Lucrecia
Cuando la miré por primera vez, resultaba imposible saber si Lucrecia estaba viva o muerta. El olor a humedad de la bolsa y el aspecto alicaído habría confundido a cualquiera. Claro que era la primera vez que veía una planta carnívora, puede que ese fuera su aspecto normal.
Mi madre recibió a Lucrecia como una rareza. ¿A quién se le ocurría regalar plantas carnívoras? Me pareció que la miraba con desconfianza, y pensé que quizás la planta no llegara a sobrevivir mucho tiempo en esta casa. Pero al rato vi que la colocó en un recipiente nuevo, con agua en la base de la maceta, y que la puso en un sitio donde le diera luz pero no de forma directa, así que supuse que, pese a que lo considerara raro, en el fondo le gustaba.
Yo la verdad no llegué a considerar que una planta carnívora fuera un regalo raro. Resulta interesante, más que el típico regalo de una corbata, un libro o un disco. Y el hecho de que no se alimente únicamente de agua y luz me hace verla como algo más que una simple planta, una especie de híbrido entre animal y vegetal. Sus diez o doce pares de hojas, semejantes a las fauces de una pequeña fiera, le daban el aspecto de una hidra de múltiples cabezas. Por eso le puse nombre. Atendiendo a la regla de no poner nunca un nombre que no significara o determinara la vida del ser nombrado, decidí llamarla Lucrecia. Su aspecto indefenso pero al mismo tiempo feroz, con esas hojas que parecen tener dientes, me hizo pensar que era el único nombre que podía recibir, en honor a la Borgia de su nombre.
Varias horas después, al observar la planta, pude ver que una de sus fauces se había cerrado, seguramente atrapando en ella a un pequeño insecto. Supe entonces que Lucrecia estaba viva.
Mi madre recibió a Lucrecia como una rareza. ¿A quién se le ocurría regalar plantas carnívoras? Me pareció que la miraba con desconfianza, y pensé que quizás la planta no llegara a sobrevivir mucho tiempo en esta casa. Pero al rato vi que la colocó en un recipiente nuevo, con agua en la base de la maceta, y que la puso en un sitio donde le diera luz pero no de forma directa, así que supuse que, pese a que lo considerara raro, en el fondo le gustaba.
Yo la verdad no llegué a considerar que una planta carnívora fuera un regalo raro. Resulta interesante, más que el típico regalo de una corbata, un libro o un disco. Y el hecho de que no se alimente únicamente de agua y luz me hace verla como algo más que una simple planta, una especie de híbrido entre animal y vegetal. Sus diez o doce pares de hojas, semejantes a las fauces de una pequeña fiera, le daban el aspecto de una hidra de múltiples cabezas. Por eso le puse nombre. Atendiendo a la regla de no poner nunca un nombre que no significara o determinara la vida del ser nombrado, decidí llamarla Lucrecia. Su aspecto indefenso pero al mismo tiempo feroz, con esas hojas que parecen tener dientes, me hizo pensar que era el único nombre que podía recibir, en honor a la Borgia de su nombre.
Varias horas después, al observar la planta, pude ver que una de sus fauces se había cerrado, seguramente atrapando en ella a un pequeño insecto. Supe entonces que Lucrecia estaba viva.