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Historias reales o no
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Efialtes, de oficio, escritor.

El hombre del rostro perfecto era deseado allí por donde pasaba. Y él lo sabía. Adoptaba ese rictus entre ingenuo y sinvergüenza que a las mujeres les vuelve locas. Las miraba fijamente y éstas, palidecían de emoción.

Cercano a él, se encontraba otro hombre. El hombre de la sonrisa perfecta. El hombre con cara añiñada y sonrisa profident. El de la mirada de cordero degollado que tanto les enternecía y enamoraba.

Detrás de ellos, al fondo de la barra, en una esquina, escribía y daba grandes tragos otro hombre. Después de emborronar un par de servilletas, se volvía a su casa y no paraba de escribir con su vieja máquina hasta que conseguía reflejar lo que llevaba dentro.

Él, era un hombre distinto. A mi amigo Efialtes ninguna se le acercaba. Su estatura y su físico casi deforme, sin embargo, le llevaban a verter su frustración sobre el papel. Y andando el tiempo, llegó a convertir sus versos en poesía que mereciera la pena. Supo darle a sus palabras la vida que él no tuvo. Y dio aire a pulmones maltrechos. Consiguió remendar corazones rotos, secar lágrimas inacabables, hacer soñar.

Ya de muy mayor, le otorgaron uno de los premios más importantes del mundo de la literatura debido a su valor. Cuando subió al estrado y lo recogió, hizo algo que nadie esperaba. Con mucha parsimonia y con el rostro totalmente serio, se fue quitando la ropa hasta que quedó desnudo del todo. Después, habló así para la concurrencia:

" ¿Ven mi imperfección? ¿Ven bien este cuerpo deforme? Es mío. ¿Alguien lo desea? ¿Alguien lo quiere? ¿No? Ya me parecía a mí. Premiar las noches en vela, los abrazos que no tuve, el cuerpo que no pude besar con mis labios y mi sexo, es, sencillamente patético. No quiero dar las gracias a nadie. Sin piensan que este oficio es bello, váyanse a la mierda. Cambio todos lo dicho hasta ahora por una noche de lujuria desenfrenada. Lo doy todo por sentirme tan deseado como el más humilde de los mortales. Como esos payasos de mármol con los que sueñan con acostarse muchas mujeres. Aunque luego te reconozcan que no. Que no tienen conversación y tú sí. Qué hipócritas. El deseo está ahí y ese deseo, por mucho que su consciente les diga que no, les traiciona. Su subconsciente les lleva, como a nosotros, a elegir lo mejor que percibimos desde los sentidos. Y ya estoy harto. Estoy harto de hablar y de escribir. Harto de escuchar y de contemplar como la victoria siempre es para otros. No. No quiero ni éste ni ningún otro premio. Ójala no hubiera escrito nunca nada"

Y dicho esto, dejó su trofeo en el suelo y se alejó de allí con su ropa bajo el brazo y un silencio sepulcral de ruido de fondo.

Murió sobre su vieja máquina de escribir y lágrimas en su rostro.

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