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Visto uno, vistos todos
Ellos y su gran amiga, la pilila
Acerca de
Los hombres son como las galletas. Te dejan satisfecha, pero sólo por un momento. Pequeños pulgarcitos...
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A por ellos
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Y os diré que
Era un tipo bastante peculiar, dos años mayor que yo. Físicamente no tenía ningún atractivo especial, excepto los ojos, pardos tirando a verde adornados por unas bonitas pestañas.

En un primer momento él hacía como si no me viera, pero yo sé que me miraba. Cuando nos cruzábamos me dedicaba alguna que otra sonrisa canalla. Tenía algo que me atraía. Era un tío con carisma.

Por casualidades que creo haber olvidado, comenzamos a vernos tres veces por semana y algún que otro sábado por la mañana. Fue entonces cuando, sin comerlo ni beberlo, encontré dibujado un camino de tiza que llegaba hasta él. Él me daba una de cal y obtenía como respuesta un puñado de granos de arena. Jugó con la ironía, el sarcasmo, y, sobre todo, la mentira. Lo que él no sabía es que tras su teatro yo tenía montado uno propio. Le encantaba jugar con las mujeres, yo lo sabía. Le gustaba ponerlas celosas y verlas discutir por él. Su táctica era la lavia. Sus intenciones estaban destinadas a un único lugar, la cama, y las disfrazaba con juegos de palabras y alguna que otra sonrisa de niño angelical.

Un chupa-chup fue el que me invitó a morder sus labios. Él pensó que por fin había abierto el telón, pero esta vez la que dirigía la obra era yo.
Nuestro juego fue el escondite, los árboles nuestros testigos. Pretendía conocerme bajo las sábanas yo, por supuesto, no llevé hasta ellas la acción. Fue entonces cuando decidí bajar el telón.



Él siguió untando sus lazos con miel y más de una mosquita acabó abierta ante él. Este tipo no entiende de sentimientos propios por eso disfruta jugando con los ajenos.

De vez en cuando todavía me dedica indirectas, tan gritonas que se tornan directas. Dice que le gustaría quedar de nuevo conmigo, que soy diferente a las demás y que lo que más desea, dice, es volverme a besar. Todavía se cree que participé en su teatro y yo, que soy muy buena, nunca le he dicho que lo nuestro nunca fueron besos, que jamás me cameló, que somos muy parecidos, que yo lo vi y él a mi no.

 
Una detrás de otra
Los hombres son unos mentirosos compulsivos, o eso he podido comprobar hasta el momento. Ellos las llaman mentiras piadosas, vamos, una forma fina de decir: "Soy un cobarde". Hagan lo que hagan siempre intentan salvarse el culo. Podrían buscarse otra estrategia, ellos no saben mentir.

Sus queridas "mentiras piadosas" son el elemento comodín de la relación. Han hecho algo que saben que te molestará, ¿cómo lo arreglan? Mentira piadosa. Se les ha olvidado hacer aquéllo que pediste, ¿el remedio? La mentira piadosa. Quieren justificar algo injustificable, ¿a qué recurren? A la mentira piadosa.

Lo de ellos es dar rodeos, en vez de ir de frente prefieren coger el desvío a la derecha donde les espera su amiga, la mentira piadosa. Nosotras, que ya nos olemos el asunto, hacemos como si oyéramos llover: no sabemos la verdad pero sí sabemos que están mintiendo, se les ve en la cara. El problema llega cuando no se acuerdan del desvío que tomaron y es por eso que, antes o después, la mentira piadosa acaba saliendo. Ay puñetera, tú misma les das tranquilidad y seguridad y más tarde les pones pica-pica en los calzoncillos. Serás recochina, mentira cochina.



Esto les pasa una, dos, tres, cuatro veces. Al final perdemos la cuenta, vienen una detrás de otra: unas mentiras, unas mentirijillas, otras mentirotas, eso sí, según ellos, todas piadosas. Y no se dan cuenta de que el mentiroso debe tener buena memoria...
 
¿Ahora? Ahora ya no
- Cariño, ¿qué tal si vamos a (cualquierlugarqueteguste)?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no.
(No pueden dar motivos, ha sido la pilila la que ha pensado y ella no entiende de razones).
- Va, vamos.
- ¿Tú quieres ir? ¿Te hace ilusión?
- Siii
(ya contestamos con un tono de ilusión pensando que aceptarán).
- Uy, pues entonces ve tú. (Chafónnnnn)

Después de eso nos callamos un ratito sentadas a su lado cara a la tele sin ver nada y dándole vueltas a lo cabrón que ha sido ese "¿Te hace ilusión?", a la rabia que nos da que nos hagan eso. ¡Al principio no eran así! ¡Al principio nos hubieran llevado hasta al país de las maravillas! Jodido tiempo, jodida confianza.
Él ahora ignora tu cara de perro ante la situación, pero sabe que te ha molestado, y mucho. Pero claro, ya no es el principio y no se te acercará para decirte que no te enfades y hacer que te olvides de todo, ¡no! Jodida confianza.
No te hace ni puto caso así que decides ir a hacer alguna tarea de casa, colgar la ropa en el armario, ir al ordenador. Lo que sea, pero ni un minuto más sentada a su lado y mordiéndote la lengua.
Él sigue a lo suyo, no se inmutará. Son así, la consideración es temporal (aproximadamente de unos 5 a 7 meses), nuestra amiga la confianza la reemplazará. Jodida consideración, ¿dónde estás?

Ya ha pasado un buuuuuuennn rato desde que le has pedido "iraesesitioquetegusta" y piensas: "Venga, vamos a intentarlo de nuevo":

- ¿Has cambiado de idea? ¿Vamos? Seguro que lo pasamos bien.
- He dicho que no. Ve tú.


Será gilipollas el tío. Después bien que piden que los acompañemos a mirar nosequégilipollez del coche, que nos traguemos partidos de fútbol, la fórmula1, las motos, que vayamos con sus amigotes. Hacemos por ellos cosas que no nos gustan, pedimos algo nosotras y nuestros deseos no se cumplen. Jodida consideración, sal de dónde estés. ¿Qué pasa? ¿Me compro una lamparita mágica y la froto cada vez que quiera algo?

Después de horas, en las que él, por fin, ha notado que estás irascible... ¡llega el momento de arreglarlo! Miraditas de "Ay mi tontorrona", sonrisitas con cierto intento de complicidad, el típico peñizquito de "uy, yo no he sido". Se creen que así nos quitan el enfado. Ilusos. Les encanta hacer ese paripé hasta que al final le ponen la guinda:

- ¿A qué hora has dicho que es eso?
- ¿Por qué?
- ¿No has dicho que querías ir? Va vamos.
(Sonrisa de niño bueno "hagoestoportiyestoyencantado").
- Vale, vamos. (Serás capullo).



Les sonreímos (de la forma más falsa que podemos pero ellos nunca se dan cuenta). Se sienten bien: han hecho la buena acción del día. Ayyy ignorantes, que después de tanto insistir ya no nos hace ilusión, que vamos a ese sitioquenosgusta pero la decepción de que no habéis aceptado desde el primer momento nos acompaña. Vosotros os creéis los reyes del mambo, que nos tenéis contentas. Ignorantes, con lo bien que hubiéseis quedado diciendo que sí desde el principio...