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El último beso de Afrodita

Miércoles por la noche.

Dos de la madrugada.

El pub se encontraba en penumbra. Al fondo, una mujer rubia, de unos cuarenta y muchos años.

- Esta es mi noche. Desde que el cabrón de mi ex-marido me dejó no he vuelto a sentirme amada. Necesito a alguien a quien poder abrazar, a alguien al que poder acariciar por las mañanas. No puede ser cierto que tenga toda una vida por delante sin nadie más a mi lado. Puede que sea esta mi última vez, no lo se. Tampoco se cuantas copas llevo ya. Me da igual.

Vestía traje ceñido, maquillaje excesivo para disimular la edad.

- Vaya, ¿y esa quién es?
- Joder, una tía sola. ¿La habéis visto?. Va pidiendo guerra. Voy pallá.

Tres hombres trajeados en el otro extremo de la barra. Aparte de ellos, dos camareros dentro. El puerta,sentado, viendo la televisión.

- Vaya, ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
- Esperarte, cariño.
- Bueno, pues aquí me tienes. ¿Puedo invitarte a una copa?
- Claro.

Transcurrieron unos minutos entre risas y curiosidades mutuas...

- ¿Me disculpas un momento? Tengo que ir al baño, enseguida vuelvo.
- Por supuesto.

Afrodita se quedó sola en la barra.

- ¡Dios!, ¡por fin!, ¡por fin encuentro a alguien!. Maduro, interesante, con las ideas claras. Bien, nena. Estás muy cerca de comenzar una nueva vida...

Pero aquel hombre no volvió. Una vez que hubo salido del baño, se encaminó hacia donde estaban sus compañeros de trabajo.

- ¿Habéis visto? A esta zorrita la saco fuera del garito en dos minutos y me la follo bien follada esta noche. Tiene pinta de guarra. Mmmmm, tiene que ser una máquina en la cama. A ver, se admiten apuestas.

- ¿Guarra?, ¿zorra?.

Ella sólo se había vestido así esa noche porque quería sentirse atractiva, porque se sentía segura de si misma. Había contemplado la idea del sexo pero ya no le hacía gracia. Las risas eran demasiado evidentes, la distancia, demasiado corta como para no detectar las burlas.

- ¿Será hijo de puta el tío?.

- Ahora veréis, chavales. No me esperéis que esta noche salgo por la puerta grande.

Cuando aquel hombre de traje azul marino se dio la vuelta para volver con ella, Afrodita le hizo un gesto de desaprovación que él entendió enseguida.

- ¿Será calientapollas esta tía?. Ahora va y me dice que no. Pero que puta es. ¡Bah!, por mi se puede ir a tomar por culo.

En aquel momento, desilusionada, derrotada, Afrodita pidió otra copa más y se refugió en el rincón más oscuro, donde nadie la pudiera ver llorar.

- Ya nadie me quiere. ¿Por qué, dios mío?, ¿por qué me rechazan de esa manera?

Pidió otra copa y luego otra y luego se quiso dirigir al baño. Se tambaleó de la silla al querer incorporarse y enseguida una camarera la ayudó. Al terminar y volver a su sitio alguien le sujetó el brazo.

-Perdone, acompáñeme. En ese estado es mejor que salga a tomar el aire. Aquí ya no puede beber más.

¿Qué se puede discutir con un puerta?

Afrodita, comprendiendo su mala fortuna, se dejó hacer. El caminar se le hizo muy lento.

- Aquí tienes, ¡¡capullo!! Un beso de despedida.

Cuando pasó a la altura del hombre que instantes antes se había reído en su cara, una ola de indignación le subió desde el estómago y se descargó sobre ese traje impecable, vomitando encima el elixir de su desgracia.

- Ja,ja,ja,ja. ¿Quién es ahora el patético?

Todo el mundo quedó paralizado.

Esta vez, quién salía por la puerta grande era ella.
No