Vivir por unos días...morir otros tantos
Ya no eran horas pero daba igual. Ligia se sentó frente al piano de pared. Echó un último trago de whisky y comenzó a tocar.
Los dedos, en principio agarrotados, cobraron movilidad. Poco a poco se fueron deslizando sobre el teclado con toda la naturalidad del mundo. Nota a nota, segundo a segundo, sus manos fueron trazando una melodía que creía ya olvidada, un cántico imposible de repetir.
Al contrario que otras veces, no subió ningún vecino a protestar. Todos permanecían mudos, absortos, escuchando.
Ligia no daba crédito:
- ¡Dios!, ¡qué paz! mmmmmmmmmm...
En ese momento cerró los ojos y se dejó llevar...
Desde aquel piano de segunda mano fueron saliendo los días en los que todo se limitaba a encontrar la dosis siguiente, el hijo que pudo tener y no fue, el abandono de su ex marido...
-Mmmmmm. Mmmmmm.
Se fue sintiendo más segura de si misma, más volátil, más fuerte.
Siguió tocando y tocando...con los ojos cerrados...dejando que la música envolviera su cuerpo y su alma: tocando, tocando...
-Mmmmmm. Mmmmmm. Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm.
De repente, un profundo suspiro la dejó sin fuerzas. Inclinó la cabeza hacia adelante, dejó caer los brazos y lentamente se desplomó sobre el suelo...
¿Muerta?. No. Tan sólo otra borrachera más. Pero esta vez con elegancia, en su casita de alquiler y nada más que los fines de semana. Entre semana había que trabajar. No como antes, tirada en la calle a cualquier hora. Ya había aprendido la lección.
A solas una vez más.
