1 de diciembre
(al final todo salió bien, gracias a todos. Los alienígenas venían en son de paz. En un par de horas ingreso, me operan esta tarde, y el fin de semana os contaré con calma. Pero como viene siendo mi costumbre, no podía dejar pasar este día)

Hoy, 1 de diciembre, se celebra un día importante: el día mundial de la lucha contra el sida. Imagino que todos habéis oído o leído sin cesar en estos días atrás la magnitud de la pandemia, especialmente en los países menos favorecidos. Parece que las desgracias se ceban en ellos, pero no es cierto. Más bien occidente "pasa" de sus desgracias, porque no son un mercado farmacéutico de importancia.
Pero como no vamos a arreglar el mundo, al menos es un buen día para recordar las realidades, incluso acercándonos a ella a través de una mentira como puede ser el cine. En su vasta mayoría, el sida ha sido representado en el cine como la enfermedad de los gays. Era la evolución natural, tal y como se analiza en el fabuloso documental El Celuloide Oculto. En el cine de hace un par de décadas, el mejor gay era el gay muerto. Siempre víctimas o verdugos. Así que el sida era la excusa perfecta para seguir matándonos cinematográficamente.
La primera película que arriesgó a rodar una realidad incómoda, basándose en el virus y su descubrimiento, en la lucha franco-yanqui a ver quien se llevaba los laureles, fue Al Filo de la duda. Abrió la brecha para que entraran Philadelphia (tramposa donde las haya), Compañeros inseparables (pasable) o Las noches salvajes (fabulosa película autobiográfica de Cyril Collard).

Pero yo quería centrarme en otra. Imaginaos una película dirigida por Mike Nichols. Meted dentro a Meryl Streep. A Al Pacino. A Emma Thompson. A Mary-Louise Parker. A Justin Kirk y Jeffrey Wright, o James Cromwell. Tomad una obra teatral de éxito. Y haced que la adapte a la pantalla su mismo autor, Tony Kuschner. Y el resultado es una joya, una película (me niego a llamarla teleserie) de seis episodios llamada Ángeles en América.
Es buen cine. Es un ejemplo interpretativo y un éxtasis para todos los que nos gusta el cine y un buen guión, unos inmejorables diálogos, unas interpretaciones excelsas. Habla del sida y sus implicaciones a un montón de niveles, habla de espiritualidad, de gente humana con claros y oscuros, de comprensión e intolerancia. Es una gozada.
Así que, para conmemorar que hay que seguir luchando contra la propagación del vih, recordando que en el mundo hay 40 millones de infectados, que en occidente se ha convertido en una enfermedad crónica que sigue siendo mortal en los países menos desarrollados, que la única vacuna que existe es la información y la prevención, y que el enemigo es el virus y no quien lo padece, dejemos hablar al cine:




Hoy, 1 de diciembre, se celebra un día importante: el día mundial de la lucha contra el sida. Imagino que todos habéis oído o leído sin cesar en estos días atrás la magnitud de la pandemia, especialmente en los países menos favorecidos. Parece que las desgracias se ceban en ellos, pero no es cierto. Más bien occidente "pasa" de sus desgracias, porque no son un mercado farmacéutico de importancia.
Pero como no vamos a arreglar el mundo, al menos es un buen día para recordar las realidades, incluso acercándonos a ella a través de una mentira como puede ser el cine. En su vasta mayoría, el sida ha sido representado en el cine como la enfermedad de los gays. Era la evolución natural, tal y como se analiza en el fabuloso documental El Celuloide Oculto. En el cine de hace un par de décadas, el mejor gay era el gay muerto. Siempre víctimas o verdugos. Así que el sida era la excusa perfecta para seguir matándonos cinematográficamente.
La primera película que arriesgó a rodar una realidad incómoda, basándose en el virus y su descubrimiento, en la lucha franco-yanqui a ver quien se llevaba los laureles, fue Al Filo de la duda. Abrió la brecha para que entraran Philadelphia (tramposa donde las haya), Compañeros inseparables (pasable) o Las noches salvajes (fabulosa película autobiográfica de Cyril Collard).

Pero yo quería centrarme en otra. Imaginaos una película dirigida por Mike Nichols. Meted dentro a Meryl Streep. A Al Pacino. A Emma Thompson. A Mary-Louise Parker. A Justin Kirk y Jeffrey Wright, o James Cromwell. Tomad una obra teatral de éxito. Y haced que la adapte a la pantalla su mismo autor, Tony Kuschner. Y el resultado es una joya, una película (me niego a llamarla teleserie) de seis episodios llamada Ángeles en América.
Es buen cine. Es un ejemplo interpretativo y un éxtasis para todos los que nos gusta el cine y un buen guión, unos inmejorables diálogos, unas interpretaciones excelsas. Habla del sida y sus implicaciones a un montón de niveles, habla de espiritualidad, de gente humana con claros y oscuros, de comprensión e intolerancia. Es una gozada.
Así que, para conmemorar que hay que seguir luchando contra la propagación del vih, recordando que en el mundo hay 40 millones de infectados, que en occidente se ha convertido en una enfermedad crónica que sigue siendo mortal en los países menos desarrollados, que la única vacuna que existe es la información y la prevención, y que el enemigo es el virus y no quien lo padece, dejemos hablar al cine:

Soñé que estábamos allí, en un avión que atravesaba el aire seguro de la tropopausa, alcanzando el anillo exterior de ozono, que estaba roto y hecho harapos, con parches raídos como una manta apolillada. Daba mucho miedo. Pero vi algo que sólo yo era capaz de ver, dada mi sorprendente habilidad para ver ese tipo de cosas… Las almas se elevaban, desde abajo, de la misma tierra. Las almas de los muertos, los que perecieron por el hambre, por la guerra, por el sida. Y todas ellas subieron flotando, como paracaídas invertidos, con los brazos extendidos, girando y revoloteando. Y las almas de esos difuntos unieron sus manos y encajaron sus tobillos formando una malla, una gran red de almas. Y las almas eran moléculas triatómicas de oxígeno, como el ozono, y el anillo las absorbió y se reparó! Nada se pierde para siempre. En este mundo progresamos de forma dolorosa. Echamos de menos lo que dejamos atrás y soñamos con lo que nos espera.

Bendecidme de todas formas. Quiero más vida. No puedo evitarlo. Quiero más. He vivido un infierno y hay gente que lo pasa aún peor que yo. Y aún así siguen viviendo. Cuando son ya más espíritu que cuerpo, más llagas que piel, cuando están ardiendo y agonizando, cuando las moscas ponen huevos en los ojos de sus hijos… viven. La muerte normalmente debe llevarse la vida. Y no sé si es sólo con los animales, no sé si no es más valiente morir, pero reconozco mi adicción a estar vivo. Por eso vivimos cuando ni siquiera hay esperanzas. Si puedo encontrarla en algún sitio, estupendo, es lo mejor que me podría pasar. Pero tampoco es suficiente. Bendecidme de todas formas. Quiero más vida.

Esta enfermedad será el final de muchos de nosotros, pero no el de todos. Y conmemoraremos a los muertos, y seguiremos peleando por la vida, y no vamos a irnos. No vamos a seguir muriendonos a escondidas. El mundo sólo se mueve hacia delante. Seremos ciudadanos. Ha llegado el momento.
Y ahora me despido. Sois fabulosos, todos y cada uno de vosotros. Y os bendigo. Más vida.





