Saulo, ¿por qué me persigues?
Ocurrió tal día como hoy.
- Lo siento. Ya es demasiado tarde para intentarlo de nuevo. Adiós.
Tras terminar dicha frase, cerró con un portazo y por las escaleras fueron rodando años y año de sufrimiento. Paula ya no le necesitaba. Se sentía, por fin, libre. Se sentía viva. Adiós, Saulo. Adiós.
Al otro lado de la puerta quedó la mujer ingenua que le había aguantado lo indecible: borracheras, gritos, peleas...Detrás, quedaba la mujer fuerte dispuesta a quererse más a si misma, a darse una segunda oportunidad.
Paula lo había conocido en el instituto. Tenía aquella edad en la cual se sentía atraída por los chicos que se las daban de duros. Alto, rubio, ojos verdes, chupa de cuero y vaqueros rotos. Saulo se burlaba de los profesores, engañaba a sus novias, desaparecía de su casa cuando quería...Ella cayó rendida en sus brazos.
Saulo continuó con su tren de vida y Paula con él. No le importó en ningún momento que no cambiara. Ella a lo único que aspiraba era a estar con el macho más fuerte de la manada y creía que lo había conseguido. Ahora tenía algo de lo que presumir y lo mantendría a cualquier precio.
Las hojas del calendario fueron pasando irremediablemente y un día cualquiera, Paula se dio cuenta de la necesidad de cambiar. Se iban haciendo mayores y ella quería independencia, estabilidad. Habló con Saulo de la necesidad de encontrar un trabajo estable, de hacer una vida en común... Nada. Las conversaciones terminaban a voz en grito. A Saulo le daba igual. Como no terminó el bachillerato, entró a trabajar en una de las muchas empresas existentes en cualquier polígono industrial que hay en las afueras de las ciudades. El problema fue su inadaptación. En el instituto hacía lo que le daba la gana. En su trabajo, también. Este niño consentido se había convertido en un adulto irresponsable que pensaba que todo tenía que serle concedido porque sí, porque era a lo que estaba acostumbrado. Por supuesto, una vez que hubo salido del mundo ideal que le habían fabricado sus papás, se dio de bruces con la realidad más cruda. Se encontró con un mundo de normas, de respeto hacia el otro, de necesidades que cubrir, de paciencia... Imposible de soportar. Cada vez que un jefe le llamaba la atención, bien por llegar tarde, bien por no hacer lo que tenía que hacer, montaba en cólera delante de todos. Su educación brillaba por su ausencia y esto, en el mundo real, era castigado. En consecuencia, no duraba mucho en ninguna parte, a lo sumo un par de meses.
Paula, todavía enamorada de él, iba a consolarle con sus frases y sus caricias. Ella, por su confesión religiosa, venía de un entorno machista, donde predominaba la palabra del hombre y no se le daba ninguna importancia a la de la mujer. Tampoco se lo planteaba, no era su costumbre.
Saulo, que siempre había sido un niño egoísta, la consideraba como una posesión más, una posesión de la que tenía que aguantar de vez en cuando sus charlas y darle la razón si quería tocarla, claro, cosa que al final conseguía. Como Saulo había estado acostumbrado siempre a que todos accedieran a sus deseos, no se planteaba el hecho de cambiar de actitud, de estar equivocado. Por lo tanto, siguió en sus trece.
El hecho de que siempre terminaran expulsándole de todos los trabajos que tenía, motivó en él un cambio de personalidad. Dejó de ser el chuleta graciosillo del barrio y pasó a convertirse en una persona silenciosa, que ahogaba sus penas dentro de una botella, cocaína o la droga que se le pusiera por delante. Estar colocado era la única solución a sus problemas, la puerta de entrada a ese mundo anhelado en el cual nadie le decía lo que tenía que hacer.
Entretanto, Paula aún conservaba la calma y el amor suficientes para buscarse un par de trabajillos y encontrar un piso de alquiler. Él le había repetido por activa y por pasiva que le haría caso, que mañana encontraría otro curro y no lo dejaría. Que la haría feliz.
Así fue como Saulo se encontró con una vivienda propia, comida caliente, ropa limpia y una mujer con la que desahogarse por las noches. Había pasado de vivir cómodamente en casa de sus padres a vivir por cuenta ajena, igual de bien. Arreglada su supervivencia, Saulo siguió haciendo lo único que sabía hacer mejor: pasar de todo. Paula, por el contrario, era la que llevaba el peso de la relación. No sólo trabajaba a destajo sino que además realizaba las tareas del hogar con igual eficacia.
Un mal día, cayó agotada por tanto esfuerzo y tuvo que ser hospitalizada. Necesitaba reposo absoluto, el feto podía peligrar. Ahora le tocaba a ella. Al principio, a Saulo le llevaron los demonios. Sabía lo que tenía que hacer y eso implicaba un giro radical en sus costumbres. La vida se le había revelado con toda su responsabilidad y ahora debía madurar a marchas forzadas. Cuando se hubo dado cuenta de la importancia que tenía la paciencia, de que ningún trabajo era de color de rosa y tocaba aguantar carros y carretas muchas veces, su rabia fue yendo en aumento. Si quería mejorar de posición laboral, necesitaba una preparación, unos estudios que él no había aprovechado. En aquellos momentos se sentía atrapado. Se veía de por vida realizando el mismo oficio. Un oficio que no le gustaba dentro de una vida que no le gustaba. Comenzó a sentir el amargo sabor de la frustración por no haber cumplido sus sueños y debido a su falta de costumbre, se desahogaba gritándole a su mujer o estrellando lo primero que encontrara a mano contra la pared más cercana. Paula, dada ya de alta aunque todavía impedida por su enfermedad, lo único que podía hacer era llorar y preguntarle:
- ¿Por qué, Saulo?, ¿por qué me persigues?
Ahí despertó. Por fin se dio cuenta de lo equivocada que estaba con respecto a él. De todas las oportunidades perdidas, de toda una juventud aguantando, de miles de mujeres que habían pasado por su misma situación desde hace cientos de años y además lo habían aceptado con resignación. Patético. No lo soportaba más. No quería soportarlo más. Se separarían.
Tras recibir la noticia, Saulo se dio cuenta de que Paula iba totalmente en serio y la reacción en principio fue de sumisión total. Sabía lo que perdía si ella se marchaba definitivamente por lo que comenzó a portarse de otra manera. Ahora era él quién trabajaba en dos sitios, quién llevaba el peso de las tareas y quién llegaba pronto para cuidar de su mujer.
Parecía increíble pero era cierto. Aún así, había algo que no encajaba. Conforme Paula se fue recuperando y pudo seguir con su vida normal, comprobó como su pareja volvía, de cuando en cuando, a llegar a las tantas con unas copas de más. El lobo volvía a aparecer otra vez tras la piel de cordero. Al principio no le dio importancia pero pasadas unas semanas y algunos ceniceros rotos supo que ésta vez era la definitiva. Saulo seguiría siendo el adolescente mimado dentro de un cuerpo cada vez más podrido por los excesos. Cualquier día podía pasar a tirarle algo a ella. De ninguna de las maneras. A falta de un mes para dar a luz, Paula hizo las maletas y se marchó a casa de sus padres. Saulo se presentó al cabo de pocos días pero ella no quiso saber nada. Amenazó con suicidarse si no volvía. Nada. Amenazó con asesinarla. Nada. Fue a la comisaría más cercana y puso una denuncia. Le tendrían bajo vigilancia. Se produjo un último intento de arreglar las cosas por parte de él pacíficamente, con la policía como testigo. Nada. Un hombre así no cambia de la noche a la mañana. Todas las promesas son mentiras. Ya le conocía.
- Lo siento. Ya es demasiado tarde para intentarlo de nuevo. Adiós.
Tras terminar dicha frase, cerró con un portazo y por las escaleras fueron rodando años y año de sufrimiento. Paula ya no le necesitaba. Se sentía, por fin, libre. Se sentía viva. Adiós, Saulo. Adiós.
Había triunfado, por fin, el amor propio.
Comentario:
Magnifico relato, Señor wookie( osito ).
