzar en nuestra última etapa. Noticias que llegan al refugio por la mañana. Fuera siguen la niebla, la lluvia y el frío. Este lugar, celoso de su propia belleza, sólo se muestra a capricho pero cuando lo hace te sobrecoge. La etapa de ayer con buen tiempo debe de ser increíble, como lo es el entorno del refugio de Alftavatn.
Nada más empezar primer vadeo del día. Es un dolor descalzarse y meter los pies en el agua así que lo cruzamos a saltos utilizando las piedras que sobresalen. Un poco más adelante no nos salva del agua ni San Pedro y procedemos a nuestro bautismo de hielo, un ritual que consiste en llegar a la orilla, buscar un paso sólido, mirar fijamente al agua buscando una salida, suspirar, culo al suelo, quitarse la mochila, descalzarse, arremangar pantalones, ponerse las chanclas, colgar botas al cuello, poner mochila, aproximación al agua, gritar, blasfemar, maldecir, dolor agudo, se te corta la circulación y sabes que si eso dura medio minuto más se te caerán las piernas. Por fin llegas al otro lado con la cara descompuesta y ejecutas el proceso inverso de calzado. Se tarda cerca de un minuto en cruzar un río de unos 15 metros de ancho y en total se invierten unos 20 minutos en el proceso de vadeo, eso si no te recreas haciendo videos y fotos del sufrimiento ajeno.

Vista atrás: montañitas naranjas cuando las nubes se apartan. Vista al frente: una pirámide perfecta verde y negra que nos acompañará todo el día. Llueve ligeramente todo el tiempo pero cada vez hay más visibilidad. Compartimos chanzas y chascarrillos con unos ingleses maduritos que nos hacen la peor foto de la historia y llegamos al valle de Hvanngil que tiene un refugio inesperado, utilizado como alternativa entre Alftavatn y Emstrur, y que es al que van muchos grupos organizados con su guía. También hay una granja y un puente para cruzar el río que baja con mucha fuerza.
La senda se fusiona con la carretera F 210 para vehículos todoterreno, y desde aquí hasta casi el final de la etapa caminaremos sin desnivel. Un nuevo vadeo por delante, esta vez el río parece más profundo y poderoso. Buscamos el mejor sitio para el ritual cuando una aeronave con ruedas tan altas como yo cruza el río como si fuera un charco. A nosotros nos llega el agua por la rodilla, y está tan fría que duele a los pocos segundos. Allí nos juntamos varios grupitos y una vez padecido el vadeo nos comemos unos frutos secos mientras vemos pasar a los demás. Para cruzar un río tanto en coche como a pie siempre es mejor buscar la zona donde el agua haga espuma blanca, ya que rompe contra el fondo y en esa parte seguramente habrá menos profundidad.
Paisaje volcánico, llanura de tierra negra lunar con montañas verdes, blancas y negras que se levantan de repente. No se ven pájaros, ni reptiles, ningún ser vivo salvo los mochileros de colores que comparten el camino. Un par de kilómetros por la carretera y desvío hacia el sendero hasta que comienza a escucharse un estruendo que va aumentando según nos acercamos. Un río descomunal baja con enorme potencia descontrolada por un pequeño cañón que se pierde a lo lejos. El salto de agua que genera es tan salvaje que desprende una gigantesca columna de vapor de agua, el ruido es ensordecedor, y el espectáculo sobrecogedor. Me llama mucho la atención cómo la gente cruza por el puente sin apenas pararse a contemplar este panorama tan salvaje que yo no he visto más que en Islandia. Nos quedamos por allí un rato, bordeando el cañón y contemplando la cascada y el escenario que la rodea desde diferentes ángulos.

El camino sigue por una eterna planicie de arena negra, un desierto interminable que me hace pensar en la pareja española que ayer doblaba etapa. Los puntitos coloristas de las mochilas se ven en la distancia avisándonos de los kilómetros en línea recta que nos quedan por andar, y por fin un montículo con un valle al fondo y las tres cabañas de Emstrur delante de un inmenso glaciar.
Los refugios del Laugavegur tienen capacidad para albergar a unas 60 personas. En su interior no se puede andar con las botas puestas, hay que dejarlas a la entrada, así que es muy recomendable llevarse unas chanclas. Las literas están distribuidas a lo largo de las paredes por un espacio común, como un barracón pequeño, y en el centro de la estancia se encuentra una larga mesa contínua con bancos para las comidas. No hay mantas ni almohadas, solo una colchoneta bastante cómoda donde tumbarse, por lo que hay que ir con el saco de dormir y algo para apoyar la cabeza si quieres. Las mochilas se suelen dejar debajo de las literas, y como en Islandia no se hace de noche en verano la luz y el sonido de los roncadores son elementos siempre presentes en las horas de sueño. Una máscara para los ojos y tapones en los oídos solucionan estos pequeños problemas para quien sea susceptible a ellos. En todos hay agua potable, pero no hay corriente eléctrica hasta llegar a Törsmork, y hay que pagar por usarla. Alrededor de cada refugio siempre hay una zona de acampada donde plantar las tiendas, por la que hay que abonar una pequeña cantidad, aunque la comodidad del refugio bien vale la diferencia de precio.

Llegamos con un hambre atroz, así que devoramos las ensaladas preparadas y fuimos a buscar a unos chicos vascos con los que coincidíamos en todos los refugios para hacer una excursión vespertina, ya sin mochilas a cuestas. A unos 20 minutos de camino ascendente llegamos al cañón Markarfljótsgljúfur, de altísimas paredes verticales por cuyo fondo circulaba un río con la típica potencia islandesa. Una grieta gigantesca donde la tierra roja, la roca negra y el musgo verde se mezclaban en la caída hacia el agua. El sendero desfilaba al borde del abismo, y lo recorrimos un buen trecho mientras sacábamos un millón de fotos de aquel paraje espectacular y la niebla se iba metiendo poco a poco por el desfiladero.
Nada más empezar primer vadeo del día. Es un dolor descalzarse y meter los pies en el agua así que lo cruzamos a saltos utilizando las piedras que sobresalen. Un poco más adelante no nos salva del agua ni San Pedro y procedemos a nuestro bautismo de hielo, un ritual que consiste en llegar a la orilla, buscar un paso sólido, mirar fijamente al agua buscando una salida, suspirar, culo al suelo, quitarse la mochila, descalzarse, arremangar pantalones, ponerse las chanclas, colgar botas al cuello, poner mochila, aproximación al agua, gritar, blasfemar, maldecir, dolor agudo, se te corta la circulación y sabes que si eso dura medio minuto más se te caerán las piernas. Por fin llegas al otro lado con la cara descompuesta y ejecutas el proceso inverso de calzado. Se tarda cerca de un minuto en cruzar un río de unos 15 metros de ancho y en total se invierten unos 20 minutos en el proceso de vadeo, eso si no te recreas haciendo videos y fotos del sufrimiento ajeno.

Vista atrás: montañitas naranjas cuando las nubes se apartan. Vista al frente: una pirámide perfecta verde y negra que nos acompañará todo el día. Llueve ligeramente todo el tiempo pero cada vez hay más visibilidad. Compartimos chanzas y chascarrillos con unos ingleses maduritos que nos hacen la peor foto de la historia y llegamos al valle de Hvanngil que tiene un refugio inesperado, utilizado como alternativa entre Alftavatn y Emstrur, y que es al que van muchos grupos organizados con su guía. También hay una granja y un puente para cruzar el río que baja con mucha fuerza.
La senda se fusiona con la carretera F 210 para vehículos todoterreno, y desde aquí hasta casi el final de la etapa caminaremos sin desnivel. Un nuevo vadeo por delante, esta vez el río parece más profundo y poderoso. Buscamos el mejor sitio para el ritual cuando una aeronave con ruedas tan altas como yo cruza el río como si fuera un charco. A nosotros nos llega el agua por la rodilla, y está tan fría que duele a los pocos segundos. Allí nos juntamos varios grupitos y una vez padecido el vadeo nos comemos unos frutos secos mientras vemos pasar a los demás. Para cruzar un río tanto en coche como a pie siempre es mejor buscar la zona donde el agua haga espuma blanca, ya que rompe contra el fondo y en esa parte seguramente habrá menos profundidad.
Paisaje volcánico, llanura de tierra negra lunar con montañas verdes, blancas y negras que se levantan de repente. No se ven pájaros, ni reptiles, ningún ser vivo salvo los mochileros de colores que comparten el camino. Un par de kilómetros por la carretera y desvío hacia el sendero hasta que comienza a escucharse un estruendo que va aumentando según nos acercamos. Un río descomunal baja con enorme potencia descontrolada por un pequeño cañón que se pierde a lo lejos. El salto de agua que genera es tan salvaje que desprende una gigantesca columna de vapor de agua, el ruido es ensordecedor, y el espectáculo sobrecogedor. Me llama mucho la atención cómo la gente cruza por el puente sin apenas pararse a contemplar este panorama tan salvaje que yo no he visto más que en Islandia. Nos quedamos por allí un rato, bordeando el cañón y contemplando la cascada y el escenario que la rodea desde diferentes ángulos.

El camino sigue por una eterna planicie de arena negra, un desierto interminable que me hace pensar en la pareja española que ayer doblaba etapa. Los puntitos coloristas de las mochilas se ven en la distancia avisándonos de los kilómetros en línea recta que nos quedan por andar, y por fin un montículo con un valle al fondo y las tres cabañas de Emstrur delante de un inmenso glaciar.
Los refugios del Laugavegur tienen capacidad para albergar a unas 60 personas. En su interior no se puede andar con las botas puestas, hay que dejarlas a la entrada, así que es muy recomendable llevarse unas chanclas. Las literas están distribuidas a lo largo de las paredes por un espacio común, como un barracón pequeño, y en el centro de la estancia se encuentra una larga mesa contínua con bancos para las comidas. No hay mantas ni almohadas, solo una colchoneta bastante cómoda donde tumbarse, por lo que hay que ir con el saco de dormir y algo para apoyar la cabeza si quieres. Las mochilas se suelen dejar debajo de las literas, y como en Islandia no se hace de noche en verano la luz y el sonido de los roncadores son elementos siempre presentes en las horas de sueño. Una máscara para los ojos y tapones en los oídos solucionan estos pequeños problemas para quien sea susceptible a ellos. En todos hay agua potable, pero no hay corriente eléctrica hasta llegar a Törsmork, y hay que pagar por usarla. Alrededor de cada refugio siempre hay una zona de acampada donde plantar las tiendas, por la que hay que abonar una pequeña cantidad, aunque la comodidad del refugio bien vale la diferencia de precio.

Llegamos con un hambre atroz, así que devoramos las ensaladas preparadas y fuimos a buscar a unos chicos vascos con los que coincidíamos en todos los refugios para hacer una excursión vespertina, ya sin mochilas a cuestas. A unos 20 minutos de camino ascendente llegamos al cañón Markarfljótsgljúfur, de altísimas paredes verticales por cuyo fondo circulaba un río con la típica potencia islandesa. Una grieta gigantesca donde la tierra roja, la roca negra y el musgo verde se mezclaban en la caída hacia el agua. El sendero desfilaba al borde del abismo, y lo recorrimos un buen trecho mientras sacábamos un millón de fotos de aquel paraje espectacular y la niebla se iba metiendo poco a poco por el desfiladero.
DÍA 4. Emstrur-Thorsmork. 15 km - 5 h
Nos habíamos acostado con una niebla tan densa que no se veían las tiendas de campaña desde la ventana, pero sobre las 6 de la mañana abro un ojo y veo todo iluminado por el sol. Me incorporo como un resorte y miro hacia arriba por el ventanuco. Cielo azul. Ni pensar en dormir un minuto más, aunque el refugio todavía está en completo silencio exceptuando los ronquidos de algunos leñadores con sus motosierras. La impaciencia se apodera de mí y despierto a Ruth con cuidado, pero cuando ve lo temprano que es me manda a Parla, así que bajo la escalerita de la litera y me calzo para salir, emocionado por ver al fin los colores y los fondos de estas montañas.
Estoy sin camiseta siquiera pero me da igual, es todo tan bonito que me hace saltar, me lavo la cara con agua helada y vuelvo a entrar para despertarla del todo y marchar cuanto antes, no vaya a ser que el sol se arrepienta de estar por aquí. Sobre las 8 ya estamos en marcha, en pantalón corto y manga corta. Ayer por la mañana dejábamos el refugio de Alftavatn con cuatro capas de ropa encima y hoy parece que vamos a la playa en bañador y camiseta. Este lugar es imprevisible.

El primer kilómetro transcurre por unas gargantas impresionantes que flanquean un río de aguas glaciares, proveniente de las inmensas masas de hielo perpetuo que nos acompañarán a lo largo del día. Unos puentes colgantes de madera nos libran de vadear esas aguas tan bravas, y este primer tramo tiene algunos pasos que se apoyan en cadenas y cuerdas. Un caramelo de aperitivo que se queda solo en eso, porque el resto de la etapa no estuvo a la altura de las expectativas. Muchos kilómetros de subidas y bajadas por colinas suaves y bonitas vistas de fondo, pero el camino se hace monótono, sin emociones ni variedad, especialmente un tramo desértico de suelo arenoso que dificulta mucho el avance. Hay algo de vegetación, lo cual es una novedad, y al llegar a una praderita muy agradable con su césped y su cascadita decidimos darnos un largo descanso. Comida y siestecita al sol. Con el paso de los días el cuerpo va pidiendo más madera para las calderas, y los víveres en nuestras mochilas empiezan a escasear, pero contamos con la tienda de Thorsmork, así que devoramos sin miramientos y con energías renovadas emprendemos el ascenso de un monte que posteriormente baja hasta un río sin puente. Reunión de senderistas en busca de soluciones, pero al final todo el mundo apechuga con las botas al cuello haciendo equilibrio sobre las aguas bravas.
A partir de aquí el paisaje cambia radicalmente. Entramos en el primer bosque del Laugavegur, y uno de los pocos que debe de haber en toda Islandia. Hayas jóvenes de poca altura y montones de flores moradas y amarillas. Un tramo precioso desmerecido cuando los cielos se cierran en banda y empieza a diluviar. A toda prisa cubrimos las mochilas con las fundas y nos ponemos los chubasqueros, pero confiando en la proximidad del refugio no me pongo nada más, sin acordarme de que mi impermeable se cala como el papel. Una señal marca las tres posibilidades de sendero a seguir según el refugio al que se vaya, el nuestro -Langidalur- parece el más corto, por suerte.
Desde lo alto de una colina verde aparece Thorsmork, impactante incluso en esta tarde gris y neblinosa, y lejano como para pensarse en parar de nuevo a ponerse la ropa de agua, pero ya estoy calado así que da igual y cuando llegamos al refugio soy una sopa y mis botas soperas rebosantes.

Este es mucho más grande que los demás, tiene una entrada a modo de hall, un salón comedor con sofás y muchas mesas, duchas calientes de pago con monedas (500 kr), cocina y varias estancias con departamentos independientes para las literas. Nos toca en la de arriba, y como está vacía podemos elegir habitación. Dejamos toda nuestra ropa secándose sobre los radiadores y bajamos a comer, aunque primero hacemos una visita al minisupermercado, y me pego el homenaje de una cerveza de medio litro, unas galletas de chocolate y una bolsa de pan raro, que sabe a gloria con la sopa de arroz y marisco que nos zampamos. Todo carísimo, pero necesario para llegar hasta Skogar sin desmayos, o eso creíamos. Es muy importante llevar dinero en efectivo (coronas islandesas), ya que puedes necesitar cualquier cosa en un momento dado y los cajeros automáticos aún no han llegado a estas latitudes.
Este sitio es espectacular, por fin montaña después de tanto llaneo, pero la maldita lluvia no nos deja salir a explorar. Lleva 4 horas lloviendo sin parar y nos ponemos de límite las 6 de la tarde para salir sean cuales sean las condiciones atmosféricas. En ese preciso momento el diluvio cesó y como los caracoles asomamos nuestros cuernitos en pos de un prometedor evening walk, consistente en ascender el cercano monte Valahnúkur con increíbles vistas en todas las direcciones y sentidos. El ascenso es arduo y la recompensa acorde al esfuerzo. Thorsmork es un valle gigantesco por el que circula una red de ríos glaciares rodeados por montañas verdes inmensas con los glaciares del sur de Islandia en la retaguardia. Las nubes no dejaban apreciar toda la majestuosidad del panorama, pero desde allí se llega a ver la costa hacia el oeste, el Laugavegur hacia el norte y los imponentes glaciares Mýrdalsjökull y Eyjafjallajökull al sur.
Bajamos de aquella montaña por el otro lado, siguiendo las estacas de un sendero sinuoso y resbaladizo que cada pocos pasos se perdía entre la vegetación, empapada por la lluvia, y volvía a aparecer de repente ascendiendo por un risco vertical y bajando de nuevo hasta el río. Un camino delicioso que nos llevó de vuelta al refugio con la retina impregnada con la belleza de Thorsmork.
Estoy sin camiseta siquiera pero me da igual, es todo tan bonito que me hace saltar, me lavo la cara con agua helada y vuelvo a entrar para despertarla del todo y marchar cuanto antes, no vaya a ser que el sol se arrepienta de estar por aquí. Sobre las 8 ya estamos en marcha, en pantalón corto y manga corta. Ayer por la mañana dejábamos el refugio de Alftavatn con cuatro capas de ropa encima y hoy parece que vamos a la playa en bañador y camiseta. Este lugar es imprevisible.

El primer kilómetro transcurre por unas gargantas impresionantes que flanquean un río de aguas glaciares, proveniente de las inmensas masas de hielo perpetuo que nos acompañarán a lo largo del día. Unos puentes colgantes de madera nos libran de vadear esas aguas tan bravas, y este primer tramo tiene algunos pasos que se apoyan en cadenas y cuerdas. Un caramelo de aperitivo que se queda solo en eso, porque el resto de la etapa no estuvo a la altura de las expectativas. Muchos kilómetros de subidas y bajadas por colinas suaves y bonitas vistas de fondo, pero el camino se hace monótono, sin emociones ni variedad, especialmente un tramo desértico de suelo arenoso que dificulta mucho el avance. Hay algo de vegetación, lo cual es una novedad, y al llegar a una praderita muy agradable con su césped y su cascadita decidimos darnos un largo descanso. Comida y siestecita al sol. Con el paso de los días el cuerpo va pidiendo más madera para las calderas, y los víveres en nuestras mochilas empiezan a escasear, pero contamos con la tienda de Thorsmork, así que devoramos sin miramientos y con energías renovadas emprendemos el ascenso de un monte que posteriormente baja hasta un río sin puente. Reunión de senderistas en busca de soluciones, pero al final todo el mundo apechuga con las botas al cuello haciendo equilibrio sobre las aguas bravas.
A partir de aquí el paisaje cambia radicalmente. Entramos en el primer bosque del Laugavegur, y uno de los pocos que debe de haber en toda Islandia. Hayas jóvenes de poca altura y montones de flores moradas y amarillas. Un tramo precioso desmerecido cuando los cielos se cierran en banda y empieza a diluviar. A toda prisa cubrimos las mochilas con las fundas y nos ponemos los chubasqueros, pero confiando en la proximidad del refugio no me pongo nada más, sin acordarme de que mi impermeable se cala como el papel. Una señal marca las tres posibilidades de sendero a seguir según el refugio al que se vaya, el nuestro -Langidalur- parece el más corto, por suerte.
Desde lo alto de una colina verde aparece Thorsmork, impactante incluso en esta tarde gris y neblinosa, y lejano como para pensarse en parar de nuevo a ponerse la ropa de agua, pero ya estoy calado así que da igual y cuando llegamos al refugio soy una sopa y mis botas soperas rebosantes.

Este es mucho más grande que los demás, tiene una entrada a modo de hall, un salón comedor con sofás y muchas mesas, duchas calientes de pago con monedas (500 kr), cocina y varias estancias con departamentos independientes para las literas. Nos toca en la de arriba, y como está vacía podemos elegir habitación. Dejamos toda nuestra ropa secándose sobre los radiadores y bajamos a comer, aunque primero hacemos una visita al minisupermercado, y me pego el homenaje de una cerveza de medio litro, unas galletas de chocolate y una bolsa de pan raro, que sabe a gloria con la sopa de arroz y marisco que nos zampamos. Todo carísimo, pero necesario para llegar hasta Skogar sin desmayos, o eso creíamos. Es muy importante llevar dinero en efectivo (coronas islandesas), ya que puedes necesitar cualquier cosa en un momento dado y los cajeros automáticos aún no han llegado a estas latitudes.
Este sitio es espectacular, por fin montaña después de tanto llaneo, pero la maldita lluvia no nos deja salir a explorar. Lleva 4 horas lloviendo sin parar y nos ponemos de límite las 6 de la tarde para salir sean cuales sean las condiciones atmosféricas. En ese preciso momento el diluvio cesó y como los caracoles asomamos nuestros cuernitos en pos de un prometedor evening walk, consistente en ascender el cercano monte Valahnúkur con increíbles vistas en todas las direcciones y sentidos. El ascenso es arduo y la recompensa acorde al esfuerzo. Thorsmork es un valle gigantesco por el que circula una red de ríos glaciares rodeados por montañas verdes inmensas con los glaciares del sur de Islandia en la retaguardia. Las nubes no dejaban apreciar toda la majestuosidad del panorama, pero desde allí se llega a ver la costa hacia el oeste, el Laugavegur hacia el norte y los imponentes glaciares Mýrdalsjökull y Eyjafjallajökull al sur.
Bajamos de aquella montaña por el otro lado, siguiendo las estacas de un sendero sinuoso y resbaladizo que cada pocos pasos se perdía entre la vegetación, empapada por la lluvia, y volvía a aparecer de repente ascendiendo por un risco vertical y bajando de nuevo hasta el río. Un camino delicioso que nos llevó de vuelta al refugio con la retina impregnada con la belleza de Thorsmork.
DÍA 5.- Thorsmork - Fimmvörduháls - 12 km. 6 horas
La luz entra a raudales por la claraboya de la habitación y como siempre activa mi mente de inmediato y me hace asomarme a ver cómo está el cielo. La etapa de hoy es la más prometedora y dura del viaje, ascensión de 800 metros de desnivel hasta un paso entre dos glaciares rodeados de volcanes, unos de ellos el famoso Eyjafjallajökull que colapsó el espacio aéreo europeo en abril de 2010. El sol ha vuelto, el cielo está totalmente azul con algunas nubes algodonosas adornando el horizonte. No puedo esperar. Despierto a Ruth, que no se lo toma muy bien, y mientras se espabila salgo hacia los lavabos y contemplo Thorsmork iluminado, por fin. Me lavo como los gatos, recojo rápidamente el saco y la mochila y preparo el desayuno para marcharnos cuanto antes. Mientras se hace el té miro por la ventana del gran salón-comedor y no puedo evitar dar saltos de emoción ante el día que tenemos por delante.
Cuando salimos preparados ya con las mochilas un grupo de personas están esperando el autobús que les llevará de vuelta a Reykjavik. Thorsmork es el final del Laugavegur, y casi todo el mundo da por concluido aquí el trekking, pero solo pensar en marcharme ahora en lugar de subir esas montañas hasta los glaciares y después hasta el mar, con el día tan maravilloso que hace… sería como escupir a la Naturaleza en la cara mientras te da un regalo.
A las 7.30 ya estamos en marcha. Las rodillas me duelen mucho más que otros días, debió de ser la fuerte bajada del evening walk de anoche, y los oídos me pinchan por la otitis que arrastro desde Madrid, pero les callo a ambos con la información que entra por mis ojos y la ilusión de la jornada que nos espera.
Comenzamos atravesando la extensa llanura fluvial que ayer veíamos desde lo alto, hasta llegar a través de un puente hasta el otro refugio de Thorsmork, aproximadamente a un kilómetro de distancia en la otra orilla. Desde ahí empieza la ascensión por un sendero de tierra húmeda que discurre por unas montañas verdes y arcillosas entre vegetación baja, y en algunos tramos la ayuda de una cuerda fijada a la pared se hace imprescindible para avanzar. Esta primera parte es brutal, parecen los Andes pero con glaciares de fondo. Sendero aéreo, vistas en todos los sentidos y poca gente en el camino.

Mesetón tras la subida por un nevero muy empinado y al fondo vemos unas columnas de humo que ascienden formando una neblina misteriosa. Un torrente de lava petrificada se derrama entre las cascadas glaciares, cayendo como una enorme lengua negra aún caliente sobre el hielo. El contraste entre el negro y el blanco es bestial, y por todas partes asciende el humo desde las entrañas de la tierra. Nos cruzamos con un veterano alemán que viaja solo en sentido opuesto y define lo que vamos a ver un poco más arriba como “unique place”. La subida hasta allí es de traca, pendiente dura y cuesta larga por barro y hielo, pero una vez más, el esfuerzo es recompensado. El alemán no exageraba, este lugar es realmente único, entre otras cosas porque sólo existe desde hace 15 meses. Somos testigos de algo excepcional, la creación de una nueva montaña que ni siquiera está todavía reflejada en los mapas. Estamos pisando los restos volcánicos de uno de los cráteres del Eyjafjallajökull, que entró en erupción en la primavera de 2010 y levantó una nube de cenizas que llegó hasta Centroeuropa.
Chimeneas humeantes, coladas de colores y restos de escoria volcánica por todas partes. El suelo quema, y en algunos puntos no se soporta el calor. Hay una montaña roja recién nacida que decido explorar y la ascensión se convierte en una prueba de equilibrio, ya que el suelo se deshace con la presión de las pisadas y se abren agujeros entre las rocas por los que emana el calor de la tierra. La bajada termina en un nevero gigantesco. El hielo en mitad del fuego.

Y después el camino continúa a través de un glaciar fácil de seguir gracias a las enormes estacas amarillas. Aquí fue donde el montañero belga se perdió hace tres días, desorientado por la niebla. Qué gran putada perderse, pero sobre todo ¡qué gran putada perdérselo! Si no pudo ver la siguiente estaca amarilla tampoco podría ver este paisaje increíble. Afortunadamente para él estaba registrado en las listas de seguridad y salieron a rescatarle.
El refugio aparece de repente en la cima de los glaciares. ¿De verdad vamos a dormir ahí? No lo cambiaría por la mansión más lujosa de Miami. Es un lugar alucinante, hace un día genial y esta ruta ha sido, seguramente, la mejor que haya hecho en mi vida.
Esta cabaña solo tiene capacidad para unas 20 personas y es mucho más austera. No hay agua corriente, hay que fabricarla rellenando unos cubos con nieve y derritiéndola. El baño está en el interior, y es un cubículo mínimo monoplaza. Tiene cocina de gas, y allí nos preparamos nuestro famoso arroz con atún y jamón y salimos a la “terraza” con vistas al mar (verídico) a comérnoslo acompañados por el guarda. Mejor que en el Bulli.

Van apareciendo el resto de habitantes con los que compartiremos techo esta noche. Una pareja de alemanes y después un grupo de otros ocho –también alemanes, están por todas partes- con una guía islandesa. Estos van con mochilas ligeras, el resto de su equipaje y los víveres del día se los lleva un todoterreno a cada refugio. Así también me hago yo el Laugavegur y el Tierra-Plutón-Tierra si hace falta.
Descansamos un par de horas y decidimos hacernos un evening walk por el hielo, sin destino, salimos dirección oeste y hasta donde lleguemos. Avanzamos por la cresta del glaciar con vistas a la montaña roja por un lado y al mar hacia el otro. Soledad absoluta. Mucho silencio, sólo nos acompaña el viento, que ha ido empujando las nubes poco a poco y del sol de la mañana no queda ni rastro. Después de un par de horas deambulando por el glaciar regresamos para cenar algo y nos zampamos los escasos restos de nuestra bolsa de comida, mientras se sientan a la mesa los ocho alemanes prestos a darse un festín. Patatas asadas, ensaladas variadas, carne a la brasa… parezco el perro de Pavlov, mirando ese banquete desde mi colchón como un perrillo abandonado. Nuestros cálculos sobre cuánta comida llevar eran correctos, pero no contamos con el hambre que da el ejercicio, y lo cierto es que yo me zampé alguna provisión extra en más de una comida. Pero es que tenía hambre, y esa última tarde, mientras miraba la mesa de los alemanes, mi estomaguito rugía como un león. Pero este era nuestro día, y el Altísimo se puso de nuestra parte. Cuando los rubios ya no podían comer más, el guarda –que les había acompañado en la cena- nos preguntó en inglés si queríamos terminarnos la comida, y allí nos plantamos, tenedor en mano, y creo que me comí hasta el papel de aluminio que envolvía las patatas asadas.
Ya estábamos metidos en los sacos cuando por la ventana empiezan a entrar los rayos del atardecer. Quería ver aquel entorno iluminado por esa luz, y salí al exterior en pantalón corto para contemplar los reflejos del sol de las 10 de la noche sobre el lago helado. Precioso, pero el viento gélido no tardó en meterme dentro de nuevo, esta vez sí, para dormir, aunque tampoco mucho.
Cuando salimos preparados ya con las mochilas un grupo de personas están esperando el autobús que les llevará de vuelta a Reykjavik. Thorsmork es el final del Laugavegur, y casi todo el mundo da por concluido aquí el trekking, pero solo pensar en marcharme ahora en lugar de subir esas montañas hasta los glaciares y después hasta el mar, con el día tan maravilloso que hace… sería como escupir a la Naturaleza en la cara mientras te da un regalo.
A las 7.30 ya estamos en marcha. Las rodillas me duelen mucho más que otros días, debió de ser la fuerte bajada del evening walk de anoche, y los oídos me pinchan por la otitis que arrastro desde Madrid, pero les callo a ambos con la información que entra por mis ojos y la ilusión de la jornada que nos espera.
Comenzamos atravesando la extensa llanura fluvial que ayer veíamos desde lo alto, hasta llegar a través de un puente hasta el otro refugio de Thorsmork, aproximadamente a un kilómetro de distancia en la otra orilla. Desde ahí empieza la ascensión por un sendero de tierra húmeda que discurre por unas montañas verdes y arcillosas entre vegetación baja, y en algunos tramos la ayuda de una cuerda fijada a la pared se hace imprescindible para avanzar. Esta primera parte es brutal, parecen los Andes pero con glaciares de fondo. Sendero aéreo, vistas en todos los sentidos y poca gente en el camino.

Mesetón tras la subida por un nevero muy empinado y al fondo vemos unas columnas de humo que ascienden formando una neblina misteriosa. Un torrente de lava petrificada se derrama entre las cascadas glaciares, cayendo como una enorme lengua negra aún caliente sobre el hielo. El contraste entre el negro y el blanco es bestial, y por todas partes asciende el humo desde las entrañas de la tierra. Nos cruzamos con un veterano alemán que viaja solo en sentido opuesto y define lo que vamos a ver un poco más arriba como “unique place”. La subida hasta allí es de traca, pendiente dura y cuesta larga por barro y hielo, pero una vez más, el esfuerzo es recompensado. El alemán no exageraba, este lugar es realmente único, entre otras cosas porque sólo existe desde hace 15 meses. Somos testigos de algo excepcional, la creación de una nueva montaña que ni siquiera está todavía reflejada en los mapas. Estamos pisando los restos volcánicos de uno de los cráteres del Eyjafjallajökull, que entró en erupción en la primavera de 2010 y levantó una nube de cenizas que llegó hasta Centroeuropa.
Chimeneas humeantes, coladas de colores y restos de escoria volcánica por todas partes. El suelo quema, y en algunos puntos no se soporta el calor. Hay una montaña roja recién nacida que decido explorar y la ascensión se convierte en una prueba de equilibrio, ya que el suelo se deshace con la presión de las pisadas y se abren agujeros entre las rocas por los que emana el calor de la tierra. La bajada termina en un nevero gigantesco. El hielo en mitad del fuego.

Y después el camino continúa a través de un glaciar fácil de seguir gracias a las enormes estacas amarillas. Aquí fue donde el montañero belga se perdió hace tres días, desorientado por la niebla. Qué gran putada perderse, pero sobre todo ¡qué gran putada perdérselo! Si no pudo ver la siguiente estaca amarilla tampoco podría ver este paisaje increíble. Afortunadamente para él estaba registrado en las listas de seguridad y salieron a rescatarle.
El refugio aparece de repente en la cima de los glaciares. ¿De verdad vamos a dormir ahí? No lo cambiaría por la mansión más lujosa de Miami. Es un lugar alucinante, hace un día genial y esta ruta ha sido, seguramente, la mejor que haya hecho en mi vida.
Esta cabaña solo tiene capacidad para unas 20 personas y es mucho más austera. No hay agua corriente, hay que fabricarla rellenando unos cubos con nieve y derritiéndola. El baño está en el interior, y es un cubículo mínimo monoplaza. Tiene cocina de gas, y allí nos preparamos nuestro famoso arroz con atún y jamón y salimos a la “terraza” con vistas al mar (verídico) a comérnoslo acompañados por el guarda. Mejor que en el Bulli.

Van apareciendo el resto de habitantes con los que compartiremos techo esta noche. Una pareja de alemanes y después un grupo de otros ocho –también alemanes, están por todas partes- con una guía islandesa. Estos van con mochilas ligeras, el resto de su equipaje y los víveres del día se los lleva un todoterreno a cada refugio. Así también me hago yo el Laugavegur y el Tierra-Plutón-Tierra si hace falta.
Descansamos un par de horas y decidimos hacernos un evening walk por el hielo, sin destino, salimos dirección oeste y hasta donde lleguemos. Avanzamos por la cresta del glaciar con vistas a la montaña roja por un lado y al mar hacia el otro. Soledad absoluta. Mucho silencio, sólo nos acompaña el viento, que ha ido empujando las nubes poco a poco y del sol de la mañana no queda ni rastro. Después de un par de horas deambulando por el glaciar regresamos para cenar algo y nos zampamos los escasos restos de nuestra bolsa de comida, mientras se sientan a la mesa los ocho alemanes prestos a darse un festín. Patatas asadas, ensaladas variadas, carne a la brasa… parezco el perro de Pavlov, mirando ese banquete desde mi colchón como un perrillo abandonado. Nuestros cálculos sobre cuánta comida llevar eran correctos, pero no contamos con el hambre que da el ejercicio, y lo cierto es que yo me zampé alguna provisión extra en más de una comida. Pero es que tenía hambre, y esa última tarde, mientras miraba la mesa de los alemanes, mi estomaguito rugía como un león. Pero este era nuestro día, y el Altísimo se puso de nuestra parte. Cuando los rubios ya no podían comer más, el guarda –que les había acompañado en la cena- nos preguntó en inglés si queríamos terminarnos la comida, y allí nos plantamos, tenedor en mano, y creo que me comí hasta el papel de aluminio que envolvía las patatas asadas.
Ya estábamos metidos en los sacos cuando por la ventana empiezan a entrar los rayos del atardecer. Quería ver aquel entorno iluminado por esa luz, y salí al exterior en pantalón corto para contemplar los reflejos del sol de las 10 de la noche sobre el lago helado. Precioso, pero el viento gélido no tardó en meterme dentro de nuevo, esta vez sí, para dormir, aunque tampoco mucho.
DÍA 6 - Fimmvörduháls - Skogarfoss - 12 km. 5 horas.
Sobre las 4 a.m abro un ojo y veo el sol que se está colando por las ventanas del lado opuesto. Tentaciones de levantarse ya, pero en el refugio no se mueve nada, así que me vuelvo a dormir. Un par de horas después ya sí que sí, en pie y en marcha, que aquí solo podemos mirar cómo los alemanes se ponen ciegos de desayuno. Salimos los primeros, descenso hasta el mar destino Skogar, última etapa del súper trekking.
Una vez más el Altísimo escuchó nuestras plegarias, y en mitad de la nada, allí donde solo hay hielo y tierra negra, apareció una bolsa de frutos secos variados como el maná sobre el desierto. Increíble. Los había hasta de chocolate, energía inmediata.
A unos 800 metros de donde habíamos pernoctado hay otro refugio que está abandonado, pero en caso de emergencia podría utilizarse. Hasta aquí solo hielo bajo los pies, a partir de ahora pista de tierra, y en seguida comienza a escucharse el rugido que nos acompañará hasta el final. Una cascada enorme se precipita furiosa sobre 20 metros de caída. El primero de los 23 saltos de agua que salva este río glaciar en su camino hasta el Atlántico. Corto pero brutal. Nos paramos en todos, y foteamos a muchos.

Tras cruzar el único puente que vadea el río la pista se hace sendero paralelo a la corriente, y ya van apareciendo caminantes en el otro sentido. Paramos a llenar los camelback, por primera vez con agua de un río y no sacada de un grifo, y nos abrigamos un poco más, ya que el sol ilumina el mar al fondo, pero no nuestros pasos, y debemos estar a 7 u 8 grados. Una parte del camino es un cañón tremendo con una cascada poderosa. Verde, sonoro y espectacular. Se nota que estamos llegando al final, cada vez hay más gente en el sendero, kumbayas de media jornada con minimochilas para el bocata y dialectos variados.
La llegada a Skogarfoss es una mezcla de emociones. Tras 100 km de marcha estoy llegando al lugar donde germinó la semilla, donde mi mente fue impresionada a través de la retina con la imagen de aquella montañera y su mochila gigante que avanzaba montañas adentro. Felicidad por haberlo conseguido y cierta tristeza porque se había terminado.

La última cascada es la más espectacular: Skogarfoss, una caída descomunal que levanta nubes de agua a más de 50 metros de altura. Fotofinish y nos acercamos debajo mismo de la cascada para contemplarla en toda su dimensión y regresar calados hasta los huesos y encantados con haberla sentido tan cerca.
Vamos a comer algo al restaurante. Una hamburguesa y una cerveza. Nos lo hemos ganado.
Una vez más el Altísimo escuchó nuestras plegarias, y en mitad de la nada, allí donde solo hay hielo y tierra negra, apareció una bolsa de frutos secos variados como el maná sobre el desierto. Increíble. Los había hasta de chocolate, energía inmediata.
A unos 800 metros de donde habíamos pernoctado hay otro refugio que está abandonado, pero en caso de emergencia podría utilizarse. Hasta aquí solo hielo bajo los pies, a partir de ahora pista de tierra, y en seguida comienza a escucharse el rugido que nos acompañará hasta el final. Una cascada enorme se precipita furiosa sobre 20 metros de caída. El primero de los 23 saltos de agua que salva este río glaciar en su camino hasta el Atlántico. Corto pero brutal. Nos paramos en todos, y foteamos a muchos.

Tras cruzar el único puente que vadea el río la pista se hace sendero paralelo a la corriente, y ya van apareciendo caminantes en el otro sentido. Paramos a llenar los camelback, por primera vez con agua de un río y no sacada de un grifo, y nos abrigamos un poco más, ya que el sol ilumina el mar al fondo, pero no nuestros pasos, y debemos estar a 7 u 8 grados. Una parte del camino es un cañón tremendo con una cascada poderosa. Verde, sonoro y espectacular. Se nota que estamos llegando al final, cada vez hay más gente en el sendero, kumbayas de media jornada con minimochilas para el bocata y dialectos variados.
La llegada a Skogarfoss es una mezcla de emociones. Tras 100 km de marcha estoy llegando al lugar donde germinó la semilla, donde mi mente fue impresionada a través de la retina con la imagen de aquella montañera y su mochila gigante que avanzaba montañas adentro. Felicidad por haberlo conseguido y cierta tristeza porque se había terminado.

La última cascada es la más espectacular: Skogarfoss, una caída descomunal que levanta nubes de agua a más de 50 metros de altura. Fotofinish y nos acercamos debajo mismo de la cascada para contemplarla en toda su dimensión y regresar calados hasta los huesos y encantados con haberla sentido tan cerca.
Vamos a comer algo al restaurante. Una hamburguesa y una cerveza. Nos lo hemos ganado.
HORNSTRANDIR - Julio 2011
La región de los fiordos del oeste tiene una geografía tan accidentada que para recorrer una distancia de 2 kilómetros en línea recta hay que conducir 40 por carretera, normalmente sin asfaltar. El mar se introduce en la tierra una y otra vez, y la tierra se eleva sobre el mar abruptamente desde el momento en que se encuentran. La mitad este del cuerno de Islandia es tan inhóspita que allí no vive nadie desde hace décadas, tan solo quedan algunas granjas abandonadas y algún pequeño pueblo marinero de no más de tres casas. No hay carreteras ni cobertura de móvil, el único medio de transporte posible es el marítimo, y el único momento del año en el que llegan los barcos desde la civilización es el verano.

Volamos desde Reykjavik hasta Isafjordur en un avión de hélices después de pasar un día de descanso en la capital, haciendo algunas compras, comiendo bien y descansando del Laugavegur. Recogimos las cosas que habíamos dejado en la consigna de la estación y nos aprovisionamos para emprender 4 días de marcha por la península de Hornstrandir con una tienda de campaña, un mapa y una brújula. Las mochilas pesaron 17 kilos cada una en la báscula de la facturación del pequeño aeropuerto doméstico de Reykyavik, al que llegamos ¡andando! y con suficiente antelación, aunque 15 minutos hubieran bastado para completar los mínimos trámites en aquella terminal de juguete. Así da gusto, ni escáneres, ni botas fuera que llevas una bomba en los zapatos, ni enséñame siete veces el pasaporte. Facturas, te subes y en marcha. Media hora después las alas del avión rozaban las paredes verticales de las montañas de Isafjordur, recogíamos el equipaje y le pagábamos las 500 kr al amigo taxista que nos llevó al hotel.
Vueltecita por la ciudad, rica cena a base de pescado y a dormir, que mañana llaman a maitines y empieza el mambo.

Volamos desde Reykjavik hasta Isafjordur en un avión de hélices después de pasar un día de descanso en la capital, haciendo algunas compras, comiendo bien y descansando del Laugavegur. Recogimos las cosas que habíamos dejado en la consigna de la estación y nos aprovisionamos para emprender 4 días de marcha por la península de Hornstrandir con una tienda de campaña, un mapa y una brújula. Las mochilas pesaron 17 kilos cada una en la báscula de la facturación del pequeño aeropuerto doméstico de Reykyavik, al que llegamos ¡andando! y con suficiente antelación, aunque 15 minutos hubieran bastado para completar los mínimos trámites en aquella terminal de juguete. Así da gusto, ni escáneres, ni botas fuera que llevas una bomba en los zapatos, ni enséñame siete veces el pasaporte. Facturas, te subes y en marcha. Media hora después las alas del avión rozaban las paredes verticales de las montañas de Isafjordur, recogíamos el equipaje y le pagábamos las 500 kr al amigo taxista que nos llevó al hotel.
Vueltecita por la ciudad, rica cena a base de pescado y a dormir, que mañana llaman a maitines y empieza el mambo.
DÍA 1. Isafjordur – Hornvik – Hornbjarg
A las 8 estábamos como un clavo delante de la oficina de turismo para intentar cambiar nuestro barco hacia Adalvik por otro destino Hornvik, y poder así llegar hasta los acantilados de Hornbjarg, cuya foto en la pared de esa misma oficina es la culpable de que hoy estemos aquí. El Altísimo seguía jugando en nuestro equipo, ayer me había puesto en la acera unos guantes de lana negros que salvaron mis manos durante los días siguientes, y hoy quiso tener una nueva deferencia regalándonos las atenciones del mejor informador turístico de Europa, el mismo que hacía cuatro años nos había informado a la perfección de las posibilidades turísticas de la zona. Hizo dos llamadas, consultó un par de páginas web y en 15 minutos consiguió lo que su compañera no había logrado en un mes de intercambio de e-mails. Según la tabla de horarios oficial los martes solo hay barcos destino Adalvik, lo que nos suponía olvidarnos de los acantilados de Hornbjarg, a los que se accede caminando desde la lejana bahía de Hornvik. El genio informador nos consiguió meter en un barco privado de un grupo de alemanes –cómo no- que salía una hora después desde Bolungarvik, el pueblo vecino, y también nos gestionó un taxi que nos llevó hasta allí a toda pastilla.
Los alemanes estaban cargando provisiones como si se fueran a la Antártida durante un mes, y mientras esperábamos se nos acercó la vicecónsul alemana en España sorprendida de que unos españolitos andasen por aquellos parajes. Nos advirtió sobre la peligrosidad de la zona, la rapidez con la que cae la niebla de repente, la facilidad de perderse y la conveniencia de llevar un GPS con la ruta programada. Ella se subió a una lancha rápida y nosotros al barco de las provisiones, que hacía escala en cada bahía para descargar, así que tardamos 4 horas en llegar a Hornvik.

A pesar del frío decidí hacer el viaje en la proa, para engañar al mareo con el viento en la cara, y para disfrutar mejor de las vistas de los fiordos desde el agua. Unos pájaros negros flotaban sobre las olas y las gaviotas nos acompañaban volando paralelas al barco, pero no vimos puffins durante el viaje ni tampoco ballenas ni focas, aunque nos habían contado que es bastante común verlas asomar por allí.
Ya sólo quedábamos nosotros cuando apareció Hornbjarg con sus riscos verdes dominando la bahía de Hornvik, su inmensa playa surcada por dos ríos con sus correspondientes cascadas y el circo montañoso coronado de nieve que circunvala la playa. El capitán Pescanova echa la lancha al agua, nos subimos con los mochilones y desembarco en la zona de acampada.
Allí plantamos nuestra tiendita, en un rincón verde en la inmensidad de la bahía, protegida por un pequeño risco y con vistas a todo. Comida rápida y enseguida salimos hacia los ansiados acantilados, semicubiertos por la niebla en aquellos momentos. Arena de playa para empezar y un vadeo larguísimo, que encaramos con demasiada suficiencia, pasamos como listillos por el sitio más estrecho y terminamos metidos en el río hasta la cintura, así que nos tocó caminar mojaditos secándonos los pantalones y gallumbos al aire del ártico.

El sendero discurre pegado al mar y lleva hasta la granja Hofn, utilizada en verano por empresas de aventura para alojar al grupo. Estaba ocupada por una docena de alemanes, kumbayas de manual que hacen los trekking a mesa puesta y cama hecha. No supieron indicarnos nada así que continuamos hacia arriba por una pendiente cuyo final parece el cielo, los últimos 30 metros se hacen sin horizonte y cuando te aproximas al borde da la sensación de que la tierra se termina ahí, como si fuera el Finisterre de hace siglos. Es impresionante, 400 metros de caída vertical hasta el mar. Más allá, el polo norte.
Avanzamos por el filo del acantilado, tumbándonos en el borde para asomarnos a contemplar las infinitas aves que lo habitan. Hay cascarones de huevos y nidos en cada saliente, pero los pájaros van a lo suyo, no se alteran por nuestra presencia. La niebla se va metiendo y pronto va a dejar de verse el perfil de esta península cortada a cuchillo. El camino continúa hacia arriba, por donde aparece una solitaria figura humana que al cruzarse con nosotros se identifica como un germano -¡novedad!- que lleva cinco días vagando por su cuenta por estas tierras y tiene pensado quedarse una semana más. Va a pasar la noche en la caseta de seguridad que hay al lado de la zona de acampada, así que le veremos de nuevo a la mañana siguiente.
Aquel collado era exigente y también ha sido el más auténtico que he ascendido. Tras el último escalón apareció aquella estampa que no había podido olvidar, la imagen que hacía cuatro años me había empezado a traer hasta aquí. Allí estaba Hornbjarg, uno de los acantilados más altos de Europa con 534 metros, no tan soleado como en el poster de la oficina de turismo de Isafjordur, pero igual de imponente. Un pico rocoso en forma de lanza desafiando al cielo se eleva sobre una inclinada pradera verde floreada enmarcando un lago con dos cisnes blancos y un numeroso grupo de gaviotas flotando en sus aguas. De fondo los glaciares y la bahía de Hornvik.

Allí nos quedamos sentados al borde del abismo, mientras la niebla iba y venía, ocultaba y mostraba el espectáculo. El sonido del millón de aves que colonizan estas paredes es atronador, hay movimiento incesante en todas las alturas, y a pesar de todo allí arriba impera la sensación de calma absoluta, de paz y tranquilidad. Una familia de zorros árticos asomaba de vez en cuando desde detrás de unas rocas, miedosos pero curiosos, seguramente tentados de conseguir algo de comida por nuestra parte pero temerosos por sus crías. Finalmente se escondieron y comenzamos el descenso bordeando el lago de los cisnes y bajando “atajabancal”, pasando olímpicamente del camino y tomando la vía más recta.
Cuando llegamos de nuevo al río la marea había subido considerablemente. En la oficina de turismo habíamos pedido información sobre el horario de las mareas, ya que los vadeos a nivel del mar se pueden complicar con la pleamar e incluso hay algunos que solo pueden cruzarse con la marea baja. Precisamente el agua tenía su máxima altura a mediodía y medianoche. Dimos muchas vueltas buscando un paso seguro pero finalmente tuvimos que desnudarnos de cintura para abajo, apretar los dientes y cruzar por la parte más larga, que también era la menos profunda, pese a lo cual el agua helada nos acariciaba ligeramente las pelotas. El suelo cenagoso de la desembocadura hacía que cada paso se ralentizara ya que los pies se nos quedaban hundidos hasta los tobillos.
Eran cerca de las once de la noche y el sol del ocaso asomaba por debajo de las nubes altas, creando un espectáculo mágico de tonos anaranjados sobre los acantilados y el agua del mar. Cenamos sintiéndonos privilegiados por ser los únicos inquilinos de aquel restaurante en el mismo fin del mundo.
Los alemanes estaban cargando provisiones como si se fueran a la Antártida durante un mes, y mientras esperábamos se nos acercó la vicecónsul alemana en España sorprendida de que unos españolitos andasen por aquellos parajes. Nos advirtió sobre la peligrosidad de la zona, la rapidez con la que cae la niebla de repente, la facilidad de perderse y la conveniencia de llevar un GPS con la ruta programada. Ella se subió a una lancha rápida y nosotros al barco de las provisiones, que hacía escala en cada bahía para descargar, así que tardamos 4 horas en llegar a Hornvik.

A pesar del frío decidí hacer el viaje en la proa, para engañar al mareo con el viento en la cara, y para disfrutar mejor de las vistas de los fiordos desde el agua. Unos pájaros negros flotaban sobre las olas y las gaviotas nos acompañaban volando paralelas al barco, pero no vimos puffins durante el viaje ni tampoco ballenas ni focas, aunque nos habían contado que es bastante común verlas asomar por allí.
Ya sólo quedábamos nosotros cuando apareció Hornbjarg con sus riscos verdes dominando la bahía de Hornvik, su inmensa playa surcada por dos ríos con sus correspondientes cascadas y el circo montañoso coronado de nieve que circunvala la playa. El capitán Pescanova echa la lancha al agua, nos subimos con los mochilones y desembarco en la zona de acampada.
Allí plantamos nuestra tiendita, en un rincón verde en la inmensidad de la bahía, protegida por un pequeño risco y con vistas a todo. Comida rápida y enseguida salimos hacia los ansiados acantilados, semicubiertos por la niebla en aquellos momentos. Arena de playa para empezar y un vadeo larguísimo, que encaramos con demasiada suficiencia, pasamos como listillos por el sitio más estrecho y terminamos metidos en el río hasta la cintura, así que nos tocó caminar mojaditos secándonos los pantalones y gallumbos al aire del ártico.

El sendero discurre pegado al mar y lleva hasta la granja Hofn, utilizada en verano por empresas de aventura para alojar al grupo. Estaba ocupada por una docena de alemanes, kumbayas de manual que hacen los trekking a mesa puesta y cama hecha. No supieron indicarnos nada así que continuamos hacia arriba por una pendiente cuyo final parece el cielo, los últimos 30 metros se hacen sin horizonte y cuando te aproximas al borde da la sensación de que la tierra se termina ahí, como si fuera el Finisterre de hace siglos. Es impresionante, 400 metros de caída vertical hasta el mar. Más allá, el polo norte.
Avanzamos por el filo del acantilado, tumbándonos en el borde para asomarnos a contemplar las infinitas aves que lo habitan. Hay cascarones de huevos y nidos en cada saliente, pero los pájaros van a lo suyo, no se alteran por nuestra presencia. La niebla se va metiendo y pronto va a dejar de verse el perfil de esta península cortada a cuchillo. El camino continúa hacia arriba, por donde aparece una solitaria figura humana que al cruzarse con nosotros se identifica como un germano -¡novedad!- que lleva cinco días vagando por su cuenta por estas tierras y tiene pensado quedarse una semana más. Va a pasar la noche en la caseta de seguridad que hay al lado de la zona de acampada, así que le veremos de nuevo a la mañana siguiente.
Aquel collado era exigente y también ha sido el más auténtico que he ascendido. Tras el último escalón apareció aquella estampa que no había podido olvidar, la imagen que hacía cuatro años me había empezado a traer hasta aquí. Allí estaba Hornbjarg, uno de los acantilados más altos de Europa con 534 metros, no tan soleado como en el poster de la oficina de turismo de Isafjordur, pero igual de imponente. Un pico rocoso en forma de lanza desafiando al cielo se eleva sobre una inclinada pradera verde floreada enmarcando un lago con dos cisnes blancos y un numeroso grupo de gaviotas flotando en sus aguas. De fondo los glaciares y la bahía de Hornvik.

Allí nos quedamos sentados al borde del abismo, mientras la niebla iba y venía, ocultaba y mostraba el espectáculo. El sonido del millón de aves que colonizan estas paredes es atronador, hay movimiento incesante en todas las alturas, y a pesar de todo allí arriba impera la sensación de calma absoluta, de paz y tranquilidad. Una familia de zorros árticos asomaba de vez en cuando desde detrás de unas rocas, miedosos pero curiosos, seguramente tentados de conseguir algo de comida por nuestra parte pero temerosos por sus crías. Finalmente se escondieron y comenzamos el descenso bordeando el lago de los cisnes y bajando “atajabancal”, pasando olímpicamente del camino y tomando la vía más recta.
Cuando llegamos de nuevo al río la marea había subido considerablemente. En la oficina de turismo habíamos pedido información sobre el horario de las mareas, ya que los vadeos a nivel del mar se pueden complicar con la pleamar e incluso hay algunos que solo pueden cruzarse con la marea baja. Precisamente el agua tenía su máxima altura a mediodía y medianoche. Dimos muchas vueltas buscando un paso seguro pero finalmente tuvimos que desnudarnos de cintura para abajo, apretar los dientes y cruzar por la parte más larga, que también era la menos profunda, pese a lo cual el agua helada nos acariciaba ligeramente las pelotas. El suelo cenagoso de la desembocadura hacía que cada paso se ralentizara ya que los pies se nos quedaban hundidos hasta los tobillos.
Eran cerca de las once de la noche y el sol del ocaso asomaba por debajo de las nubes altas, creando un espectáculo mágico de tonos anaranjados sobre los acantilados y el agua del mar. Cenamos sintiéndonos privilegiados por ser los únicos inquilinos de aquel restaurante en el mismo fin del mundo.
DÍA 2. Hornvik - Hloduvik
La primera noche en tienda siempre se duerme regular, pasé un poco de frío a pesar de las dos camisetas, sudadera y doble calcetín, pero es que mi saco tiene veinte años, abulta demasiado y no mantiene el calor. Economía de crisis. Sin duda lo adecuado para venir al casi polo norte es un saco que soporte temperaturas en torno a cero grados.
Nada más sacar la cabeza por la puerta de la tienda veo a un zorro ártico a muy pocos metros husmeando a ver si pilla algún resto de la cena. Mi presencia no le intimida y sigue a lo suyo cuando me acerco a él y le hago un book fotográfico.

Hace un día espectacular, impropio de estas latitudes, con el cielo azul intenso decorado con algunas nubes algodonosas. El alemán solitario de ayer sale del refugio de emergencia donde ha pasado la noche y nos da algunos consejos y orientaciones según sus experiencias recientes. Estos refugios en teoría no se deben usar salvo en caso de necesidad máxima, por ejemplo si hay alguien herido o te pilla una tormenta salvaje. Están presentes en cada bahía y suele haberlos de dos tipos: unas casetas verdes de madera con un camastro y otras casetas rojas que parecen de plástico y que suelen estar más apartadas de las zonas de acampada. También hay unos habitáculos piramidales de madera desperdigados por ahí con un retrete dentro. Esta caseta de Hornvik tiene servicios y lavadero con un grifo con agua corriente.
Desayuno riquito y recogemos todo para ponernos en marcha rodeando el risco pegados al mar, donde incluso es necesario ayudarse de una cuerda para escalar algún tramo. Pantalón corto y camiseta, increíble, vaya día hace. Vamos subiendo el valle y dejando Hornbjarg atrás, sin grandes desniveles, los collados suelen estar a 400 o 500 metros sobre el mar como máximo, y aunque los senderos no están marcados con estacas casi siempre hay hitos para orientarse. Laguitos glaciares con sus minimundos vegetales, neveros salteados aquí y allá y el mar de fondo. La vista desde el segundo collado sobre Hloduvik es espectacular: montañas nevadas a la izquierda, de frente un valle verde con flores moradas y amarillas surcado por corrientes de agua, y el mar, de un azul intenso, a la derecha.

Desde arriba se ve la granja diminuta y el refugio rojo de emergencia lejísimos al fondo. Mucho más allá tendremos que llegar hoy si queremos coger el barco en Hesteyri dentro de dos días.
Bajamos mucho rato por una pendiente pronunciada siguiendo la caída de una cascada que termina en la preciosa granja de Budir, con signos claros de estar habitada, seguramente por algún grupo organizado. Excelente momento y lugar para comer, así que a la altura del refugio sacamos la cocinita de alcohol y nos hacemos una sopa con salchichas que sabe a gloria, y acto seguido nos echamos una deliciosa siestecita al sol islandés, quién lo diría, con el río desembocando en el mar prácticamente a nuestros pies.
De repente la brisa se hizo viento gélido, el mar se agitó y hubo que enfundarse guantes y forro para continuar por la playa de Kjaransvik atravesando un cementerio de maderos gigantes y restos de barcos. Agudizamos la vista en busca de focas entre las rocas pero solo encontramos otro zorrillo deslizándose sigilosamente para tratar de sorprender a alguna gaviota despreocupada.

Nuestro mapa nos la jugó y acabamos perdiendo el camino y subiendo entre rocas, musgo hueco y matorrales hasta que a lo lejos logramos divisar una hilera de estacas, y seguimos su rastro hasta lo alto del collado con otra visión made in Hornstrandir: circo montañoso nevado, ríos, cascadas, valle verde… y una bahía a cada lado. Allí estábamos embelesados por el paisaje, deliberando sobre si avanzar un poco más para acampar a menos altitud, cuando la niebla empezó a meterse rápidamente en el valle y si una cosa teníamos clara era no tentar a la suerte caminando sin ver. Llevábamos brújula y un mapa 1:50.000 comprado por internet, el de mayor escala que habíamos encontrado, pero no teníamos GPS y perderse por aquí habría supuesto perder el tiempo necesario para llegar el viernes a Hesteyri. Así que montamos la tienda allí mismo, en ese lugar increíble, con una bahía delante y otra detrás. Sacamos unos frutos secos antes de empezar con la cena y un zorro que asomaba de vez en cuando durante la subida perdió toda la timidez y se plantó delante de nosotros, acercándose cada vez más, aunque siempre con una distancia de seguridad. Le dimos una almendra y ya no se marchaba. Empezamos a cocinar arroz con jamón sentados en el suelo y el zorrillo ya estaba a menos de dos metros, con un ojo en el jamón y otro en nosotros. Casi llega a comer de mi mano, pero finalmente no se atrevió y desapareció de repente para volver a los pocos minutos con un pajarillo entre los dientes. Se acercó poco a poco mirándonos, se quedó parado un momento y lentamente dejó el pajarillo a nuestros pies, como su aportación a la cena que compartíamos. Impresionante.

Después de ese momentazo y con el zorro acurrucado en la puerta de la tienda nos metimos a dormir, en un collado ventoso entre neveros al norte de Islandia, a 500 metros de altitud y yo con mi saco de boy-scout de los 80. Me puse una camiseta térmica extra y la capucha, y extenuados por la intensidad de aquel segundo día en Hornstrandir, caímos rendidos hasta bien entrada la mañana.
Nada más sacar la cabeza por la puerta de la tienda veo a un zorro ártico a muy pocos metros husmeando a ver si pilla algún resto de la cena. Mi presencia no le intimida y sigue a lo suyo cuando me acerco a él y le hago un book fotográfico.

Hace un día espectacular, impropio de estas latitudes, con el cielo azul intenso decorado con algunas nubes algodonosas. El alemán solitario de ayer sale del refugio de emergencia donde ha pasado la noche y nos da algunos consejos y orientaciones según sus experiencias recientes. Estos refugios en teoría no se deben usar salvo en caso de necesidad máxima, por ejemplo si hay alguien herido o te pilla una tormenta salvaje. Están presentes en cada bahía y suele haberlos de dos tipos: unas casetas verdes de madera con un camastro y otras casetas rojas que parecen de plástico y que suelen estar más apartadas de las zonas de acampada. También hay unos habitáculos piramidales de madera desperdigados por ahí con un retrete dentro. Esta caseta de Hornvik tiene servicios y lavadero con un grifo con agua corriente.
Desayuno riquito y recogemos todo para ponernos en marcha rodeando el risco pegados al mar, donde incluso es necesario ayudarse de una cuerda para escalar algún tramo. Pantalón corto y camiseta, increíble, vaya día hace. Vamos subiendo el valle y dejando Hornbjarg atrás, sin grandes desniveles, los collados suelen estar a 400 o 500 metros sobre el mar como máximo, y aunque los senderos no están marcados con estacas casi siempre hay hitos para orientarse. Laguitos glaciares con sus minimundos vegetales, neveros salteados aquí y allá y el mar de fondo. La vista desde el segundo collado sobre Hloduvik es espectacular: montañas nevadas a la izquierda, de frente un valle verde con flores moradas y amarillas surcado por corrientes de agua, y el mar, de un azul intenso, a la derecha.

Desde arriba se ve la granja diminuta y el refugio rojo de emergencia lejísimos al fondo. Mucho más allá tendremos que llegar hoy si queremos coger el barco en Hesteyri dentro de dos días.
Bajamos mucho rato por una pendiente pronunciada siguiendo la caída de una cascada que termina en la preciosa granja de Budir, con signos claros de estar habitada, seguramente por algún grupo organizado. Excelente momento y lugar para comer, así que a la altura del refugio sacamos la cocinita de alcohol y nos hacemos una sopa con salchichas que sabe a gloria, y acto seguido nos echamos una deliciosa siestecita al sol islandés, quién lo diría, con el río desembocando en el mar prácticamente a nuestros pies.
De repente la brisa se hizo viento gélido, el mar se agitó y hubo que enfundarse guantes y forro para continuar por la playa de Kjaransvik atravesando un cementerio de maderos gigantes y restos de barcos. Agudizamos la vista en busca de focas entre las rocas pero solo encontramos otro zorrillo deslizándose sigilosamente para tratar de sorprender a alguna gaviota despreocupada.

Nuestro mapa nos la jugó y acabamos perdiendo el camino y subiendo entre rocas, musgo hueco y matorrales hasta que a lo lejos logramos divisar una hilera de estacas, y seguimos su rastro hasta lo alto del collado con otra visión made in Hornstrandir: circo montañoso nevado, ríos, cascadas, valle verde… y una bahía a cada lado. Allí estábamos embelesados por el paisaje, deliberando sobre si avanzar un poco más para acampar a menos altitud, cuando la niebla empezó a meterse rápidamente en el valle y si una cosa teníamos clara era no tentar a la suerte caminando sin ver. Llevábamos brújula y un mapa 1:50.000 comprado por internet, el de mayor escala que habíamos encontrado, pero no teníamos GPS y perderse por aquí habría supuesto perder el tiempo necesario para llegar el viernes a Hesteyri. Así que montamos la tienda allí mismo, en ese lugar increíble, con una bahía delante y otra detrás. Sacamos unos frutos secos antes de empezar con la cena y un zorro que asomaba de vez en cuando durante la subida perdió toda la timidez y se plantó delante de nosotros, acercándose cada vez más, aunque siempre con una distancia de seguridad. Le dimos una almendra y ya no se marchaba. Empezamos a cocinar arroz con jamón sentados en el suelo y el zorrillo ya estaba a menos de dos metros, con un ojo en el jamón y otro en nosotros. Casi llega a comer de mi mano, pero finalmente no se atrevió y desapareció de repente para volver a los pocos minutos con un pajarillo entre los dientes. Se acercó poco a poco mirándonos, se quedó parado un momento y lentamente dejó el pajarillo a nuestros pies, como su aportación a la cena que compartíamos. Impresionante.

Después de ese momentazo y con el zorro acurrucado en la puerta de la tienda nos metimos a dormir, en un collado ventoso entre neveros al norte de Islandia, a 500 metros de altitud y yo con mi saco de boy-scout de los 80. Me puse una camiseta térmica extra y la capucha, y extenuados por la intensidad de aquel segundo día en Hornstrandir, caímos rendidos hasta bien entrada la mañana.
DÍA 3. Hloduvik- Fljotavik - Latrar
El sol se fue -para siempre- pero no había niebla ni llovía. Habíamos derretido nieve para el arroz de la cena y la que metimos en el camelback ya estaba fundida y sirvió para el desayuno. Desde este collado había dos formas posibles de llegar al lago Fljotavatn: siguiendo recto lo abordaríamos en su desembocadura en el mar con el consiguiente vadeo que se antojaba complicado, y tomando el camino de la izquierda llegaríamos a la parte final del lago y habría que bordearlo por completo. Tomamos esta segunda opción a través de pedregales y neveros, y en el primer arroyo que nos encontramos recogimos agua y lavamos la cocinita y los cubiertos de la cena. Todo el agua de Islandia es perfectamente potable, y más la de esta zona tan remota comandada por la naturaleza.
Se avanza muy despacio saltando de piedra en piedra, en un campo rocoso interminable, tedioso y lento, con subidas y bajadas muy pronunciadas y agotadoras. Ya vemos el lago en el fondo del valle Fljot, y cuando llegamos abajo nos toca vadear un río bastante caudaloso, así que nuevamente el ritual de descalzarse y blasfemar al contacto con el agua helada. Imprescindibles las chanclas, escarpines o similar, ya que el fondo es muy pedregoso y bastante trabajo supone avanzar como para encima ir clavándose salientes de rocas.

No hay sendero visible, avanzamos a cholón a través de la hierba alta y las flores, por terreno pantanoso, muy blando y húmedo. Tenemos que rodear todo el lago y se hace largo y pesado al tener que ir a media ladera, por barrizales donde se hunden los pies y sin sendero visible. No se ve si pisas roca, fango o un hoyo que te hace meter la pierna hasta la rodilla, y los mosquitos te orbitan la cabeza incansables y desesperantes. Nos cruzamos con un grupo de alemanes, no habíamos visto a nadie en todo el día y tampoco veríamos a nadie más en el camino hasta la noche. Viento fuerte en contra y lluvia ligera intermitente. La llegada a la granja Tunga es agónica, llevamos 5 horas caminando, estamos congelados y mojados y solo hemos hecho la mitad de la etapa de hoy.
La gente me pregunta si me lo he pasado bien en Islandia. Nunca se me ocurriría definirlo así. El Laugavegur fue un sueño realizado, una ruta preciosa y una experiencia muy agradable, con los refugios de montaña y los evening walks. Hornstrandir te pone a prueba, aquí se disfruta y se sufre a partes iguales. Hornvik fue una delicia y el soleado día de ayer un regalo, pero los dos últimos días iban a ser duros, propios de un territorio inhóspito y desolado limítrofe con el círculo polar ártico. También a eso habíamos venido, a saber de qué pasta estábamos hechos.
Estaba lloviznando, hacía un viento gélido y no había dónde meterse. Fue un momento crítico porque las fuerzas estaban muy mermadas y la moral también, ya que el camino había sido tortuoso y la recompensa escasa. Nos planteamos sacar la tienda para comer a cubierto, secarnos y descansar un par de horas, pero finalmente decidimos enfriarnos lo menos posible, así que nos sentamos en una pendiente de hierba mojada a comernos un poco de salmón, pan y chocolate y tratamos de entrar en calor caminando de nuevo montaña arriba siguiendo los hitos del invisible sendero.

La belleza de Fljotavik desde la altura era muy superior a lo que habíamos visto a ras de suelo. Desde allí se veían varias casitas al borde del lago e incluso una avioneta que aterrizaba en aquellos momentos en la pista de tierra habilitada cerca de la granja Tunga.
En esta zona es donde se avistó un oso polar el pasado mes de mayo. Casi todos los años llega alguno en primavera flotando en un bloque de hielo desprendido de la banquisa ártica o de Groenlandia, causando un gran revuelo debido a su condición de depredador infalible. Este pobre oso fue abatido a tiros con la consiguiente cascada de quejas de los ecologistas. No sé que habría que hacer en caso de encontrarte cara a cara con un polar bear a 30 metros y sin obstáculos de por medio, supongo que volver a rezar lo que recuerdes o lanzarle tu bolsa de comida, si es que te llega la sangre al cerebro en ese momento.
Por allí solo vimos algún zorrillo más entre la niebla que se hacía cada vez más espesa según ascendíamos por aquel roquedal infinito. En la meseta de la cima apenas se veía el hito siguiente pero el camino era fácil de seguir y cuando comenzó a descender entre las rocas grises se divisaba sin problema el horizonte, con la inmensa bahía de Adalvik iluminada por un sol que trataba de abrirse paso tímidamente entre las nubes negras. El descenso por las piedras y la gravilla es duro y pesado aunque amenizado con algún paso delicado por un nevero inclinado. Las vistas son preciosas, tanto al frente como a la derecha con la bahía de Rekavik y el lago Rekavikurvatn al borde del mar.

Después de unas 10 horas de marcha llegamos a Latrar, una mínima población de cuatro casas en el extremo norte de la preciosa bahía de Adalvik, y nos instalamos en la zona de acampada, donde había varias tiendas ya montadas. Sin montañas de por medio hasta Isafjordur pruebo a ver si hay cobertura y ¡sorpresa! dos rayitas, así que comunico con Madrid como si llamara desde Albacete en aquel rincón tan septentrional del mundo conocido.
Se avanza muy despacio saltando de piedra en piedra, en un campo rocoso interminable, tedioso y lento, con subidas y bajadas muy pronunciadas y agotadoras. Ya vemos el lago en el fondo del valle Fljot, y cuando llegamos abajo nos toca vadear un río bastante caudaloso, así que nuevamente el ritual de descalzarse y blasfemar al contacto con el agua helada. Imprescindibles las chanclas, escarpines o similar, ya que el fondo es muy pedregoso y bastante trabajo supone avanzar como para encima ir clavándose salientes de rocas.

No hay sendero visible, avanzamos a cholón a través de la hierba alta y las flores, por terreno pantanoso, muy blando y húmedo. Tenemos que rodear todo el lago y se hace largo y pesado al tener que ir a media ladera, por barrizales donde se hunden los pies y sin sendero visible. No se ve si pisas roca, fango o un hoyo que te hace meter la pierna hasta la rodilla, y los mosquitos te orbitan la cabeza incansables y desesperantes. Nos cruzamos con un grupo de alemanes, no habíamos visto a nadie en todo el día y tampoco veríamos a nadie más en el camino hasta la noche. Viento fuerte en contra y lluvia ligera intermitente. La llegada a la granja Tunga es agónica, llevamos 5 horas caminando, estamos congelados y mojados y solo hemos hecho la mitad de la etapa de hoy.
La gente me pregunta si me lo he pasado bien en Islandia. Nunca se me ocurriría definirlo así. El Laugavegur fue un sueño realizado, una ruta preciosa y una experiencia muy agradable, con los refugios de montaña y los evening walks. Hornstrandir te pone a prueba, aquí se disfruta y se sufre a partes iguales. Hornvik fue una delicia y el soleado día de ayer un regalo, pero los dos últimos días iban a ser duros, propios de un territorio inhóspito y desolado limítrofe con el círculo polar ártico. También a eso habíamos venido, a saber de qué pasta estábamos hechos.
Estaba lloviznando, hacía un viento gélido y no había dónde meterse. Fue un momento crítico porque las fuerzas estaban muy mermadas y la moral también, ya que el camino había sido tortuoso y la recompensa escasa. Nos planteamos sacar la tienda para comer a cubierto, secarnos y descansar un par de horas, pero finalmente decidimos enfriarnos lo menos posible, así que nos sentamos en una pendiente de hierba mojada a comernos un poco de salmón, pan y chocolate y tratamos de entrar en calor caminando de nuevo montaña arriba siguiendo los hitos del invisible sendero.

La belleza de Fljotavik desde la altura era muy superior a lo que habíamos visto a ras de suelo. Desde allí se veían varias casitas al borde del lago e incluso una avioneta que aterrizaba en aquellos momentos en la pista de tierra habilitada cerca de la granja Tunga.
En esta zona es donde se avistó un oso polar el pasado mes de mayo. Casi todos los años llega alguno en primavera flotando en un bloque de hielo desprendido de la banquisa ártica o de Groenlandia, causando un gran revuelo debido a su condición de depredador infalible. Este pobre oso fue abatido a tiros con la consiguiente cascada de quejas de los ecologistas. No sé que habría que hacer en caso de encontrarte cara a cara con un polar bear a 30 metros y sin obstáculos de por medio, supongo que volver a rezar lo que recuerdes o lanzarle tu bolsa de comida, si es que te llega la sangre al cerebro en ese momento.
Por allí solo vimos algún zorrillo más entre la niebla que se hacía cada vez más espesa según ascendíamos por aquel roquedal infinito. En la meseta de la cima apenas se veía el hito siguiente pero el camino era fácil de seguir y cuando comenzó a descender entre las rocas grises se divisaba sin problema el horizonte, con la inmensa bahía de Adalvik iluminada por un sol que trataba de abrirse paso tímidamente entre las nubes negras. El descenso por las piedras y la gravilla es duro y pesado aunque amenizado con algún paso delicado por un nevero inclinado. Las vistas son preciosas, tanto al frente como a la derecha con la bahía de Rekavik y el lago Rekavikurvatn al borde del mar.

Después de unas 10 horas de marcha llegamos a Latrar, una mínima población de cuatro casas en el extremo norte de la preciosa bahía de Adalvik, y nos instalamos en la zona de acampada, donde había varias tiendas ya montadas. Sin montañas de por medio hasta Isafjordur pruebo a ver si hay cobertura y ¡sorpresa! dos rayitas, así que comunico con Madrid como si llamara desde Albacete en aquel rincón tan septentrional del mundo conocido.
DÍA 4. Latrar - Hesteyri
Llevábamos 10 días de ruta por Islandia, unos 150 km recorridos con 17 kilos a la espalda, las rodillas machacadas desde Madrid, tendinitis en los talones y una otitis sin curar. Habíamos cruzado el hielo y el desierto, atravesado pedregales, barrizales, pantanos, campos de lava. Habíamos vadeado ríos helados, soportado ventiscas, aguanieve, frío hambre, cansancio y dolores. Nada había conseguido desmoralizarme ni menguar mi ánimo y mi ilusión. Hasta que llegaron las moscas.
Me desperté en mitad de la noche, por llamar así a las horas de sueño, ya que aquí nunca se hace de noche en verano. La necesidad de atender a mi vejiga luchaba contra la pereza de salir del saco, incrementada por las gotas de lluvia que repiqueteaban en el techo. Finalmente me puse las chanclas y al salir noté que no llovía, lo que sonaba eran cientos de moscas chocando constantemente contra la tela de la tienda.
Al levantarnos se nos acercó una islandesa a saludar, con la cara cubierta con una mosquitera que colgaba de una gorra. Todos sus compañeros llevaban una, lo cual me hizo recordar a un niño alemán con el que hablamos al embarcar hacía tres días y que decía: “a lot of flies here”, señalando toda la zona entre Fljotavik y Hesteyri. Ayer las habíamos sufrido ligeramente por la zona del lago, pero con el viento y la lluvia apenas si se notaron. Hoy tendríamos ración doble.

Tuvimos que desayunar dentro de la tienda y cubrirnos la cabeza con capucha, gorro y pañuelos, ya que una nube negra de insectos alados nos rodea y persigue desde que salimos de Latrar hasta al menos 5 km después, cuando alcanzamos la cima de esta etapa y el viento empezó a soplar. Se te meten por los oídos, se estampan contra las gafas, se cuelan por la nariz y juro que no exagero al decir que me comí al menos una docena. Es un tormento que continúa en la bajada a Hesteyri y también allí, y no se terminó hasta subirnos al barco que nos llevaba de vuelta a Isafjordur. A mí me superó, lo reconozco. Ninguna cuesta arriba, ninguna penuria, escasez o dolor. Las malditas moscas pudieron conmigo, fue el único momento en que deseé no estar allí y quería terminar esta aventura islandesa.
La salida de Latrar empieza cruzando un camino arenoso paralelo a la playa hasta llegar a un río que hay que vadear descalzándose y se llega a una granja desde la que sube el camino hasta un collado. Con la cabeza encogida como iba perdí el sendero y subí a cholón entre rocas y musgo, por un terreno incómodo e irregular en mi desesperación por ganar metros para librarme del ejército impertinente que orbitaba mi cabeza. Íbamos a toda leche, no paramos ni una vez hasta ganar altura y llegar a una zona de cascadas y neveros. Cuando me quité la capucha estaba empapado en sudor y muerto de sed. Llené el camelback con el agua del río y tras un descansito seguimos adelante, guiándonos fácilmente con los enormes hitos que marcan el camino. No es una etapa bonita, aunque ya no sé si soy objetivo, pero traumas aparte la recuerdo como una meseta pedregosa con algo de nieve y el fiordo con Hesteyri a lo lejos, bajando una gran cuesta poco pronunciada. Desde allí arriba veíamos el final, se había acabado el Laugavegur y ahora se terminaba Hornstrandir.

Según nos acercamos al pueblo por la ancha pista de tierra se acumulan los turistas a los que saludar, prácticamente todos con su sombrero mosquitera y su tropa de bichos encima. Hesteyri era un pueblo de 80 habitantes en los años 40, con escuela, tiendas y clínica, pero cuando cerró la fábrica de pescado que daba trabajo a la mayoría de la población la gente comenzó a marcharse y en 1952 ya no quedaba nadie. Hoy en día es destino de un solo día desde las poblaciones de los fiordos del oeste. La gente va allí de excursión para caminar, hacer kayak por el fiordo e incluso bucear. Algunas casas han sido restauradas y se ofrecen hoy como alojamiento en modo sleeping bag, es decir, duermes bajo techo pero en tu propio saco. La antigua casa del médico es ahora una cafetería, que es donde deberíamos habernos metido en lugar de ir a comer a la playa, ya que la comida fue un reclamo extra para mis amigas aladas, como si les hiciera falta sugestionarse, y se multiplicaron a nuestro alrededor como si estuviéramos bañados en miel. Aún así nos zampamos unas salchichas con pan y un poco de beicon. Después un paseo hasta una factoría ballenera abandonada al final del fiordo y vuelta al muelle a esperar el barco, que llegó puntual para devolvernos a la civilización.
De pie en la proa, rodeado de alemanes con sus magníficas botas hechas a medida, fuimos dejando Hornstrandir poco a poco en la lejanía y para siempre en la memoria.
Me desperté en mitad de la noche, por llamar así a las horas de sueño, ya que aquí nunca se hace de noche en verano. La necesidad de atender a mi vejiga luchaba contra la pereza de salir del saco, incrementada por las gotas de lluvia que repiqueteaban en el techo. Finalmente me puse las chanclas y al salir noté que no llovía, lo que sonaba eran cientos de moscas chocando constantemente contra la tela de la tienda.
Al levantarnos se nos acercó una islandesa a saludar, con la cara cubierta con una mosquitera que colgaba de una gorra. Todos sus compañeros llevaban una, lo cual me hizo recordar a un niño alemán con el que hablamos al embarcar hacía tres días y que decía: “a lot of flies here”, señalando toda la zona entre Fljotavik y Hesteyri. Ayer las habíamos sufrido ligeramente por la zona del lago, pero con el viento y la lluvia apenas si se notaron. Hoy tendríamos ración doble.

Tuvimos que desayunar dentro de la tienda y cubrirnos la cabeza con capucha, gorro y pañuelos, ya que una nube negra de insectos alados nos rodea y persigue desde que salimos de Latrar hasta al menos 5 km después, cuando alcanzamos la cima de esta etapa y el viento empezó a soplar. Se te meten por los oídos, se estampan contra las gafas, se cuelan por la nariz y juro que no exagero al decir que me comí al menos una docena. Es un tormento que continúa en la bajada a Hesteyri y también allí, y no se terminó hasta subirnos al barco que nos llevaba de vuelta a Isafjordur. A mí me superó, lo reconozco. Ninguna cuesta arriba, ninguna penuria, escasez o dolor. Las malditas moscas pudieron conmigo, fue el único momento en que deseé no estar allí y quería terminar esta aventura islandesa.
La salida de Latrar empieza cruzando un camino arenoso paralelo a la playa hasta llegar a un río que hay que vadear descalzándose y se llega a una granja desde la que sube el camino hasta un collado. Con la cabeza encogida como iba perdí el sendero y subí a cholón entre rocas y musgo, por un terreno incómodo e irregular en mi desesperación por ganar metros para librarme del ejército impertinente que orbitaba mi cabeza. Íbamos a toda leche, no paramos ni una vez hasta ganar altura y llegar a una zona de cascadas y neveros. Cuando me quité la capucha estaba empapado en sudor y muerto de sed. Llené el camelback con el agua del río y tras un descansito seguimos adelante, guiándonos fácilmente con los enormes hitos que marcan el camino. No es una etapa bonita, aunque ya no sé si soy objetivo, pero traumas aparte la recuerdo como una meseta pedregosa con algo de nieve y el fiordo con Hesteyri a lo lejos, bajando una gran cuesta poco pronunciada. Desde allí arriba veíamos el final, se había acabado el Laugavegur y ahora se terminaba Hornstrandir.

Según nos acercamos al pueblo por la ancha pista de tierra se acumulan los turistas a los que saludar, prácticamente todos con su sombrero mosquitera y su tropa de bichos encima. Hesteyri era un pueblo de 80 habitantes en los años 40, con escuela, tiendas y clínica, pero cuando cerró la fábrica de pescado que daba trabajo a la mayoría de la población la gente comenzó a marcharse y en 1952 ya no quedaba nadie. Hoy en día es destino de un solo día desde las poblaciones de los fiordos del oeste. La gente va allí de excursión para caminar, hacer kayak por el fiordo e incluso bucear. Algunas casas han sido restauradas y se ofrecen hoy como alojamiento en modo sleeping bag, es decir, duermes bajo techo pero en tu propio saco. La antigua casa del médico es ahora una cafetería, que es donde deberíamos habernos metido en lugar de ir a comer a la playa, ya que la comida fue un reclamo extra para mis amigas aladas, como si les hiciera falta sugestionarse, y se multiplicaron a nuestro alrededor como si estuviéramos bañados en miel. Aún así nos zampamos unas salchichas con pan y un poco de beicon. Después un paseo hasta una factoría ballenera abandonada al final del fiordo y vuelta al muelle a esperar el barco, que llegó puntual para devolvernos a la civilización.
De pie en la proa, rodeado de alemanes con sus magníficas botas hechas a medida, fuimos dejando Hornstrandir poco a poco en la lejanía y para siempre en la memoria.
Reflexiones finales
Preparar este viaje ha sido parte de él. Investigar las rutas, buscar información, hacer las reservas, leer blogs, webs, tomar decisiones… he disfrutado muchísimo con ello. Recuperarme de las lesiones que lo hicieron peligrar también ha sido parte importante, tenía muchos planes para el mes de junio y fueron todos sacrificados por Islandia. Rehabilitación, fisios, médicos, plantillas, ejercicios, alimentación y todo un fin de semana de boda en Murcia con 30 amigos borrachos sin probar una gota de alcohol por culpa de la otitis, justo un día antes de la partida.
Hace cuatro años Islandia me cautivó y me hizo soñar con tres momentos, con tres lugares: la primera cuesta del Laugavegur, el camino de llegada a Skogar y los acantilados de Hornjbarj. Los tres deseos se han cumplido y me llena de satisfacción. También el anhelo ya enquistado de hacer un trekking de varias jornadas seguidas. Esto en concreto me ha encantado, el mundo refugio y su convivencia, el día a día en el camino. También el estilo “la casa a cuestas” con 17 kilos a la espalda y durmiendo donde llegases cada día.
La etapa entre Thorsmork y Fimmvörduháls ya quedará para siempre como una de las mejores de mi vida, aquel 16 de julio fui absolutamente feliz, como en la llegada a Hornjbarg tras subir aquel collado inolvidable y el mágico momento del zorrillo ártico. También ha habido momentos duros como el día de las moscas y la congelación camino de Alftavatn. No poder contemplar las montañas naranjas por la niebla fue una desilusión, pero Islandia también es la niebla y el frío y la lluvia, y atravesarla ha sido emocionante.
Como diría aquel: “¡Esto no es Disney!”
Miguel Reglero
11-23 de julio de 2011
Hace cuatro años Islandia me cautivó y me hizo soñar con tres momentos, con tres lugares: la primera cuesta del Laugavegur, el camino de llegada a Skogar y los acantilados de Hornjbarj. Los tres deseos se han cumplido y me llena de satisfacción. También el anhelo ya enquistado de hacer un trekking de varias jornadas seguidas. Esto en concreto me ha encantado, el mundo refugio y su convivencia, el día a día en el camino. También el estilo “la casa a cuestas” con 17 kilos a la espalda y durmiendo donde llegases cada día.
La etapa entre Thorsmork y Fimmvörduháls ya quedará para siempre como una de las mejores de mi vida, aquel 16 de julio fui absolutamente feliz, como en la llegada a Hornjbarg tras subir aquel collado inolvidable y el mágico momento del zorrillo ártico. También ha habido momentos duros como el día de las moscas y la congelación camino de Alftavatn. No poder contemplar las montañas naranjas por la niebla fue una desilusión, pero Islandia también es la niebla y el frío y la lluvia, y atravesarla ha sido emocionante.
Como diría aquel: “¡Esto no es Disney!”
Miguel Reglero
11-23 de julio de 2011
