Deshumanización
Aladino era un chico alegre e inocente, de apenas diecinueve años. Un chico al que le encantaba el rock and roll.
Su rincón favorito era un pub donde iba cuando podía y se maravillaba con los conciertos que allí se daban.
- Joder, imagínate poder ver todos esos grupos tocando cada vez que quieras.
- Bueno, querer es poder, le respondía su colega.
Y dicho y hecho, al cabo de un par de fines de semana, ya le teníamos detrás de la barra sirviendo copas.
- Eh, tío. Ponme un white label con coca-cola, anda.
Nada.
- ¿Es que no me has oído, o qué?
Aladino permanecía perplejo, absorto. Sus sentidos y su alma estaban fijos en aquella actuación, en aquel solo de guitarra que salía del escenario.
- ¡Eh!. Que no te pago para escuchar sino para atender a los clientes. Vamos.
Pero no había manera. Con cada actuación, en cada punteo, Sentía como se le erizaba todo el vello y el corazón le latía a doscientos por hora. Su felicidad era completa.
- A ver, chico. Llevas ya tres fines de semana de la misma manera. Estamos perdiendo gente así que toma lo tuyo y vete a tomar por culo.
Ahora, Aladino ya no sonríe. Ya no es feliz. Trabaja en unos grandes almacenes y sólo piensa en vender y putear al resto.
Cada vez que por el hilo musical suena algo de rock, va tarareando hasta el cuarto de baño y se tira un buen rato llorando.
Humanizándose.
