Giovanni
Nunca había conocido a un italiano. Tenía la imagen de esos hombres atractivos de aspecto mediterráneo que recuerdan a los antiguos romanos, pero no había llegado a tratar con ninguno directamente. No es que yo sea un alumno muy comprometido con la universidad, pero lo de ofrecerse voluntario para ayudar a un estudiante erasmus a encontrar alojamiento podía tener sus ventajas, sobre todo si algún día me plantease el pedir yo la beca erasmus.
Cuando me dijeron que mi estudiante era italiano y que se llamaba Giovanni me imaginé al tío más atractivo que pudiera echarme a la cara, así que llevaba ciertas expectativas, para qué nos vamos a engañar. Cuando lo conocí, su aspecto físico no se correspondía con lo que yo esperaba, incluso era algo más bajo que yo, aunque eso no es raro, ya que mido 1,86. Giovanni era un tío normal, tenía unas facciones agradables, pero nada más. Sin embargo cumplí con mis tareas de voluntario, y me cayó tan bien que seguí quedando con él para tomar café, conocer a sus amigos, acompañarle a fiestas, etc.
A la tercera vez que coincidimos, me di cuenta de que Giovanni tenía un extraño atractivo, independientemente del físico, y no sabía cuál. En un momento dado, me dijo que fuéramos a presentarnos a otros estudiantes erasmus, pues quería conocerlos. Era algo normal, y no es el primer tío extrovertido que conozco, pero se comportaba con tal naturalidad ante la idea de conocer gente que resultaba fascinante. Normalmente las personas extrovertidas suelen ser ruidosas, utilizan mucho el humor fácil y acaban siendo conocidos de muchos y amigos de pocos, pero Giovanni era diferente. No llegaba a entrar en el grupo de estos y sin embargo no tenía ningún problema en conocer a quien fuera. Y siempre tenía las palabras adecuadas que decir a cada uno, sin llegar a caer en el falso halago en la mentira.
Finalmente supe qué era lo que le diferenciaba del resto: Giovanni no estaba corrompido. La inmensa mayoría arrastramos complejos, grandes o pequeños, pero determinan quiénes somos. Al que le hacen muchas putadas sus amigos acaba siendo insociable o teniendo mala hostia. Al que engañan acaba siendo un desconfiado. Quien se rodea de genios se siente inferior la mayoría de las veces. Todos tenemos algún complejo de ese tipo, y aunque con el tiempo solemos superarlos, siempre queda algo, una parte de ello. Como mucho podemos intentar utilizar nuestros complejos en nuestro provecho en algunas ocasiones, pero eso sólo hace que seamos gente "equilibrada". Giovanni, por el contrario, ha desarrollado todo su potencial psicológicamente, es por ello que cuando te fijas en él es como si tuviera una personalidad luminosa.
Es, en otras palabras, buena persona. No de los que hacen obras de caridad o que se sacrifican por el resto. Sino de los que no necesitan mentir para superar los problemas, de los que no necesitan saber lo que es el bien para hacerlo. Es por eso por lo que es tan fascinante. A pesar de mis expectativas, Giovanni ha resultado ser muchísimo más atractivo de lo que podía imaginar.
Cuando me dijeron que mi estudiante era italiano y que se llamaba Giovanni me imaginé al tío más atractivo que pudiera echarme a la cara, así que llevaba ciertas expectativas, para qué nos vamos a engañar. Cuando lo conocí, su aspecto físico no se correspondía con lo que yo esperaba, incluso era algo más bajo que yo, aunque eso no es raro, ya que mido 1,86. Giovanni era un tío normal, tenía unas facciones agradables, pero nada más. Sin embargo cumplí con mis tareas de voluntario, y me cayó tan bien que seguí quedando con él para tomar café, conocer a sus amigos, acompañarle a fiestas, etc.
A la tercera vez que coincidimos, me di cuenta de que Giovanni tenía un extraño atractivo, independientemente del físico, y no sabía cuál. En un momento dado, me dijo que fuéramos a presentarnos a otros estudiantes erasmus, pues quería conocerlos. Era algo normal, y no es el primer tío extrovertido que conozco, pero se comportaba con tal naturalidad ante la idea de conocer gente que resultaba fascinante. Normalmente las personas extrovertidas suelen ser ruidosas, utilizan mucho el humor fácil y acaban siendo conocidos de muchos y amigos de pocos, pero Giovanni era diferente. No llegaba a entrar en el grupo de estos y sin embargo no tenía ningún problema en conocer a quien fuera. Y siempre tenía las palabras adecuadas que decir a cada uno, sin llegar a caer en el falso halago en la mentira.
Finalmente supe qué era lo que le diferenciaba del resto: Giovanni no estaba corrompido. La inmensa mayoría arrastramos complejos, grandes o pequeños, pero determinan quiénes somos. Al que le hacen muchas putadas sus amigos acaba siendo insociable o teniendo mala hostia. Al que engañan acaba siendo un desconfiado. Quien se rodea de genios se siente inferior la mayoría de las veces. Todos tenemos algún complejo de ese tipo, y aunque con el tiempo solemos superarlos, siempre queda algo, una parte de ello. Como mucho podemos intentar utilizar nuestros complejos en nuestro provecho en algunas ocasiones, pero eso sólo hace que seamos gente "equilibrada". Giovanni, por el contrario, ha desarrollado todo su potencial psicológicamente, es por ello que cuando te fijas en él es como si tuviera una personalidad luminosa.
Es, en otras palabras, buena persona. No de los que hacen obras de caridad o que se sacrifican por el resto. Sino de los que no necesitan mentir para superar los problemas, de los que no necesitan saber lo que es el bien para hacerlo. Es por eso por lo que es tan fascinante. A pesar de mis expectativas, Giovanni ha resultado ser muchísimo más atractivo de lo que podía imaginar.
Lucrecia
Cuando la miré por primera vez, resultaba imposible saber si Lucrecia estaba viva o muerta. El olor a humedad de la bolsa y el aspecto alicaído habría confundido a cualquiera. Claro que era la primera vez que veía una planta carnívora, puede que ese fuera su aspecto normal.
Mi madre recibió a Lucrecia como una rareza. ¿A quién se le ocurría regalar plantas carnívoras? Me pareció que la miraba con desconfianza, y pensé que quizás la planta no llegara a sobrevivir mucho tiempo en esta casa. Pero al rato vi que la colocó en un recipiente nuevo, con agua en la base de la maceta, y que la puso en un sitio donde le diera luz pero no de forma directa, así que supuse que, pese a que lo considerara raro, en el fondo le gustaba.
Yo la verdad no llegué a considerar que una planta carnívora fuera un regalo raro. Resulta interesante, más que el típico regalo de una corbata, un libro o un disco. Y el hecho de que no se alimente únicamente de agua y luz me hace verla como algo más que una simple planta, una especie de híbrido entre animal y vegetal. Sus diez o doce pares de hojas, semejantes a las fauces de una pequeña fiera, le daban el aspecto de una hidra de múltiples cabezas. Por eso le puse nombre. Atendiendo a la regla de no poner nunca un nombre que no significara o determinara la vida del ser nombrado, decidí llamarla Lucrecia. Su aspecto indefenso pero al mismo tiempo feroz, con esas hojas que parecen tener dientes, me hizo pensar que era el único nombre que podía recibir, en honor a la Borgia de su nombre.
Varias horas después, al observar la planta, pude ver que una de sus fauces se había cerrado, seguramente atrapando en ella a un pequeño insecto. Supe entonces que Lucrecia estaba viva.
Mi madre recibió a Lucrecia como una rareza. ¿A quién se le ocurría regalar plantas carnívoras? Me pareció que la miraba con desconfianza, y pensé que quizás la planta no llegara a sobrevivir mucho tiempo en esta casa. Pero al rato vi que la colocó en un recipiente nuevo, con agua en la base de la maceta, y que la puso en un sitio donde le diera luz pero no de forma directa, así que supuse que, pese a que lo considerara raro, en el fondo le gustaba.
Yo la verdad no llegué a considerar que una planta carnívora fuera un regalo raro. Resulta interesante, más que el típico regalo de una corbata, un libro o un disco. Y el hecho de que no se alimente únicamente de agua y luz me hace verla como algo más que una simple planta, una especie de híbrido entre animal y vegetal. Sus diez o doce pares de hojas, semejantes a las fauces de una pequeña fiera, le daban el aspecto de una hidra de múltiples cabezas. Por eso le puse nombre. Atendiendo a la regla de no poner nunca un nombre que no significara o determinara la vida del ser nombrado, decidí llamarla Lucrecia. Su aspecto indefenso pero al mismo tiempo feroz, con esas hojas que parecen tener dientes, me hizo pensar que era el único nombre que podía recibir, en honor a la Borgia de su nombre.
Varias horas después, al observar la planta, pude ver que una de sus fauces se había cerrado, seguramente atrapando en ella a un pequeño insecto. Supe entonces que Lucrecia estaba viva.





