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Historias reales o no
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Sorpresa

- ¿Sabes a quién me he encontrado esta mañana por la calle?

- ¿A quién?

- Al " pelos".

- Venga ya.

- Que sí, tío. Que sí. Joer, que recuerdos.

- ¿Qué te ha dicho?

- Me he quedado flipao, la verdad. Nunca le había visto tan serio y tan profundo. Él, que siempre estaba de risas y era de lo más macarra del barrio. Le he preguntado que tal le iba, lo típico, y se me ha quedado mirando, así, raro.

- ¿Cómo?

- Bueno, ya sabes. Desviaba la mirada todo el rato y estaba algo pálido. Me ha puesto una mano sobre el hombro y me ha dicho en voz muy baja que no dejara nunca de sonreir ni de prestar mi ayuda y mi cariño a los demás. "No hagas como yo". "No pases de todo y de todos". " No te creas el centro del universo". "Tu fuerza te la dan los que te rodean y te quieren a pesar de todo". "Ahora lo estoy pagando muy caro". "Nadie me cree" "Nadie me espera". Y acto seguido, me miró muy fijamente y se despidió para siempre. Y ahí lo he dejado. Estaba pálido y andaba torpemente. Iba puesto, fijo.

- No, no creo.

- Pero si casi no se podía sostener solo, no jodas.

- Ya. Eso es lo raro.

- ¿Ah, sí? ¿Por qué?

- Ayer por la tarde, me crucé con su hermana cuando venía de currar. Acababan de enterrarle.


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Nostalgia
El viento sopla con fuerza. Fuera, se oyen las voces de los chiquillos. Son las cinco de la tarde. A esa hora, salen corriendo, entusiasmados de saber que hoy es viernes y no tienen clase hasta el lunes. Gritan, tropiezan, se pelean.

Los pequeños van al encuentro de sus padres. Los mayores, en corrillos, van planeando lo que será un fin de semana, sin duda, inolvidable. Todos tienen algo en común. No hay más que mirar en sus ojos. Ese brillo inmaculado en sus pupilas. Esa ilusión, esa emoción. Fe. Como les envidio.

Quisiera ir uno tras uno y rogarles que me dejen un poco de estos dones. Que yo también quiero volver a creer. Y, sin embargo, no me dejan.

Tal vez por eso me retengan en esta habitación acolchada, atado de pies y manos.


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Dios existe
Hace tiempo, en un parque cualquiera, en la ciudad de Madrid:


- ¿Sabés, qué, viejo?

- Desidme

- Dios no existe.

- Ché. ¿De qué hablás a estas alturas del partido, pelotudo?

- Pues eso, ¡carajo!. ¿Es que no entendiste?

- ¡Andá y no me jodas, pibe! ¿Ya le diste tan de mañana al vidrio?

- Ché, ché. No ofenderse, eh. No ofenderse.

- Pues que coño estás contando.

- Eso mismo, ¡viejo! Que Dios no existe.

- Andá, andá vos con vuestra mala sombra a otra parte y no me jodas más este poco sol que queda, ¿eh?

- Ché, compadre. Pará el carro. Digo que Dios no existe, no que no existamos vos y yo. Es distinto.

- ¿Y por qué fue si puede saberse?

- Miráte, viejo. Miráte. Después, miráme a mi. ¿Qué somos?

- Ché. ¿Qué vamos a ser? ¿Gardel y Evita Perón? Somos dos abuelos aquí sentados, esperando que llegue la vieja y nos lleve. ¿Quién quieres ser?

- Nadie, nadie. Pero ahora que desís lo de la muerte, que cada ves está más próxima, ¿de verdad no la tenés miedo?

- Pero qué carajo te dieron hoy para desayunar. ¿ Te has dado un empacho de Unamuno?

- No. No quiero convertir a Dios en un tango. En un gol desde fuera del área. Sólo digo que mirá a tu alrededor, pibe. Mirá.

- Sí, ya veo. ¿Y qué?

- ¿Ves a esa joven pareja de allá?

- ¿Los que están retosando en la hierba?

- Esos.

- Sí. ¿Y?

- ¿Cuántas veses has besado tú a una mujer? ¿Cuántas veses has amado así, entre tus brasos?

- Ché, ché, boludo. Mis pecados son míos y ni siquiera a Dios tengo que rendir cuentas de ello. ¿Entendiste? Ese purgatorio es mi pequeño lujo así que no te metás en él. A vos os lo voy a contar.

- Ja, ja, ja. Que mal sabés mentir, pibe. Si tuviéseis vos esos pecados, ya lo sabría.

- ¿Sí? ¿Por qué?

- ¿Has visto como él le estaba metiendo mano a ella por debajo de la falda?

- ¡Andá a cagar, pibe! ¡qué coño estáis disiendo!

- ¡Eh! , ¡eh! Que te he visto con el rabillo del ojo, compadre. Ya te he dicho que sabéis mentir muy mal.

- Sí. Está bien. Los he visto y ahora me disponía a echarles la bronca, aquí, delante de todo el mundo. ¡Qué vergüensa!

- Claro, claro. ¿Y de verdad que no has sentido envidia?

- ¡Ché!, ¡ché! ¡Qué obsenidad es esa!

- ¿Obsenidad? Ahí está el fallo, compañero. Ahí está el fallo.

- ¿Por? ¿Cual?

- Si Dios existiera hubiéramos sonreído porque esa escena nos hubiera recordado tiempos mejores. Tiempos en los que nuestros cuerpos eran jóvenes y podíamos amar con él, comunicarnos con él, sentir toda esa pasión que sale por los poros y habernos sentido amados al mismo tiempo.

- Dios nos quiso para que amáramos fraternalmente a los demás, pibe. Por eso somos saserdotes.

- Sí, claro. Y eso también lo hemos hecho. Lo que no entiendo es porque nuestra santa madre iglesia se empeña en hacer incompatibles la una con la otra. "Amaos los unos a los otros" eso fue lo único que dijo Jesús. Y una parte de ese amor se manifiesta mediante ese deseo de abrazar, de acariciar, de tocar, de besar. Y a nosotros, máximos representantes de esa doctrina de amor, se nos prohibe tener acceso a él. Sólo somos unos teóricos. Nada más. El amor practicado es incompleto. Hemos dado nuestra vida hacia los demás, por amor, y ni tan siquiera hemos sido capaces de experimentarlo en nuestras propias carnes. ¡Qué triste! Por eso digo que Dios no existe. Ahora me doy cuenta. No para nosotros, de manera tan completa. Pero sí para ellos que se están amando con toda la energía y todo el fervor del que son capaces. Aunque solo dure un instante pero al menos se están amando. Al cien por cien. Dios existe solo para aquellos que han vivido la vida, que la viven de una manera plena. Para los que no se han mantenido al margen de ella, como nosotros, recluídos en oscuras iglesias, encerrando el amor entre cuatro paredes, rodeados de imágenes sangrientas y lanzando temerosos sermones. La vida es para vivirla. y el amor, compadre, con sus errores y sus aciertos, es para sentirlo. Y no, no a medias, como nosotros. No como se nos ha impuesto, a capricho.

- ..... ¡La concha de tu madre! ¡Sós un pelotudo, pibe! ¿Y no podríais haber dicho esto hace cuarenta años y no ahora que ya no tenemos remedio? ¡Sós un viejo verde!, ¡iros al carajo!

- No, pibe, no. Sólo soy argentino. Recordá: es mejor morir marcando un gol que no esperá a que te pasen la pelota.




Dedicado a mi amigo Mariano por aquella conversación que tuvimos.
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