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Vivir Viviendo
Vida y obra de un joven sin demasiadas vivencias y ninguna obra
Acerca de
De gargantas cortadas, baños sin limpiar, patoaventuras varias y personas que siempre se piden escalope con patatas en lugar del menú del día. Alguna vez hablaré del resto de las cosas, si bien no será lo habitual.
Sindicación
 
Save the last dance for me
Era el primer viernes de febrero. Como ocurría todos los viernes, y con más razón en invierno, se planteó la posibilidad de coger su coche e ir a visitar a sus padres a la ciudad. Normalmente, los quehaceres de su campestre vida le dejaban tan baldado que solía encender la chimenea y disfrutar, en compañía de su perro y de la radio, de la marihuana que el único amigo con el que aún conservaba contacto le regalaba puntualmente cada lunes, cuando los negocios y obligaciones eran quienes dirigían su vida, y no su pereza. En realidad, se había dedicado al campo porque era lo único que sabía hacer, y paradójicamente, pese a la dureza de su trabajo, era su forma de no aburrirse en su solitaria y silenciosa vida.

Tras mirar a su ganado decidió que los terneros ya eran lo bastante mayores como para pasar la noche solos, así que le robo la iniciativa a la rutina y se fue a la ciudad. En su camino, mientras conducía, si alguien le hubiera visto, le hubiera recordado a los protagonistas de las canciones de Bruce Springsteen, tan solitarios, tan meláncolicos, tan perdedores.

Cenó con sus padres. Su relación con ellos estaba intacta: tan fría como siempre. Tan absurda como la amistad entre dos exnovios enamorados. Trató de hacer las historias de su vida cotidiana entretenidas para ellos, por la pura lástima que sentía de verlos tan mayores y aburridos. Agradeció su compañía por pura cortesía y se fue. Llamó a su amigo, a su único amigo. Fueron a un par de bares de moda, acercándose a mujeres insultantemente más jóvenes que ellos, rechazados, como siempre. Su imagen descuidada y su conversación envejecida no podían seducirlas. Ya borrachos fueron a un bar de carretera, a pagar lo que no podían conseguir gratis. Se separaron y no se vieron más hasta el lunes siguiente.

Evidentemente, la noche le supo a poco. Al llegar a casa, se sentía demasiado en su hogar. Se sentó junto a la chimenea y se fumó un canuto de la hierba que su amigo le regalaba puntualmente cada lunes cuando se veían por razones de negocios. Ido, por la mezcla de alcohol y demás drogas, fue al gallinero. Allí escogió a la que más le gustaba. Más que la puta que acababa de pagar y que no le había hecho olvidarla, y la hizo cacarear hasta la extenuación, esta vez, sí, gratis.

Igual que cada viernes por la noche.


 
Que se joda el sol
Muy jodida tiene que estar la cosa para que siempre que hablamos de amor o similares acaben apareciendo el sol o la luna por alguna parte. La vida es más que la luna y el sol y que todos los astros del cielo, y los sentimientos, también son más cosas que el amor.

Podría decir, por ejemplo, que hacer pis despues de contener las ganas durante dos horas es una sensación que se asemeja peligrosamente al orgasmo. Pero entonces me tacharían de zafio o bien provocaría la risa del personal, depende de quien me leyera o escuchara, por muy cierto que esto sea.

También podría decirle a una chica que le voy a regalar la luna y dirían que soy un romántico y un enamorado. Yo me llamaría a mí mismo tópico y me daría vergúenza ajena expresar mi amor de la misma manera que tantos ya lo han hecho años atrás.

Hoy no quiero hablar de astros, de fuego, de amor. Hoy tengo ganas de hablar de pis, de ponerme ciego de pizza y tomarme mis copas de güiski con sus 3 hielos y su cocacola y de ver el partido del barsa con mis amigos y de cerrar todos los bares de madrid sin que me tachen de futbolero, de borracho o de guarro.

Mañana daré una paseo por el retiro en la más absoluta soledad y pensaré en lo bonito que sería no pasear tan solo. Pero ahora me da igual. Ahora, que se joda el sol.
 
Catarsis (o como soñar)
Contemplaba desde su ventana el horizonte, en el que las derrotadas montañas habían dejado paso a enormes colinas redondeadas por el paso del tiempo y las fuerzas de la naturaleza, las mismas que a tantos se habían llevado, años atrás.

La valía que una vez había reinado en su corazón, se había convertido en desidia y rencor, pero ya tan débiles como inútiles. Su sed de venganza era en vano. Su tiempo, el de los suyos, se había acabado.

La llegada del otoño ya no escoltaba la caída de la hoja, la suave luz del sol de Octubre ya no tintaba las llanuras de oro. El cielo parecía más alejado y los niños ya no soñaban con hacerse mayores. Ya nadie esperaba las visitas del destino.

Decidió partir lejos, hacia otro lugar en el que su desaliento tuviera rivales con los que luchar. Desde los inmemoriables tiempos de guerra, la gloria, su gloria, iba en decadencia. Ya no era un hombre fácil de halagar. Ahora la palabra era fugaz en sus oídos, sólo escuchaba el recuerdo de las voces que algún día habían sido su compañía, su alegría.

Y encontró otro lugar. Un lugar en el que volvió a enfrentarse al duro invierno con ambición, donde reinvirtió sus destrezas y llenó su anonimato de gloria.

Y lo llamó Madrid.