horas

"Ah, señora Dalloway... siempre dando fiestas para acallar el silencio."
Sé que parece un cineblog. Es sólo un disfraz, en realidad hoy mi blog, más que nunca, es una forma de escapar. Llevo escapando desde el viernes, escapando de la vida que he llevado durante estos últimos años. Y me estoy escapando de la peor manera: escondiéndome. Hablaba con Carlos hace un rato, explicándole mi decisión de alejarme por completo de las fiestas y de la vida social, mi convicción de convertirme temporalmente en un eremita. Él está muy preocupado de que sea un principio de depresión, o de que esté en un momento bajo en el que necesite ayuda.
No sé si de forma casual o no, me han llegado un par de frases por distintos medios este mismo fin de semana. Frases que se me han quedado grabadas. Una de ellas dice que el amor es el único juego en el que se pierde al no jugar. La otra es que soy una persona que se aferra desesperadamente al amor, pero ya he perdido la esperanza de que exista.
Intentaré transmitir aquí lo que intenté con Carlos. No estoy deprimido, ni triste, ni cabizbajo. Estoy harto y decepcionado. De alguna forma hace varios años di un giro a mi vida, muy radical en el aspecto personal. Esperaba consciente o inconscientemente que aquel giro diera frutos, pero no ha sido así. Y estoy cansado y desilusionado. Se me han ido muriendo las esperanzas y secándose todas las lágrimas. Por eso no estoy triste, porque no ha llegado como una revelación, ha sido más bien una verdad que ha ido destapándose sin dramatismos. Esto es lo que hay. No hay más. No hay golpes de suerte ni milagros. A la vuelta de la esquina hay una acera exactamente igual que ésta. Rutina, monotonía y pereza. ¿Para qué gastar energías en nada? ¿De qué coño sirve?
Os dejo con una película mágica, porque en el cine sí hay magia. En el cine, esa enorme mentira que a veces creo que me ha arruinado la vida, y ha deformado mi visión del mundo. Pero da igual, porque simplemente por los fotogramas y los diálogos de Las Horas, valdría la pena. Como siempre, alguna razón habrá para que hoy aparezca aquí. Por lo pronto, transcribiendo la escena de Richard Brown en el quicio de la ventana, hablando con Clarissa Vaughan, he empapado el teclado.

Querido, de pronto siento que voy a volverme loca otra vez. Creo que no seré capaz de soportar ni uno más de estos terribles días y que no me recuperaré esta vez. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Por eso voy a hacer lo que parece más apropiado. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que podías ser. Sé que estoy echando a perder tu vida y que podrás seguir sin mí, y lo harás. Lo sé. Ni siquiera puedo escribir esta carta en condiciones. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad que hay en mi vida. Has sido enormemente paciente e increíblemente bueno conmigo. Ya no me queda nada sino la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinándote la vida. No creo que hayan existido dos personas más felices que nosotros. Virginia.

Acércate. ¿Te enfadarías si…?
¿Me enfadaría si no vinieras a la fiesta?
¿Te enfadarías si me muriera?
¿Si te murieras?
¿Para quién es esta fiesta?
¿Qué quieres decir con “para quién es”? ¿Qué intentas decirme?
No intento decirte nada. Lo que digo es que creo que sigo vivo para satisfacerte.
Bueno, eso es lo que hacemos. Es lo que hacemos las personas. Mantenernos vivos para los demás. Los doctores te han dicho que no tienes por qué morir, que puedes estar así años.
Exactamente. Espera a que me muera. Entonces tendrás que pensar en ti misma. No te va a gustar.

No se puede encontrar la paz evitando la vida, Leonard.

Eres muy dulce...
Kitty, ¿no te ha importado?
¿Importado el qué?

¿Qué ocurre cuando nos morimos?
Regresamos al sitio de donde vinimos.
No recuerdo de donde vine.
Yo tampoco.
Parece más pequeña.
Sí, es una de las cosas que ocurren. Parecemos más pequeños.
Pero en paz.

"Es posible morir."

No lo pasaste mal, ¿verdad? No tardé mucho.
No, no mucho.
Por un momento pensé que tardaría más.
Mami, te quiero.
Y yo a ti, cariño. ¿Qué ocurre? No te preocupes, cariño, todo esta bien. Vas a tener una fiesta maravillosa y le haremos a papá un pastel estupendo. Te adoro, cariño. Eres mi hombre.

Mirar la vida a la cara, siempre, mirarla a la cara, y conocerla por lo que es. Conocerla por fin, amarla, por lo que es, y en ese momento, renunciar a ella. Leonard, siempre los años entre nosotros, los años, siempre el amor, siempre... las horas...

Es mi derecho, es el derecho de cualquier ser humano. No elijo la tranquilidad sofocante de los suburbios, sino la alegría violenta de la capital, ésa es mi elección. Al peor de los pacientes, incluso al más miserable se le permite opinar sobre su propio tratamiento. Eso es humanidad. Deseo por tu bien poder ser feliz en esta quietud, Leonard. Pero si pudiera elegir entre Richmond y la muerte, elegiría la muerte.

Me muero en este pueblo.
Virginia, si pensaras con claridad sabrías que fue Londres lo que te hizo caer tan bajo.
¿Si pensara con claridad? ¿Si pensara con claridad?
Te trajimos a Richmond para que tuvieras paz.
Leonard, si pensara con claridad podría decirte que estoy luchando sola en la oscuridad, en un impenetrable abismo que sólo yo conozco. Sólo yo sé cual es mi estado. Tu vives con la amenaza, me dices que vives con la amenaza de mi extinción. Leonard, yo también vivo con ella.

Es algo terrible sobrevivir a toda tu familia.

No creo que pueda ir a la fiesta, Clarissa.
No tienes que venir a la fiesta ni a la ceremonia.. No tienes que hacer nada que no quieras hacer. Puedes hacer lo que quieras.
Per aún así tendré que hacerle frente a las horas, ¿verdad? A las horas después de la fiesta, y a las horas de después...
Aún tienes días buenos. Todavía los tienes.
En realidad no. Es decir, es muy amable por tu parte decirlo, pero no es verdad.

Me he mantenido vivo para ti.. pero ahora debes dejarme ir.
Richard...
No, espera. Cuéntame una historia.
¿Sobre qué?
Cuéntame qué has hecho hoy.
Me levanté y, salí a la calle y, fui a comprar flores. Como la señora Dalloway, en el libro. Y la mañana estaba preciosa. Fresca.
¿Como la mañana de la playa?
Sí.
Como la mañana en la que saliste de aquella casa vieja y no tendrías más de dieciocho años, y yo de diecinueve...
Sí.
Tenía diecinueve años y nunca había visto nada tan hermoso. Tú, saliendo por la puerta de cristal tan de madrugada que aún tenías la mirada somnolienta. ¿No es extraño? Una mañana común y corriente en la vida de alguien...
Sí.
Me temo que no voy a poder ir a la fiesta, Clarissa.
¡La fiesta! Eso no importa.
Has sido tan buena conmigo, señora Dalloway. Te quiero. No creo que hayan existido dos personas más felices que nosotros.

¿Qué es lamentarse cuando no tienes otra opción? Es lo que eres capaz de soportar. Para mí significaba la muerte. Y elegí vivir.

¿Estás leyendo un libro?
Sí.
¿Y de qué trata?
Es acerca de una mujer que es increíblemente... bueno, es una anfitriona muy segura y competente que va a dar una fiesta. Y como se la ve muy segura todo el mundo piensa que está bien... pero no lo está.
recuerdos

No pensé verme escribiendo tan rápido sobre otra película, pero las cosas vienen como vienen. Y os advierto que este post será largo, porque el eterno brillo de la mente inmaculada ha despertado una red neuronal en mi cuerpo que es difícil de parar.
Iba a hacer lo mismo que con Closer, capturar imágenes de la película, citar diálogos. Pero no, intentaré una aproximación distinta. Quiero sorprenderos, no me gusta ser predecible, porque los fénix nunca lo son.
Antes de empezar, un par de flashes. Que espero y deseo que en Singapur suenen las palabras Madrid 2012. Aunque los pronósticos apunten a Paris, todo es posible. También quería recordar que desde hoy el código civil español ha eliminado una discriminación flagrante, y es un motivo de orgullo para todos los españoles. El otro día haciendo la compra del mes, empujando mi carro por esos enormes e impersonales pasillos de hipermercado, se me fueron los ojos, la nariz y la sonrisa a una esquinita. Y junto con el papel higiénico, las latas, el pulpo y los refrescos, la cajera pasó por el lector del código de barras dos antojos: uno tiene mi salón oliendo a jazmín de Madagascar, y el otro ha manchado mi cuarto con un púrpura orquídea. Sí, me dio la venada y compré orquídeas y jazmines, en maceta, a ver si consigo que me acompañen durante mucho tiempo. Por lo menos consiguieron que desguazara el sillón ese apolillado que estaba ahí molestando. Y una pregunta. La habitación donde tengo el ordenador tiene ventana al balcón, que está a dos pisos de la calle. ¿Es posible que al pasar alguien fumando por ahí debajo me llegue hasta el cuarto el olor a tabaco? Porque juraría que he olido a tabaco tres veces esta tarde.

Volviendo a la película, tanto si os la bajáis con la mula como si la alquiláis en el videoclub, buscad el RIDÍCULO título “Olvídate de mí”. El original, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, precioso, está extraído de un poema de Alexander Pope y se traduce por Eterno Brillo de la Mente Inmaculada. Estoy completamente convencido de que los carteles y los títulos son fundamentales a la hora de facilitar o dificultar el éxito de una película. En este caso, el título español complicó la carrera de esta soberbia e inteligente película, con un guión del increíble Charlie Kaufman. Ah!, os aviso que su protagonista es Jim Carrey. Sí, yo también lo detesto, no puedo con él y con sus muecas y su histrionismo. Pero dadle una oportunidad, como hice yo esta tarde. Os sorprenderá.
La historia trata de una pareja que rompe tras dos años de relación, una ruptura que como en casi todos los casos, es muy dolorosa. Tanto que ella decide acudir a la empresa Lacuna para que borren de su cerebro todos los recuerdos que tiene con él, para que lo eliminen de su vida. Él, al enterarse, decide someterse al mismo tratamiento.
No es una película al uso. Prácticamente todo el metraje se centra en la mente de Joel, la noche que están borrando a Clementine de su cerebro. Al despertar no quedará rastro de ella. Empiezan borrando las noches de discusiones, los portazos, los insultos, las descalificaciones. Pero llega un momento en el que hay que borrar los recuerdos de los instantes en que se enamoró, los segundos de complicidad, las miradas de ternura. Los dos completamente tapados por las sábanas tras hacer el amor, inundados de luz naranja, haciéndose confidencias en las que ella llora y él se apresura a consolarla. Y en ese preciso instante, en su mente, el Joel consciente le grita al médico desde su silencio, intentando hacerse escuchar: “Mierzwiak! Déjame quedarme este recuerdo. Sólo éste.” Joel decide que no quiere olvidar a Clementine, pero no puede hacer nada para parar el proceso. Así que decide esconderla, en su mismo cerebro, en algún recuerdo que no esté relacionado con ella, y así no podrán borrarla. Esconderla en su infancia, o en un absurdo, o en un sueño. Escóndeme donde no puedan encontrarme, escóndeme en tu humillación, le dice ella en un momento.

No os quiero contar mucho más, salvo aconsejarla encarecidamente. No esperéis una peli de palomitas, facilona que se deje ver. No esperéis un final feliz ni dramático, sino un final real. Es retorcida y cruel y dolorosa, pero también os sentiréis completamente identificados con Joel y con Clementine. Si os gusta Yarince, lo que cuenta, cómo lo cuenta, os gustará la película.
Antes de pasar a otras cosas, quiero poneros un diálogo de la película y un momento que encontré enternecedor, que me emocionó sobremanera. Después de que Clementine haya sido borrada de la mente de Joel, él abre el diario donde escribe puntualmente todo lo que le pasa y se da cuenta de que hay páginas arrancadas, y que no hay nada escrito en los últimos dos años. Dos años de una Clementine omnipresente, donde ni una sola de las páginas no tenía su nombre.
El diálogo tiene lugar mientras borran la casa de la playa de donde se escapó Joel el mismo día que conoció a Clementine. Se mezcla el diálogo real de aquella escena con el de Joel consciente hablando consigo mismo y con la Clementine consciente de su cabeza, mientras la casa va destruyéndose a medida que la borran de su memoria.

- De veras tengo que irme. Tengo prisa.
- Pues vete.
- Y lo hice. Salí por la puerta. Estaba muy nervioso. Pensaba que a lo mejor estabas chiflada, pero eras muy excitante. Me sentía como un niño asustado.
- ¿Estabas asustado?
- Sí, pensé que ya sabías eso de mí. Volví corriendo a la hoguera, intentando olvidar la humillación.
- ¿Fue por algo que dije?
- Sí, dijiste “pues vete.” Lo dijiste con tanta distancia, ¿sabes?
- Lo siento.
- No pasa nada.
- Me habría gustado que te quedaras.
- Y a mí me habría gustado quedarme. Juro por Dios que me habría gustado quedarme. Me habría gustado hacer muchas cosas. Me habría gustado… Ojalá me hubiera quedado.
- ¿Joel? ¿Y si te quedas esta vez?
- Acabo de salir por la puerta. Ya no queda el recuerdo.
- Vuelve e invéntate por lo menos un adiós, vamos a imaginarnos que tuvimos uno. (el vuelve, ya no hay paredes, sólo una escalera de madera que baja hasta la arena de la playa. Clementine y Joel, sentados sobre la arena, a sus pies.) Adiós, Joel.
- Te quiero
- Búscame en Montauk…
Para lo que tengo que hablar ahora tengo que poner música. Y sé que no debería elegir esa banda sonora, pero qué le vamos a hacer, tengo a mano un disco de Sin bandera, y me pone en situación su mientes tan bien que me sabe a verdad todo lo que me das. Además lo estuve oyendo en la playa el viernes y el sábado, y algo de lo que tengo que contar pasó en esa playa.

En esa playa le conté a Carlos el sueño que tuve. Un sueño en el que estaba con mi amigo Román en una terraza, como hacíamos a menudo cuando estaba vivo. Sin embargo esta vez yo sabía que Román estaba muerto, estábamos sentados allí mirándonos a día de hoy, meses después de su muerte. Se le veía bien, sonriendo y podría decirse que con cara de felicidad. En vez de una cerveza y unas aceitunas (lo que siempre tomábamos juntos), había en la mesa una bandeja de dulces, de la que sólo comía yo. Entre los dulces, uno de esos que son un tubo de chocolate relleno de nata. Lo mordía y la nata se salía por el otro extremo, y Román me pedía chupar la nata que se derramaba. Lo hacía y nos echábamos a reír. Fue increíble oír sus risas otra vez.
De ahí salté de golpe a unos jardines y una casa que ya conozco. Son mi casa de los sueños. Cada vez que llego, tengo la sensación de que hacía tiempo que no iba por allí. Y la reconozco. Sé dónde están las flores, y los árboles, y el césped. Nada me sorprende, aunque sea una casa donde nunca he estado y que no conozco. En mis sueños la conozco. Sé que si entro me esperará ESE recibidor. Y que la cocina está en la segunda puerta de la derecha, cogiendo el pasillo de la estantería. Y en la casa hay ruidos de gente familiar que no se corresponde con nadie que conozca cuando estoy despierto.

Pero no iban a terminarse los sueños. Me quedaba soñar que toda mi familia se moría, incluido yo. Y que la entrada a lo que fuera que hay después de la muerte se hacía a través de un oscuro pasillo metálico de color gris oscuro, una especie de alcantarilla enorme. Todos nos amontonábamos en perfecto orden (porque aquella entrada estaba muy concurrida), cada uno con su carrito de hipermercado (¿?) y una caja de juguetes donde estaba escrito tu nombre y que contenía la ropa que te tenías que poner. Toda una muchedumbre muerta estaba allí, delante de una especie de puerta de garaje gris oscuro que se abriría de un momento a otro para dejarnos pasar. Todos teníamos entrada, una especie de papelito de esos para coger turno en las carnicerías. Las familias debían entrar juntas, pero yo me retrasé y estaba separado de los míos. Había traspapelado mi caja de juguetes. Mi padre se enfadaba conmigo por mi irresponsabilidad, yo le gritaba a él y le decía que ya era mayorcito para hacer las cosas a mi manera, y me iba a las oficinas de aquel purgatorio a arreglar el papeleo. Y las oficinas eran una guardería.
Sé interpretar mis sueños, pero es muy trabajoso. Éste tiene mucha información, pero lo que me resulta más revelador es que en él no aparece una figura fundamental que con toda seguridad los ha inspirado. Mi hermano Jose. El viernes se cumplió un año de su entrada en coma, y este sueño de aniversario no es casual.

La playa a la que voy no sale en las guías de mi isla. Es una playa con mucha piedra, incómoda, sin accesos fáciles, es pequeña. Y yo la adoro. Allí, metido con Carlos en el agua luchando con las olas, me dijo que habían visto a Axel. Ayer por la noche vi a Axel y al despedirme de él me agarró y me dio un beso fuerte, un abrazo de oso. Quise oír, porque aquel apretón decía algo, no sé si un te echo de menos, o un qué bueno que ya seamos amigos o cualquier otra cosa. No debía haber seguido mi camino, debería haberle mirado a los ojos para escucharle, pero seguí mi camino hacia la salida. Y hoy veo una película que habla de ruptura y de olvido.
Tengo algo que confesar. Hará de esto un mes o así. Me encontré a Axel y me dijo que alguien le había dicho a alguien que le había dicho a él que yo tenía una página en internet donde decía cosas terribles suyas, que lo ponía a bajar de un burro. Los más viejos de mi blog sabrán quién es el informador. Alguien llegó hace muchos meses a mi otra página, con alevosía y nocturnidad. No llegó de forma casual, se lo trabajó, sabiendo que era algo privado que no está escrito para los ojos de nadie, sino para mí y para desconocidos, con la intención de que pueda escribir todo lo que siento sabiendo que no afectará a mi realidad. Él no me respetó, dio con la página y no le gustó lo que leyó… sobre él. Se enfadó, me lo dijo, y esa es la razón de que, entre Junio y Septiembre haya tantos post deleted en mi blog. El eterno brillo de un blog impoluto. Recuerdo decirle que era una pena que, habiendo sido importante en mi vida durante unas semanas, y siendo mi blog mi diario, no quedara ni rastro de él.

Bueno, pues ese informador le dijo a un amigo de Axel “ah! Pues yo conozco a un chico que salió con tu amigo. Tiene una página en internet, una especie de diario, y Axel no sale muy bien parado.” Y el amigo de Axel se lo dijo. Y Axel me lo dijo a mí. Me enfadé mucho. Muchísimo. Me pareció ruin, rastrero, infantil. Le dije a Axel que es verdad que tengo un diario y le pedí una hoja donde le escribí la dirección del blog para que comprobara de primera mano lo que digo de él. Con letra apresurada, con la esperanza de que no pudiera reconocerla. Sé que Axel no se ha pasado por el blog a ver lo que escribo sobre él. Lo conozco bien. No le gusta leer y confía en mí. SI lo hiciera, creo que se sentiría orgulloso de lo que digo de él. No me ha vuelto a sacar el tema. También sé que ese chico que me traicionó por última vez dándole publicidad a mi página tampoco me lee, porque dejé de hablar de él radicalmente en septiembre del año pasado. Y como lo único que le interesa es él, se habrá aburrido de leer mis cosas.
Desde ese anonimato del que estoy convencidísimo, porque mi corazón y mi alma lo sienten así, llega el momento de hablar de Axel de nuevo, tras mucho tiempo. Porque mi mente, el mejor programa informático, lo ha ido borrando igual que él me habrá ido borrando a mí. No todo, pero sí todo aquello que despierte alguna sensación impropia. Y quiero recuperarlo sin saber muy bien para qué. Ya lo dije en una ocasión, el amor de Yarince seguirá escribiéndose con A de Axel hasta que otra inicial lo reemplace. No ha habido ningún amor como el suyo desde entonces, ninguna intensidad que pueda apagarlo. Eso no quiere decir que lo eche de menos, que me entristezca en su ausencia o que mi vida sea una vagar gris. En absoluto, sé que lo quise más de lo que nunca supe admitir, sé que lo quiero por los rescoldos de aquel amor, y sé que sería un error intentarlo de nuevo. ¿Lo digo porque es cierto o para convencerme?

El proceso fue distinto al de la peli. Los momentos malos se pusieron sobre los buenos, tapándolos. Permanecieron mucho tiempo, se reforzaron, se hicieron tan grandes que parecía que las risas y el amor habían desaparecido, ocultos por la inmensidad del rencor. Pero pasó el tiempo y las discusiones se hicieron viejas, el alzheimer del desamor olvidó los motivos de las discusiones y el dolor lacerante de las heridas. Y arrugados, los malos momentos parecen poca cosa, y por una de las esquinas ves que debajo hay algo oculto. Tiras por esa esquinita de color naranja y sale una ristra inmensa de recuerdos brillantes, como un payaso plegado en una caja sorpresa.
Mis rencores han tardado año y medio en volverse seniles. Hace muy poco meses que tiré de esa esquina, más púrpura que naranja, y me sorprendí de recuperar detalles que había perdido por completo. La puerta desencajada de sus goznes en un exceso de pasión y las risas inmensas que le siguieron, su cara a través del espejo. Su silencio cuando mi argolla favorita se le escurrió por el sumidero del baño. Su cara hinchada por las mañanas, su caminar somnoliento mientras me alcanzaba la toalla. Cuando se ponía el delantal para hacerme la cena, mientras yo ponía la mesa, y se enfadaba porque yo no hacía más que ir a la cocina a darle besos en el cuello. La única vez que me dijo lo guapo que estaba, en la piscina de los apartamentos durante nuestras vacaciones. Cuando me retó a darle un beso en una parada de guaguas a las once de la mañana. Aquel día que llegué a su casa y me dijo “pasa, que ha venido mi madre, para presentarte.” Cada vez que me miraba de verdad. Cuando le veía desde el balcón mientras atravesaba la calle.

Pero sobre todo, la primera que vez que me dijo “vámonos a casa”, cuando casa era cualquier sitio donde estuviéramos juntos. Porque él era mi casa. Porque yo era la suya.
Déjame quedarme ese recuerdo. Sólo ese.