
Oye mar, bébete en mi pecho y ahógame el dolor.
No se vosotros, pero yo siempre regreso al mar cuando no hago pié en mi vida. Siento algo así como un “volver a casa”. Me siento en la arena y poco a poco pierdo la consciencia de persona y me integro en ese murmullo de olas.
Tal vez es una reminiscencia fetal, un eco de esas aguas maternas cálidas y seguras. No lo se, eso lo dejo para los psicólogos. Lo único que puedo decir es que cuando me pierdo, cuando dejo de verme, cuando todo parece derrumbarse a mi alrededor, el único castillo que permanece en pié está en mi playa, junto a mi mar.
Audio; Oye Mar...Chenoa (clica sobre foto)
DONDE LAS PALABRAS MUEREN ...
Y ahí estas tú, una oruga de carne desprotegida. Un cabezón enano, medio cegato y desdentado. Dependes de lo que otros quieran hacer de ti y contigo.
Sigue latiendo, sigo viva.
A menudo me pregunto qué nos impulsa a vivir. Quiero decir, cuál es el motivo de hacerlo por instinto. Muchas veces, tantas, demasiadas… la vida no es fácil ni compensa. Veo barbaridades a diario. No me hace falta leer periódicos ni saber de grandes masacres. Me enfrento a dramas personales disfrazados de “normalidad” en la mayoría de mis pacientes. Historias de sufrimiento y dolor pintadas en sonrisas de carmín y chistes fáciles. Pero ahí le andamos, echando hacia delante aun que nos cueste la piel.
Mil veces levanté esas máscaras, como levanto la escara de una herida para drenar y limpiar infecciones ocultas. Y mil veces me encontré con ojos abiertos de miedo, cubiertos por lágrimas secas y bocas cosidas con pespuntes de silencio.
Y esas bocas, como la mía, son cementerio de gritos, sepulcro de palabras calladas. Esas palabras sin voz que no se dicen por temor no se muy bien a que. Esas bocas que son el lugar dónde las palabras mueren.
Late… vivo.
Fotografia; "Shout" de Misha Gordin


