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El guerrero
"...cuando el Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de un roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más bella de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix, y cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol." Ovidio
Mis Dioses
El Panteón de Heliópolis
Liturgia
Sindicación
 
Pedro Vuelve
un árbol de afecto

(posteado por sugerencia de Miguel)

Almodóvar ha vuelto limpio. Se ha quitado los excesos, los aires y las ganas de provocar para quedarse en cueros. En los cueros de un cine sólido y de una sencillez que sólo un maestro es capaz de manejar.

Volver es una historia de fantasmas que no da miedo, porque sus fantasmas van a la peluquería a teñirse el pelo. No da risa porque el fantasma es Carmen Maura, y de esa mujer uno se lo cree todo. Volver da congoja, pero de las peores, de esas que no te hacen llorar.

Los colores y las formas, toda la estética sacada de un cruce entre Brigadoon y Los caballeros las prefieren rubias, confieren a todo su cine ese aire de irrealidad que hace digerible el tratamiento de temas de pesos astronómicos. Volver no es una excepción, y sin que nos demos cuenta nos habla de la muerte, de la superstición, de las costumbres, de la soledad, del compromiso, de la resignación.

La mayor baza de la película es a la vez su mayor hándicap, y es que, más que nunca, la película es una mujer. Es un sentimiento de mujer, una mirada de mujer y un coraje de mujer. No es probable que muchos hombres la entiendan del todo, porque no comprenderán por qué a esa Raimunda (sorprendentemente fabulosa Penélope Cruz) le caen las lágrimas mientras su marido se masturba a su lado en la cama. Esos hombres se quedarán fumando en el patio, como en el funeral de la tía Paula, ensordecidos por el viento solano de la Mancha, mientras dentro transcurre la verdadera historia, la silenciosa y verdaderamente desoladora.

Volver es el prodigio interpretativo al que suele tenernos acostumbrado Pedro Almodóvar. Penélope nunca, nunca ha estado mejor, recordando más a Sophia Loren que a esa manchega llamada Raimunda. Y eso tiene mérito, porque le han puesto al lado a una pedazo de señora como Carmen Maura, a la que parece que le cuesta tanto meterse en el pellejo de Irene como hacerse un moño, tan enorme es su talento natural. Igualmente estupendas está Lola Dueñas y una Blanca Portillo que dará mucho que hablar.

Salvando el escollo, comentado por doquier, del fallido homenaje a Hitchcock, Volver se mantiene como una película robusta, donde la magia y la superstición terminan siendo una cotidianeidad, como unas lentejas con chorizo. Es una historia de todos los días (salvo algún que otro detalle, claro), de los tristes y a veces esperanzadores días, de mujeres bragadas como Raimunda y resignadas como Agustina. Y en medio, la madre. Rediviva y escondida bajo una cama, mirando como pasan los pies de su hija. La madre Irene y la madre Maura, la que escucha de lejos a su niña, entonando aquella canción que le enseñó de pequeña.

Volver es un regalo sencillo. No tiene la sofisticación argumental de La mala educación, o la visual de Hable con ella. Volver es una manualidad. Es un recortable en cartulina que Pedro Almodóvar ha hecho para el día de la madre. Y esos regalos no tienen precio.
 
accidente estelar
cuando colisionan las estrellas

El sábado me pasé el día ayudando a Carlos en una mudanza. La última vez que me mudé le dije a mi madre “recuérdame que no me mude nunca más.” Me parece una de las actividades más estresantes que existen, encerrar una casa en cajas, maleteros de coches o camiones de mudanza, y trasladar una cantidad ingente de cosas a otra cáscara para volver a esparcirlas. Uno se va de viaje un mes y todo lo que necesita para sobrevivir es una maleta, pero pasamos por la vida cargando cincuenta cajas.

Fue un día agotador, pero diría que incluso me divertí. Me gusta pasar tiempo con Carlos y con el resto de los amigos que nos ayudaron, y como en realidad no era yo quien se mudaba, el cansancio era sólo físico y en absoluto mental o emocional. Lo único que me queda son unas pocas agujetas y marcas en los brazos de desmontar y cargar muebles.

Hacía varios días que me había comprometido con Álvaro para salir a tomar unas copas ese mismo sábado. Me apetecía un montón, porque no salíamos de marcha juntos desde fin de año, porque Álvaro ha estado raro, mal de ánimos y muy desganado. Pero el sábado, tras la mudanza, habría preferido hacer cualquier cosa antes que coger el coche ya de noche sin apenas descansar y conducir hasta el Puerto, la localidad del norte donde habíamos quedado en salir; sobre todo porque llevamos una racha inusualmente fría, tanto que el Teide aún sigue completamente nevado. Sin embargo eso fue precisamente lo que hice. Llegué de la mudanza ya de noche, me duché y me vestí, subí a La Laguna a buscar a Álvaro, y de allí al Puerto, que está a unos treinta y pico kilómetros.

mi Teide, sin nevar

Ir por la autopista que lleva al norte de la isla, cuando uno la toma de día, es toda una experiencia. Apenas se pasa el aeropuerto, y si el día está despejado, aparece el Teide colgado del cielo. Se le ve a lo lejos, dominándolo todo, triangular como el ojo divino de los catecismos. A medida que uno avanza, él se impone aún más, hasta que uno gira el recodo de El Sauzal y parece que se te echa encima, derramándose por el valle de la Orotava. Pero claro, el espectáculo es sólo diurno, montado con la intención de que el sol se muera de envidia.

Una promesa de luna llena era la protagonista de la noche, el astro apenas mordisqueado en uno de sus extremos. A veces me creo lunático, y otras veces pienso que es sólo la euforia de saber que en el techo del cielo hay un espectáculo tan impresionante como una luna redonda como una alianza, que te deja mirarla directamente a los ojos sin cegarte. Os confieso que igualmente me apasionan las noches sin luna, ese cielo negro cuajado de estrellas, y que siempre me hace pensar que no es tridimensional, sino que el cielo es una gigantesca cúpula de raso negro, y que esas estrellas son sólo los poros del material, a través de los que se cuela la luz que lo llena todo pasados los límites de esa tela. Me siento un niño bajo una manta.

Pues sí, la noche estaba preciosa, luminosa como corresponde a la presencia de la luna. Y allí íbamos los dos, conduciendo por la autopista mientras hablábamos y oíamos música. De repente vi una mancha blanquecina por el rabillo del ojo, al lado izquierdo del parabrisas. Miré y no había nada. Pero desde que aparté de nuevo la mirada volví a verlo. Me costó unos segundos reconocer la figura familiar, la forma de teta que amamanta fuego. Porque aquella mancha blanca era el Teide, con su nieve fosforescente iluminada por la luna. Me quedé boquiabierto. Empecé a sonreír como alelado y se lo dije a Álvaro, no podíamos dejar de mirar y asombrarnos. Parecía un efecto óptico, pero no, allí estaba. Un paisaje a la luz de la luna, música y un buen amigo. Un espectáculo por el que valía la pena el sacrificio.

la ladera de mi fantasma

Como ayer, que elegía música para prepararme un CD que escuchar en el coche, y me tropecé con la versión que ha hecho Niña Pastori de una canción de Alejandro Sanz:

No enciendas las luces, que tengo desnudos el alma y el cuerpo.

Y sin casi darme cuenta estaba oyendo emocionado esa voz irrepetible de Pasión Vega:

Te quiero tanto que encerré mi corazón tras los barrotes de tus brazos.

Y así, saltando de canción en canción, me dieron las tantas de la mañana. Hoy me encuentro agotado, pero valió la pena. La música siempre vale la pena.

…las oportunidades respiran entre los silencios, donde el sexo no cuaja con el amor. Porque todos somos Caínes hasta que caminamos por la playa y vemos nuestro futuro en el agua, el corazón que perdimos por fin a nuestro alcance.

… cuando dos estrellas colisionan, como hemos hecho tú y yo, ninguna sombra podrá bloquear el sol.


pisadas hacia el futuro
 
en ánimo azul
montañas en Canada

Espero que el CD que estoy oyendo, que mezclé hace unas semanas y que llamé In A Blue Mood no acabe impregnando de esa melancolía azul y pegajosa todo este post. Melancolía peligrosa. La misma que tuve hace un rato, sentado en mi balcón, abrigado con la manta más acogedora de mi casa. Hace frío en Tenerife, ese frío que no es tal y que para los canarios es como una helada polar, y sin embargo me senté ahí fuera, al lado de las botas de carnavales que todavía andan empapadas, y dejé que los cristalitos de viento gélido se me clavaran en los cachitos de piel que me quedaban al aire.

Estoy sorprendido de que la derrota de Brokeback Mountain no me haya indignado demasiado. Pasé una noche estupenda, en casa de un amigo de Carlos, casi diez personas disfrutando juntos de una afición común como es el cine. Oír a Nicholson decir Crash fue un bofetón, pero no dolió tanto como esperaba. Quizá porque me había preparado para esa derrota, o porque uno acaba acostumbrándose a que las cosas no siempre salen como uno espera. Tampoco suele regirse el mundo por la justicia, y eso debe ser bueno, porque hay tantas justicias como personas. Lo que es justo para mí seguro que no lo es para Benedicto noséquénúmeroes. Brokeback se merecía mejor suerte, igual que Ennis y Jack. En parte, mejor. Brokeback Mountain es más mía ahora. No es del colectivo de los oscars. Es privada, es un guiño en mi dormitorio, una congoja cuando veo mis camisas colgadas del armario abierto.

No he escrito casi desde aquella crítica, mi último post, de hace ya bastante. Se lo he contado a un par de amigos, pero no he escrito que la película me derramó literal y dolorosamente. La vi la primera vez y salí del cine pensando “bueno, no está mal, pero podía haber estado mejor.” Pero en el camino a casa, toda la historia y las imágenes me fueron empapando, sin yo darme ni siquiera cuenta. Esa noche lloré, no sé si por la historia o porque me había hecho viajar a un tiempo donde yo era un Ennis que nunca llegó a entrar a la caseta de campaña a dormir con Jack. No sé si me acordé de mi Jack. No sabía nada esa noche, pero luego he ido sabiendo.

No he podido dejar de emocionarme desde entonces. Estoy en el coche y me suena en la cabeza el “no tienes no idea de lo mal que me siento.” O el “a veces te echo tanto de menos que no puedo soportarlo.” O veo la cara de dolor de Ennis en la casa de los padres de Jack, su rostro enmarcado tras la interrogación de una percha, de un patíbulo. Me viene de golpe y se me humedecen los ojos como en un acto reflejo. A veces me ocurre incluso en mi mesa de despacho y tengo que mirar a otro lado para que no me vean mis compañeros. Me pasa en casa mientras hago un plato de pasta o una ensalada, me pasa viendo la tele o cuando me voy a la cama.

El otro día, saliendo de una discoteca para volver a casa, sin venir a cuento, me abracé a Carlos y empecé a llorar con el desconsuelo de un niño, sin motivo alguno y sin poder parar. Al día siguiente, hablando con él, le contaba que no sabía lo que había pasado. No me encuentro mal, no estoy en una mala época, estoy razonablemente tranquilo y quizá podría decir que casi feliz. Y precisamente es ahí donde radica la solución a este enigma.

Por fin me estoy perdonando. Después de casi 20 años estoy preparado para perdonar al Yarince adolescente, asustado por todo, escondido, replegado en un mundo donde la falsa felicidad sólo podía nacer de la negación. Brokeback ha sido un catalizador. La plasmación del dolor es tan real, la desolación, el genuino terror de saberse distinto y creerse malo, de reconocer tu sexualidad como tu mayor enemigo, que eso sí me abofeteó. Todo eso pasó hace siglos en mi vida, pero no me había perdonado aún, ni había llorado por mí, e iba siendo hora. Llorar para humedecerme los dedos de lágrimas y pasar por fin la página negra escrita con tinta roja.

Nada terminaba, nada comenzaba, nada resuelto. Lo que Jack recordaba, y anhelaba con un ansia que no estaba en su mano dominar ni comprender, era aquella ocasión en el remoto verano de la Brokeback en que Ennis se le acercó por detrás y lo estrechó entre sus brazos, aquel abrazo silencioso que satisfizo un hambre compartida y asexuada. Permanecieron así largo rato frente a la hoguera, rojizas tajadas de luz incandescente y danzarina, las sombras de sus cuerpos como una sola columna sobre la roca. Los minutos pasaban medidos por el tictac del redondo reloj que Ennis llevaba en el bolsillo, por los palos que se transformaban en ascuas en el fuego. Las estrellas rasgaban las onduladas capas de calor sobre el fuego. Ennis respiraba pausada, reposadamente, tarareaba, se balanceaba apenas a la luz chispeante, y Jack se reclinó sobre los regulares latidos de su corazón, las vibraciones del canturreo como un leve zumbido eléctrico, y así de pie, se hundió en un sueño que no era sueño sino algo diferente, extasiado arrobamiento, hasta que Ennis, rescatando de los tiempos infantiles previos a la muerte de su madre una frase oxidada pero todavía en buen uso, dijo: -Llegó la hora de recogerse en la cuadra, vaquero. Tengo que marcharme. Vamos, estás durmiendo de pie como un caballo -y zarandeó a Jack, le dio un empujón y se alejó en la oscuridad. Jack oyó temblar sus espuelas mientras montaba, la frase ¡nos vemos mañana!, el resoplido estremecido del caballo, los cascos rechinando sobre la piedra. Tiempo después, el somnoliento abrazo cristalizó en su memoria como el único momento de sencilla y mágica felicidad en sus vidas separadas y difíciles. Nada lo empañó, ni siquiera saber que Ennis no lo había abrazado cara a cara en aquel momento porque no quería ver ni sentir que era Jack a quien tenía en los brazos. Y quizá, pensaba Jack, nunca habían llegado mucho más lejos. Déjalo estar, déjalo estar.

Del relato Brokeback Mountain, de Annie Proulx


¿Veis? No puedo. No puedo leer ese fragmento sin llorar, sin recordar esa imagen soberbia, ya grabada en la historia del cine, de las manos de Ennis agarrando la solapa del Jack somnoliento. ¿Cómo no reconocer la ternura completamente desbordada de esa composición sobria, en absoluto melodramática, y sin embargo cargada de tantísima fuerza? Esas dos frases que más bien parecen sentencias de un tribunal, del abrazo que satisface el hambre compartida y asexuada, de un Jack consciente de que Ennis no lo abraza cara a cara para no ser consciente de que abraza a otro hombre.

Ennis y Jack forman ya parte de mi imaginario. Son una segunda naturaleza, un espejo donde mirarme y poder reconocer mis errores y mis debilidades. Son una postal de la montaña desgarrada y atormentada donde podría haber vivido el resto de mi vida, una postal que, sin saberlo, a veces echaba de menos. En esa montaña no había nadie, no había decepciones ni ruido. “No se puede encontrar la paz evitando la vida,” dijo Virginia Woolf en Las Horas. Y no pienso hacerlo. “Jack, te lo juro…”

la paz evitando la vida