Idiomas sin sonido.

Rodeada en cientos de kilómetros sólo por el constante rumor del viento. La Cueva de las manos, en Argentina. Alguien quiso dejar testimonio de vida 9.000 años atrás.
Quizás expresen una súplica a poderes invisibles como dioses, pidiendo protección o ,simplemente, quieren que sepamos que estuvieron allí.
Dejar una señal. Señalar una parcela de tiempo que les pertenecía, un tiempo que como un regazo todo lo contiene y lo transporta.
Porque también con las manos se forman palabras, las que no podemos decir, las que se enganchan entre los dedos, las que se esconden en los ojos y resbalan mudas en el tiempo.
Desde siempre tenemos miedo de ser olvidados. Miedo de llegar a ser nada. Urgencia por dejar rastros al sabernos no eternos.
Nos deshacemos en dias y en susurros. Trazamos surcos y nos creemos inmortales. Pero no volvemos. Volver es un verbo que nadie debería conjugar. No se vuelve. No se retorna. El tiempo no retorna.
Para volver sólo poseemos el recuerdo, pero el recuerdo muchas veces no es una pelicula nitida ; magnifica lo bueno y emborrona lo malo o todo lo contrario.
El recuerdo no deja elegir armas una vez que se le llama , ni permite chantaje. Es poliédrico, selectivo, un rostro impreciso, un ser que baila, como las diosas creadoras de la antigüedad. Con más brazos de los que podemos ver.
Comentario:
Una historia grande e inabarcable contenida en esa foto. Lo infinito de la brevedad, Yamuna. La huella, ese efímero paisaje que muestra su único objeto: resistirse al olvido.
Un besito :*
Comentario:
Me ha encantado la foto y la historia. Da escalofríos pensar en nueve mil años, y en manos que aún siguen ahí.
Comentario:
Creo que los recuerdos es cierto que son un refugio engañoso a veces, bien porque se magnifican, o bien porque se nos escapen detalles que el tiempo ha erosionado, y fueron importantes. Pero cuando una añoranza exageradamente gris nos rodea, son un buen lugar al cual regresar. El tiempo no regresa, lo que fue no vuelve, pero nosotros sí podemos arribar siempre que queramos a la playa en la que habita aquello que llenó algunas horas de nuestra vida con sus brillantes colores.
Un beso, Yamuna.
Un beso, Yamuna.