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El guerrero
"...cuando el Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de un roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más bella de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix, y cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol." Ovidio
Mis Dioses
El Panteón de Heliópolis
Liturgia
Sindicación
 
a vista de pájaro
un ángel de piedra en un cementerio inolvidable, el de Vysehrad, la cuna de Praga

Debe hacer más de quince años. Estaba en 2º ó 3º de carrera, en una facultad con miras a un obelisco. Era un edificio oscuro, nada acogedor, con enormes pasillos donde sólo se colaba la luz por un extremo, mientras que a ambos lados del corredor discurrían paredes grises con puertas de aulas y corchos con notas y avisos. Entrar allí era adentrarse en uno de los círculos infernales de Dante. Llegabas al hall, subías por la angosta escalera y te tropezabas con aquellos pasillos de pesadilla, ramblas subterráneas que cambiaban los peatones y los mendigos con gorra por estudiantes con mochila. Al fondo, aquel ventanal de luz, el objetivo, sólo daba a un enorme vacío.

No era mi mejor época. Detestaba la carrera que estaba estudiando, detestaba mi facultad, detestaba mi piso y, de una manera pasiva, detestaba mi vida. Sabía, aunque no quisiera prestarle atención a la idea, que me equivocaba, que ese no era mi camino sino el de otros, que mi vida me esperaba en otro escenario, que en mi mente los cálculos eran métrica de poemas y los circuitos se unían con óleo en lugar de estaño.

Una noche de un día lectivo cualquiera, en aquella época universitaria, soñé. Es el único sueño que aún puedo revivir con exactitud de todos esos años de estudiante. Llegaba a la facultad y estaba completamente desierta. La entrada, lo único diáfano de aquella mole, parecía suspendida del tiempo. No había secretarios en las ventanillas, ni portero, ni estudiantes ni maestros. Me dirigí a las escaleras y subí al primer piso. Miré hacia el pasillo. Vacío. Subí al segundo y al tercero y comprobé que no había un alma allí dentro. Volví a bajar al primero y me enfrenté al pasillo oscuro, con la postura de un duelista. Dejé caer el macuto con los libros y el sonido retumbó por las paredes hasta perderse del oído. Y empecé a correr.

Corría como un fugitivo, como un atleta batiendo un record. Cada vez más deprisa, sabiendo que acabaría el pasillo y me estrellaría contra la ventana, precipitándome al vacío. Y cuando me encontraba casi al límite de mis fuerzas, con la cara desencajada por el esfuerzo, desplegué mis brazos y... volé.

volando en una jaula

No os puedo explicar lo que sentí. La palabra magia se queda corta para describirlo. Fue un vértigo en la boca del estómago, una levedad que me recorrió el cuerpo en torrente, una gravedad que se había dado la vuelta y me empujaba hacia arriba. La euforia y una felicidad tridimensional se me inyectaron como hormonas, un deseo irrefrenable de vivir, de subir, de volar.

Volé por aquel primer pasillo. Abrí las manos y me elevé, bajé las palmas e hice picados hasta el suelo. Me arqueé para hacer trayectos entre ambas paredes, y cuando llegué a la ventana del fondo, giré dramáticamente para ascender por el hueco de la escalera en un tirabuzón, con los brazos pegados al cuerpo, hasta dar con la siguiente galería. Y repetí el proceso. Y volé, volé hasta llegar al último piso, donde ya no quedaban más peldaños que subir, sino una ventana al abismo. Otra ventana cerrada. Y di la vuelta para repetir el trayecto. Recuerdo despertarme en el momento en que pensé atravesar la ventana haciéndola añicos.

La sensación es irrepetible. Cuando alguien me dice lo maravilloso que sería volar, en mi interior pienso que yo ya sé qué se siente. Sé que puedo hacerlo. He sentido el vértigo. A veces me parece que si lograra conectar con ese instinto interior podría hacerlo en la vigilia. Si lograra aspirar hasta flotar, convencer a mi obstinado consciente que puedo pesar menos que el aire, que todo es relativo.

puedo hacerlo...

He volado mucho desde entonces. Siempre en mis sueños. Y ya no me sorprende, porque cuando en alguna ensoñación determinada deseo volar, simplemente sé cuál es el mecanismo que lo provoca. Mi subconsciente “conoce” la técnica. Pero nunca vuelo en espacios abiertos. Siempre en interiores. Cada vez más luminosos, cada vez más grandes. La última vez era un estadio olímpico rematado con una cúpula de cristal. Llevaba a alguien de la cintura. Jugábamos.

Mis sueños me dicen que mi mundo se abre. Me advierten a su vez que sigo siendo un pájaro encerrado, que aunque estiro los límites de mi jaula, sigo preso.

Al escribir se desmadeja y se desenreda el ovillo de nuestro mundo. He escrito este post inspirado por un comentario de dugongo (gracias, javi, por tu deseo de verme feliz), y de buenas a primera se me inunda el cuerpo de luz. En mis sueños he sido durante 15 años un hombre volando en su encierro. De una galería oscura a un estadio diáfano. Y de solitario guerrero en su gruta, en mi renacer de poeta me convierto en ave en la ciudad del Sol. La metamorfosis era indispensable, sin duda. Porque saldré de Heliópolis a un espacio sin fronteras ni techos. Mi templo se resquebraja. Hay una grieta en mi cúpula de cristal. Ha empezado la cuenta atrás.

Sol.

Viento.

Cielo.

Estoy preparado.

mi par de alas nuevas, a prueba de cúpulas y soles
 
tierra abonada
rosas en mi salón
Nota a la imagen: no me gustan las fotos con flash, porque matan las sombras. Pero hace meses, una noche, pensé que sería una pena que aquellas rosas amarillas de una perfección milagrosa se perdieran para siempre al caer sus pétalos. Y sin flash, la foto no era posible. Así que la hice, y una vez en el ordenador, la traté para devolverle la profundidad que le quitó la luz. Creo que lo conseguí. Y de paso les di un color distinto. Un color imposible. Hermoso. Parece que en vez de un fogonazo fue la luna la que me prestó su reflejo para iluminarlas.

Aprendí de las películas y los libros que la muerte es una vela que se apaga, un prolongado y reparador suspiro. Mentían.

La vida es agua. Y la muerte es una mano que cierra gradualmente la llave de un lavabo. Y de lo que era un torrente de líquido queda nada más que un hilo de plata, que pronto se convierte en un goteo apresurado y atronador, cada vez más espaciado. Y cae una gota. Plic. Y otra. Plic. Pero la siguiente se demora un instante más, agarrándose desesperada a la boquilla de la llave, cayendo por último con el mismo sonido de las demás. Plic. Y cuando ha pasado tanto tiempo que crees que era la última, se forma una minúscula perla nueva, que tarda una eternidad en desprenderse. Plic. Y te quedas mirando al grifo, esperando esa última gota especial y distinta que nunca llega.

Es entonces cuando se produce el macabro milagro, en el que fuego y el aire del cuerpo se funden para escapar de él por todos y cada uno de sus poros. Y los ojos se caen, las mejillas se desinflan, el pecho se hunde y todos los músculos se descuelgan, atraídos por una gravedad infinita, convirtiéndonos en una burda caricatura.

Y sin fuego y sin aire, en el cuerpo helado sólo permanecen la tierra y el agua estancada, en la que quedan flotando todos los recuerdos. No es de extrañar entonces que del pecho de mis muertos haya visto brotar miríadas de flores.
 
el hacha en la tierra
naturaleza moribunda
Naturaleza 7 (de la Serie Naturaleza), por Ana Matey Marañón

“Con ardor venció Yarince a la muerte. Buscó caparazones, las duras conchas refugio de los caracoles, y se vistió de cal y piedra para enfrentar la múltiple soledad de las noches. (…) Se encaramó, puma, sobre las rocas y desde allí, desde la altura del monte, miró una única última vez las cabelleras de los ríos, el cuerpo extendido de las selvas, el horizonte azul del mar, aquella tierra a la que había llamado suya, a la que había poseído. (…) “¡Itzá!”, gritó, sacándome para siempre de mi sueño, y se lanzó al espacio, sobre las rocas que se encargaron dulcemente de dispersarlo.” La mujer Habitada, de Gioconda Belli


Según Belli, Yarince volvió reencarnado en colibrí, a fecundar las corolas de naranja de Itzá. Colibrí Yarince. Yo he elegido un ser un poco más aparatoso, capaz de sobrevivir a la pureza de la destrucción de las llamas. Igual que Quetzalcoátl, el guerrero azteca al que rezaba Yarince y que se elevó desde su pira funeraria en destellos cromáticos para convertirse en el resplandor de Venus.

Fénix Yarince. Con los colores marcándome el rostro. Con el fuego, con azules de butano y de hielo candente, pintándome los ojos.

Gioconda Belli cierra mi libro fetiche con una frase que me llevado mucho tiempo creer. Recuerdo terminar el libro la primera vez que lo leí pensando "ojalá fuera verdad." Ahora sé que lo es, porque aquí estoy de nuevo. Y solo, pero repleto, la empleo hoy para iniciar esta nueva aventura.

"Nadie que ama muere jamás."

pinturas de una guerra sin víctimas

PS. Buscad mi firma y mi mirada en los comentarios de vuestros blogs. Porque allí las encontraréis.
 
yarince fénix
el nacimiento

"...cuando el Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de un roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más bella de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix, y cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol." Ovidio


No sé si el guerrero renació al tercer día, como el ave fénix, pero ha tardado más de tres semanas en estar lo bastante fuerte para emprender vuelo hasta la ciudad del Sol , a dejar sus cenizas en el Templo de Osiris. Sí sé que sesenta y seis brisas le ayudaron a llegar hasta aquí.

PS. Pensé renacer con otro nombre, pero no hay otro posible. Mi nombre es Yarince, con y griega. Con y de cáliz y de cremallera.