El apartamento
Aunque es más viejo que yo, más pequeño que una caja de zapatos, y está en un quinto piso sin ascensor, mi apartamento tiene algo que me hace feliz. Igual es que es el primer habitáculo al que puedo llamar mío. Igual es que es la primera vez que tengo entre manos algo que supone unas cuantas responsabilidades. Como un hijo, sólo que un apartamento te da muchas más alegrías. Aunque tampoco puedo hablar mucho, nunca he tenido un hijo. De todas formas, un apartamento no se pone a llorar en mitad de la noche ni tienes que llevarlo al colegio a la hora de la siesta. No hay color, desde luego.
Encontré por pura casualidad este apartamento, pues me había perdido entre tanto lío de calles. Una vez más, fue el hambre y mi habilidoso olfato los que me guiaron. Estaba cansada de andar y andar y dar vueltas por la ciudad buscando un piso en el que guarecerme día sí y día también ahora que había decidido empezar a vivir por mi cuenta. Tengo que reconocer que soy malísima con los planos, que soy incapaz de orientarme y mucho más si tengo hambre y estoy cansada. De repente, al pasar por una calle estrechita y empinada, huelo a comida caliente y ya me pierdo, o me vuelvo a encontrar. Sigo el rastro y me encuentro de frente con un restaurante pakistaní. Me quedo mirando por los cristales: no estaría mal reponer fuerzas, me digo.
Y no estuvo mal. Salí de allí con el estómago satisfecho, lista para emprender de nuevo la búsqueda de mi nueva guarida. Y la vi. La encontré. A veinte metros del restaurante pakistaní. "Se alquila". Un quinto, estaba bien, siempre me había gustado ese número. Nadie roba en un quinto piso. Mucho menos en un quinto piso sin ascensor. Sí, definitivamente sí. Me apunté el número y llamé. No contestaban. Vaya. Esperé. Volví a llamar. No lo cogían. Cuando estaba a punto de colgar, una viejecita me deja casi sorda. ¿Diga? ¿Digaaaaa?
Y yo, en medio de la calle, sola, de pie, gritando:
- Llamaba por lo del piso en alquiler de la calle *****.
- ¿El piso?
- Sí
- Sí, es aquí.
- Pues cuénteme señora, que estoy interesada.
- Pues mira, que estoy ya mayor para subir tantas escaleras, que el médico me ha dicho que me van a tener que operar de la rodilla y ya no estoy para subir tantas escaleras, que el edificio no tiene ascensor y yo ya no estoy para subir tantas escaleras, que me tienen que operar la rodilla y claro, yo no voy a poder subir tantas escaleras...
Media hora más tarde, la viejecita me había contado su vida y la de la mitad de su familia. Hasta prometí ir a verla al hospital cuando la hubiesen operado. También hablamos un poco de la cuestión del alquiler, no tan importante como sus geranios, pero bueno. Acordamos en vernos una semana más tarde para ver el piso y asegurarse de que no era una persona "de esas que no te puedes fiar ni esto".
Y vimos el piso. Y me enamoré. Y me daba igual que aún oliera a viejecita sorda y que la pintura estuviese desconchada. Iba a ser mío y sólo mío. Y eso me bastaba, al menos, de momento. La viejecita y yo nos citamos otro día para dejarlo todo ya cerrado. Iba a traerse a su hijo, abogado, que ella "no se enteraba mucho de estos chanchullos". Y nos vimos. Y firmé el contrato y el apartamento empezó a ser mío y ya lo estaba echando de menos aunque sólo lo había visto una vez. Ya tenía donde caerme muerta. Ya estaba feliz.
Comentario:
Espero que esa no sea la foto real, porque te vas a cansar de hacer arreglos... claro que igual eres toda una manitas!!! Un saludo.





