el dulce porvenir

Siempre que hago alguno de estos vuelos para rescatar a Zoe, me acuerdo de aquel verano en que casi la perdimos. Tenía tres años. Fue una mañana en la casita de campo que alquilábamos. Estábamos los tres juntos durmiendo en la cama. Era un momento maravilloso de nuestras vidas. Aún creíamos que teníamos futuro los tres juntos. Me desperté porque la respiración de Zoe era muy forzada. La miré y vi que estaba sudando, y toda hinchada. La cogí y la llevé corriendo a la cocina. Le eché agua a la cara. Yo estaba muy asustado. Creí que le habría picado un insecto, pero no había médico. El hospital más cercano estaba a ochenta kilómetros y Zoe seguía hinchándose como…
Clara la cogió en brazos y empezó a darle el pecho mientras yo llamaba al hospital. Por fin di con un médico. Dedujo que había un nido de crías de araña viuda negra en el colchón. Dijo que tenían que ser crías, de lo contrario, con el peso de Zoe, ya estaría muerta. Dijo que tenía que llevarla corriendo al hospital. Me dijo “Sr. Stevens, es muy posible que pueda llegar antes de que se le cierre la garganta, pero es muy importante que la mantenga tranquila.” Luego me preguntó si solía estar más relajada con alguno de los dos, y yo le dije que sí, que conmigo, lo cual era cierto, porque en aquellos momentos los ojos de Clara reflejaban auténtico pavor. Y el miedo es contagioso. Yo sólo era mejor actor. Y Zoe nos quería igual a los dos, igual que ahora nos odia a los dos.

El médico dijo que debía llevarla yo en el regazo y dejar que condujese Clara hasta el hospital. Me pidió que llevase un cuchillo pequeño y afilado. Tenía que estar limpio, no había tiempo de esterilizarlo debidamente. Me explicó cómo realizar una traqueotomía de urgencia, cómo cortarle la garganta y la traquea sin que muriese desangrada, dijo que sangraría mucho. Yo dije que no creía que pudiese. Pero me dijo “Sr. Stevens, si se le cierra la garganta y deja de respirar, tendrá que hacerlo. Dispondrá de minuto y medio, puede que dos, y es probable que esté inconsciente cuando lo haga. Pero si consigue mantenerla tranquila y relajada, sin que su corazoncito lata demasiado deprisa y que el veneno no se propague, puede que llegue aquí primero. Póngase en marcha,” dijo, y colgó.
Fue un viaje inolvidable. Estaba dividido en dos partes, una parte era la de un padre que le canta una nana a su hijita, y la otra parte era la de un cirujano preparado con un cuchillo, esperando al instante en que Zoe dejara de respirar para hacer la incisión.
(Monólogo de la película El Dulce Porvenir, de Atom Egoyan)

salto al vacío

Me hice unas alas hace veinte años, cuando se me empezaron a romper los sueños. Decidí engarzarlos usando una hebra de brillos plateados que hilé del empacho de realidad y rutina que se acumulaba debajo de la cama, usando la rueca que me encontré paseando por las nubes.
Las uso tanto que no les da tiempo a acumular polvo. Me escapo con ellas a menudo, saltando desde la ventana de mi dormitorio. Nadie me ve, porque en las ciudades nadie mira hacia arriba. Empiezo a batirlas con fuerza, y cada uno de aquellos sueños se infla y me hace subir hasta que se apagan los ruidos de la ciudad.
Es entonces cuando ellas toman su rumbo propio, embarcándome en una aventura que es cada vez distinta. A veces me llevan al estudio donde esculpo a un David de ojos tiernos y a un crucificado que oculta los clavos en puños de furia. O me sientan en el embarcadero de una isla que no es negra y que sí es isla a escribirle poemas al amor que me dejó el cuerpo oliendo a romero. Me sueltan en un velero perdido en un océano desconocido o me dejan naufragar en una isla donde no falta de nada. En esos viajes soy yo quien aplaude en el estreno de El león en invierno y quien toma absenta con Erik Satie en los cafés de Montmartre.
Mis alas tienen también sueños rotos con tu nombre, que me llevan a mundos donde eres el modelo de mi David y mi Cristo, el timonel de mi velero y el viernes de mi naufragio, porque tú no podías faltar en mi isla. Que me sientan a tu lado en el teatro y el café en las callejuelas del Sacre Coeur. Me llevan volando a una cama deshecha donde me desperezo y beso tu piel de olor de romero.
Por eso no me encuentras. Porque me he ido volando a buscarte.

siéntate
Hoy una canción de Mestisay, un fabuloso grupo canario que vale la pena conocer. Y si no, aquí tenéis esta letra, que espero os deje como a mí, con los ojos cerrados. Las fotos son unas que le hice a la casa rural de mi amiga Amanda, me parece que acompañan bien a las palabras. Es también una casa para cerrar los ojos. Así que veremos cómo nos deja el alma esta combinación.



Ven, siéntate a mi lado. Abrázame otra vez. Tengo miedo a perderte o a quererte, ya no sé… Hablemos de todo, de encontrar el modo de abrazarnos como hermanos sin sentirnos tan extraños.
Dibujas tus promesas en un puzzle de cartón. Si apagas tus deseos, no te importa mi dolor. Palpas como un ciego mi alma y mi cuerpo, y no entiendes de otras cosas más sencillas, más hermosas que hay en mi.
Corazón que no siente, que no sufre ni padece, que no arraiga, que no crece cuando acaba la pasión. Corazón como llama, que se enciende, que se apaga como fuego de pavesa que me trae la oscuridad.
Me abandoné a tu vida, a tu forma de querer, a combatir tus miedos con mis sueños.
No te hago reclamos.
Siénteme en tus manos.
Porque ésta va a ser la última vez.

locuras

Nunca había visto llover en pleno agosto como lo hizo hace un par de días en Tenerife. Se notaba que el tiempo andaba raro, bochornoso, el cielo repleto de nubes bajas. Empezó a llover apenas cayó la tarde, y esa llovizna fina se mantuvo hasta bien entrada la noche. Creo que amainó a medianoche. Yo estaba en casa grabando diálogos de películas y poemas para mis nuevos discos de arena, y serían las dos y pico de la madrugada cuando decidí ir a acostarme. Antes de hacerlo, salí al balcón a ver cómo estaban los esquejes que había trasplantado esa misma tarde. Me sorprendió el fuerte ruido de la lluvia sobre el asfalto, las minúsculas gotas iban cogiendo un tamaño respetable. Obviamente no había un alma en la calle, sólo un batallón de agua.
Saqué la mano como hacemos muchos cuando vemos llover desde casa. Las gotas fueron impactando en mi brazo, haciéndolo brillar. Estaba fresca, limpia. Pensé en que no suelo hacer locuras, que soy un hombre racional y cerebral. O al menos eso es lo que creen los demás. Entré y me puse los vaqueros recortados y la camiseta negra sin mangas. Me quité las lentillas. Me calcé las sandalias y salí. Al abrir la puerta del portal y quedarme parado frente al chaparrón, pensé en dar marcha atrás. Entonces pensé en todas las veces en que he dado marcha atrás, y al instante decidí que ésta no sería una de ellas. Di un paso adelante y el agua que corría por la acera se me coló por las sandalias.

Una vez me encontré bajo la lluvia, me paré. El instinto, naturalmente, es correr, pero yo luchaba contra él. Quería poner mi mundo del revés, mojarme, caminar despacio. Pero en vez de eso, me paré. Observé al mundo borroso que me rodeaba, y me escurrí con las palmas el agua de los brazos. Miré hacia arriba y disfrute de la perspectiva abrumadora de cientos de gotas que parecen ir directas a tu pupila para esquivarla en el último instante e impactar en mis mejillas, como si mis ojos y la lluvia fueran polos del mismo signo. Sonreía. Tras unos segundos, eché a andar. Me paré en el cruce con la calle peatonal más importante de mi ciudad. Eché un vistazo a ambos lados de aquella vía completamente desierta y emprendí camino hacia arriba, atravesando el paseo de los olivos.
En ese instante, a unos treinta metros de casa, me di cuenta de que la lluvia estaba esperándome. Y al verme aparecer por la puerta, había bajado en tromba a saludarme. Esos minutos que había tardado eran el tiempo que les había tomado recorrer la distancia entre las nubes y el suelo. De buenas a primera aquel chubasco veraniego se convirtió en una auténtica tormenta. El agua arreció en gotas gruesas y constantes, como un telón gris que apenas dejaba entrever lo que tenía uno ante las narices. El ruido ensordecedor sólo era superado por los truenos, que sonaban justo encima de mi cabeza, casi simultáneamente a los relámpagos que convertían la noche en día por un instante. Oí a través del chapoteo unos gritos que decían “vas a acabar empapado! Métete en un portal hasta que escampe, no seas loco!” Miraba como podía alrededor pero no había nadie. La voz insistía e hice un esfuerzo para mirar hacia arriba, y vi una figura que movía los brazos desde un balcón. Era un chico joven, y me decía divertido “muchacho, escóndete en el portal, te estas calando hasta los huesos!”. “Gracias, pero salí a caminar bajo la lluvia,” le contesté.

Seguí hasta la plaza. Una pareja que se besaba bajo la glorieta me miró con curiosidad. Debía vérseme raro. Con la que estaba cayendo, yo era un chico que parecía venir de la playa, completamente empapado, pero paseando como si el clima fuera de lo más apacible, sin apretar el paso. Caminaba por el centro de las veredas, huyendo de la protección de los árboles o los aleros. Había salido a mojarme con la lluvia. A veces venía una ráfaga de viento que enfriaba el agua de mi ropa y me hacía tiritar. No me importaba. Seguía, con el agua que corría por las calles metiéndose entre mis dedos, como si aquel fuera mi medio natural. Por un momento pensé que lo era.
Habrían pasado cinco o diez minutos bajo el agua cuando decidí dar la vuelta. La tormenta arreció. “Se va,” debieron pensar las gotas, “apresuraos a decirle adiós!” No había un solo coche, así que bajé hasta casa por el carril de en medio de la avenida que pasa junto a mi piso. El algodón negro de mi camisa brillaba y se me pegaba al cuerpo como neopreno, me hacía vacío con la piel. Sentía la ropa escurrir manantiales de agua para dar cabida a la nueva. Casi me dio pena abrir la puerta del zaguán y despedirme de aquella experiencia atávica y mística de dejarse mojar por la lluvia, esa experiencia que vaticiné en una carta de un viejo profesor. Hoy por fin había cumplido aquel deseo.

Llegué a casa y me desnudé en el baño. Colgué la ropa de la barra de la ducha y pensé en ducharme, pero no podía limpiar el agua de lluvia, porque ella me había limpiado a mí, y era mi turno para darle cabida en mi cuerpo. Me lavé únicamente los pies, porque me fío del agua que cae del cielo, pero no de la que corre por las calles. El resto la escurrí con las manos, y me asomé a la ventana de mi cuarto mientras se me secaba el cuerpo.
La lluvia seguía cayendo, pero con menos fuerza. Como recuerdo de la tromba sólo quedaban unos arroyos caudalosos lamiendo las aceras. Bueno, no sólo quedaba eso. La tormenta se empapó también en mí, y su recuerdo y su agua se rezagan en los meandros de mi alma.
Mi paseo no fue una locura. Ha sido un bautismo.

el río de la luna

Me parece que han pasado siglos desde la última vez que me senté a escribir, y sé que es un pecado imperdonable haberle fallado a mi amante más fiel, la escritura. Me mortifican especialmente todos esos destellos que he tenido en estos meses, esas voces que ante algunas imágenes o circunstancias me decían “tienes que escribirlo”, “cuéntalo”. Me consuelo pensando que no he perdido esos reflejos, que un día sin previo aviso darán un nuevo fogonazo y me llenará una sensación de deja vu. Así que volveré en silencio, sin explicaciones, como si nunca me hubiera ido.
Sí que recuerdo dos de esas vocs, quizá porque son recientes y porque están interconectadas de alguna manera. La primera me asaltó ayer, mientras veía una vez más Desayuno con Diamantes, embelesado con Lula Mae, Holly Golightly, siempre Audrey Hepburn. Algo me hizo apartar la vista de la tele, y miré por los alrededores de mi salón en busca de un papel que me pareció ver moverse con el viento. No había nada, pero estaba seguro de haber visto por el rabillo del ojo un papel amarillento, del tamaño de una cuartilla, de tacto áspero y aspecto arrugado. Estaba escrito con letras negras de imprenta. Al no verlo pensé “estaría en mi cabeza”. ¿Y si eso es cierto? ¿Y si hay un papel escrito revoloteando por los rincones de mi mente, movido por un viento de procedencia desconocida? Me gustaría saber lo que dice, si es una invitación o un anuncio, una carta o un comunicado, una multa o los resultados de un análisis. Probablemente deba meterme en mi cráneo para poder cogerlo, es decir, que tendrá que ser durante el sueño. Lo pincharé del suelo con una banderilla, como Holly. Tengo además una sensación que me desazona, y es que llevo años siendo yo quien flota en una ráfaga de viento, corriendo para que ese papel no me alcance, huyendo de él.

El segundo reflejo apareció hoy en mi salón, revoloteando como el papel imaginario. Mi casa es un universo abierto, no cierro las ventanas ni siquiera cuando me voy de viaje (ventajas de los climas primaverales). No me gustan las puertas ni las ventanas cerradas, prefiero los pasos libres y adoro que la brisa se meta en mi casa y me revuelva el pelo mientras duermo una siesta en el sofá. Y nadando en esa corriente entró hasta quedarse en mi regazo un diente de león. O algo parecido, porque por esta zona, en el mismo centro de la ciudad, no hay cardos y nunca se ven. Pero lo que entró por el balcón sin duda se le parecía mucho. De pequeño mi madre me dijo que se llamaban “palomas de pan” y que traían buena suerte. Cogí la pelusa con cuidado, porque necesito toda la suerte del mundo pero chás, una nueva corriente de aire me la arrebató, llevándosela de nuevo a cielo abierto. Salí tras ella y una vez en el balcón me quedé boquiabierto. Todo estaba lleno de pelusas blancas revoloteando sin sentido. Venían en bandadas desde la plaza que hay aquí al lado, me parecía incluso encontrar un orden en los batallones que daban la vuelta a la esquina hasta llegar al remanso de la encrucijada de mi casa, donde se quedaban a jugar. Saqué la cámara para intentar retratar el momento, pero una lente no es capaz de captar una belleza tan sutil, basada en gran parte en el movimiento. Como la bolsa de American Beauty. Lástima que en las ciudades se haya sustituido la tierra porosa y fértil por el asfalto compacto y estéril. De lo contrario, en unos meses, estaría rodeado de flores.

“Era uno de esos días en que está a punto de nevar y el aire está cargado de electricidad. Casi puedes oírla. Y esa bolsa estaba bailando conmigo, como un niño pidiéndome jugar. Durante quince minutos. Es el día en que descubrí que existe vida bajo las cosas. Y una fuerza increíblemente benévola que me hacía comprender que no hay razón para tener miedo, jamás. El video es una triste excusa, lo sé, pero me ayuda a recordarlo. Necesito recordarlo. A veces hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto. Y que mi corazón se está derrumbando.” (Rickie Fitts en American Beauty)

Llevo tiempo pensando también en eso, en la tierra. No tiene uno muchas oportunidades de pisarla, siendo urbanita. Nos pasamos la vida pisando el interior de los zapatos, y como mucho las baldosas del baño, el parquét o un suelo de grés. En verano suplimos un poco la carencia en breves paseos entre la toalla y el agua cuando vamos a la playa. Pero hay una energía especial en la tierra. En descalzarse conscientemente y asentar las plantas de los pies en la tierra, notar su textura, su humedad, su energía subiéndonos por las pantorrillas. Hace apenas unos días, en Formentera, llegamos al faro en la moto que habíamos alquilado. Me zambullí en un agujero buscando a Lucía, pero no la encontré ni salí a mitad de la historia. Pero llegué al inmenso acantilado, a un rompiente vertical y abisal.
Le di mi cámara a Manu y le dije que se preparara para sacarme una foto. Me alejé unos metros, me quité la mochila y me descalcé. Me acerqué al borde, excitadísimo. Manu gritaba “párate ahí, no seas loco, no te acerques más.” Yo no quería mirar al suelo, por si acaso algún gueko escondiéndose me asustara y me hiciera tambalear. Cuando ya estaba a eso de tres metros en el saliente de poco más de un metro de ancho, me senté. Y ya sentado, empecé a arrastrarme buscando el borde. Paré cuando mis pies estaban apenas a medio metro del vacío, de una caída de más de cien metros, antes de que a Manu le diera un infarto. Me sentí poderoso, intocable, fuerte. Nadie vendría a aquel punto escarpado a darme la lata. Estaba suspendido completamente en medio de la nada, sólo yo y aquel pedazo de tierra. Y esa fuerza me venía del viento imponente que se metía por la fuerza en mis pulmones con olor de mar, y de mis pies raíces clavados en la tierra rosada de Formentera, de la isla flotante, del paraíso. La isla flotaba y yo flotaba con ella. Me sentí borracho de vértigo y peligro. Vivo. Dicen que el miedo es el único sentimiento que te hace consciente de estar vivo, porque desearías estar muerto.

Simultáneamente a eso, me vino a la cabeza el tarot zen que me presentó hada, y la carta que me salió. Esquizofrenia.
“La persona de esta carta da un nuevo giro a la vieja idea de "¡quedarse atrapado entre la espada y la pared!". Pero estamos precisamente en este tipo de situación cuando nos quedamos atrapados en el aspecto indeciso y dualístico de la mente. ¿Tendría que soltar mis brazos y caer de cabeza primero, o primero soltar mis piernas y caer de pie? ¿Tendría que ir aquí o allí? ¿Tendría que decir sí o no? Con cualquier decisión que tomemos siempre nos preguntaremos si hubiera sido mejor haber decidido de la otra forma. La única forma de salir del dilema consiste, desafortunadamente, en soltarse de los dos extremos al mismo tiempo. No puedes encontrar la salida de uno de ellos resolviéndolo, haciendo listas sobre los pro y los contra o, de cualquier forma, trabajándolo con tu mente. Es mejor seguir tu corazón, si puedes encontrarlo. Si no puedes encontrarlo, salta, simplemente; ¡tu corazón empezará a latir tan rápido que no habrá equivocación respecto adónde se encuentra!”

El cine, incluso el más superficial, a menudo me hace pensar. Y al ver a Audrey con su café y cruasán frente a los escaparates de Tiffany’s pensé dónde iría yo a desayunar cuando tuviera un día marrón en el que todo pareciera una amenaza. Tengo muchos días de esos. También llevaría café, pero no sé si me animaría con el cruasán. Preferiría medio bocata de manchego en pan de leña, o una palmera de chocolate. Primero pensé que me iría a una estación, ya sea de trenes, autobuses o aviones. Me sentaría lejos, fuera de la estación, en algún sitio que me dejara verlos salir. Me vi en el descampado que hay junto al aeropuerto del norte, descalzo y solo, porque al amanecer ya se han ido las parejitas que suelen ir allí a darse el lote, viendo a los aviones moverse como abejorros. Y aunque es un destino tentador, concluí en que no. Ni hablar. Soy hombre de isla y de mar. Soy hombre que no se siente atrapado al rodearse de mar, sino aún más libre. Por eso cogería una bolsa de papel, metería un termo de café y un bocadillo, y me iría a Anaga. Y allí, sentado en cualquier risco con vistas al mar, como en Formentera, antes de que despunte el día, cuando el mar pasa en un momento de un gris tul a un azul satén, desayunaría viendo amanecer.

Vaya, me está saliendo un post muy largo. Debe ser por la larga ausencia. Voy a volver por un momento a la película American Beauty, otro de mis clásicos. Muchos sabréis que la traducción del título es Belleza Americana. Lo que no sé si sabéis es que es el nombre de una modalidad de rosa que no tiene espinas. Hermosa y sin espinas. Pero también sin olor. Si habéis visto la película, seguro que el nombre os parecerá muy adecuado. Yo me quedo con las rosas y los corazones espinados, con peligro y con aroma.
El póster de la película es también magnífico. Se ve un plano corto de un abdomen femenino, con su ombligo, y una mano sujetando una rosa (variedad American Beauty, como no) contra él. La frase que acompaña al título en su edición española es “…atrévete a ver.” La original es “…look closer”, que viene a significar “fíjate bien” o “mira más de cerca” o “mira mejor”. Éste es el cartel:

Bonito, ¿verdad? Pero ¿lo mirasteis bien? ¿De cerca? Entonces os habréis fijado que el ombligo en esa barriga perfecta e imposible es en realidad una nariz oliendo la rosa. La rosa sin olor.
Quería dejar un regalo en forma de canción y me costó decidir. La primera elección, con Audrey en la cabeza, fue el Moon River en su voz o en una de las múltiples versiones que se han hecho. También, desde hace unos días que lo copié del dvd, quería colgar el Your Song cantada por Elton John y Ronan Keating, principalmente como un guiño a mi amigo albatros, aunque sé que quizá no pueda oírla en la biblioteca o el cyber. Y se me antoja que os gustaría un montón la canción Slow Down, del extraordinario grupo Morcheeba. En fin, que creo que, como en la vida, debería ganar a la amistad. Así que esta es Tu Canción (pínchame).
Ayer salí con Álvaro. Cenamos en un chino y hablábamos del amor, del sexo, de la ternura. Como siempre, me sorprendió. A veces me deja sin habla con frases como “no me gustaría para ti un hombre como mi padre.” Le dije que había visto de nuevo Desayuno con Diamantes, sé que es su película favorita. Se le iluminó la cara y hablamos un rato de ella, y me dijo “mi escena favorita es cuando él la ve en el balcón cantando el Moon River. Durante toda la película Holly es una careta, y sólo en ese momento es donde se ve a Lula Mae, la de verdad. Sólo en ese.”
Yo también me voy a cantar a mi balcón, aunque no tenga escalera de incendios y el pensionista que vive en el tercero no se parezca a George Peppard. Si en ese ratito, como Holy, soy yo, quién sabe. Quizá me encuentre.
