YO...
Carlota. No es necesario decir más. Carlota. Con un nombre así bautizando los veintidós años de mi vida, muchos entenderán que no he podido tener suerte. No echo toda la culpa al nombre, por supuesto. Un nombre no puede tener tanta fuerza. Pero fue la señal definitiva de que yo iba a ir por el sendero de los 'estrellaos'.
Y, cómo no, la culpa fue mía. Se me ocurrió dar una patada a mi madre en el momento en el que pasaba por delante la señora "más fina, elegante y limpia" que existe en el mundo entero. Dicho así, no tiene ningún sentido, así que contextualizo un poco más. Mi madre, fanática de la limpieza de psicólogo, encontró de joven el trabajo perfecto donde desarrollar sus manías. Desde los dieciocho años fue de un piso a otro quitando la mierda de las casas más importantes de Madrid. La cima del glamour, según ella, fue el chalet de la señora Puig, un lugar en donde alternaban las personalidades más elegantes de la capital y alrededores en los años 80.
Y en una de esas fiestas recibí yo el nombre. Mi madre, embarazadísima de mí, quitaba copas manchadas con pintalabios rojo 'Chanel', cuando doña Carlota de Viñasfrescas (pongamos, porque en mi familia nunca se supo el apellido de la señora) "desfiló elegantemente" por delante de los canapés. Y justo ahí, en ese momento, hice el movimiento de extremidad más inapropiado de mi historia. Mi piernecita de feto de ocho meses golpeó la barriga de mi madre, señal clara, para ésta, de que mi nombre sería Carlota. Yo no lo recuerdo, pero seguro que fue ahí donde comencé a maldecir mi mala suerte.
Y aquí estoy yo ahora. Arrastrando un nombre que sólo llevan las niñas pijas de las series de la televisión española. Un nombre que no se puede acortar, aunque he tenido que sufrir abreviaturas del tipo 'Carlo', 'Lota' o 'Carli'. Un nombre que me hace buscar involuntariamente (e inútilmente) en las revistas del corazón a la causante de mi primer mal paso en el mundo. Un nombre que sólo una mujer 'fina, elegante y limpia' puede pronunciar firmemente. Un nombre que, simplemente, no pega con mis apellidos, Martínez Pérez, ni con mi barrio, mis amigos o mi vida.
Pero esa, por desgracia, soy yo. Carlota.
Y, cómo no, la culpa fue mía. Se me ocurrió dar una patada a mi madre en el momento en el que pasaba por delante la señora "más fina, elegante y limpia" que existe en el mundo entero. Dicho así, no tiene ningún sentido, así que contextualizo un poco más. Mi madre, fanática de la limpieza de psicólogo, encontró de joven el trabajo perfecto donde desarrollar sus manías. Desde los dieciocho años fue de un piso a otro quitando la mierda de las casas más importantes de Madrid. La cima del glamour, según ella, fue el chalet de la señora Puig, un lugar en donde alternaban las personalidades más elegantes de la capital y alrededores en los años 80.
Y en una de esas fiestas recibí yo el nombre. Mi madre, embarazadísima de mí, quitaba copas manchadas con pintalabios rojo 'Chanel', cuando doña Carlota de Viñasfrescas (pongamos, porque en mi familia nunca se supo el apellido de la señora) "desfiló elegantemente" por delante de los canapés. Y justo ahí, en ese momento, hice el movimiento de extremidad más inapropiado de mi historia. Mi piernecita de feto de ocho meses golpeó la barriga de mi madre, señal clara, para ésta, de que mi nombre sería Carlota. Yo no lo recuerdo, pero seguro que fue ahí donde comencé a maldecir mi mala suerte.
Y aquí estoy yo ahora. Arrastrando un nombre que sólo llevan las niñas pijas de las series de la televisión española. Un nombre que no se puede acortar, aunque he tenido que sufrir abreviaturas del tipo 'Carlo', 'Lota' o 'Carli'. Un nombre que me hace buscar involuntariamente (e inútilmente) en las revistas del corazón a la causante de mi primer mal paso en el mundo. Un nombre que sólo una mujer 'fina, elegante y limpia' puede pronunciar firmemente. Un nombre que, simplemente, no pega con mis apellidos, Martínez Pérez, ni con mi barrio, mis amigos o mi vida.
Pero esa, por desgracia, soy yo. Carlota.





