Refugiado
- Éste... soy jubilado. Fui directivo de un equipo de primera, ché. Quedamos de los cuatro primeros en la liga argentina este año.
- ¡Coño!
- Viajo acá, allá. No tengo rumbo fijo. Estoy tan cansado de mi país que prefiero desir que soy gallego o uruguayo, ¡la puta madre!
- ¡jajajaja!
Pasadas unas horas, aquellos turistas españoles se marcharon por donde habían venido: a sus hogares, a sus realidades hipotecadas, a la rutina desesperante entre el asfalto y el hormigón.
- ¡Capullos!
- ¡Papá!, ¡no hables así!
- Tranquilo, hijo. El más capullo de todos ellos soy yo. Bastante tengo con vivir aquí, contigo, en un país tercermundista, escondiendo mi propio origen y entreteniendo al personal. Ni tan siquiera puedo decir que soy el padre del director de este hotel. Ni tan siquiera puedo sentirme un mueble o una atracción más. Ni tan siquiera eso.
- Bueno, ya sabes lo que hay.
- A veces me pregunto si no hubiera sido mejor dejarme morir de hambre con la mierda de pensión que me daban en Madrid, que tener que fingir un acento e inventarme una vida que nunca existió.
- Más cornás da el hambre, ¿no es eso lo que siempre dices?
- Sí hijo, sí. ¡Me cago en todo!
Y aquel hombre de pelo blanco se levantó lentamente y fue caminando hasta la barra para tomarse otra copa más y olvidarse de la vida que dejó y la vida que tiene hasta el día en que se muera.
- ¿Salud para qué?, se le oyó decir entre dientes....
