LA HOGUERA DE LAS VANIDADES

El tiempo pasa sin apremios pero sin pausa. No hay tregua en su marcha y para cuando te quieres dar cuenta, hablas en pasado de aquello que aun sientes presente.
Hoy me miraba en el espejo intentando descubrir los cambios que los años causaron. Y me ha sido difícil, créeme. No porque no los haya-que los hay, evidentemente- sino porque los he ido asumiendo de tal modo, que no me resultan ajenos.
Soy otra, y sin embargo no me siento distinta.
Se acerca el verano y una especie de locura nos asalta. Como si el resto del año no hubieran espejos, de pronto parecemos descubrir todas las imperfecciones de golpe.
-Ponme a dieta ya, prohíbemelo todo.-Es la consulta más frecuente en estas últimas semanas. Tanto hombres como mujeres, no creas que la vanidad es territorio femenino.
Debe de ser que las arrugas, la flaccidez, la celulitis, los kilos de más florecen en primavera. Y me pregunto si esa floración nos convierte en capullos hibernados durante el resto del año. Porque, vamos a ver, no estamos más viejos ni más gordos en bikini o bañador que en traje chaqueta.
Y esa necesidad de juventud eternamente perfecta llega a esclavizar nuestras costumbres e incluso nuestra propia estima de tal forma, que distorsionamos nuestra imagen al tomar como referente modelos físicos fuera de nuestro alcance y rango de edad.
No seré yo quien lance la primera piedra contra este escaparate- Dios libre a esta pecadora tan culpable como cualquiera.- Pero sí me pregunto de dónde viene esta necesidad de perfección.
A veces veo a mujeres y hombres maduros que llevan con muchísima dignidad su edad. Aspecto juvenil y cuidado que despierta mi admiración- e incluso atracción por algún madurito. Me hacen pensar que son personas que disfrutan de su tiempo, de su edad.
Luego me tropiezo con otras que se aferran a un estilismo joven, intentando aparentar lo que ya no son. Y no me refiero solo a un aspecto físico, sino a un conjunto, a una actitud. Entonces siento lástima, porque son viejos disfrazados de jóvenes.
Yo, que soy vanidosa por naturaleza, y mucho, -mea culpa- reconozco mis treinta y ocho años. Y prefiero tener mi edad bien llevada a intentar aparentar unos veinte ridículos cayendo en el absurdo.
Me pondré mi bikini con mi cuerpo casi cuarentón. Y partiendo de esa base, solo puedo pensar que para mi edad estoy de P.M. Con mi celulitis incluida, las estrías, la flaccidez y lo que me pongan por delante.
Quizás por eso, cuando me miro al espejo, sigo viendo a la misma persona que hace veinte años sin necesidad de aparentarlos.
COSAS DEL RANKING

Mire usted, que yo estaba aquí tan tranquilamente, perdiendo el tiempo sin necesidad de mucho más. Posteando cuando me daba la gana- esto es de uvas a brevas- y contando lo que me parecía sin preocuparme por las visitas.
Y no es que me moleste tener buen café preparado con un platito de pastas-me gusta su olor, me recuerda a mañanas dormidas y noches sin bostezos. Es más bien que ando vaga y quizás, los años me están convirtiendo en una comodona ermitaña.
Verá, es que yo no entiendo de listas y aun no se como llegó mi dirección a los Más Leídos. Y me pregunto qué interés pueda tener esta jaula de loc@s, sin rigor temático, ni periodicidad, ni cierto, concierto o desconcierto.
En todo caso, no pienso limpiar a fondo ni colgar cortinas nuevas-que lo sepa. El café siempre estará a punto, eso si. Así que si decide entrar, siéntese donde pueda y disfrute si le apetece.
Y sino, tanto gusto y hasta la vista.
Hoy me levanté con el ánimo pelín canalla. Y esto, si voy al volante es más bien peligroso. El camino a mi consulta se transforma en una larga carretera solitaria castigada por el sol. Los postes de la luz me acompañan en su andar gregario, tan estirados ellos, y yo los veo pasar zumbando. Imagino su cara de amargados mientras mi descapotable rojo les adelanta de dos en dos.
Apenas siento el viento seco envuelto por la música de mi radio.
Miro mis gafas oscuras desde el retrovisor, mientras me ajusto el pañuelo que llevo en el cuello. Mi pelo estira sus manos, libre de gravedad y ataduras. Piso a fondo el acelerador, calzando hasta el fondo el tacón de aguja.
Me enciendo un cigarro y sonrío. El día comienza y el mundo es mío.
Claro, que luego llego al ceda el paso, y un bocinazo me saca de mi descapotable rojo para meterme en mi Huevito-comúnmente llamado C3. Los postes se convierten en señores mala leche que aún no desatascaron sus legañas y que me gritan no se qué de fregar-¿se estarán ofreciendo como asistentas?. Oye, que malita está la cosa del curro.
Eso si, conservo mis gafas de sol y esa sonrisa de triunfo antes del combate.
Hit the road Jack de Laverne Butler
QUÉ FÁCIL ES

Romper una infancia
El día que le vi por primera vez, debía tener unos nueve años. Venía con su hermano mayor, un adolescente autista de mirada huidiza, y su madre. Una mujer peculiar, vestida con muchos colores y un pelo muy sucio recogido en dos trenzas. Sobrepasaba los cuarenta.
Él no paraba en la consulta, interrumpía continuamente mientras toqueteaba todo cuanto tenía a mano. Me preguntaba sobre todo a pesar de los ”cállate ya imbécil” que su madre le escupía a grito pelado. Cuando marchaban, aquella mujer dejaba un fuerte olor a sudor en mi consulta y un amargo sabor en mi boca.
A punto estuve en una ocasión de avisar a servicios sociales, pues sospechaba que ambos críos sufrían mal trato y abandono. Pero sus padres se separaron y pensé que tal vez yo estaba viendo fantasmas, que toda aquella crispación se debía a los problemas de pareja. Confiaba en que poco a poco las cosas se normalizarían y esos niños podrían llevar una vida con algo de sentido común.
Me equivoqué.
Un día le trajo su madre, a empujones como siempre, con malas palabras para variar.
-No me come nada,- recuerdo su mirada extraña. Siempre alerta, ansiosa, agresiva.- este imbécil dice que está gordo y no quiere comer.
Antes de que pudiera protestar por el insulto el crío ya le estaba contestando.
-Porque cocinas fatal y me da asco lo sucio que está todo- Estoy convencida de que de no haber estado yo allí, el bofetón era seguro. Interrumpí la discusión.
-Vamos a ver, tú no estás gordo… Hubiera dado lo que fuera por poder hablar a solas con él. Le solicité una analítica e indiqué a su madre que sino podía acompañarle, entonces ya trabajaba, el niño podía venir solo. Me comprometí a llamarla después y explicarle la situación.
Pero los meses pasaron y él no vino. Su madre apareció un día con su otro hermano y me contó que el pequeño se había ido con su padre. En parte sentí alivio.
Hace dos semanas le vi en la sala de espera. De aquel niño inquieto y respondón no quedaba nada. Un joven extremadamente delgado me miraba tímidamente detrás de sus gafas sin apenas levantar la cabeza. Le llamé por su nombre.
-¡¿Te acuerdas de mi?!- me preguntó sorprendido.
-Pues claro, llevo años esperándote. Cuéntame.
Fue una consulta dura, como la de hoy. Me habló de su problema evitando llamarlo por su nombre. Me contó su relación con la comida- más bien su no relación-, me habló de sus carencias, del porqué no comía, ni siquiera cuando tenía hambre. Tuve que mirar en el vademécum para recetarle un estimulante del apetito, mirar precios, pues no quería que nadie de su entorno supiera lo que estaba pasando y solo tenía cinco euros. Y yo pensé que si ese niño le importara realmente a alguien, no hubiera hecho falta que él dijera nada porque haría mucho tiempo que lo habrían notado. Sentí pena y rabia.
Finalmente le di yo el dinero para las ampollas que quería que tomara. Y pactamos.
Yo me comprometí a no mover ficha de momento, hasta no tener bien claro qué tipo de ayuda podía conseguir de servicios sociales sin empeorar las cosas.
Él prometió acudir regularmente a consulta y ser sincero consigo mismo respecto a la comida.
Cuando se fue volví a pensar lo de siempre, que me falta el recetario de “sírvanse dos hostias al portador cada ocho horas”. La mayoría de las veces no las prescribiría al paciente, sino a alguien de su entorno. Estoy convencida de que con esto curaba más de una vida.
I Will Survive de Gloria Gaynor

