los reyes magos
(escrito la semana pasada)

No sé qué hago volviendo por el blog. Llegué a pensar que nunca lo haría, pero aquí estoy, sin una idea clara de lo que escribir. No sé si tendrá algo que ver con que ayer por la noche se cumplieron 30 años de que mataran a Pier Paolo Pasolini de una brutal paliza en un descampado de Ostia. O que aún sigo en estado de shock tras ver la película Crash. Quizá es que ya se me ha pasado el impacto de los alienígenas que me detectaron hace unas semanas y de los que aún no sé si vienen en son de paz.
Le dije a Amanda que hace mucho que no escribo, porque me da miedo escribir, porque es la forma que tengo de diseccionar mis miedos, de descifrarme. Tengo miedo de cuál pueda ser la conclusión, de que acabe dándome cuenta de que estoy paralizado o aterrorizado, de que estoy un poco perdido.

He recibido en este silencio entrecortado muchas muestras de apoyo, varias de ellas vuestras, y os agradezco el consuelo desde la ignorancia, nacido de un pálpito o un presentimiento. No hay de qué preocuparse, porque en estos últimos meses he echado mano de mi mejor defensa: la anestesia. Ni siquiera tengo que convencerme de que no pasa nada, simplemente es como si durmiera las neuronas que tienen la información sensible, los datos preocupantes. A menudo dosifico mal ese éter y acabo durmiéndome por los pasillos. Una buena amiga, Leti, que además de amiga es psicóloga, me dijo una vez que es normal que en periodos de tensión se alcance uno de ambos extremos, el insomnio o la narcolepsia. Por esa razón le presto especial atención a esas épocas en las que caigo dormido en cualquier sitio. Como ahora, que son las once de la noche y acabo de despertarme de una larga siesta en el sofá.
No sé si duermo para no pensar, o para que me despierte el beso de un cuento, o con la esperanza inútil de que al abrir los ojos todo será distinto. Porque las cosas siguen igual. Sólo cambian cuando nos ponemos manos a la obra, cuando trasnochamos para moldear el presente, para darle una voltereta. La vida no es más que eso, un malabarismo en el que a veces se nos caen las mazas y nos machacan el pie.

Llevo un tiempo con las mazas rodando por el suelo. No es de extrañar, porque me he tenido que ocupar de esos problemas de salud que me han tenido en jaque durante algunos meses, y la enfermedad deja poco espacio para lo demás. Te agarrota las manos. Ahora mismo podría seguir durmiendo estas dos semanas que aún tardarán en darme los resultados que estoy esperando, y que derivarán en más intervenciones clínicas cuya magnitud dependerá de si los alienígenas vienen de la constelación del cangrejo. Pero no voy a esperar.
Esa puede ser la razón de que me haya puesto a escribir, de que haya vuelto. La maza de las letras vuelve a estar en el aire, espero que no se tropiece con la del amor, que lleva unos días levitando por sí sola, dándome toques en el hombro sin que yo le haga caso.

Sé que mi vida dio un giro radical a finales de agosto, que todo cambió. En este otoño las pruebas han ido cayendo como hojas a mis pies, es la primera vez que veo pelarse mi bosque perenne y que soy capaz de percibir el cambio de estación. El otro día escuché que cada persona es dueña de una sola estación en la vida, de un breve periodo en el que es plena, feliz, omnipotente. Yo creo que la mía es el próximo invierno. Es una premonición. Será inusualmente cálido y mi navidad pagana no me traerá un rey. No quiero reyes, no me hacen falta. Estoy seguro de que el 2006 me traerá un mago.


No sé qué hago volviendo por el blog. Llegué a pensar que nunca lo haría, pero aquí estoy, sin una idea clara de lo que escribir. No sé si tendrá algo que ver con que ayer por la noche se cumplieron 30 años de que mataran a Pier Paolo Pasolini de una brutal paliza en un descampado de Ostia. O que aún sigo en estado de shock tras ver la película Crash. Quizá es que ya se me ha pasado el impacto de los alienígenas que me detectaron hace unas semanas y de los que aún no sé si vienen en son de paz.
Le dije a Amanda que hace mucho que no escribo, porque me da miedo escribir, porque es la forma que tengo de diseccionar mis miedos, de descifrarme. Tengo miedo de cuál pueda ser la conclusión, de que acabe dándome cuenta de que estoy paralizado o aterrorizado, de que estoy un poco perdido.

He recibido en este silencio entrecortado muchas muestras de apoyo, varias de ellas vuestras, y os agradezco el consuelo desde la ignorancia, nacido de un pálpito o un presentimiento. No hay de qué preocuparse, porque en estos últimos meses he echado mano de mi mejor defensa: la anestesia. Ni siquiera tengo que convencerme de que no pasa nada, simplemente es como si durmiera las neuronas que tienen la información sensible, los datos preocupantes. A menudo dosifico mal ese éter y acabo durmiéndome por los pasillos. Una buena amiga, Leti, que además de amiga es psicóloga, me dijo una vez que es normal que en periodos de tensión se alcance uno de ambos extremos, el insomnio o la narcolepsia. Por esa razón le presto especial atención a esas épocas en las que caigo dormido en cualquier sitio. Como ahora, que son las once de la noche y acabo de despertarme de una larga siesta en el sofá.
No sé si duermo para no pensar, o para que me despierte el beso de un cuento, o con la esperanza inútil de que al abrir los ojos todo será distinto. Porque las cosas siguen igual. Sólo cambian cuando nos ponemos manos a la obra, cuando trasnochamos para moldear el presente, para darle una voltereta. La vida no es más que eso, un malabarismo en el que a veces se nos caen las mazas y nos machacan el pie.

Llevo un tiempo con las mazas rodando por el suelo. No es de extrañar, porque me he tenido que ocupar de esos problemas de salud que me han tenido en jaque durante algunos meses, y la enfermedad deja poco espacio para lo demás. Te agarrota las manos. Ahora mismo podría seguir durmiendo estas dos semanas que aún tardarán en darme los resultados que estoy esperando, y que derivarán en más intervenciones clínicas cuya magnitud dependerá de si los alienígenas vienen de la constelación del cangrejo. Pero no voy a esperar.
Esa puede ser la razón de que me haya puesto a escribir, de que haya vuelto. La maza de las letras vuelve a estar en el aire, espero que no se tropiece con la del amor, que lleva unos días levitando por sí sola, dándome toques en el hombro sin que yo le haga caso.

Sé que mi vida dio un giro radical a finales de agosto, que todo cambió. En este otoño las pruebas han ido cayendo como hojas a mis pies, es la primera vez que veo pelarse mi bosque perenne y que soy capaz de percibir el cambio de estación. El otro día escuché que cada persona es dueña de una sola estación en la vida, de un breve periodo en el que es plena, feliz, omnipotente. Yo creo que la mía es el próximo invierno. Es una premonición. Será inusualmente cálido y mi navidad pagana no me traerá un rey. No quiero reyes, no me hacen falta. Estoy seguro de que el 2006 me traerá un mago.
