La ventana indiscreta
Soy consciente de que quejarse del calor que hace no sirve para nada. Aunque todo el mundo se quejara, aunque toda la gente se dedicara a recoger firmas o a hacer campañas en contra de la subida de las temperaturas no podría acabarse con el calor infernal, con el sol torturador y, en definitiva, con esta bonita estación llamada verano. Pero como a mí eso me da igual, como a mí no me importa quejarme a cambio de nada - se me da bastante bien hacerlo, además - lo voy a hacer de todas formas. Y es que odio el calor, odio el verano, y, sobre todo, odio arder en el infierno de mi caja de zapatos sin aire acondicionado.
Una buena idea para hacer frente a esta dramática situación es visitar a los vecinos. Ellos tampoco tienen aire acondicionado, pero sí un aparato que no sé cómo se llama que he visto anunciar en Teletienda unas cuantas veces y que purifica el aire, elimina las bacterias ¿o esto me lo he inventado? y da fresquito, que es lo que importa. Sobre todo porque mis métodos anticalor son lo peor. Van desde los ventiladores de puta mierda, echarme agua por encima periódicamente, restregarme por el suelo - que está más o menos frío - o echar mano de las bolsas de judías congeldas. Esta claro cuál es la mejor alternativa, que además me ofrece la oportunidad de recrearme la vista, lo cual, dadas las circusntancias, es mejor que nada.
Desde que El Frágil me contara lo de su futura ex novia, he ido un par de veces a visitar a mis vecinitos. El Frágil no ha vuelto a hablarme de ella, y como aún no la he visto, ni la he olido, ni la he tocado, ni la he oído, ni le he pegado un buen mordisco para saber a qué sabe, a veces pienso que ni siquiera existe, o que es tan sólo una leyenda urbana. Es mi optimismo desesperado, un deficiente mecanismo de defensa que venía de serie cuando me fabricaron. He estado pensando un poco en todo esto y he llegado a la conclusión de que lo mejor que puedo hacer es seguir presentándome en su casa como si nada, sobre todo porque sino podría sospechar algo, y eso sería una total humillación.
Por desgracia, mis visitas no puede prolongarse eternamente, por lo que debo regresar a mi ardiente guarida al menos para dormir, un momento que se ha convertido en crítico desde hace unos cuantos días. Y es que me molestan las sábanas, pero no me gusta dormir destapada, de modo que me aso viva. Pero como no es plan dormir abrazada a una bolsa de nuggets de pollo congelados, ni de dormir en el suelo, uno de estos calurosos días, el lunes para ser exactos, tuve la gran idea de abrir la ventana. Se estaba mucho más fesquito sí, pero aún así tardé bastante en dormirme.
Y es que en el edificio de enfrente viven un par de sadmasoquistas amateur. O eso, o las pelis porno que ven son de pésima calidad. Por suerte o por desgracia, como viven en una planta que queda algo más elevada que la mía, tan sólo podía escuchar lo que decían y tenía que imaginarme el resto. No es que quisiera, pero no podía hacer otra cosa. El caso es que me morí de asco un buen rato, aunque algunas cosas era bastante graciosas. Como no tenía nada mejor que hacer - qué más da ir a trabajar habiendo dormido sólo cinco horas -, me las apunté en un papel y todo. Ahí van algunas perlas:
Mujer: "¿Y tú te haces llamar hombre? Hasta el canario de mi abuela es más hombre que tú. Azótame, ¿a qué esperas? ¿tienes miedo o qué? ¿has pasado de ser un canario a ser una gallina?" Entonces se pone a cacarear pero en plan gemido, muy muy extraño... Luego se oía cómo el hombre le pegaba, y ella seguía haciendo que era una gallina.
Hombre: "Cerda, que eres una cerda, y encima desagradecida. Me estás obligando a castigarte, putón que eres un putón". Entonces se oía como una fusta o un látigo o algo y la mujer gruñía, como si fuese un cerdo.
Supongo que deben ser granjeros o trabajan en una tienda de mascotas o son veterinarios, porque todo el rato decían cosas parecidas. Tengo que reconocer que fue bastante divertido, pero al día siguiente me moría de sueño. Nada más salir del trabajo, fui a comprarme un arsenal de tapones.
Una buena idea para hacer frente a esta dramática situación es visitar a los vecinos. Ellos tampoco tienen aire acondicionado, pero sí un aparato que no sé cómo se llama que he visto anunciar en Teletienda unas cuantas veces y que purifica el aire, elimina las bacterias ¿o esto me lo he inventado? y da fresquito, que es lo que importa. Sobre todo porque mis métodos anticalor son lo peor. Van desde los ventiladores de puta mierda, echarme agua por encima periódicamente, restregarme por el suelo - que está más o menos frío - o echar mano de las bolsas de judías congeldas. Esta claro cuál es la mejor alternativa, que además me ofrece la oportunidad de recrearme la vista, lo cual, dadas las circusntancias, es mejor que nada.
Desde que El Frágil me contara lo de su futura ex novia, he ido un par de veces a visitar a mis vecinitos. El Frágil no ha vuelto a hablarme de ella, y como aún no la he visto, ni la he olido, ni la he tocado, ni la he oído, ni le he pegado un buen mordisco para saber a qué sabe, a veces pienso que ni siquiera existe, o que es tan sólo una leyenda urbana. Es mi optimismo desesperado, un deficiente mecanismo de defensa que venía de serie cuando me fabricaron. He estado pensando un poco en todo esto y he llegado a la conclusión de que lo mejor que puedo hacer es seguir presentándome en su casa como si nada, sobre todo porque sino podría sospechar algo, y eso sería una total humillación.
Por desgracia, mis visitas no puede prolongarse eternamente, por lo que debo regresar a mi ardiente guarida al menos para dormir, un momento que se ha convertido en crítico desde hace unos cuantos días. Y es que me molestan las sábanas, pero no me gusta dormir destapada, de modo que me aso viva. Pero como no es plan dormir abrazada a una bolsa de nuggets de pollo congelados, ni de dormir en el suelo, uno de estos calurosos días, el lunes para ser exactos, tuve la gran idea de abrir la ventana. Se estaba mucho más fesquito sí, pero aún así tardé bastante en dormirme.
Y es que en el edificio de enfrente viven un par de sadmasoquistas amateur. O eso, o las pelis porno que ven son de pésima calidad. Por suerte o por desgracia, como viven en una planta que queda algo más elevada que la mía, tan sólo podía escuchar lo que decían y tenía que imaginarme el resto. No es que quisiera, pero no podía hacer otra cosa. El caso es que me morí de asco un buen rato, aunque algunas cosas era bastante graciosas. Como no tenía nada mejor que hacer - qué más da ir a trabajar habiendo dormido sólo cinco horas -, me las apunté en un papel y todo. Ahí van algunas perlas:
Mujer: "¿Y tú te haces llamar hombre? Hasta el canario de mi abuela es más hombre que tú. Azótame, ¿a qué esperas? ¿tienes miedo o qué? ¿has pasado de ser un canario a ser una gallina?" Entonces se pone a cacarear pero en plan gemido, muy muy extraño... Luego se oía cómo el hombre le pegaba, y ella seguía haciendo que era una gallina.
Hombre: "Cerda, que eres una cerda, y encima desagradecida. Me estás obligando a castigarte, putón que eres un putón". Entonces se oía como una fusta o un látigo o algo y la mujer gruñía, como si fuese un cerdo.
Supongo que deben ser granjeros o trabajan en una tienda de mascotas o son veterinarios, porque todo el rato decían cosas parecidas. Tengo que reconocer que fue bastante divertido, pero al día siguiente me moría de sueño. Nada más salir del trabajo, fui a comprarme un arsenal de tapones.
Sentido y sensibilidad
Hace un par de días recibí el libro de recetas de cocina para idiotas que mi querida madre me envió por correo. Ese mismo día, recibí una tristísima noticia: El Fibroso volvía a cenar algas y a beber té con sus compañeros del gimnasio. El Frágil estaba muy afectado, pues no se veía con suficientes fuerzas como para afrontar otra velada vegetariana. Y yo no me veía con suficientes fuerzas como para reprimir mis palabras:
- Pues quédate a cenar aquí, mi madre me ha enviado un libro de recetas y tú podrías ser mi conejillo de indias...
- Vale, cualquier cosa con tal de no cenar esa mierda
- Eso sí, mi incultura culinaria no me permite asegurar que lo que prepare sea mejor que las algas, pero lo intentaré.
- Bueno, si quieres puedo ayudarte, así me entretengo. Además, si me quedo en casa seguro que me acaban obligando a cenar con ellos...
- Ah, pues mejor, así si la cena está asquerosa, será también tu culpa.
Ayer a las ocho de la tarde El Frágil estaba ya en mi casa, dispuesto a preparar(me) la cena. Yo hacía de supervisor ejecutivo y él iba haciendo: creo que tenía miedo de que lo mandara a comer algas si no colaboraba, pobrecillo. Preparamos brochetas de melón y jamón serrano y patatas con crema de whisky de entrantes. También teníamos tostadas con queso camembert. Esto último ya venía preparado de serie, pero untando el queso me sentía menos culpable mientras mi invitado hacía casi todo lo demás. Eso sí, la salsa de roquefort y champiñones para acompañar el entrecot la hice yo solita.
Estaba ya poniendo la mesa cuando alguien llamó por teléfono a El Frágil. Estuvo hablando durante unos cinco minutos, bastante flojo y bastante lejos de donde yo estaba. Por mucho que intenté, no oí ni una mísera palabra. Aunque por suerte, acabó contándomelo todo.
- Era mi novia, que mañana llega de Alemania
- Ah... - "sí, claro, tu novia, esa persona de la que no he oído hablar en casi dos meses y que ahora mismo me está obligando a poner cara de idiota, vaya cómo olvidarla...", pensé yo.
- Sí, es que ha estado trabajando tres meses allí y mañana ya vuelve. Dice que la vaya a buscar al aeropuerto.
- Ah, muy bien - hasta esbocé una media sonrisa al decir esto, soy una genial actriz.
No podía creérmelo, ¿cómo podía ser eso cierto? A ver, sí, veo bastante posible que El Frágil tenga novia, es un especímen realmente apetecible pero, ¿cómo no me lo había dicho antes? No sé, creo que debería haber dicho algo, haber hablado de ella en algún momento, decir algo en plan "ya sé que llevo una camiseta muy fea, pero es que me la ha regalado mi novia y si no me la pongo se enfada" o "ya sé que últimamente estoy de muy mala ostia, pero es que mi novia es frígida y llevamos meses sin hacerlo". No sé, creo que debería haber tenido un poco más de tacto, un poco más de sensibilidad. Esta clase de cosas no pueden decirse tan bruscamente, y menos antes de cenar. Me daban ganas de mandarle a la mierda, o en fino, de mandarle a freír espárragos. O algo mucho mas cruel, de mandarle a comer algas. Es que no hay derecho, oye. La cena me sentó fatal, aunque aún tengo que averiguar si fue por su culpa (la noticia de su novia) o su culpa (sus habilidades culinarias).
En fin, El Frágil ha perdido bastantes puntos. Y yo, bastantes momentos divertidos. Ahora me tocara disimular bastante, tampoco puedo fingir que estoy enfadada con él o no volver a dirigirle la palabra. Para bien o para mal, sigue siendo mi vecino, aunque ahora las visitas a su casa no serán tan apasionantes. Bueno, supongo que podría ser peor, al menos, es heterosexual. Hoy he visto dos veces El apartamento: en mi opinión, es lo único que puede hacerse en estos casos. Eso, y comer helado de tarta de queso con fresas y galletas.
- Pues quédate a cenar aquí, mi madre me ha enviado un libro de recetas y tú podrías ser mi conejillo de indias...
- Vale, cualquier cosa con tal de no cenar esa mierda
- Eso sí, mi incultura culinaria no me permite asegurar que lo que prepare sea mejor que las algas, pero lo intentaré.
- Bueno, si quieres puedo ayudarte, así me entretengo. Además, si me quedo en casa seguro que me acaban obligando a cenar con ellos...
- Ah, pues mejor, así si la cena está asquerosa, será también tu culpa.
Ayer a las ocho de la tarde El Frágil estaba ya en mi casa, dispuesto a preparar(me) la cena. Yo hacía de supervisor ejecutivo y él iba haciendo: creo que tenía miedo de que lo mandara a comer algas si no colaboraba, pobrecillo. Preparamos brochetas de melón y jamón serrano y patatas con crema de whisky de entrantes. También teníamos tostadas con queso camembert. Esto último ya venía preparado de serie, pero untando el queso me sentía menos culpable mientras mi invitado hacía casi todo lo demás. Eso sí, la salsa de roquefort y champiñones para acompañar el entrecot la hice yo solita.
Estaba ya poniendo la mesa cuando alguien llamó por teléfono a El Frágil. Estuvo hablando durante unos cinco minutos, bastante flojo y bastante lejos de donde yo estaba. Por mucho que intenté, no oí ni una mísera palabra. Aunque por suerte, acabó contándomelo todo.
- Era mi novia, que mañana llega de Alemania
- Ah... - "sí, claro, tu novia, esa persona de la que no he oído hablar en casi dos meses y que ahora mismo me está obligando a poner cara de idiota, vaya cómo olvidarla...", pensé yo.
- Sí, es que ha estado trabajando tres meses allí y mañana ya vuelve. Dice que la vaya a buscar al aeropuerto.
- Ah, muy bien - hasta esbocé una media sonrisa al decir esto, soy una genial actriz.
No podía creérmelo, ¿cómo podía ser eso cierto? A ver, sí, veo bastante posible que El Frágil tenga novia, es un especímen realmente apetecible pero, ¿cómo no me lo había dicho antes? No sé, creo que debería haber dicho algo, haber hablado de ella en algún momento, decir algo en plan "ya sé que llevo una camiseta muy fea, pero es que me la ha regalado mi novia y si no me la pongo se enfada" o "ya sé que últimamente estoy de muy mala ostia, pero es que mi novia es frígida y llevamos meses sin hacerlo". No sé, creo que debería haber tenido un poco más de tacto, un poco más de sensibilidad. Esta clase de cosas no pueden decirse tan bruscamente, y menos antes de cenar. Me daban ganas de mandarle a la mierda, o en fino, de mandarle a freír espárragos. O algo mucho mas cruel, de mandarle a comer algas. Es que no hay derecho, oye. La cena me sentó fatal, aunque aún tengo que averiguar si fue por su culpa (la noticia de su novia) o su culpa (sus habilidades culinarias).
En fin, El Frágil ha perdido bastantes puntos. Y yo, bastantes momentos divertidos. Ahora me tocara disimular bastante, tampoco puedo fingir que estoy enfadada con él o no volver a dirigirle la palabra. Para bien o para mal, sigue siendo mi vecino, aunque ahora las visitas a su casa no serán tan apasionantes. Bueno, supongo que podría ser peor, al menos, es heterosexual. Hoy he visto dos veces El apartamento: en mi opinión, es lo único que puede hacerse en estos casos. Eso, y comer helado de tarta de queso con fresas y galletas.
La noche de la iguana
El sábado fui a cenar con mi Rat Pack particular (¡ya nos gustaría a nosotros!), formado por mis adorados compañeros de trabajo: Dean, Sammy y Frankie. Obviamente, estos no son sus verdaderos nombres pero, ya que voy a dedicarme a contar sus miserias y a destripar su intimidad, qué menos que ponerles un nombre falso (y glamouroso). Los cuatro somos nuevos en el trabajo y juntos vamos a pasar un verano muy estupendo mientras el resto del mundo se va de vacaciones. Qué panolis.
El hecho de ser los recién llegados nos ha unido bastante, de modo que pensamos en organizar una cena para celebrar que estamos encantados de conocernos. Dean ofreció su casa y sus habilidades culinarias para tan refinada ceremonia, y nadie puso ningún tipo de objeción. A las diez y media Frankiepasó a recogerme y nos dirigimos a casa de Dean, donde ya nos estaba esperando con Sammy.
- Joder, llevamos media hora esperándoos, la cena está empezando a enfriarse
- Sí, con lo que me he esforzado – se quejó Dean.
- Han sido motivos técnicos ajenos a nuestra voluntad - dijo Frankie
- Sí, bueno, el hecho de que te dejaras las llaves y la cartera en casa y tuviéramos que volver cuando ya casi estábamos llegando no tiene nada que ver contigo… - dije yo.
- Bueno va, vamos a cenar que tengo hambre.
Mientras Dean servía la comida en la cocina, Sammy nos presentó a Anita, la iguana de Dean. A mí estos bichos me dan un poco de grima, no miedo, que conste. Sé que no van a hacerme nada, pero los ojos, el tacto que tienen, me producen cierta repulsión.
- Mentira, lo que pasa es que les tienes un miedo que no te aguantas…
- Que no, que me dan asco, simplemente
- Sí, seguro…
- ¡Es verdad!
Nada, que no hubo manera de convencerles.
Mientras Sammy y Frankie se entretenían con Anita (aunque no comprendo qué clase de diversión puede ofrecer ese animal), Dean entró en el comedor con la comida. Frankie y yo nos miramos. Mucho, mucho, tampoco se había esforzado el chico. Se había limitado a llamar a un chino, pero a mí ya me parecía bien. La comida china me encanta, me da igual que sea rata, gato, mono o vagabundo. Comimos bastante a gusto y nos pusimos hasta arriba de sangría y de champán. Eso también me gusta mucho, tanto o más que la comida china.
Cuando acabamos de cebarnos, decidimos que lo que más nos apetecía era jugar al póquer. Dean intentó, más o menos, recoger la mesa, aunque necesitó un poco de nuestra ayuda. Entre todos lo conseguimos. Mientras el anfitrión iba en busca del tapete y las cartas, Sammy, Frankie y yo nos preparamos para empezar a jugar. Sammy se levantó para “buscar algo”: no debí confiar en su palabra, por mi bien y por el de Anita. El gracioso me colocó la iguana en el hombro. Al principio, yo creía que era su mano, que se había apoyado en mí o algo. Pero como veía “que no la quitaba” ni se iba a sentar ni nada, me extrañé. Me giré y casi me desmayo. Me encuentro de cara con los ojos de la iguana, mirándome fijamente, con la boca un poco abierta.
Lancé un grito que casi dejo sordo a todo el vecindario, aunque la peor parte se la llevó Anita. Y es que no sólo grité, sino que me levanté de un brinco y aparté no demasiado suavemente a la mascota de Dean, que cayó violentamente al suelo. Cuando éste entró, casi le da un infarto, de ver a su pobre e indefenso animal tirado en el suelo.
- Pero, ¿qué le habéis hecho?
- Ha sido ella, que la ha tirado al suelo.
- Pero, ¿por qué?
- Me la habían puesto en el hombro… - me defendí yo.
- ¿No decías que no te daban miedo?
- Y no me dan, me dan asco. Además, si lo que espero encontrarme es una mano y me encuentro con una iguana, creo que es normal asustarse.
- ¿Ves como te dan miedo?
- ¡Que no me dan miedo, que me dan asco!
Mientras continuábamos con nuestra discusión, Dean rescató a la pobre iguana, que seguía tirada en el suelo, y la metió de nuevo en el terrario. Nos dispusimos entonces a jugar al póquer: tenía que arruinarles, necesitaba poner a salvo mi mancillado honor. Creía que sería más difícil, pues no soy demasiado buena. Pero Dean, que estaba sentado enfrente de mí, estaba bastante borracho y no se enteraba de nada. Y a Sammy y a Frankie, que muy sobrios no iban tampoco, podía verles las cartas. Así que acabé ganando, y me saqué unos pocos euros a su costa. Espero que para la próxima vez aprendan la lección. Y se emborrachen mucho. Y me dejen hacer trampas, claro. Por pedir…
El hecho de ser los recién llegados nos ha unido bastante, de modo que pensamos en organizar una cena para celebrar que estamos encantados de conocernos. Dean ofreció su casa y sus habilidades culinarias para tan refinada ceremonia, y nadie puso ningún tipo de objeción. A las diez y media Frankiepasó a recogerme y nos dirigimos a casa de Dean, donde ya nos estaba esperando con Sammy.
- Joder, llevamos media hora esperándoos, la cena está empezando a enfriarse
- Sí, con lo que me he esforzado – se quejó Dean.
- Han sido motivos técnicos ajenos a nuestra voluntad - dijo Frankie
- Sí, bueno, el hecho de que te dejaras las llaves y la cartera en casa y tuviéramos que volver cuando ya casi estábamos llegando no tiene nada que ver contigo… - dije yo.
- Bueno va, vamos a cenar que tengo hambre.
Mientras Dean servía la comida en la cocina, Sammy nos presentó a Anita, la iguana de Dean. A mí estos bichos me dan un poco de grima, no miedo, que conste. Sé que no van a hacerme nada, pero los ojos, el tacto que tienen, me producen cierta repulsión.
- Mentira, lo que pasa es que les tienes un miedo que no te aguantas…
- Que no, que me dan asco, simplemente
- Sí, seguro…
- ¡Es verdad!
Nada, que no hubo manera de convencerles.
Mientras Sammy y Frankie se entretenían con Anita (aunque no comprendo qué clase de diversión puede ofrecer ese animal), Dean entró en el comedor con la comida. Frankie y yo nos miramos. Mucho, mucho, tampoco se había esforzado el chico. Se había limitado a llamar a un chino, pero a mí ya me parecía bien. La comida china me encanta, me da igual que sea rata, gato, mono o vagabundo. Comimos bastante a gusto y nos pusimos hasta arriba de sangría y de champán. Eso también me gusta mucho, tanto o más que la comida china.
Cuando acabamos de cebarnos, decidimos que lo que más nos apetecía era jugar al póquer. Dean intentó, más o menos, recoger la mesa, aunque necesitó un poco de nuestra ayuda. Entre todos lo conseguimos. Mientras el anfitrión iba en busca del tapete y las cartas, Sammy, Frankie y yo nos preparamos para empezar a jugar. Sammy se levantó para “buscar algo”: no debí confiar en su palabra, por mi bien y por el de Anita. El gracioso me colocó la iguana en el hombro. Al principio, yo creía que era su mano, que se había apoyado en mí o algo. Pero como veía “que no la quitaba” ni se iba a sentar ni nada, me extrañé. Me giré y casi me desmayo. Me encuentro de cara con los ojos de la iguana, mirándome fijamente, con la boca un poco abierta.
Lancé un grito que casi dejo sordo a todo el vecindario, aunque la peor parte se la llevó Anita. Y es que no sólo grité, sino que me levanté de un brinco y aparté no demasiado suavemente a la mascota de Dean, que cayó violentamente al suelo. Cuando éste entró, casi le da un infarto, de ver a su pobre e indefenso animal tirado en el suelo.
- Pero, ¿qué le habéis hecho?
- Ha sido ella, que la ha tirado al suelo.
- Pero, ¿por qué?
- Me la habían puesto en el hombro… - me defendí yo.
- ¿No decías que no te daban miedo?
- Y no me dan, me dan asco. Además, si lo que espero encontrarme es una mano y me encuentro con una iguana, creo que es normal asustarse.
- ¿Ves como te dan miedo?
- ¡Que no me dan miedo, que me dan asco!
Mientras continuábamos con nuestra discusión, Dean rescató a la pobre iguana, que seguía tirada en el suelo, y la metió de nuevo en el terrario. Nos dispusimos entonces a jugar al póquer: tenía que arruinarles, necesitaba poner a salvo mi mancillado honor. Creía que sería más difícil, pues no soy demasiado buena. Pero Dean, que estaba sentado enfrente de mí, estaba bastante borracho y no se enteraba de nada. Y a Sammy y a Frankie, que muy sobrios no iban tampoco, podía verles las cartas. Así que acabé ganando, y me saqué unos pocos euros a su costa. Espero que para la próxima vez aprendan la lección. Y se emborrachen mucho. Y me dejen hacer trampas, claro. Por pedir…
Cómo casarse con un millonario
Ayer por la noche me llamó mi madre. No es que sea ninguna novedad, mi madre me llama por lo menos dos veces a la semana. Yo le cuento mis miserias y ella me explica las batallitas de la familia y los últimos cotilleos de los que se entera por ahí. Podríamos decir que mi madre es mi corresponsal particular, la que me mantiene al día de lo que ocurre en mi querido pueblecito, aunque yo ya no viva allí.
Estuvimos un rato hablando de mis progresos en la cocina - mi madre dice que me ha comprado un libro de recetas para idiotas -, pero el tema central de nuestra conversación fue mi prima. Mi prima la imbécil, mi prima la estúpida, mi prima la que va a casarse con un supermillonario.
- Pero, ¿desde cuándo...?
- Pues parece que ha sido algo bastante rápido...
- No, si ya... si en septiembre aún estaba con el abogado ese...
- Amor a primera vista, me ha dicho su madre
- Ya veo, ya.

A primera vista de billetera, pensé yo. Joder mi prima, vaya prisas. Si no tiene ni treinta años. Aunque con los pocos encantos que tiene, no me extraña. Yo también me daría prisa si fuese ella. Ya sé que ahora mismo puedo parecer un poquito - muy poquito - mala, pero es la verdad: yo lo sé bien, que para eso es mi familia. Tengo la gran suerte de conocerla personalmente.
- Y, ¿cuándo es la boda?
- En agosto
- ¿Qué?
- Sí, sí, lo quieren hacer todo bien rápido
- Pero, ¿ya les dará tiempo a organizarlo todo?
- No sé, contratarán a alguien que se encargue de todo y ya está.
- Ah...
- Sí, sí, si hasta se han comprado ya una casa: un chalet con piscna y todo.
- Joder... ¿de dónde ha sacado a este hombre?
Pues del trabajo. Mi prima trabaja como secretaria en la empresa del padre de su novio. Éste trabaja también de ejecutivo, de esos que no se sabe muy bien qué hacen, ni por qué cobran tanto por hacerlo. Se conocieron en la cena de empresa de navidad y, en fin, se enamoraron perdidamente, locamente y rapidísimamente. Poco más que decir al respecto. Que voy a tener que comprarme un vestido y que voy a tener que sacrificar uno de mis fines de semana veraniegos para ir a tan solemne acto. Cómo me apetece.
- Bueno, pues nada. A ver qué tal es el hombre este...
- Yo tampoco lo he visto, pero tu tía dice que es muy guapo
- Pues claro, si va a solucionarle la vida a su hija, no me extraña que se lo parezca...
- No seas así, hombre, que igual se casan porque se quieren...
- Si yo no digo que no se quieran, sólo digo que a un hombre así, es fácil quererlo. Y más sabiendo como es la prima...
- Hombre, eso sí que es verdad, no lo vamos a negar. Pero bueno, el dinero no lo es todo, ya lo sabes
- Ya, ya lo sé
- Bueno, te dejo, que voy a hacer la cena. Ya te mandaré por correo el libro de recetas, ya verás cómo te será muy útil
- Gracias mamá, gracias por recordarme que yo no voy a tener nunca criados que cocinen para mí...
Estuvimos un rato hablando de mis progresos en la cocina - mi madre dice que me ha comprado un libro de recetas para idiotas -, pero el tema central de nuestra conversación fue mi prima. Mi prima la imbécil, mi prima la estúpida, mi prima la que va a casarse con un supermillonario.
- Pero, ¿desde cuándo...?
- Pues parece que ha sido algo bastante rápido...
- No, si ya... si en septiembre aún estaba con el abogado ese...
- Amor a primera vista, me ha dicho su madre
- Ya veo, ya.

A primera vista de billetera, pensé yo. Joder mi prima, vaya prisas. Si no tiene ni treinta años. Aunque con los pocos encantos que tiene, no me extraña. Yo también me daría prisa si fuese ella. Ya sé que ahora mismo puedo parecer un poquito - muy poquito - mala, pero es la verdad: yo lo sé bien, que para eso es mi familia. Tengo la gran suerte de conocerla personalmente.
- Y, ¿cuándo es la boda?
- En agosto
- ¿Qué?
- Sí, sí, lo quieren hacer todo bien rápido
- Pero, ¿ya les dará tiempo a organizarlo todo?
- No sé, contratarán a alguien que se encargue de todo y ya está.
- Ah...
- Sí, sí, si hasta se han comprado ya una casa: un chalet con piscna y todo.
- Joder... ¿de dónde ha sacado a este hombre?
Pues del trabajo. Mi prima trabaja como secretaria en la empresa del padre de su novio. Éste trabaja también de ejecutivo, de esos que no se sabe muy bien qué hacen, ni por qué cobran tanto por hacerlo. Se conocieron en la cena de empresa de navidad y, en fin, se enamoraron perdidamente, locamente y rapidísimamente. Poco más que decir al respecto. Que voy a tener que comprarme un vestido y que voy a tener que sacrificar uno de mis fines de semana veraniegos para ir a tan solemne acto. Cómo me apetece.
- Bueno, pues nada. A ver qué tal es el hombre este...
- Yo tampoco lo he visto, pero tu tía dice que es muy guapo
- Pues claro, si va a solucionarle la vida a su hija, no me extraña que se lo parezca...
- No seas así, hombre, que igual se casan porque se quieren...
- Si yo no digo que no se quieran, sólo digo que a un hombre así, es fácil quererlo. Y más sabiendo como es la prima...
- Hombre, eso sí que es verdad, no lo vamos a negar. Pero bueno, el dinero no lo es todo, ya lo sabes
- Ya, ya lo sé
- Bueno, te dejo, que voy a hacer la cena. Ya te mandaré por correo el libro de recetas, ya verás cómo te será muy útil
- Gracias mamá, gracias por recordarme que yo no voy a tener nunca criados que cocinen para mí...
Dos en la carretera
Hace un par de días Hellgirl me invitó a un concierto que daba un amigo suyo en un pueblo cercano,
- A media hora más o menos
- Ya, y en tu cafetera marbellí, ¿cuánto vamos a tardar?
Aunque sabía que era una broma y que su coche me encanta por lo romántico que es, Hellgirl me lanzó su mirada de "vas a morir hoy" , por lo que decidí no hacer demasiadas bromas al respecto. El día en cuestión salimos a eso de las siete de la tarde "para darnos una vuelta por allí y ver si nos podemos emborrachar antes de que empiece". Tengo que confesar que nunca dejará de sorprenderme la fascinante capacidad que tiene para leerme el pensamiento.
Tardamos unos cuarenta minutos en llegar, pero bueno, a la cafetera marbellí no se le puede pedir más. Antes de que empezara el concierto estuvimos con el grupo de su amigo en el pseudocamerino del local. Jugamos un rato a ser sus groupies (tenía bastante mérito, con lo timidísima que soy) y a beber destornilladores en copas de champán de plástico (vaya, ahora lo entiendo). Divertido y glamouroso a partes iguales. Después del concierto, del que tengo algunas lagunas mentales, fuimos a cenar con el grupo, que, personalmente, no estaba tampoco para demasiados trotes. Acabamos volviendo en la furgoneta que habían contratado porque nadie de los que estábamos sentados en aquella mesa estaba capacitado para conducir. Lo que no sé es quién debía estar al volante...
Al día siguiente tuvimos que volver a por la cafetera marbellí, que se había convertido en una pequeña sauna. Muy acogedora, eso sí. Bajamos las ventanillas y pusimos el aire acondicionado que, en mi humilde opinión, hacía un ruido preocupante. "Qué va, siempre lo hace" decía Hellgirl. "Bueno, si ella lo dice, será verdad", pensaba.Y aunque no me gusta desconfiar de la gente, las palabras de Hellgirl comenzaron a perder credibilidad cuando empecé a oler a quemado.
- Oye, ¿no tendríamos que parar o algo? - le pregunté.
- Qué va, a veces le pasa, no es nada. Es que está un poco enfermo...
- Ah...
Yo no estaba demasiado segura de que aquello fuera normal pero tampoco podía decir nada: el coche era suyo, ella lo conocía bien y yo no tengo ni puñetera idea de estas cosas (soy algo amoxofóbica y cuanto menos me hablen de coches, mejor).
Sin embargo y a pesar de que el olor a quemado "no fuese nada", Hellgirl decidió parar porque estaba empezando a ponerme demasiado pesada: sinceramente, no es el sueño de mi vida morir achicharrada en un Seat Marbella en medio de la carretera. Bajamos y, efectivamente, el olor a quemado no era tan normal como ella decía.
- Si huele a carne ahumada... - dije yo
- Eso lo dices porque tienes hambre...
- Aparte
- A ver, tranquilízate, que ya llamo a mi mecánico a domicilio
- ¿Y va a venir aquí?
- Pues claro, es mi amigo
- Ah...
Y sí, vino. Y en menos de una hora. Empezó a mirar el radiador e iba poniendo caras raras. Tras un cuarto de hora rebuscando por el radiador con una vara metálica (no sé qué clase de herramientas es esa) nos dice:
- ¿Sabíais que tenéis un pájaro muerto aquí metido?
- ¿Qué? - preguntó Hellgirl, que no podía creerse lo que oía.
- Ya te había dicho que olía a carne ahumada...
Otra vez la mirada de "vas a morir hoy". Nota mental: tengo que superar mi incontinencia verbal.
El mecánico no tardó demasiado en sacar al pobre pájaro de ahí, más que nada porque poco quedaba ya de él. Yo aún no me explico cómo pudo meterse ahí, con la de sitios bonitos que hay para refugiarse. Después de despedirnos del amable y eficiente mecánico continuamos con el poco trayecto que nos quedaba.
- Oye, ¿y de qué conoces tú a este hombre?
- De nada, de que es mi mecánico...
- Y, ¿cómo puede ser que venga hasta aquí sólo para...?
- Porque cada dos por tres tengo que llevar el coche al taller y ya me tiene cariño y se preocupa por mí...
- Ah...
Nota mental 2: tratar de convencer a Hellgirl de las múltiples ventajas de ir en transporte público.
- A media hora más o menos
- Ya, y en tu cafetera marbellí, ¿cuánto vamos a tardar?
Aunque sabía que era una broma y que su coche me encanta por lo romántico que es, Hellgirl me lanzó su mirada de "vas a morir hoy" , por lo que decidí no hacer demasiadas bromas al respecto. El día en cuestión salimos a eso de las siete de la tarde "para darnos una vuelta por allí y ver si nos podemos emborrachar antes de que empiece". Tengo que confesar que nunca dejará de sorprenderme la fascinante capacidad que tiene para leerme el pensamiento.
Tardamos unos cuarenta minutos en llegar, pero bueno, a la cafetera marbellí no se le puede pedir más. Antes de que empezara el concierto estuvimos con el grupo de su amigo en el pseudocamerino del local. Jugamos un rato a ser sus groupies (tenía bastante mérito, con lo timidísima que soy) y a beber destornilladores en copas de champán de plástico (vaya, ahora lo entiendo). Divertido y glamouroso a partes iguales. Después del concierto, del que tengo algunas lagunas mentales, fuimos a cenar con el grupo, que, personalmente, no estaba tampoco para demasiados trotes. Acabamos volviendo en la furgoneta que habían contratado porque nadie de los que estábamos sentados en aquella mesa estaba capacitado para conducir. Lo que no sé es quién debía estar al volante...
Al día siguiente tuvimos que volver a por la cafetera marbellí, que se había convertido en una pequeña sauna. Muy acogedora, eso sí. Bajamos las ventanillas y pusimos el aire acondicionado que, en mi humilde opinión, hacía un ruido preocupante. "Qué va, siempre lo hace" decía Hellgirl. "Bueno, si ella lo dice, será verdad", pensaba.Y aunque no me gusta desconfiar de la gente, las palabras de Hellgirl comenzaron a perder credibilidad cuando empecé a oler a quemado.
- Oye, ¿no tendríamos que parar o algo? - le pregunté.
- Qué va, a veces le pasa, no es nada. Es que está un poco enfermo...
- Ah...
Yo no estaba demasiado segura de que aquello fuera normal pero tampoco podía decir nada: el coche era suyo, ella lo conocía bien y yo no tengo ni puñetera idea de estas cosas (soy algo amoxofóbica y cuanto menos me hablen de coches, mejor).
Sin embargo y a pesar de que el olor a quemado "no fuese nada", Hellgirl decidió parar porque estaba empezando a ponerme demasiado pesada: sinceramente, no es el sueño de mi vida morir achicharrada en un Seat Marbella en medio de la carretera. Bajamos y, efectivamente, el olor a quemado no era tan normal como ella decía.
- Si huele a carne ahumada... - dije yo
- Eso lo dices porque tienes hambre...
- Aparte
- A ver, tranquilízate, que ya llamo a mi mecánico a domicilio
- ¿Y va a venir aquí?
- Pues claro, es mi amigo
- Ah...
Y sí, vino. Y en menos de una hora. Empezó a mirar el radiador e iba poniendo caras raras. Tras un cuarto de hora rebuscando por el radiador con una vara metálica (no sé qué clase de herramientas es esa) nos dice:
- ¿Sabíais que tenéis un pájaro muerto aquí metido?
- ¿Qué? - preguntó Hellgirl, que no podía creerse lo que oía.
- Ya te había dicho que olía a carne ahumada...
Otra vez la mirada de "vas a morir hoy". Nota mental: tengo que superar mi incontinencia verbal.
El mecánico no tardó demasiado en sacar al pobre pájaro de ahí, más que nada porque poco quedaba ya de él. Yo aún no me explico cómo pudo meterse ahí, con la de sitios bonitos que hay para refugiarse. Después de despedirnos del amable y eficiente mecánico continuamos con el poco trayecto que nos quedaba.
- Oye, ¿y de qué conoces tú a este hombre?
- De nada, de que es mi mecánico...
- Y, ¿cómo puede ser que venga hasta aquí sólo para...?
- Porque cada dos por tres tengo que llevar el coche al taller y ya me tiene cariño y se preocupa por mí...
- Ah...
Nota mental 2: tratar de convencer a Hellgirl de las múltiples ventajas de ir en transporte público.
Breve encuentro
Ayer sábado decidí organizar una maratón marginal cinematográfica. En otras palabras, me acomodé bien en mi querido sofá dispuesta a ver una película detrás de otra y a comerme un bol de Golden Grahams detrás de otro. Iba en pijama y despeinada, pero me importaba una real mierda. Soy así de simple y así de vaga, según como se mire, es una gran suerte.
Cuando iba por la tercera película de la tarde-noche alguien llamó a mi puerta. Era El Frágil, lo que me alegró pero me avergonzó al mismo tiempo. Empezaba a importarme un poco el hecho de ir en traje de noche y con unos pelos no demasiado decentes.
- Hola...
- Hola...
- ¿Has cenado ya?
- Err...no, ¿por? - mentí, por supuesto. Una nunca debe perder una oportunidad así, aunque tenga que hacer el mastodóntico esfuerzo de cenar dos veces.
- ¿Puedo... puedo ir a buscar comida a Pakito (así es como llaman al restaurante pakistaní mis vecinitos) y cenar aquí contigo? Luego te lo explico, es que tengo mucha hambre.
- Claro, claro, claro que puedes. Luego me lo cuentas.
- Vale, hasta ahora.
Nada más cerrar la puerta, fregué mi bol de cereales rauda y veloz, para que no descubriera mi mentira y mis poco nutritivos hábitos alimenticios (¿o son alimentarios?). Me peiné un poco, pero no demasiado, no quería que se pensase que me había peinado por él. El pijama me lo dejé puesto, era demasiado descarado cambiarme de ropa y además es bastante sexy, por lo que no me importaba mucho que me viera con él. Ordené un poco el piso, me hice la cama y recogí lo mejor y lo más rápido que pude mi habitación.
El Frágil no tardó en volver de Pakito y, tras sentarnos en el sofá para cenar - la comida pakistaní puede comerse en cualquier sitio-, me contó por qué había acudido a mí de una forma tan desesperada. Bueno, igual no tanto, pero casi casi. Por lo visto, El Fibroso había invitado a cenar a dos monitores que trabajaban con él en el gimnasio. La cena consistía en "algas y unos palos secos muy raros" y el pobre Frágil se había quedado con hambre. Pero no quería quedar mal con ellos y comer otra cosa, así que les mintió diciéndoles que tenía que llamar por teléfono y así poder comer algo decente.
- Y como no puedo tardar mucho para que no sospechen nada, pues había pensado en esto, en ir a buscar comida a Pakito y venir a cenar aquí. Siento la intromisión, pero mi estómago no podía más.
- No te preocupes, me ha encantado que me invadieses y me invitaras a tan suculento manjar.
- Es que aquella comida era horrible, yo no sé cómo podían comérselo. Además, me estaban volviendo loco. El tema de conversación más interesante del que han hablado en toda la cena ha sido la depilación masculina.
- Pobre...
El Frágil pasó algo menos de media hora en mi sofá, pero bueno, podría haber sido peor, podría no haber venido. Pasamos un rato divertido y divagamos sobre un tema que me preocupaba bastante, la desaparición de los Cheerios en todos los supermercados a los que había ido últimamente. Espero que no dejen de fabricarlos, porque no voy a poder soportar demasiado tiempo más sin desayunar con ellos. Nestlé no puede hacerme algo así, a mí, que he invertido gran parte de mi inexistente fortuna en su empresa. Sería muy injusto y cruel.
Volviendo a lo que estaba diciendo, sé que El Frágil se hubiese quedado bastante más rato conmigo, pues soy bastante adorable y, desde luego, más entretenida que una cena ecológica e insípida. Pero como ya me había dicho, no podía quedarse demasiado tiempo. Él volvió a su cena para tomar el té y yo regresé a mi maratón marginal cinematográfica. En fin, qué se le iba a hacer. Sólo espero que El Fibroso sea bastante aficionado a esta clase de cenas.
Cuando iba por la tercera película de la tarde-noche alguien llamó a mi puerta. Era El Frágil, lo que me alegró pero me avergonzó al mismo tiempo. Empezaba a importarme un poco el hecho de ir en traje de noche y con unos pelos no demasiado decentes.
- Hola...
- Hola...
- ¿Has cenado ya?
- Err...no, ¿por? - mentí, por supuesto. Una nunca debe perder una oportunidad así, aunque tenga que hacer el mastodóntico esfuerzo de cenar dos veces.
- ¿Puedo... puedo ir a buscar comida a Pakito (así es como llaman al restaurante pakistaní mis vecinitos) y cenar aquí contigo? Luego te lo explico, es que tengo mucha hambre.
- Claro, claro, claro que puedes. Luego me lo cuentas.
- Vale, hasta ahora.
Nada más cerrar la puerta, fregué mi bol de cereales rauda y veloz, para que no descubriera mi mentira y mis poco nutritivos hábitos alimenticios (¿o son alimentarios?). Me peiné un poco, pero no demasiado, no quería que se pensase que me había peinado por él. El pijama me lo dejé puesto, era demasiado descarado cambiarme de ropa y además es bastante sexy, por lo que no me importaba mucho que me viera con él. Ordené un poco el piso, me hice la cama y recogí lo mejor y lo más rápido que pude mi habitación.
El Frágil no tardó en volver de Pakito y, tras sentarnos en el sofá para cenar - la comida pakistaní puede comerse en cualquier sitio-, me contó por qué había acudido a mí de una forma tan desesperada. Bueno, igual no tanto, pero casi casi. Por lo visto, El Fibroso había invitado a cenar a dos monitores que trabajaban con él en el gimnasio. La cena consistía en "algas y unos palos secos muy raros" y el pobre Frágil se había quedado con hambre. Pero no quería quedar mal con ellos y comer otra cosa, así que les mintió diciéndoles que tenía que llamar por teléfono y así poder comer algo decente.
- Y como no puedo tardar mucho para que no sospechen nada, pues había pensado en esto, en ir a buscar comida a Pakito y venir a cenar aquí. Siento la intromisión, pero mi estómago no podía más.
- No te preocupes, me ha encantado que me invadieses y me invitaras a tan suculento manjar.
- Es que aquella comida era horrible, yo no sé cómo podían comérselo. Además, me estaban volviendo loco. El tema de conversación más interesante del que han hablado en toda la cena ha sido la depilación masculina.
- Pobre...
El Frágil pasó algo menos de media hora en mi sofá, pero bueno, podría haber sido peor, podría no haber venido. Pasamos un rato divertido y divagamos sobre un tema que me preocupaba bastante, la desaparición de los Cheerios en todos los supermercados a los que había ido últimamente. Espero que no dejen de fabricarlos, porque no voy a poder soportar demasiado tiempo más sin desayunar con ellos. Nestlé no puede hacerme algo así, a mí, que he invertido gran parte de mi inexistente fortuna en su empresa. Sería muy injusto y cruel.
Volviendo a lo que estaba diciendo, sé que El Frágil se hubiese quedado bastante más rato conmigo, pues soy bastante adorable y, desde luego, más entretenida que una cena ecológica e insípida. Pero como ya me había dicho, no podía quedarse demasiado tiempo. Él volvió a su cena para tomar el té y yo regresé a mi maratón marginal cinematográfica. En fin, qué se le iba a hacer. Sólo espero que El Fibroso sea bastante aficionado a esta clase de cenas.





